Gotas de paz

Pentecostés

“Ven Espíritu Santo: llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”

Estamos llegando a la fiesta de Pentecostés, con la cual se concluye el tiempo de la Pascua. Desde la resurrección de Jesús, continuamente en las lecturas y en las oraciones, la Iglesia nos ha invitado a abrir nuestros corazones, sin miedo para recibir esta grande gracia: el Espíritu Santo – don de Dios.

Como Dios Padre al inicio del mundo modeló un poco de arcilla y cuando ya estaba listo, sopló en sus narices el halito de la vida, dando origen al hombre, así también Jesús Cristo, con su vida, con sus enseñanzas, con sus milagros, con sus actitudes, con su pascua, fue modelando despacito a la Iglesia y cuando ya había cumplido su misión, ha encontrado a sus discípulos y “ha soplado sobre ellos, diciendo: Reciban el Espíritu Santo.” (Jn 20, 22) Y la Iglesia empezó a vivir.

Del mismo modo que el hombre al inicio, sin el soplo de Dios, no pasaba de una escultura de arcilla, hasta muy linda, pero sin vida, así también la Iglesia, sin el don del Espíritu Santo, no era nada más que una asociación humana y temporaria, hasta con bellas intenciones, pero sin esta fuerza sobrenatural que la distingue.

Del mismo modo que el hombre nace del encuentro de estas dos realidades: la terrena y la espiritual (la arcilla y el halito de Dios), también la Iglesia nace de la interacción de la realidad humana de los apóstoles con el Espíritu Santo de Dios. Es por eso que la Iglesia es humana y divina, es pecadora y santa, es realidad concreta y misterio, es esfuerzo y providencia.

Así como nosotros somos una realidad que ultrapasa a todos los animales, y por eso no se puede aplicar a los hombres las reglas simplemente biológicas, porque somos cuerpo y espíritu, también la Iglesia no puede ser entendida o descripta como una organización más entre las otras, porque en ella actúa el Espíritu de Dios. La Iglesia, cuerpo de Cristo, es animada por el Espíritu Santo. De ahí, su capacidad de sorprender, de vencer las pruebas, de actualizarse en la historia.

Cuando los apóstoles recibieron el don de Dios en Pentecostés, empezaron pronto a predicar la Buena Noticia de que la muerta fue vencida, de que Dios es Emmanuel, de que Él está con nosotros y vive y actúa en nuestro medio. Celebrar Pentecostés es revivir nuestra vocación de ser Iglesia. La acción del Espíritu Santo de Dios no hace a nadie correr lejos del cuerpo de Cristo, más al contrario, nos injerta en él y allí nos invita a producir muchos frutos.

No debemos pensar en el Espíritu Santo, como si fuera un don individualista que viene a satisfacer solo mis necesidades personales, cuando que su misión es preparar a la Iglesia, esposa de Cristo para las nupcias eternas. Es claro que en esta preparación su acción deberá trasformar personalmente a cada uno de nosotros, ayudándonos a superarnos en nuestros límites, consolándonos en nuestras necesidades, pero no según nuestros proyectos a veces muy mezquinos, sino de acuerdo al sueño de Dios, haciendo de nosotros un pueblo santo, un reino de sacerdotes.

Estimado hermano por eso, es muy importante abrirse al don de Dios. Estar disponible a su acción. Permitir que él nos trasforme según el modelo: Jesucristo.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

"Sígueme”

Jn 21, 22

Muchas veces, nosotros no queremos entender que la llamada del Señor es personal y queremos quedarnos a cuidar de los demás, mirando si hacen o no lo que Jesús les pide. Hoy el Señor nos sorprende en nuestras distracciones o en nuestras excusas y nos dice: “No te importe el comportamiento de los otros, no te quedes mirando o comparándote con ellos, o queriendo saber qué es lo que les pasa: tú, sígueme”. Hay una llamada del Señor para mí, y yo debo seguirlo sin mirar atrás o a los costados. Lo importante es el proyecto que Dios tiene para mí, no puedo dejar que mi entorno me paralice. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Nuestra fragilidad nos traiciona

«Y por tercera vez Jesús le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿tú me quieres?”». Jn 21, 17

Todos somos débiles y muchas veces fallamos con el Señor. Al igual que Pedro, tantas veces le fallamos, no porque no le queramos o porque nos gusta pecar y estar alejados de él, sino porque nuestra fragilidad nos traiciona, habla más fuerte en nosotros nuestro barro. Sin embargo, en Jesús, Dios quiere siempre reconciliarnos, darnos una nueva oportunidad. Por eso, él mismo nos pregunta una y otra vez: “¿Me amas?” No tengamos miedo de decir como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú conoces mi fragilidad y, aun siendo débil, tú sabes que te amo”. El Señor nos abrazará. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jesús intercede al Padre por todos sus seguidores

167 - “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno”. Jn 17, 15

En su oración sacerdotal, antes de dejarnos, Jesús intercede al Padre por todos sus seguidores, que tienen una misión en este mundo tan lleno de trampas, de peligros, de injusticias, de tentaciones. Aunque sea un gran riesgo estar en este mundo, es aquí donde Jesús quiere que seamos misioneros, y por eso pide al Padre que sostenga a cada uno para que no caiga en las trampas del enemigo. Así que no debemos escondernos del mundo, sino revestirnos de Cristo y lanzarnos a las tantas situaciones de dolor, de miserias, de pecados, de vicios, para que podamos rescatar a estos hermanos para el Señor. Paz y bien.

 

Gotas de paz

La vita eterna comienza cuando experimentamos a Dios

166 - “Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo”. Jn 17, 3

Conocer en el lenguaje bíblico no es solo tener una información intelectual, sino hacer experiencia real, viva y fuerte. La Vida eterna empieza en nosotros cuando experimentamos concretamente al Dios verdadero, el Padre de Jesucristo, que en Él nos adopta como hijos suyos, perdona nuestros pecados, nos llena de amor y nos hace coherederos del cielo. Mientras esto no sucede, nuestra vida es muy limitada, estamos en la oscuridad, en la aridez, en la penuria, o como marionetas del acaso. Solo el encuentro con el Dios vivo, revelado por Jesús, nos abre las puertas de la eternidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Ascensión del Señor

“Así, pues, el Señor Jesús, después de hablarles, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” Mc 16, 19

Ya casi al final del tiempo de Pascua la Iglesia nos invita a celebrar la ascensión de Jesús al cielo.

La Biblia dice que cuarenta días después de su resurrección, habiendo aparecido muchas veces a sus apóstoles, confirmándoles en la fe, el Señor Jesús subió al cielo para sentarse a la derecha de Dios Padre.

Pero, ¿por qué es importante celebrar esta fiesta? ¿Qué es lo que la Iglesia nos quiere enseñar?

Celebramos con gran alegría la venida de Dios en la historia con las fiestas de la anunciación, de la navidad y de la epifanía. Y nos parece muy lógico hacerlo, al final es estupendo conocer el misterio del Dios que nos visita. Pero si no entendemos bien, puede parecer extraño que nos alegremos por su partida.

Ciertamente, celebrar la ascensión de Jesús al cielo, no es celebrar el abandono de Dios. No significa decir que, estando a la derecha del Padre, ahora Él es un Dios distante, que ya no tiene más nada que ver con nosotros. La última frase del evangelio de San Mateo, nos habla muy claramente: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo.”

La nueva alianza con Dios, fundada en el misterio de Jesucristo, hombre-Dios, es nueva y eterna, y por eso no puede ser quebrada, aun menos por Dios, quien fue el que tuvo la iniciativa de ofrecérnosla.

La Ascensión de Jesús señala entonces el inicio de una nueva fase en nuestra relación con Dios. Ahora ya no tendremos más el privilegio de poder verlo, de abrazarlo, de dejar que él nos lave los pies, de tocar con nuestros dedos sus llagas y su costado, de comer el pan por él multiplicado, pues, como eventos históricos, estas cosas ya pasaron. Pero, como decía san León Magno: “Todo lo que en Jesús fue evento, a través de la Iglesia, son para nosotros sacramentos.” Nuestra nueva relación con él se da en el Espíritu Santo.

Es a través del Espíritu Santo que la Iglesia, en los sacramentos, hace viva y eficaz toda la obra salvadora de Jesucristo. En la fuerza del Espíritu, el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la reconciliación, la unción, el matrimonio y el orden son, para nosotros, el modo sacramental de sentir su presencia con nosotros, todos los días hasta el final del mundo.

Alguien podría pensar que si él estuviera presente “en carne y hueso”, sería más fácil el sentir su acción en nuestras vidas. Pero esto puede ser un pensamiento ingenuo. De hecho, muchos de aquellos que estuvieron junto a Jesús, aun así, no tuvieron fe ni transformaron sus vidas. Muchos, tan encerrados en sus prejuicios, ni percibieron que Dios caminaba con ellos. Por otro lado, con fe, los sacramentos dejados por Jesús son suficientes para experimentar su acción en nuestras vidas, para acoger su reino, para vencer todas las pruebas y para transformarnos continuamente en su imagen.

Por eso, celebrar la Ascensión de Jesús es profesar nuestra fe en su presencia actuante en nuestro medio. Es abrirnos a la gracia de su Santo Espíritu, que nos hace recordar todas sus palabras y sus gestos, descubriendo el sentido profundo de cada uno de ellos y permitiendo que él continúe en nosotros la obra empezada.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

Dios nos cuida desde el cielo

“Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”. Jn 16, 28

La entrada de Dios en nuestra historia a través del misterio de la encarnación de Cristo nos revela la grandeza de su amor, que no quiso dejarnos perdidos en el reino de las tinieblas. Jesús tenía una misión entre nosotros: mostrarnos el corazón del Padre y conquistarnos para Él. Al concluir su misión en esta tierra, él volvió a la gloria celestial y desde allí nos cuida siempre, escucha nuestras súplicas y derrama siempre sus abundantes bendiciones. La vuelta de Jesús al Padre, llevando nuestra naturaleza humana, es para nosotros la garantía de que estamos conectados con el cielo.

Paz y bien.

 

Gotas de paz

Vencer las batallas para alcanzar la victoria

16, 21

Para conseguir llegar a una victoria, tenemos que pasar sí o sí por la batalla. No siempre es fácil soportar los dolores y las renuncias, perseverar en el esfuerzo, sobrellevar el cansancio para llegar a conquistar algo, pero, cuando lo logramos, la alegría de la victoria es tan intensa que nos hace redimensionar el dolor pasado y decir que valió la pena todo el sufrimiento. Quizás hoy, en esta cultura del mínimo esfuerzo o del evitar cualquier dolor, se está perdiendo también el sabor de la victoria. La mediocridad destiñe nuestra vida y la hace sin sabor. Paz y bien.

 

Gotas de paz

El Espíritu Santo es el motor de la Iglesia.

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena”. Jn 16, 13

El Espíritu Santo es el motor de la Iglesia. Es él quien obra secretamente a lo largo de los tiempos y va conduciendo a la esposa de Cristo para que, renovándose siempre, igual se mantenga fiel a su divino esposo. Por su acción, la Iglesia va profundizando la verdad revelada y va llegando a nuevas conclusiones o va dándose cuenta de implicaciones evangélicas que antes eran impensables. Este Espíritu aún no terminó su misión, sino que continuamente está trabajando y guiándonos, pues la verdad plena la tendremos solo al final de los tiempos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

"Sígueme”

Jn 21, 22

Muchas veces, nosotros no queremos entender que la llamada del Señor es personal y queremos quedarnos a cuidar de los demás, mirando si hacen o no lo que Jesús les pide. Hoy el Señor nos sorprende en nuestras distracciones o en nuestras excusas y nos dice: “No te importe el comportamiento de los otros, no te quedes mirando o comparándote con ellos, o queriendo saber qué es lo que les pasa: tú, sígueme”. Hay una llamada del Señor para mí, y yo debo seguirlo sin mirar atrás o a los costados. Lo importante es el proyecto que Dios tiene para mí, no puedo dejar que mi entorno me paralice. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Nuestra fragilidad nos traiciona

«Y por tercera vez Jesús le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿tú me quieres?”». Jn 21, 17

Todos somos débiles y muchas veces fallamos con el Señor. Al igual que Pedro, tantas veces le fallamos, no porque no le queramos o porque nos gusta pecar y estar alejados de él, sino porque nuestra fragilidad nos traiciona, habla más fuerte en nosotros nuestro barro. Sin embargo, en Jesús, Dios quiere siempre reconciliarnos, darnos una nueva oportunidad. Por eso, él mismo nos pregunta una y otra vez: “¿Me amas?” No tengamos miedo de decir como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú conoces mi fragilidad y, aun siendo débil, tú sabes que te amo”. El Señor nos abrazará. Paz y bien.

 

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Jesús dio su vida para que todos los que creen en él vivan unidos

“Que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú me enviaste”. Jn 17, 21

Es muy triste encontrar tantas divisiones entre los cristianos ya que Jesús dio su vida para que todos los que creen en él vivan unidos, y así, sean el mejor testimonio para el mundo. Por eso, aunque haya diferencias, todos los que de verdad aman a Cristo y creen en él tienen que desear la unidad de los cristianos y deben estar orando y trabajando para que esto suceda. Los que promueven divisiones o están siempre buscando separar cada vez más a los cristianos no son movidos por el Espíritu de Cristo, sino que son instrumentos del maligno. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jesús intercede al Padre por todos sus seguidores

167 - “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno”. Jn 17, 15

En su oración sacerdotal, antes de dejarnos, Jesús intercede al Padre por todos sus seguidores, que tienen una misión en este mundo tan lleno de trampas, de peligros, de injusticias, de tentaciones. Aunque sea un gran riesgo estar en este mundo, es aquí donde Jesús quiere que seamos misioneros, y por eso pide al Padre que sostenga a cada uno para que no caiga en las trampas del enemigo. Así que no debemos escondernos del mundo, sino revestirnos de Cristo y lanzarnos a las tantas situaciones de dolor, de miserias, de pecados, de vicios, para que podamos rescatar a estos hermanos para el Señor. Paz y bien.