Gotas de paz

Martes de la trigésima semana del tiempo durante el año

434 - “El Reino de Dios se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran

cantidad de harina hasta que fermentó toda la masa”. Lc 13, 21

La levadura es siempre una porción pequeña en comparación con la cantidad de masa.

Así también los cristianos no deben preocuparse de ser pocos, pues son llamados a ser

fermento en la masa. La presencia de los cristianos comprometidos debe marcar el

ambiente en que se encuentran, despertando a todos para los valores: la caridad, el

perdón, el servicio, la honestidad, la justicia… Por eso, cada uno debe preguntarse:

“¿Soy levadura en el ambiente donde me encuentro? ¿Mi presencia ayuda a los demás a

ser mejores?”. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la trigésima semana del tiempo durante el año

433 - «Jesús, al ver a la mujer encorvada, la llamó y le dijo: “Mujer estás curada de tu

enfermedad”». Lc 13, 12

¡Qué gran sensibilidad de Jesús hacia las mujeres! Se encuentra con una mujer

encorvada y –sin que ella lo pida– él mismo toma la iniciativa de curarla. Cuántas

mujeres están caminando aun hoy encorvadas, oprimidas por tantos pesos, por tantas

imposiciones de una sociedad machista o por situaciones familiares que le impiden vivir

con normalidad. A Jesús le gustaría acercarse a cada una de ellas y devolverle la

dignidad, enderezándolas para que puedan relacionarse igualitariamente con todos y así

puedan también volver a alabar a Dios. Paz y bien.

 

Gotas de paz

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Al salir Jesús de Jericó, acompañado sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de

Timeo (Bartimeo), un limosnero ciego, estaba sentado a la orilla del camino. Cuando

supo que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “Jesús, ¡Hijo de David, ten compasión

de mí!” Varias personas trataron de hacerlo callar. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo

de David, ten compasión de mí!” Mc 10, 46-48

En años anteriores cuando la liturgia nos ha presentado este evangelio hicimos una

reflexión sobre el sentido del milagro que Jesús hizo con el ciego que estaba al borde

del camino. Este año aprovecho la oportunidad para continuar meditando sobre la

oración que meditamos la semana pasada, agregando la iluminación del hodierno

evangelio.

Él nos habla de un hombre con un problema muy concreto: era un ciego y a

causa de esto estaba al borde del camino, marginado por su sociedad.

Aunque fuera un ciego, no estaba resignado con su problema. Era un hombre

sin luz, pero él la estaba buscando. Esto nosotros entendemos porque el texto dice:

“cuando supo que era Jesús de Nazaret se puso a gritar.” Este gesto: “empezar a

gritar” revela cuanto él deseaba ser sanado. Su acción pronta revela que él ya sabía

quién era Jesús, que ya había escuchado hablar de él, y lo más importante: ya le tenía

fe. Las palabras de su grito son una verdadera profesión de fe: “Jesús, ¡Hijo de David,

ten compasión de mí!”

Es interesante recordar que muchos ya habían visto muchos milagros hechos

por Jesús y escuchado sus palabras, pero que aún no creían que él era el Mesías, el

Hijo de David, el rey prometido de Israel, como aquel ciego ya lo creía. Infelizmente,

muchos de los que tenían los ojos buenos, tenían el corazón endurecido.

Sin embargo, aquel ciego, aunque nunca había visto nada, solamente por haber

escuchado hablar de Jesús, por haber oído los testimonios, ya había llegado a la clareza

de fe. Él ya sabía que… ¡Jesús era el Hijo de David, era el Mesías prometido!

Fue con estas palabras que ha empezado su oración: ¡Jesús, Hijo de David!”

Lo primero que hizo fue manifestar su fe. No ha empezado gritando: “¡Soy un

ciego, ten compasión de mí!”; “soy un deficiente, un sufriente, ten piedad!” Lo más

importante que tenía para decir era que él creía que Jesús era el salvador. Y si él creía

en esto, era una consecuencia natural creer que Jesús tenía entrañas de misericordia.

Él sabía que Dios es movido por la compasión. Él sabía que Jesús, el Mesías prometido,

no sería capaz de hacer de cuenta que no le había escuchado, o que no le había visto

en su dolor. Sabía que Jesús, el Hijo de David, no podría pasar por el camino y dejarlo

allí como si nada. Él sabía que, si Dios escuchase su grito, no se haría del desentendido.

Es por eso que se puso a gritar. El texto no dice que gritó solo una vez, pero nos da la

idea de que gritó muchas veces.

A él también le llegó la tentación de suspender su oración. Muy concretamente,

el texto nos habla que: “Varias personas trataron de hacerlo callar.” De hecho, siempre

aparecen personas que nos quieren hacer desanimar. Lo interesante, es que eran

personas que estaban allí, esto es, que caminaban atrás de Jesús, pero que igual

querían persuadir el ciego a quedarse callado, a acomodarse y resignarse con su

situación de ciego y marginado. Sin embargo, él no se dejó intimidar, nos habla el

texto: “Pero él gritaba mucho más”. Él sabía que aquella era la oportunidad de cambiar

su vida, de salir del borde del camino. Él no podía callarse, solo porque algunos le

habían dicho. Algunos que tal vez ni entendían lo que estaba diciendo, o lo peor no

aceptaban su profesión de fe.

Y Jesús lo escuchó, se detuvo y le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” Esta

pregunta de Jesús es casi la misma de la semana pasada, cuando dijo a Santiago y Juan:

“¿Qué quieren de mí?” Aquellos le pedían un disparate: “Concédenos que nos

sentemos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria.” Y Jesús

les dijo: “No saben lo que piden.” Ya en el caso de Bartimeo, delante de su suplica

(“Maestro, que yo vea.”) Jesús lo concede (“Puedes irte; tu fe te ha salvado.”)

Su pedido no era una superficialidad, no era fruto de su egoísmo, sino que era

la súplica de un hombre que quería ver, que quería ser tocado por la luz, que quería

cambiar de vida, que quería entrar en el camino. De hecho, el texto termina diciendo:

“Y al instante vio, y se puso a caminar con Jesús.”

Creo que Bartimeo es para todos nosotros un lindo ejemplo de oración: en

primer lugar, como manifestación de la fe, de lo que creemos en nuestro corazón, de

la certeza de que Dios es impregnado por su misericordia; en segundo lugar, por su

perseverancia y su insistencia; y en tercer lugar por su suplica tan concreta y sencilla,

que pide a Dios para tener luz, esto es, nada más que la gracia de la conversión, la

gracia de poder estar en su camino.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, Capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

429 - “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores

que los demás? Les aseguro que no”. Lc 13, 2

Muchas veces suceden tragedias o calamidades en nuestra vida o de otros, y no faltan

personas que quieren explicarlo como un castigo de Dios a causa de los pecados. Sin

embargo, Jesús desautoriza estas explicaciones, primero porque Dios es amor y perdón

y no quiere la muerte del pecador sino su conversión, y segundo, porque a menudo las

víctimas de tales desventuras son ciertamente mucho más santos que otros que

continúan en sus macanadas. No debemos dar crédito a estos cuentos, sino permanecer

en la fe de que Dios sabe por qué permite que ciertas cosas sucedan y un día con Él

comprenderemos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

428 - “Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras están en el camino…”. Lc

12, 58

El Señor nos puso en esta tierra para experimentar la convivencia. Tendremos muchas

alegrías y también muchos problemas en esto: celos, envidias, disputas, persecuciones;

lo importante es estar atentos a sanar siempre las relaciones. Todos nos equivocamos:

sufrimos y también hacemos sufrir, pero debemos estar siempre dispuestos a perdonar y

también a pedir perdón. No debemos dejar correr el camino de la vida con deudas

pendientes. Mientras estamos en este mundo, debemos reconciliarnos entre nosotros, no

sea que en el juicio final alguien se levante y nos acuse delante de Dios. Allá ya no habrá

posibilidad de arreglos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

427 - “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra”. Lc 12, 49

Hay personas que quieren hacer de Jesús un profeta dulzón, que acepta todo, que no

es capaz de corregir a nadie, que solo sabe estimular no importando que sea al malo,

al corrupto, al equivocado… Sin embargo, este no es el Jesucristo de la biblia. Sin

dudas, él es bueno y puede perdonar todo y cualquier pecado, siempre y cuando el

pecador esté abierto a cambiar de vida. Pero, no olvidemos que Jesús también supo

usar el látigo, llamar de hipócrita, maldecir a la higuera, amenazar y anunciar el

castigo. Que nuestro encuentro con Cristo, sea verdaderamente con él y no con una

caricatura inofensiva. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Miércoles de la 29ª semana del tiempo durante el año

426 - “Al que mucho se le dio se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho se le

reclamará mucho más”. Lc 12, 48

Todos somos diferentes por nuestra historia, por nuestros dones, por las oportunidades

que se nos dan. Dios sabe de esto y Él no espera que todos demos la misma respuesta

delante de la vida, pero exigirá de cada uno lo que le corresponde. No puedo, por lo

tanto, acomodarme y hacer lo mínimo o solo esforzarme hasta igualarme a otros. El

criterio de Dios para juzgarme no es la comparación con los demás, sino el cuánto Él me

ha dado. ¡Que el esfuerzo continuo por crecer caracterice nuestra vida! Paz y bien.

 

Gotas de paz

Martes de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

425 - “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas”. Lc 12, 35

La vigilancia continua es el ideal de la vida cristiana. El mundo, la comodidad, los

placeres ejercen sobre nosotros una continua fascinación, pero, tocados por Cristo,

debemos saber resistir a estas tentaciones y mantenernos siempre en la espera de

nuestro día. Deberíamos verificarnos constantemente si estamos listos para partir,

esto es, si estamos al día con la caridad, si no estamos en falta con nadie, si estamos

en comunión con Dios y con su Iglesia. Si encontramos que algo no está bien, no

debemos esperar o pensar: “otro día voy a solucionar esto”, pues puede no haber otro

día. Hoy es el día de la gracia. Aprovéchalo. Paz y bien.

 

Gotas de paz

San Lucas, evangelista: 18 de octubre

515 - “En las ciudades… curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios

está cerca de ustedes»”. Lc 10, 9

El evangelista Lucas, cuya fiesta celebramos hoy, sin dudas cumplió este evangelio.

Siendo médico de profesión, tenía siempre una gran sensibilidad hacia los enfermos

como se evidencia en su evangelio, y además supo anunciar a todas las personas la

cercanía del reino de Dios. Sus parábolas de la misericordia son un icono precioso de

este Dios que se acerca a todo hombre, no para juzgarlo o condenarlo sino para sanarlo

y salvarlo. También nosotros somos hoy parte de los setenta y dos enviados a todos los

lugares donde Jesús debe llegar. Que nuestra cercanía a los que sufren sea un signo de

la presencia de Dios. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la trigésima semana del tiempo durante el año

433 - «Jesús, al ver a la mujer encorvada, la llamó y le dijo: “Mujer estás curada de tu

enfermedad”». Lc 13, 12

¡Qué gran sensibilidad de Jesús hacia las mujeres! Se encuentra con una mujer

encorvada y –sin que ella lo pida– él mismo toma la iniciativa de curarla. Cuántas

mujeres están caminando aun hoy encorvadas, oprimidas por tantos pesos, por tantas

imposiciones de una sociedad machista o por situaciones familiares que le impiden vivir

con normalidad. A Jesús le gustaría acercarse a cada una de ellas y devolverle la

dignidad, enderezándolas para que puedan relacionarse igualitariamente con todos y así

puedan también volver a alabar a Dios. Paz y bien.

 

Gotas de paz

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Al salir Jesús de Jericó, acompañado sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de

Timeo (Bartimeo), un limosnero ciego, estaba sentado a la orilla del camino. Cuando

supo que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “Jesús, ¡Hijo de David, ten compasión

de mí!” Varias personas trataron de hacerlo callar. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo

de David, ten compasión de mí!” Mc 10, 46-48

En años anteriores cuando la liturgia nos ha presentado este evangelio hicimos una

reflexión sobre el sentido del milagro que Jesús hizo con el ciego que estaba al borde

del camino. Este año aprovecho la oportunidad para continuar meditando sobre la

oración que meditamos la semana pasada, agregando la iluminación del hodierno

evangelio.

Él nos habla de un hombre con un problema muy concreto: era un ciego y a

causa de esto estaba al borde del camino, marginado por su sociedad.

Aunque fuera un ciego, no estaba resignado con su problema. Era un hombre

sin luz, pero él la estaba buscando. Esto nosotros entendemos porque el texto dice:

“cuando supo que era Jesús de Nazaret se puso a gritar.” Este gesto: “empezar a

gritar” revela cuanto él deseaba ser sanado. Su acción pronta revela que él ya sabía

quién era Jesús, que ya había escuchado hablar de él, y lo más importante: ya le tenía

fe. Las palabras de su grito son una verdadera profesión de fe: “Jesús, ¡Hijo de David,

ten compasión de mí!”

Es interesante recordar que muchos ya habían visto muchos milagros hechos

por Jesús y escuchado sus palabras, pero que aún no creían que él era el Mesías, el

Hijo de David, el rey prometido de Israel, como aquel ciego ya lo creía. Infelizmente,

muchos de los que tenían los ojos buenos, tenían el corazón endurecido.

Sin embargo, aquel ciego, aunque nunca había visto nada, solamente por haber

escuchado hablar de Jesús, por haber oído los testimonios, ya había llegado a la clareza

de fe. Él ya sabía que… ¡Jesús era el Hijo de David, era el Mesías prometido!

Fue con estas palabras que ha empezado su oración: ¡Jesús, Hijo de David!”

Lo primero que hizo fue manifestar su fe. No ha empezado gritando: “¡Soy un

ciego, ten compasión de mí!”; “soy un deficiente, un sufriente, ten piedad!” Lo más

importante que tenía para decir era que él creía que Jesús era el salvador. Y si él creía

en esto, era una consecuencia natural creer que Jesús tenía entrañas de misericordia.

Él sabía que Dios es movido por la compasión. Él sabía que Jesús, el Mesías prometido,

no sería capaz de hacer de cuenta que no le había escuchado, o que no le había visto

en su dolor. Sabía que Jesús, el Hijo de David, no podría pasar por el camino y dejarlo

allí como si nada. Él sabía que, si Dios escuchase su grito, no se haría del desentendido.

Es por eso que se puso a gritar. El texto no dice que gritó solo una vez, pero nos da la

idea de que gritó muchas veces.

A él también le llegó la tentación de suspender su oración. Muy concretamente,

el texto nos habla que: “Varias personas trataron de hacerlo callar.” De hecho, siempre

aparecen personas que nos quieren hacer desanimar. Lo interesante, es que eran

personas que estaban allí, esto es, que caminaban atrás de Jesús, pero que igual

querían persuadir el ciego a quedarse callado, a acomodarse y resignarse con su

situación de ciego y marginado. Sin embargo, él no se dejó intimidar, nos habla el

texto: “Pero él gritaba mucho más”. Él sabía que aquella era la oportunidad de cambiar

su vida, de salir del borde del camino. Él no podía callarse, solo porque algunos le

habían dicho. Algunos que tal vez ni entendían lo que estaba diciendo, o lo peor no

aceptaban su profesión de fe.

Y Jesús lo escuchó, se detuvo y le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” Esta

pregunta de Jesús es casi la misma de la semana pasada, cuando dijo a Santiago y Juan:

“¿Qué quieren de mí?” Aquellos le pedían un disparate: “Concédenos que nos

sentemos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria.” Y Jesús

les dijo: “No saben lo que piden.” Ya en el caso de Bartimeo, delante de su suplica

(“Maestro, que yo vea.”) Jesús lo concede (“Puedes irte; tu fe te ha salvado.”)

Su pedido no era una superficialidad, no era fruto de su egoísmo, sino que era

la súplica de un hombre que quería ver, que quería ser tocado por la luz, que quería

cambiar de vida, que quería entrar en el camino. De hecho, el texto termina diciendo:

“Y al instante vio, y se puso a caminar con Jesús.”

Creo que Bartimeo es para todos nosotros un lindo ejemplo de oración: en

primer lugar, como manifestación de la fe, de lo que creemos en nuestro corazón, de

la certeza de que Dios es impregnado por su misericordia; en segundo lugar, por su

perseverancia y su insistencia; y en tercer lugar por su suplica tan concreta y sencilla,

que pide a Dios para tener luz, esto es, nada más que la gracia de la conversión, la

gracia de poder estar en su camino.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, Capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

429 - “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores

que los demás? Les aseguro que no”. Lc 13, 2

Muchas veces suceden tragedias o calamidades en nuestra vida o de otros, y no faltan

personas que quieren explicarlo como un castigo de Dios a causa de los pecados. Sin

embargo, Jesús desautoriza estas explicaciones, primero porque Dios es amor y perdón

y no quiere la muerte del pecador sino su conversión, y segundo, porque a menudo las

víctimas de tales desventuras son ciertamente mucho más santos que otros que

continúan en sus macanadas. No debemos dar crédito a estos cuentos, sino permanecer

en la fe de que Dios sabe por qué permite que ciertas cosas sucedan y un día con Él

comprenderemos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la vigesimonovena semana del tiempo durante el año

428 - “Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras están en el camino…”. Lc

12, 58

El Señor nos puso en esta tierra para experimentar la convivencia. Tendremos muchas

alegrías y también muchos problemas en esto: celos, envidias, disputas, persecuciones;

lo importante es estar atentos a sanar siempre las relaciones. Todos nos equivocamos:

sufrimos y también hacemos sufrir, pero debemos estar siempre dispuestos a perdonar y

también a pedir perdón. No debemos dejar correr el camino de la vida con deudas

pendientes. Mientras estamos en este mundo, debemos reconciliarnos entre nosotros, no

sea que en el juicio final alguien se levante y nos acuse delante de Dios. Allá ya no habrá

posibilidad de arreglos. Paz y bien.