Jueves de la décima semana del tiempo durante el año
256 – “Ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a dejar tu ofrenda”. Mt 5, 24
Nuestra relación con Dios pasa siempre por el filtro de los hermanos. El Señor quiere que yo busque siempre estar bien con las personas que me rodean. No quiere que les haga daño o que sea insensible. A Dios no le interesa que con Él yo sea todo amoroso si a otras personas las ofendo o lastimo. El Dios de Jesucristo, al mismo tiempo que me atrae hacia Sí, me exige cuidar de las relaciones con los hermanos. Es falsa e ilusoria mi religión si no me hace capaz de reconciliarme con los demás. Paz y bien.
Lunes de la segunda semana de Pascua
121 - “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Jn 3, 3
El Señor nos desafía a nacer de nuevo. Todos tenemos mucho para cambiar. Cuando nos dejamos iluminar por Cristo, descubrimos nuestro egoísmo, inconstancias, vicios, debilidades y pecados favoritos. Es necesaria, de nuestra parte, la decisión de ser un hombre nuevo y entonces pedir al Señor la gracia del nuevo nacimiento, que se hace en el agua y en el Espíritu. Sin la ayuda de lo Alto difícilmente conseguiremos renovarnos por completo, pues ni conseguimos ver todo lo que tenemos que cambiar. Ilumínanos, Señor, para que podamos ver bien, sin las deformaciones del pecado. Paz y bien.
Segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
120 - «Luego dijo a Tomás: “En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”». Jn 20, 27
Santo Tomás no consiguió creer fácilmente que Jesús estaba resucitado. Él quería creer, él deseaba que fuera verdad que Jesús estaba vivo, pero le costaba creerlo. Era un hombre sincero. Y Jesús vino hacia él para sanar la duda. Y él, delante de Jesús, profesó su fe: «Señor mío y Dios mío». Para Dios no es un problema dudar. Si de verdad deseamos creer, Él encontrará el modo de sanar nuestra duda. El problema es cuando no queremos creer, cuando decidimos que no vamos a creer, pues así inútil será cualquier esfuerzo. Paz y bien.
Sábado de la octava de Pascua
119 - “Jesús reprochó a los once su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado”. Mc 16, 14
La resurrección de Cristo fue una novedad tan grande que a sus propios apóstoles les costó creerla. Fueron necesarias muchas apariciones, milagros, palabras, señales, toques para que ellos llegasen a la plena convicción de que Jesús de Nazaret, aquel mismo que fue crucificado, estaba vivo y glorificado. Sin embargo, cuando creyeron de verdad, ellos se volvieron tan seguros, que no temían ni la amenaza de muerte y predicaban en todas partes, con audacia y coraje, la Buena Noticia de la Resurrección. Danos, Señor, la gracia de experimentarte resucitado en nuestra vida. Paz y bien.