Gotas de paz

Viernes de la octava de Pascua

118 - «El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”». Jn 21, 7

Para hacer comprender el gran misterio de la resurrección, Jesús apareció a sus apóstoles muchas veces y en distintas situaciones. Su cuerpo glorificado no se hacía reconocible a primera vista, pero lo que decía, su modo de actuar o las marcas de la pasión permitían a los discípulos reconocerlo como aquel mismo a quien habían seguido, escuchado y amado. La muerte no le dañó. Él está vivo y continúa interviniendo en nuestra vida. Él continúa realizando milagros en nuestra historia. Las experiencias con el resucitado fueron trasformando la vida de aquellos hombres, que se hicieron intrépidos predicadores. Dejemos que el resucitado también transforme nuestra vida. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la octava de Pascua

117 - “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean”. Lc 24, 39

Jesús resucitado se presenta delante de sus apóstoles y ellos se asustan. Piensan que es un fantasma o solo un espíritu. Sin embargo, la resurrección es volver a la vida también con un cuerpo, que será un cuerpo de gloria, no más pasible de enfermedades, sino con plena vitalidad, pero a la vez con las marcas de antes, en su caso, con las señales de la pasión, que lo hacen reconocible. No sabemos todos los detalles, pero lo mismo sucederá con nosotros en la resurrección de la carne. Seremos nuevos, pero llevaremos las marcas de este mundo y mantendremos nuestra identidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Miércoles de la octava de Pascua

116 - “Ese mismo día, dos de sus discípulos iban a Emaús. El mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos”. Lc 24, 13.15

Estos discípulos estaban desolados y habían desistido de continuar con los otros apóstoles…; se estaban alejando de la comunidad. Volvían a la vida de antes, caminaban en la dirección equivocada. En ese momento, Jesús resucitado se acercó y caminó con ellos. Les habló, les explicó con paciencia, les acompañó hasta que ellos se dieron cuenta del error. Es bellísima la pedagogía de Dios: no los corrigió precipitadamente, sino que supo esperar el momento justo en que sus ojos se abrieron. Y ellos decidieron volver apresuradamente esa noche para reencontrarse con la comunidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Martes de la octava de Pascua

115 - “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Jn 20, 15

Esta pregunta de Jesús parece estar dirigida a todos los que lloran en su búsqueda de Dios. María Magdalena está llorando porque no encuentra el cuerpo de Jesús, que ella cree aún muerto. Ella lo está buscando desesperadamente, pero busca un cadáver. Hay muchas personas que sufren mucho por ideas equivocadas de Dios, pues lo piensan solo como un juez castigador, opresor o amenazador. Sin embargo, Jesús nos revela que el Dios vivo y verdadero es rico en misericordia y sale a nuestro encuentro. Aunque muchos no lo reconocen a primera vista, igual Él busca la manera de abrirle los ojos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la octava de Pascua

114 - “Jesús salió a su encuentro y les saludó, diciendo ¡Alégrense!”. Mt 28, 9

La tristeza es señal de insatisfacción, de dolor, de nostalgia, de duelo, de frustración…

Aquellas mujeres que antes estaban llorando, tan tristes por la muerte de Jesús, después del encuentro con el ángel, se alegraron, pues llevaban la buena noticia de su resurrección.

Además, el encuentro personal con el resucitado llevó a la plenitud la alegría que sentían. Ahora ya no era solo una noticia, sino que ellas le estaban viendo, escuchando y tocando. Y de la boca de Jesús justamente escuchan esto: “¡Alégrense!”. Hoy el Señor sale a nuestro encuentro para transformar nuestras tristezas en alegría. Ojalá nos encuentre. Ojalá lo escuchemos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

¡Felices Pascuas de Resurrección!

"¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó." (Lc 24, 5-6)

Estimados hermanos, sin dudas, estas palabras que los Ángeles dijeron a aquellas mujeres que fueron a la tumba de Jesús muy tempranito, son la mejor noticia que fue dada en toda la historia de la humanidad.

Desde el inicio de la historia humana, el hombre empezó a experimentar a la muerte, que se presentaba como un límite trágico e intraspasable. Ante la muerte el hombre se sentía impotente, derrotado, destruido y sin palabras. La tristeza y la desesperación eran compañeras de la muerte. Eso era lo que sentían aquellos que veían acercarse su propia muerte, o acercarse la muerte de otros.

El hombre no sabía como resistirle. Casi siempre llegaba en los momentos más inoportunos. A veces de un modo improviso, en un accidente, con una enfermedad repentina y fulminante, o a causa de una violencia… Y así terminaba la vida de una persona llena de sueños y de proyectos. Ni el dinero y los bienes podían prolongar o evitar su llegada. La muerte era el signo de cómo era estúpida la vida humana en esta tierra. El hombre que se daba cuenta de su irremediable destino hacia la muerte, estaba condenado a la angustia, la tristeza, la depresión. Se decía: Para todo se puede encontrar una solución, menos para la muerte. La muerte era vista, también, como el gran castigo que se podría dar a una persona. Así las personas para reivindicarse o las sociedades para castigar y protegerse, daban muerte a quien había hecho el mal. Nada podría ser peor para una persona que morir.

También al inicio de la revelación, en los primeros siglos del pueblo de Dios, así se pensaba. Al inicio la Biblia no habla de resurrección. Se pensaba que los muertos sencillamente habitaban en el Sheol, o también llamado infierno (esta palabra quería decir solamente lugar bajo la tierra). De hecho, el salmo 6,6 nos dice: "Nadie entre los muertos se acuerda de Ti. ¿Quién en los infiernos canta tu alabanzas?" Al inicio de la revelación se pensaba que los muertos pertenecían a un mundo completamente olvidado. Sólo en los últimos siglos antes de Cristo es que los judíos empezaron a hablar de la resurrección, pero ocurriría solamente en el último día, o sea al final de la historia, hasta allí los muertos todos estarían en el Sheol.

También los discípulos de Cristo, creían en la resurrección, y esperaban que su maestro fuera a resucitar, pero en el último día, al final de la historia. Una vez muerto, él ya no podía intervenir en sus vidas. Por eso, cada uno tendría que volver a sus cosas. La muerte de Jesús, para ellos significaba el fin de todo aquel sueño.

Las mujeres que van al sepulcro en la mañanita del domingo cuando aun era oscuro, van para dar al cuerpo de Jesús los honores que se hacían a los muertos, y que no habían podido hacerlo el vienes por la prisa que tenían para sepultarlo antes de que apareciera la primera estrella del atardecer, pues sería el inicio del sábado, y el sábado no se podía hacer nada. Estaban buscando sólo un cadáver. Ellas querían colocar los aromas, despedirse más sentidamente, y después entregar a Jesús a la tierra para que se descompusiera. Después de esto, pensaban seguramente volver cada una a su vida anterior, sabiendo que con Jesús ya no podrían contar más, pues él ahora pertenecía al mundo de los muertos.

Por eso, cuando escuchan la voz de los ángeles que les dicen: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó." Sus corazones se llenan de alegría, por dos motivos: en primer lugar, porque Jesús había vuelto de la muerte. Aunque lo habían asesinado, Dios lo había resucitado, y él podía continuar interviniendo en la historia. Ellas no tenían que retornar a sus vidas de antes y podían continuar con la propuesta de vida nueva que les había hecho Jesús. En segundo lugar, porque la resurrección de Jesús cambiaba completamente la relación del hombre con la muerte. En él, todos podrían vencer a la muerte. Lo que Dios hizo con él, puede hacer con todos los hombres que se unen a él. En Cristo, Dios puede hacer nueva a todas las cosas. La resurrección de Cristo hacía cambiar toda la perspectiva de futuro. El hombre ya no viviría la angustia de la muerte, ya no se sentiría impotente y ni la temería. Ahora el dicho tenía que ser cambiado: "Para todo en la vida se tiene una solución, hasta para la muerte."

Estaba empezando allí la nueva historia de la humanidad. Los cristianos tenían una buena noticia para dar a todos los hombres: Jesús venció a la muerte. La vida humana en este mundo no es una tragedia. Tiene un sentido, basta saber direccionar. Y los discípulos lo anunciaron por todas partes. Y delante de las amenazas: ¡cállense o les mataremos!, ellos decían la muerte no es un problema para nosotros. Ni la muerte nos puede paralizar. Es por eso que la resurrección de Cristo es el centro más importante de nuestra fe. Pues de un lado confirma y da autoridad a todo lo que Jesús había predicado antes de su muerte, y por otro lado cambia completamente la perspectiva de la vida humana en este mundo.

Ciertamente la pregunta que nos debemos hacer en este día de Pascua es:

¿De verdad, yo acepto la buena noticia de la resurrección de Cristo con todas sus implicancias en mi vida? ¿Ante la muerte yo actúo como cristiano o aun como pagano? ¿Vivo sabiendo que también yo puedo con Cristo vencer a la muerte, esto es resucitar? O ¿solo intento huir de la muerte?

¡Hermano, pascua es esto: resurrección!

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

 

Gotas de paz

Sábado Santo

112 - “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. Lc 2, 19

La madre de Jesús acompañó muy de cerca toda su pasión, muerte y sepelio. Quizás nadie habrá sufrido más que ella. Sin embargo, en el silencio de la fe, María meditaba en su corazón y con profundo dolor aceptaba los designios de Dios. No podemos dudar de que su dolor era marcado también por la esperanza: seguro que en su corazón resonaban fuerte las palabras del Ángel: “Reinará para siempre y su reino no tendrá fin”. Ella sabía que la cruz no podía ser el fin. Sabía que Dios no defrauda aun cuando la cruz se hace demasiado pesada. El ejemplo lo dio Él, quien no se deja vencer. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes Santo

111 - “Uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua”. Jn 19, 34

Hasta qué punto puede llegar la maldad humana: clavar en una cruz a aquel que pasó su vida haciendo el bien: predicando y sanando. Pero lo interesante de Dios es que puede transformar incluso nuestras maldades en oportunidades de gracia. Este soldado, al traspasar el corazón de Jesús, nos dejó abierto para siempre el corazón de Dios. En efecto, la herida de su costado permaneció después de la resurrección y continúa hasta hoy derramando sangre y agua para nuestra salvación. Acerquémonos y pongámonos bajo su cruz para que nos lave su preciosísima sangre. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves Santo

110 - “Sabiendo Jesús que había llegado su hora, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. Jn 13, 1

El amor de Cristo no es un amor azucarado o superficial. No es solo de palabras, sino un amor vivido y practicado con radicalidad. Un amor que no se avergüenza de humillarse poniéndose a los pies de los amados en profunda actitud de servicio. Un amor que no escatima nada, ni siquiera la propia vida, por el bien de los que ama. Es un amor tan fuerte que contagia y empuja a hacer lo mismo: servir con radicalidad, sin preocuparse por lo que puedan decir los demás, pues amor que no se hace servicio es solo una ilusión. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la octava de Pascua

117 - “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean”. Lc 24, 39

Jesús resucitado se presenta delante de sus apóstoles y ellos se asustan. Piensan que es un fantasma o solo un espíritu. Sin embargo, la resurrección es volver a la vida también con un cuerpo, que será un cuerpo de gloria, no más pasible de enfermedades, sino con plena vitalidad, pero a la vez con las marcas de antes, en su caso, con las señales de la pasión, que lo hacen reconocible. No sabemos todos los detalles, pero lo mismo sucederá con nosotros en la resurrección de la carne. Seremos nuevos, pero llevaremos las marcas de este mundo y mantendremos nuestra identidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Miércoles de la octava de Pascua

116 - “Ese mismo día, dos de sus discípulos iban a Emaús. El mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos”. Lc 24, 13.15

Estos discípulos estaban desolados y habían desistido de continuar con los otros apóstoles…; se estaban alejando de la comunidad. Volvían a la vida de antes, caminaban en la dirección equivocada. En ese momento, Jesús resucitado se acercó y caminó con ellos. Les habló, les explicó con paciencia, les acompañó hasta que ellos se dieron cuenta del error. Es bellísima la pedagogía de Dios: no los corrigió precipitadamente, sino que supo esperar el momento justo en que sus ojos se abrieron. Y ellos decidieron volver apresuradamente esa noche para reencontrarse con la comunidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Martes de la octava de Pascua

115 - “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Jn 20, 15

Esta pregunta de Jesús parece estar dirigida a todos los que lloran en su búsqueda de Dios. María Magdalena está llorando porque no encuentra el cuerpo de Jesús, que ella cree aún muerto. Ella lo está buscando desesperadamente, pero busca un cadáver. Hay muchas personas que sufren mucho por ideas equivocadas de Dios, pues lo piensan solo como un juez castigador, opresor o amenazador. Sin embargo, Jesús nos revela que el Dios vivo y verdadero es rico en misericordia y sale a nuestro encuentro. Aunque muchos no lo reconocen a primera vista, igual Él busca la manera de abrirle los ojos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la octava de Pascua

114 - “Jesús salió a su encuentro y les saludó, diciendo ¡Alégrense!”. Mt 28, 9

La tristeza es señal de insatisfacción, de dolor, de nostalgia, de duelo, de frustración…

Aquellas mujeres que antes estaban llorando, tan tristes por la muerte de Jesús, después del encuentro con el ángel, se alegraron, pues llevaban la buena noticia de su resurrección.

Además, el encuentro personal con el resucitado llevó a la plenitud la alegría que sentían. Ahora ya no era solo una noticia, sino que ellas le estaban viendo, escuchando y tocando. Y de la boca de Jesús justamente escuchan esto: “¡Alégrense!”. Hoy el Señor sale a nuestro encuentro para transformar nuestras tristezas en alegría. Ojalá nos encuentre. Ojalá lo escuchemos. Paz y bien.