Gotas de paz

Jueves de la segunda semana de Pascua

124 - “El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida”. Jn 3, 36

Delante del misterio de Cristo Jesús, hasta podremos tener dudas como la tuvo el

apóstol Santo Tomás, pero no podemos encerrarnos y decidir no creer en él. Cuando

alguien lo decide a causa de la maldad, de los vicios o de la corrupción, pues sabe que

aceptar a Jesús significa buscar cambiar de vida; entonces no le resta otra alternativa

que autoexcluirse del Reino de Dios. Hay personas que eligen ser hijos de las tinieblas,

que prefieren ser promotores de una cultura de muerte, y Dios no les salvará a la fuerza.

Paz y bien.

 

Gotas de paz

II Domingo de Pascua (B)

“No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el

lugar de los clavos y palpe la herida del costado” Jn 20, 25

En el evangelio de este domingo la Iglesia nos presenta la interesante figura de

santo Tomás en su duda sobre la resurrección de Jesús. Era demasiado fuerte, para él,

creer que aquel hombre que fue torturado, desfigurado, clavado en una cruz y por fin,

hasta perforado con una lanza, pudiera estar vivo de nuevo. Humanamente esto era

imposible. Solamente el Dios, que puede hacer nueva todas las cosas, podría realizar

una maravilla tan grande.

Sus compañeros le dijeron que habían visto al Señor en el día mismo de Pascua,

pero Tomás tenía dudas. A lo mejor pensaba que los demás apóstoles, tan abalados

por lo acontecido habían tenido una visión o estaban intentando encontrar algún

consuelo, huyendo de la triste realidad de la terrible muerte de Jesús. El hecho es que

él se muestra muy incrédulo: “No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus

manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado.”

En su incredulidad Tomás hasta se parece a muchas personas de nuestro

mundo de hoy, a quienes les cuesta mucho creer en las verdades de la fe. Son muchos

los que aun hoy piden pruebas concretas para que “puedan” creer.

Con todo, tenemos que saber que existen dos tipos de incrédulos: unos son

aquellos que no creen, pero están abiertos y hasta les gustaría creer, o mejor, están en

la búsqueda de la verdad; y otros son incrédulos, que decidieron ser así, que están

cerrados, que se construyeron una protección ideológica y tienen miedo de todo lo

que les pueda desinstalar. Se hacen ciegos e incapaces de ver hasta las evidencias más

concretas. Delante de todas las pruebas, siempre encontraran un pero. Son fanáticos

de su incredulidad y la defienden con obstinación.

Tomás es ciertamente uno de los incrédulos del primer tipo, de aquellos que

quiere creer. Él desea sinceramente estar seguro de que Jesús está vivo y resucitado.

Su voluntad de colocar el dedo en las heridas de Jesús no es para hacerle mal al Señor,

sino para sanar su duda, pues al final el profeta Isaías ya había dicho que “en sus

heridas nosotros seremos sanados”.

Tomás no conseguía a sus compañeros, pero quería mucho encontrarse con

Cristo resucitado. Es por eso que ocho días después él también estaba allí, en el mismo

lugar, en la reunión de los apóstoles. Él no había creído, pero igual se fue al nuevo

encuentro el domingo siguiente. Él no estaba huyendo del Señor, al contrario, aun con

dudas, lo estaba buscando. Es impresionante la sinceridad de este hombre. Y Jesús

vino a su encuentro y le dijo: “Ven acá, mira mis manos, extiende tu mano y palpa mi

costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.”

El evangelio no nos dice si realmente Tomás lo tocó, o si bastaron lo que sus

ojos vieron, pero sí nos dice su profesión de fe: “Mi Señor y mi Dios”. Es la primera vez

que los evangelios narran que uno de los apóstoles expresa con claridad la fe de que

este Jesús, que vivió y caminó con ellos, es Dios y Señor.

Creo que todos nosotros tenemos o debemos tener un poco de Santo Tomás.

Nadie de nosotros debería contentarse solamente con lo que los otros dicen. Nadie de

nosotros debería creer que Cristo está vivo y resucitado sólo porque nuestros padres o

los catequistas o los curas un día nos dijeron, sino que debemos creerlo porque hemos

comprobado en nuestras vidas la fuerza de su resurrección y porque lo hemos

encontrado en nuestros caminos y nos dijo a través de los hechos: “en adelante no

seas incrédulo, sino hombre de fe”

Y, si tenemos dudas, pero de verdad queremos creer, debemos hacer como

Santo Tomás: colocarnos en su camino, buscar la reunión de la Iglesia, participar en la

misa y en las oraciones y decir a todos “yo quiero sentirlo, yo también quiero tocar sus

heridas, yo también quiero ser hombre de fe” Pues solamente así cada uno de

nosotros podrá confesar con todo el corazón que Jesús de Nazaret es “Mi Señor y mi

Dios.”

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la octava de Pascua

119 - “Jesús reprochó a los once su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a

quienes lo habían visto resucitado”. Mc 16, 14

La resurrección de Cristo fue una novedad tan grande que a sus propios apóstoles les

costó creerla. Fueron necesarias muchas apariciones, milagros, palabras, señales,

toques para que ellos llegasen a la plena convicción de que Jesús de Nazaret, aquel

mismo que fue crucificado, estaba vivo y glorificado. Sin embargo, cuando creyeron de

verdad, ellos se volvieron tan seguros, que no temían ni la amenaza de muerte y

predicaban en todas partes, con audacia y coraje, la Buena Noticia de la Resurrección.

Danos, Señor, la gracia de experimentarte resucitado en nuestra vida. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la octava de Pascua

118 - «El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”». Jn 21, 7

Para hacer comprender el gran misterio de la resurrección, Jesús apareció a sus

apóstoles muchas veces y en distintas situaciones. Su cuerpo glorificado no se hacía

reconocible a primera vista, pero lo que decía, su modo de actuar o las marcas de la

pasión permitían a los discípulos reconocerlo como aquel mismo a quien habían seguido,

escuchado y amado. La muerte no le dañó. Él está vivo y continúa interviniendo en

nuestra vida. Él continúa realizando milagros en nuestra historia. Las experiencias con el

resucitado fueron trasformando la vida de aquellos hombres, que se hicieron intrépidos

predicadores. Dejemos que el resucitado también transforme nuestra vida. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la octava de Pascua

117 - “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean”. Lc 24, 39

Jesús resucitado se presenta delante de sus apóstoles y ellos se asustan. Piensan que es

un fantasma o solo un espíritu. Sin embargo, la resurrección es volver a la vida también con

un cuerpo, que será un cuerpo de gloria, no más pasible de enfermedades, sino con plena

vitalidad, pero a la vez con las marcas de antes, en su caso, con las señales de la pasión,

que lo hacen reconocible. No sabemos todos los detalles, pero lo mismo sucederá con

nosotros en la resurrección de la carne. Seremos nuevos, pero llevaremos las marcas de

este mundo y mantendremos nuestra identidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Miércoles de la octava de Pascua

116 - “Ese mismo día, dos de sus discípulos iban a Emaús. El mismo Jesús se acercó y

siguió caminando con ellos”. Lc 24, 13.15

Estos discípulos estaban desolados y habían desistido de continuar con los otros

apóstoles…; se estaban alejando de la comunidad. Volvían a la vida de antes,

caminaban en la dirección equivocada. En ese momento, Jesús resucitado se acercó y

caminó con ellos. Les habló, les explicó con paciencia, les acompañó hasta que ellos se

dieron cuenta del error. Es bellísima la pedagogía de Dios: no los corrigió

precipitadamente, sino que supo esperar el momento justo en que sus ojos se abrieron.

Y ellos decidieron volver apresuradamente esa noche para reencontrarse con la

comunidad. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Martes de la octava de Pascua

115 - “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Jn 20, 15

Esta pregunta de Jesús parece estar dirigida a todos los que lloran en su búsqueda de

Dios. María Magdalena está llorando porque no encuentra el cuerpo de Jesús, que ella

cree aún muerto. Ella lo está buscando desesperadamente, pero busca un cadáver. Hay

muchas personas que sufren mucho por ideas equivocadas de Dios, pues lo piensan

solo como un juez castigador, opresor o amenazador. Sin embargo, Jesús nos revela

que el Dios vivo y verdadero es rico en misericordia y sale a nuestro encuentro. Aunque

muchos no lo reconocen a primera vista, igual Él busca la manera de abrirle los ojos. Paz

y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la octava de Pascua

114 - “Jesús salió a su encuentro y les saludó, diciendo ¡Alégrense!”. Mt 28, 9

La tristeza es señal de insatisfacción, de dolor, de nostalgia, de duelo, de frustración…

Aquellas mujeres que antes estaban llorando, tan tristes por la muerte de Jesús, después

del encuentro con el ángel, se alegraron, pues llevaban la buena noticia de su

resurrección.

Además, el encuentro personal con el resucitado llevó a la plenitud la alegría que

sentían. Ahora ya no era solo una noticia, sino que ellas le estaban viendo, escuchando y

tocando. Y de la boca de Jesús justamente escuchan esto: “¡Alégrense!”. Hoy el Señor

sale a nuestro encuentro para transformar nuestras tristezas en alegría. Ojalá nos

encuentre. Ojalá lo escuchemos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

¡Jesús ha resucitado!

¡No tengan miedo! Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado, pero Él no está aquí, ha

resucitado" MC 16, 6

Jesús vino al mundo para reconciliarnos con Dios, liberándonos del poder del mal y dándonos de

nuevo la filiación divina, con todos sus beneficios: como una vida Espiritual, como la victoria sobre

el pecado y la inmortalidad.

Para esto Él necesitaba vencer al mal en todas sus manifestaciones (egoísmo, envidia, abandono,

traición, tristeza, humillación…) hasta en aquella más cruel: la muerte.

Por eso, después de haber rezado por el reino de Dios, de haber hablado sobre la vida motivada

únicamente por amor, de haber manifestado con palabras y gestos que Dios está cerca de todo

hombre que confía en Él, Jesús necesitaba someterse a las fuerzas del mal para poder derrotarlas

desde la raíz.

No fue difícil encontrar quien quiera hacer mal a Jesús. Al contrario, desde que nació, siempre

estuvo amenazado de muerte. Sus padres tuvieron que huir a Egipto para que los soldados de

Herodes no lo mataran cuando aún era un niñito. Muchas otras veces tuvo que huir porque le

querían apedrear o le querían arrojar a un precipicio… pero su misión aun no estaba completa.

Esto nos revela que el amor y el bien siempre corren riesgos en la sociedad humana. Cualquier cosa

buena que nace, cualquier proyecto de ayuda, de solidaridad o de amor que empieza a crecer,

siempre enfrenta persecuciones, pues todos nosotros estamos contaminados por el egoísmo, la

envidia, los celos, el miedo, la avaricia ... y como Caín siempre intentamos matar a quien hace el

bien, porque esto nos perturba. (¡No debemos pensar que nosotros somos siempre las víctimas, pues

muchas veces también somos los perseguidores!)

De hecho Jesús fue perseguido por los sumos sacerdotes, por los doctores de la ley, pero también

fue traicionado por uno de sus discípulos, fue abandonado por todos sus amigos, fue negado por el

discípulo de su mayor confianza, fue despreciado por la muchedumbre que seguramente en otros

momentos le habían aclamado y habían recibido sus beneficios.

Estaba llegando la hora decisiva de Jesús. Él ya había esparcido la semilla de la vida nueva, ahora

necesitaba regar con su sangre para que pudiera brotar.

Jesús permite que se imprima en Él toda la maldad humana. Acepta todo desprecio, toda injusticia,

todo odio, toda violencia… y abraza la cruz.

Él sabía que en aquella cruz estaban todas las miserias humanas. Los hombres pensaban que estaban

destruyendo a Jesús, pero él sabía que estaba preparando el remedio para la maldad del mundo. Los

hombres pensaban que estaban matando a Jesús, pero él sabía que estaba dando la vida.

Y mataban a Jesús de Nazaret. Las tinieblas cantaban victoria. El hombre pensaba que había

vencido a Dios. Jesús estaba muerto y enterrado. En la lógica del mundo, la historia de Jesús se

había terminado. Hasta los mismos discípulos estaban tristes y decepcionados. Las mujeres, amigas

de Jesús van muy rápido al sepulcro el día domingo para ungir su cadáver. Pero cuando llegan ven

que el sepulcro está abierto y vacío, solamente con los tejidos que le envolvían…

Al principio era difícil de aceptar… ¡Está vivo! ¡Resucitó! ¡La muerte no tiene más la última

palabra!

¡Alegría! ¡Aleluya! ¡El Señor resucitó!

Desde aquel día, el hombre no está más condenado a las tinieblas. No está sujeto al mal. Jesús

resucitado comunica su victoria a todos los que quieran renacer a una vida nueva. En el Espíritu del

Resucitado, todos los que buscan vencer al mal, encuentran la fuerza y el modelo.

En Cristo Jesús, hoy nosotros estamos invitados a ser hombres nuevos. Ya no puede reinar en

nuestras vidas el egoísmo, el orgullo, el miedo, la tristeza… debemos renunciar al mal… y permitir

que sólo Jesús sea nuestro Señor.

¡Felices Pascuas!

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ. Hno. Mario, capuchino

 

Gotas de paz

II Domingo de Pascua (B)

“No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el

lugar de los clavos y palpe la herida del costado” Jn 20, 25

En el evangelio de este domingo la Iglesia nos presenta la interesante figura de

santo Tomás en su duda sobre la resurrección de Jesús. Era demasiado fuerte, para él,

creer que aquel hombre que fue torturado, desfigurado, clavado en una cruz y por fin,

hasta perforado con una lanza, pudiera estar vivo de nuevo. Humanamente esto era

imposible. Solamente el Dios, que puede hacer nueva todas las cosas, podría realizar

una maravilla tan grande.

Sus compañeros le dijeron que habían visto al Señor en el día mismo de Pascua,

pero Tomás tenía dudas. A lo mejor pensaba que los demás apóstoles, tan abalados

por lo acontecido habían tenido una visión o estaban intentando encontrar algún

consuelo, huyendo de la triste realidad de la terrible muerte de Jesús. El hecho es que

él se muestra muy incrédulo: “No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus

manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado.”

En su incredulidad Tomás hasta se parece a muchas personas de nuestro

mundo de hoy, a quienes les cuesta mucho creer en las verdades de la fe. Son muchos

los que aun hoy piden pruebas concretas para que “puedan” creer.

Con todo, tenemos que saber que existen dos tipos de incrédulos: unos son

aquellos que no creen, pero están abiertos y hasta les gustaría creer, o mejor, están en

la búsqueda de la verdad; y otros son incrédulos, que decidieron ser así, que están

cerrados, que se construyeron una protección ideológica y tienen miedo de todo lo

que les pueda desinstalar. Se hacen ciegos e incapaces de ver hasta las evidencias más

concretas. Delante de todas las pruebas, siempre encontraran un pero. Son fanáticos

de su incredulidad y la defienden con obstinación.

Tomás es ciertamente uno de los incrédulos del primer tipo, de aquellos que

quiere creer. Él desea sinceramente estar seguro de que Jesús está vivo y resucitado.

Su voluntad de colocar el dedo en las heridas de Jesús no es para hacerle mal al Señor,

sino para sanar su duda, pues al final el profeta Isaías ya había dicho que “en sus

heridas nosotros seremos sanados”.

Tomás no conseguía a sus compañeros, pero quería mucho encontrarse con

Cristo resucitado. Es por eso que ocho días después él también estaba allí, en el mismo

lugar, en la reunión de los apóstoles. Él no había creído, pero igual se fue al nuevo

encuentro el domingo siguiente. Él no estaba huyendo del Señor, al contrario, aun con

dudas, lo estaba buscando. Es impresionante la sinceridad de este hombre. Y Jesús

vino a su encuentro y le dijo: “Ven acá, mira mis manos, extiende tu mano y palpa mi

costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.”

El evangelio no nos dice si realmente Tomás lo tocó, o si bastaron lo que sus

ojos vieron, pero sí nos dice su profesión de fe: “Mi Señor y mi Dios”. Es la primera vez

que los evangelios narran que uno de los apóstoles expresa con claridad la fe de que

este Jesús, que vivió y caminó con ellos, es Dios y Señor.

Creo que todos nosotros tenemos o debemos tener un poco de Santo Tomás.

Nadie de nosotros debería contentarse solamente con lo que los otros dicen. Nadie de

nosotros debería creer que Cristo está vivo y resucitado sólo porque nuestros padres o

los catequistas o los curas un día nos dijeron, sino que debemos creerlo porque hemos

comprobado en nuestras vidas la fuerza de su resurrección y porque lo hemos

encontrado en nuestros caminos y nos dijo a través de los hechos: “en adelante no

seas incrédulo, sino hombre de fe”

Y, si tenemos dudas, pero de verdad queremos creer, debemos hacer como

Santo Tomás: colocarnos en su camino, buscar la reunión de la Iglesia, participar en la

misa y en las oraciones y decir a todos “yo quiero sentirlo, yo también quiero tocar sus

heridas, yo también quiero ser hombre de fe” Pues solamente así cada uno de

nosotros podrá confesar con todo el corazón que Jesús de Nazaret es “Mi Señor y mi

Dios.”

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la octava de Pascua

119 - “Jesús reprochó a los once su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a

quienes lo habían visto resucitado”. Mc 16, 14

La resurrección de Cristo fue una novedad tan grande que a sus propios apóstoles les

costó creerla. Fueron necesarias muchas apariciones, milagros, palabras, señales,

toques para que ellos llegasen a la plena convicción de que Jesús de Nazaret, aquel

mismo que fue crucificado, estaba vivo y glorificado. Sin embargo, cuando creyeron de

verdad, ellos se volvieron tan seguros, que no temían ni la amenaza de muerte y

predicaban en todas partes, con audacia y coraje, la Buena Noticia de la Resurrección.

Danos, Señor, la gracia de experimentarte resucitado en nuestra vida. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la octava de Pascua

118 - «El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”». Jn 21, 7

Para hacer comprender el gran misterio de la resurrección, Jesús apareció a sus

apóstoles muchas veces y en distintas situaciones. Su cuerpo glorificado no se hacía

reconocible a primera vista, pero lo que decía, su modo de actuar o las marcas de la

pasión permitían a los discípulos reconocerlo como aquel mismo a quien habían seguido,

escuchado y amado. La muerte no le dañó. Él está vivo y continúa interviniendo en

nuestra vida. Él continúa realizando milagros en nuestra historia. Las experiencias con el

resucitado fueron trasformando la vida de aquellos hombres, que se hicieron intrépidos

predicadores. Dejemos que el resucitado también transforme nuestra vida. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la octava de Pascua

117 - “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean”. Lc 24, 39

Jesús resucitado se presenta delante de sus apóstoles y ellos se asustan. Piensan que es

un fantasma o solo un espíritu. Sin embargo, la resurrección es volver a la vida también con

un cuerpo, que será un cuerpo de gloria, no más pasible de enfermedades, sino con plena

vitalidad, pero a la vez con las marcas de antes, en su caso, con las señales de la pasión,

que lo hacen reconocible. No sabemos todos los detalles, pero lo mismo sucederá con

nosotros en la resurrección de la carne. Seremos nuevos, pero llevaremos las marcas de

este mundo y mantendremos nuestra identidad. Paz y bien.