Miércoles de la segunda semana de Pascua
- “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único”. Jn 3, 16
Son muchas las señales del amor de Dios: la naturaleza con todas sus magníficas manifestaciones, nuestra familia, las personas que nos aman y son capaces de sacrificarse por nosotros, los eventos lindos que nos suceden; pero la prueba más grande de su amor fue enviar a su Hijo único al mundo para enseñarnos el camino de la redención. Aun sabiendo todo lo que los hombres le harían sufrir, Dios no escatimó a su Hijo único porque sabía que en su donación total estaba la única medicina eficaz para sanar la metástasis del pecado en nuestra vida. Esto es amor y no macana. Paz y bien.
Lunes de la segunda semana de Pascua
121 - “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Jn 3, 3
El Señor nos desafía a nacer de nuevo. Todos tenemos mucho para cambiar. Cuando nos dejamos iluminar por Cristo, descubrimos nuestro egoísmo, inconstancias, vicios, debilidades y pecados favoritos. Es necesaria, de nuestra parte, la decisión de ser un hombre nuevo y entonces pedir al Señor la gracia del nuevo nacimiento, que se hace en el agua y en el Espíritu. Sin la ayuda de lo Alto difícilmente conseguiremos renovarnos por completo, pues ni conseguimos ver todo lo que tenemos que cambiar. Ilumínanos, Señor, para que podamos ver bien, sin las deformaciones del pecado. Paz y bien.
Segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
120 - «Luego dijo a Tomás: “En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”». Jn 20, 27
Santo Tomás no consiguió creer fácilmente que Jesús estaba resucitado. Él quería creer, él deseaba que fuera verdad que Jesús estaba vivo, pero le costaba creerlo. Era un hombre sincero. Y Jesús vino hacia él para sanar la duda. Y él, delante de Jesús, profesó su fe: «Señor mío y Dios mío». Para Dios no es un problema dudar. Si de verdad deseamos creer, Él encontrará el modo de sanar nuestra duda. El problema es cuando no queremos creer, cuando decidimos que no vamos a creer, pues así inútil será cualquier esfuerzo. Paz y bien.
Sábado de la octava de Pascua
119 - “Jesús reprochó a los once su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado”. Mc 16, 14
La resurrección de Cristo fue una novedad tan grande que a sus propios apóstoles les costó creerla. Fueron necesarias muchas apariciones, milagros, palabras, señales, toques para que ellos llegasen a la plena convicción de que Jesús de Nazaret, aquel mismo que fue crucificado, estaba vivo y glorificado. Sin embargo, cuando creyeron de verdad, ellos se volvieron tan seguros, que no temían ni la amenaza de muerte y predicaban en todas partes, con audacia y coraje, la Buena Noticia de la Resurrección. Danos, Señor, la gracia de experimentarte resucitado en nuestra vida. Paz y bien.