Miercoles 9 de Noviembre de 2016 | 07:30

“Me senté a su lado y no me olvidé más de ella”
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Genaro tiene 21 años, estudia una carrera universitaria en la universidad Columbia, tiene dos hermanos mayores y uno menor, no trabaja porque sus estudios no le dan tiempo, pero hace “prácticas pagadas” los fines de semana, en granjas del interior del país. La historia que nos cuenta arranca un sábado a las diez de la noche, cuando abordó un colectivo que le llevaba a una instalación de cría de ovejas ha­cia el sur del país: él se sentó en el último asiento, al lado de una mujer…

Genaro cuenta que su papá trabaja en una cooperativa de colonos y su mamá es docente jubilada: “mi bisabuelo de parte de mamá era alemán, y yo tengo rasgos, eso siempre me dicen. Ustedes siempre le preguntan a la gente cómo era su infancia, y yo puedo decir que yo tuve una niñez tranquila, muy alegre, en un barrio que hasta ahora es muy tranquilo”, asegura.

Cuando ingresó a la facultad tuvo la mala fortuna de cono­cer a Cinthya, una estudiante creída y prepotente que lo persiguió hasta que se convir­tió en su novia: “ella es linda, cualquier tipo le va a mirar, tiene un cuerpo espectacular, pero está acostumbrada a que se haga lo que ella quiere. Yo soy tranquilo, me gusta diver­tirme con mis amigos, y cuando ella me quiso prohibir eso le dije que era mejor que nos separemos; ahí me comenzó a respetar”, asegura.

Pero Genaro siempre era feliz cuando llegaba el fin de semana y se alejaba de esta novia acaparadora: “casi siem­pre me sentaba solo, pero esa vez el colectivo estaba lleno”, recuerda…

LA MUJER

Genaro recuerda que la mujer a cuyo lado se sentó, tenía la cara cubierta con un bello sombrero texano: “me llamó la atención su sombrero por lo lindo que era, no se ve mucho eso por acá. Yo también uso sombrero cuando voy al in­terior, te sirve mucho, ya haga frío o calor, y me acostumbré por mi carrera ya que siempre tengo que andar por el campo descubierto”, dice.

Él se sentó con cuidado para no despertar a la mujer: “me dormí enseguida porque de la facultad mi papá me recogió y me llevó a la terminal. De repente alguien me toca y me despierto, y era la mujer, que me dice que algo pasó; entonces me doy cuenta que el colectivo estaba parado y que solo nosotros dos estábamos sentados, ya que el resto de los pasajeros se bajó. Me levanté y la señora vino detrás de mí”.

Se encontraron frente a una escena terrible: “hubo un triple choque y había gente lastima­da. Todos estaban llamando ambulancias y había gente tratando de ayudar a los que estaban atrapados, así que yo corrí hacia una camioneta que estaban tratando de levantar, porque abajo había un cuerpo. Había un olor raro, que era como sangre mezclada con aceite; hasta vi a pasajeros que estaban vomitando porque no resistieron”, explica.

Genaro recuerda que cuan­do enderezaron la camioneta, algo se movió: “yo abrí y me encontré con una criatura, de unos cuatro años, que estaba temblando. Me di cuenta que seguro era su mamá la que fue aplastada, y entonces le llamé a mi compañera de asiento y le pedí que me ayude; yo le alcé a la criatura y le pasé, y ella le alzó y le preguntó si le dolía algo, pero el nene no hablaba. Estaba muy shokeado”, dice.

El muchacho fue a ayudar a otros accidentados y cuando llegaron las ambulancias con la policía, fue a buscar al chico que rescató: “le llevé a un médico conmigo y a un policía, y le entregamos la criatura. Me di cuenta que la señora no quiso entregar el nene, pero yo le dije que tenían que llevarle al hospital y que la policía iba a ubicar a sus parientes; ahí recién ella le entregó”, recuerda.

Después que los fallecidos (tres personas) y heridos fueron llevados en ambulancia, se despejó la ruta y el colectivo en el que iba Genaro pudo seguir su camino: “fuimos a quedar­nos en un parador porque fue como a la medianoche que nos encontramos con el accidente, y recién a las cuatro de la ma­ñana pudimos seguir camino. Estábamos muy cansados y nos faltaban varias horas de viaje, así que nos quedamos en el parador”, cuenta.

Genaro pensó que la mujer que iba a su lado se volvió a dormir, pero no era así: “le llamé para decirle que nos quedamos en un parador, y ella estaba llorando…”

SU HISTORIA

Genaro ayudó a la mujer a bajar y la acompañó hasta el sanitario: “le dije que le iba a pedir un café, y le esperé en el comedor. Cuando salió, estaba mejor, se sentó y me dijo que se le decía ‘Mame’, porque su nombre es María Mercedes. Me dijo que ella le perdió a su marido en un accidente y que nunca ve la parte de policiales de los noticieros porque le hace mal cuando ve choques y eso”.

Genaro se presentó, toma­ron el café con pastafrolas y volvieron al colectivo: “habla­mos un poco y nos dormimos, y ella me despertó porque se iba a bajar por el camino. Te dejé la pastafrola, me dijo y se bajó. Yo le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, y me pasó la mano. Tenía la mano chiquita y no sé, me conmoví. Vi por la ventanilla que le esperaba una camionetaza, y un chofer le recibía. Pensé que tenía que ser la mamá de algún poguasú, porque la señora tendría como 55 años, porque puedo decir que desde ese momento no me olvidé de ella…”

“Disqué su número”

Genaro recuerda que llegó al establecimiento en donde de­bía trabajar aquel fin de semana a cambio de un pago pero sobre todo, para completar su prácti­ca que le exigen en la facultad: “yo ya estoy acostumbrado a ser ubicado en donde se pueda nomás, y hay establecimientos grandes que parecen hoteles, y otros más pequeños, pero hasta en una hamaca yo duermo, no tengo problema. Soy callado también, pero esa vez quería preguntar por la señora del colectivo”.

Él sabía su nombre y apodo, y eligió el momento oportuno para preguntar: “a uno de los en­cargados del establecimiento le pregunté. Le dije que le conocí a una señora con ese nombre, y si él no le conoce. Me dijo que él vino de San Pedro y no le conoce a la gente de ahí, y le llamó a uno de los muchachos de ahí y le preguntó, y él si le conocía. Le dijo que ella es la de la estancia “X”, la dueña”.

PASTAFROLA…

Genaro se quedó pensando que en realidad no podía ser la misma persona, ya que si aquella mujer era la dueña de una estancia, ¿por qué viajaba en colectivo? Aunque la verdad es que él vio una camionetaza esperándola: “no sabía qué pensar. Al final trabajé hasta la tardecita y ahí me fui a bañar, almorcé con los personales y cuando fui a acostarme, me acordé de la pastafrola”.

El muchacho abrió su mochila en donde metió el postre, pensando que estaba destrozado, pero no era así: “estaba en un paquete, y por el paquete estaba el nombre de la estancia que me dijeron, y un número de teléfono. Sin pensar, porque así suelo ser yo a veces, agarré mi teléfono y disqué el número…”

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LEÉ MAÑANA: ¿Lo atendió la estanciera?

CORREO DE HISTO­RIAS REALES: mabelpe­dro@hotmail.com

 
 
 
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