Gotas de paz

Lunes de la vigesimocuarta semana del tiempo durante el año

379 - “No soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra…”. Lc 7, 6-7

Cuántas veces estamos así: necesitamos de Dios, de su ayuda, de su favor, pero nos sentimos indignos de pedirle y también de que Él venga hasta nosotros. Como el centurión, pedimos que otros intercedan en nuestro favor y nos quedamos temerosos de que el Señor entre en nuestra vida quizás marcada por tantas debilidades y pecados. Pero, más allá de la realidad concreta de este hombre, Jesús valora su fe y, sin forzarle a nada, realiza el milagro que necesitaba. Aunque no seamos dignos de recibir el Señor en nuestra casa, no perdamos la esperanza, pues igual él puede salvarnos. Paz y bien.

 

Gotas de paz

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (C)

“Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud. Entonces el hijo mayor se enojó y no quiso entrar en la fiesta” Lc 15, 27-28

La Iglesia nos propone para este domingo las tres parábolas del capítulo 15 de Lucas, que nos enseñan hasta qué punto llega la misericordia del corazón de Dios-Padre. En los años anteriores cuando ya encontramos este evangelio hemos meditado justamente sobre esta capacidad infinita de perdonar de Dios que supera todos nuestros parámetros. Hoy queremos meditar sobre otro aspecto, el cuanto nos cuesta ser misericordiosos con nuestros hermanos. De hecho, al final de este evangelio Jesús nos habla del enojo del hermano mayor con la actitud misericordiosa del Padre. Por hermanos entendemos no solo los hermanos de sangre como también los miembros de una comunidad religiosa, o hasta colegas y amigos de un determinado grupo social.

El hecho es que, desde del inicio del mundo la relación entre hermanos fue siempre marcada por el conflicto, por los celos, por la disputa de poder y privilegios. Ya los dos primeros hermanos que existieron (Caín y Abel) uno mató el otro. Aun encontramos que Jacob robó la bendición de la primogenitura a su hermano Esaú y quedó con todos los derechos que no le correspondían. También los hermanos de José lo querían matar a causa de los celos, pero al final lo vendieron como esclavo. Y los ejemplos podrían aun continuar…

La relación entre un hombre y una mujer es sostenida por el deseo, por el amor… los dos sienten necesidad entre sí para completarse. La relación entre el padre (o la madre) y el hijo es estimulada del hecho que los hijos son en un cierto modo una prolongación de uno mismo. Sin embargo, entre hermanos no tenemos una motivación natural que nos una. Al contrario, un hermano generalmente lo sentimos como una amenaza. Es alguien que llega para robarnos la atención, el afecto, el espacio… Basta recordar los celos de los niños cuando les nace un nuevo hermanito. Son los padres que deben enseñar a respectar, a compartir y a amar a los hermanos. Aun así, al final siempre se queda algo: siempre tenemos algo que reclamar con nuestros padres en relación a nuestros hermanos: a veces nos parece que prefieren al otro y que a él siempre hacen más.

Es muy común que después que los padres se vayan, empiecen a crecer muchas diferencias entre hermanos. La repartición de los bienes en general es muy problemática y fuente de muchas luchas y divisiones. Como el hijo mayor de la parábola, gritamos siempre por justicia y queremos impedir que nuestros padres sean misericordiosos con nuestros hermanos. Como el hijo mayor, esperamos que el padre castigue nuestro hermano delante de nosotros, que le llame la atención, que le trate con dureza.

Cada hijo, en la intimidad, siempre cree que tendría más derecho que los otros, y hasta sería capaz de dar muchas razones para esto. Con todo, lo que secretamente nos mueve son estos celos, es nuestra inseguridad, es nuestra rabia por no ser únicos en el mundo. Reconocer al otro y tener que compartir con él la vida, los afectos, los bienes… es siempre un gran desafío.

Es justamente esta relación entre hermanos que necesita ser iluminada y transformada por el evangelio. Jesús vino al mundo para proponernos un nuevo modo de ser hermano. Al contrario de Caín que mató su hermano, Jesús vino para dar su vida por sus hermanos.

Él es el hermano, el primogénito, que libre de cualquier celo y de envidia quiso (y quiere) solamente el bien para sus hermanos; que envés de pedir al padre que haga justicia con nosotros, aceptó de pagar nuestra deuda cargando la cruz; que envés de querer la herencia toda solo para si, está buscando siempre nuevos hermanos con quien compartirla; que siendo el primogénito envés de querer que todos lo sirvan, prefiere lavar los pies de sus hermanos; que envés de enojarse con la fiesta que el padre hace por cada hijo que retorna a su casa, ofrece su propia carne para el banquete ...

Este es el único modo de cambiar el mundo: aprender a ser hermano como y con Jesús.

Debemos descubrir y reconocer que dentro de cada uno de nosotros naturalmente existe un Caín siempre dispuesto a asesinar a quien nos hace sombra, a quien tiene algo mejor que nosotros, a quien nos roba la cena, o quien juzgamos que haya cometido algún pecado… Este Caín necesita ser combatido y transformado en Cristo, listo para servir, para amar, para perdonar y hasta para dar la vida por el hermano. Santos como Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta… lo consiguieron. Ellos vivieron una nueva relación con sus hermanos. También nosotros podemos hacerlo. La eucaristía de cada domingo debe ayudarnos en este proceso de Cristificación.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

375 - “La boca habla de lo que está lleno el corazón”. Lc 6, 45

Cuánta sabiduría la de Jesús. Todos deberíamos atender por un día cuáles son nuestras conversaciones, las palabras que tenemos siempre en la boca, nuestras bromas, sentencias y juicios, pues esto nos revelaría de qué está lleno nuestro corazón. Descubriremos cuánto hay de maldades, lujurias, odios, peleas, vicios y soberbia… Y no basta solo con reprimir las palabras y cuidarse para no decir ciertas cosas, es necesario vaciar el corazón y recargarlo con algo diferente. Mi corazón se llena de lo que le alimento. Si paso más tiempo en las cosas del mundo: placeres, televisiones, músicas, redes sociales…, naturalmente, él absorberá estas cosas, y mi boca me denunciará. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

374 - “Saca primero la viga de tu ojo…”. Lc 6, 42

A todos nosotros nos resulta mucho más fácil ver los defectos ajenos que los nuestros. Sin embargo, el encuentro con Cristo nos invita, antes que nada, a volver la mirada hacia nosotros mismos para que nos conozcamos y busquemos, en primer lugar, cambiarnos a nosotros mismos y, solo después, tratar de corregir y ayudar a los demás. Quien es capaz de mirarse profundamente y sabe reconocer los propios defectos, se hace mucho más comprensivo con los otros. De hecho, dicen los santos: para que el mundo sea mejor, el primero que debe cambiar soy yo mismo, pues mi peor enemigo es mi propio egoísmo. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

373 - “Si hacen el bien solo a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen?”. Lc 6, 33

Naturalmente queremos responder a los estímulos. Si nos saludan, respondemos. Si nos hacen el bien, debemos sentirnos obligados en retribuirlo. Sin dudas, no hay nada de errado en esto. Sin embargo, el cristianismo nos invita a ir más allá. Nos desafía a hacer el bien por una decisión propia nuestra, aunque no sea respuesta a un estímulo, esto es, aunque el otro no nos lo haya hecho o hasta nos haya dañado. Si queremos tener méritos delante de Dios, debemos no solo responder, sino hacer el bien siempre y a todos independiente del que nos haga el otro. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Miércoles de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

372 - “Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”. Lc 6, 20

En toda su vida Jesús dejó muy claro su amor preferencial por los pobres. Ciertamente no porque los pobres sean de por sí mejores que los demás o más santos, sino porque en ellos se multiplican los sufrimientos y la vida está más amenazada. Así como un padre que tiene muchos hijos los ama a todos, pero atenderá mucho más a aquel que está enfermo o sufriendo por algún motivo o metido en vicios; así también Dios con nosotros. Él nos ama a todos, pero tiene una preocupación especial por aquellos que más sufren. Nadie está excluido, pero los que más necesitan encuentran en Él mayor misericordia. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Martes de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

371 - “Jesús se retiró a una montaña para orar y pasó toda la noche en oración con Dios”. Lc 6, 12

La oración cotidiana es parte esencial de la vida cristiana. Sin embargo, los momentos importantes de nuestra vida deberíamos vivirlos con una especial oración. Así lo hizo Jesús –por ejemplo– antes de elegir a los doce apóstoles. También nosotros, antes de una decisión importante; antes del matrimonio, antes de una operación, antes de empezar un nuevo trabajo, antes de un diálogo significativo, deberíamos retirarnos en oración. La oración hecha con fe ilumina nuestro espíritu nos da un discernimiento sereno, nos inspira las palabras justas y nos llena de paz. La oración es siempre nuestra mejor preparación. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Lunes de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

370 - “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?”. Lc 6, 6

Para Jesús, entre el bien y el mal no existe la neutralidad: o se hace el bien o ya se está haciendo el mal. La omisión no es neutra, sino es también un pecado. Delante de alguien que me necesita tengo tres posibilidades: o le ayudo o le ignoro o puedo dañarle aún más. La primera actitud es el bien, las otras dos son maldad. Es este el contexto en que Jesús me recuerda que ninguna ley está por encima del bien. No puedo buscar excusarme en leyes para dejar de hacer el bien. Si lo hago, también yo me transformo en instrumento del mal. Paz y bien.

 

Gotas de paz

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (C)

"El que no carga con su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo" Lc 14, 27

El evangelio de este domingo nos parece muy fuerte y exigente. Las palabras de Jesús hasta nos asustan. Él nos impone como una condición para poder seguirlo: amarlo más que a cualquier otra persona o cualquier otra cosa en este mundo. Y quiere el primado. No es que a Él no le guste que amemos a nuestros padres, a nuestros parientes, a nuestros amigos… al contrario él quiere que le amemos tan profundamente como él lo hace, no de un modo egoísta o posesivo, sino que siendo capaz de dar la vida por ellos. Amar a Jesús más que a todos no disminuye en nada la intensidad de nuestro amor hacia los demás, sino que nos capacita a amar mucho más intensamente. Estas palabras nos ayudan a entender mejor el versículo 26, pero hoy quiero proponer una mirada al versículo 27: “El que no carga con su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo."

Cuando se habla de cruz, todos nosotros ya nos quedamos un poco asustados, pues esta palabra recuerda dolor, castigo, sufrimiento, angustia… y naturalmente a nadie le gusta esto. Además, los adversarios de Cristo cuando lo condenaran a la cruz así pensaban. Cristo, sin embargo, abrazando la cruz, cargándola y dejándose clavar en ella, ha trasformado en fuente de vida, de liberación, de paz, de victoria…

Sus palabras de hoy - " el que no carga con su cruz" - nos hacen entender que cada persona tiene una cruz. Todos los seres humanos que nacen en este mundo tienen una cruz. Tal cruz puede ser, todas las limitaciones con las que nuestra vida en la tierra está condicionada. El hombre tiene limitaciones corporales. ¿Quién está completamente contento con su cuerpo, con sus características físicas? ¿Quién nunca deseó que sus ojos, sus cabellos, su altura, su peso… fuera diferente? ¿Quién no tiene algún defecto pequeño o grande en su cuerpo? ¿Quién está libre de las enfermedades o ya no necesitó de alguna medicina? La gran industria cosmética y farmacéutica y los ríos de dinero que estas mueven nos revelan como existen personas que están luchando con su cuerpo y los quieren trasformar o al menos disfrazar, pues no aceptan lo que tienen. Para algunos su cuerpo es causa de gran sufrimiento y perturbación. El hombre tiene limitaciones morales o espirituales. No depende de nuestra elección ser inteligente, o irascible, o alegre, o celoso, o desconfiado. Aunque logremos trabajar esto, será difícil tener un control completo. A veces es nuestra memoria que nos traiciona. Otras son nuestra timidez y la inseguridad que nos frenan. Asimismo, el carácter que tenemos tantas veces nos sorprende y es causa de mucho dolor. Otras veces somos sorprendidos por la envidia, cuando reconocemos en otros hermanos características o dones que nos gustaría tener. También estas limitaciones que hacen parte de la vida de todos los humanos horrorizan la vida de muchos y les quita la paz.

El hombre es limitado también históricamente. Nacemos en una familia concreta, nuestros padres y parientes tienen dones y defectos. Sus acciones algunas veces nos hacen madurar, pero otras nos traumatizan y nos hacen sufrir. Nacemos en una determinada situación económica, que muchas veces nos exige cambiar los sueños. Nacemos en una cultura determinada, y en ella aprendimos valores y también prejuicios. Igualmente, la contingencia histórica en que fuimos plantados puede ser causa de problemas y frustraciones. En fin, lo que nos hace particulares e irrepetibles son también nuestras varias limitaciones. El hombre ideal, sin limitaciones, no existe.

Jesús no vino para relacionarse con un hombre ideal, sino concretamente con cada uno de nosotros. Pese a todos los límites que tengamos, es con nosotros que él quiere tener una historia de amor y transformación. Por eso quien no se conoce y no se asume, quien no se acepta en lo que es - corporal, espiritual e históricamente - no puede empezar el discipulado con Jesús, no puede entrar en su escuela. "El que no carga con su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo."

Recordamos que ser discípulos es ser un aprendiz, un alumno (ser apóstol es ser un enviado). Por lo tanto, abrazar su propia cruz es una exigencia para quien quiera ser un aprendiz de cristiano. En la escuela de Jesús no sirve estar con las máscaras, con maquillaje, con disfraces… Cada uno debe abrazar su cruz, debe abrazarse a sí mismo, y colocarse en el camino de Jesús. Dios quiere salvar lo que realmente somos, quiere enseñarnos a ser felices aun con nuestras limitaciones, pero sus manos estarán atadas mientras nosotros no nos abracemos y nos presentemos delante de él.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (C)

“Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud. Entonces el hijo mayor se enojó y no quiso entrar en la fiesta” Lc 15, 27-28

La Iglesia nos propone para este domingo las tres parábolas del capítulo 15 de Lucas, que nos enseñan hasta qué punto llega la misericordia del corazón de Dios-Padre. En los años anteriores cuando ya encontramos este evangelio hemos meditado justamente sobre esta capacidad infinita de perdonar de Dios que supera todos nuestros parámetros. Hoy queremos meditar sobre otro aspecto, el cuanto nos cuesta ser misericordiosos con nuestros hermanos. De hecho, al final de este evangelio Jesús nos habla del enojo del hermano mayor con la actitud misericordiosa del Padre. Por hermanos entendemos no solo los hermanos de sangre como también los miembros de una comunidad religiosa, o hasta colegas y amigos de un determinado grupo social.

El hecho es que, desde del inicio del mundo la relación entre hermanos fue siempre marcada por el conflicto, por los celos, por la disputa de poder y privilegios. Ya los dos primeros hermanos que existieron (Caín y Abel) uno mató el otro. Aun encontramos que Jacob robó la bendición de la primogenitura a su hermano Esaú y quedó con todos los derechos que no le correspondían. También los hermanos de José lo querían matar a causa de los celos, pero al final lo vendieron como esclavo. Y los ejemplos podrían aun continuar…

La relación entre un hombre y una mujer es sostenida por el deseo, por el amor… los dos sienten necesidad entre sí para completarse. La relación entre el padre (o la madre) y el hijo es estimulada del hecho que los hijos son en un cierto modo una prolongación de uno mismo. Sin embargo, entre hermanos no tenemos una motivación natural que nos una. Al contrario, un hermano generalmente lo sentimos como una amenaza. Es alguien que llega para robarnos la atención, el afecto, el espacio… Basta recordar los celos de los niños cuando les nace un nuevo hermanito. Son los padres que deben enseñar a respectar, a compartir y a amar a los hermanos. Aun así, al final siempre se queda algo: siempre tenemos algo que reclamar con nuestros padres en relación a nuestros hermanos: a veces nos parece que prefieren al otro y que a él siempre hacen más.

Es muy común que después que los padres se vayan, empiecen a crecer muchas diferencias entre hermanos. La repartición de los bienes en general es muy problemática y fuente de muchas luchas y divisiones. Como el hijo mayor de la parábola, gritamos siempre por justicia y queremos impedir que nuestros padres sean misericordiosos con nuestros hermanos. Como el hijo mayor, esperamos que el padre castigue nuestro hermano delante de nosotros, que le llame la atención, que le trate con dureza.

Cada hijo, en la intimidad, siempre cree que tendría más derecho que los otros, y hasta sería capaz de dar muchas razones para esto. Con todo, lo que secretamente nos mueve son estos celos, es nuestra inseguridad, es nuestra rabia por no ser únicos en el mundo. Reconocer al otro y tener que compartir con él la vida, los afectos, los bienes… es siempre un gran desafío.

Es justamente esta relación entre hermanos que necesita ser iluminada y transformada por el evangelio. Jesús vino al mundo para proponernos un nuevo modo de ser hermano. Al contrario de Caín que mató su hermano, Jesús vino para dar su vida por sus hermanos.

Él es el hermano, el primogénito, que libre de cualquier celo y de envidia quiso (y quiere) solamente el bien para sus hermanos; que envés de pedir al padre que haga justicia con nosotros, aceptó de pagar nuestra deuda cargando la cruz; que envés de querer la herencia toda solo para si, está buscando siempre nuevos hermanos con quien compartirla; que siendo el primogénito envés de querer que todos lo sirvan, prefiere lavar los pies de sus hermanos; que envés de enojarse con la fiesta que el padre hace por cada hijo que retorna a su casa, ofrece su propia carne para el banquete ...

Este es el único modo de cambiar el mundo: aprender a ser hermano como y con Jesús.

Debemos descubrir y reconocer que dentro de cada uno de nosotros naturalmente existe un Caín siempre dispuesto a asesinar a quien nos hace sombra, a quien tiene algo mejor que nosotros, a quien nos roba la cena, o quien juzgamos que haya cometido algún pecado… Este Caín necesita ser combatido y transformado en Cristo, listo para servir, para amar, para perdonar y hasta para dar la vida por el hermano. Santos como Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta… lo consiguieron. Ellos vivieron una nueva relación con sus hermanos. También nosotros podemos hacerlo. La eucaristía de cada domingo debe ayudarnos en este proceso de Cristificación.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

 

Gotas de paz

Sábado de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

375 - “La boca habla de lo que está lleno el corazón”. Lc 6, 45

Cuánta sabiduría la de Jesús. Todos deberíamos atender por un día cuáles son nuestras conversaciones, las palabras que tenemos siempre en la boca, nuestras bromas, sentencias y juicios, pues esto nos revelaría de qué está lleno nuestro corazón. Descubriremos cuánto hay de maldades, lujurias, odios, peleas, vicios y soberbia… Y no basta solo con reprimir las palabras y cuidarse para no decir ciertas cosas, es necesario vaciar el corazón y recargarlo con algo diferente. Mi corazón se llena de lo que le alimento. Si paso más tiempo en las cosas del mundo: placeres, televisiones, músicas, redes sociales…, naturalmente, él absorberá estas cosas, y mi boca me denunciará. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Viernes de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

374 - “Saca primero la viga de tu ojo…”. Lc 6, 42

A todos nosotros nos resulta mucho más fácil ver los defectos ajenos que los nuestros. Sin embargo, el encuentro con Cristo nos invita, antes que nada, a volver la mirada hacia nosotros mismos para que nos conozcamos y busquemos, en primer lugar, cambiarnos a nosotros mismos y, solo después, tratar de corregir y ayudar a los demás. Quien es capaz de mirarse profundamente y sabe reconocer los propios defectos, se hace mucho más comprensivo con los otros. De hecho, dicen los santos: para que el mundo sea mejor, el primero que debe cambiar soy yo mismo, pues mi peor enemigo es mi propio egoísmo. Paz y bien.

 

Gotas de paz

Jueves de la vigesimotercera semana del tiempo durante el año

373 - “Si hacen el bien solo a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen?”. Lc 6, 33

Naturalmente queremos responder a los estímulos. Si nos saludan, respondemos. Si nos hacen el bien, debemos sentirnos obligados en retribuirlo. Sin dudas, no hay nada de errado en esto. Sin embargo, el cristianismo nos invita a ir más allá. Nos desafía a hacer el bien por una decisión propia nuestra, aunque no sea respuesta a un estímulo, esto es, aunque el otro no nos lo haya hecho o hasta nos haya dañado. Si queremos tener méritos delante de Dios, debemos no solo responder, sino hacer el bien siempre y a todos independiente del que nos haga el otro. Paz y bien.