Jueves de la tercera semana de Pascua

133 - “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Jn 6, 51

Jesús, en su predicación, prometió a sus seguidores un pan que era su carne y que tenía
una fuerza vital. Esto él lo realizó cuando instituyó la Eucaristía. Por la fuerza de la gracia
de Dios, en la celebración de la misa, un sencillo pan, hecho de harina de trigo y agua,
se transforma en el propio cuerpo de Cristo, con una fuerza tal que hace casi dos mil
años viene transformando la vida de muchas personas: genera mártires, inspira
consagraciones, conquista servidores incansables, anima a perdonar, a amar y a
testimoniar. Paz y bien.

Lunes de la cuarta semana de Cuaresma

091 - “El hombre creyó en la Palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino”. Jn 4, 50

Muchas veces pedimos gracias y milagros a Jesús, pero no estamos muy convencidos de su poder. Este hombre que pidió la sanación de su hijo creyó en la palabra de Jesús y se fue. No se quedó exigiendo que Jesús se fuera con él ni le pidió otras señales; sencillamente escuchó la palabra de Jesús: “Puedes irte que tu hijo está vivo” y se pudo en marcha. Tantas veces los milagros no suceden en nuestra vida porque no creemos en la Palabra y no nos ponemos en camino. La fe nos hace caminar, aun sin comprobación. Paz y bien.

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Cuarto domingo de Cuaresma

088 - (año A) “Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento”. Jn 9, 32

Todos nosotros nacimos ciegos, espiritualmente hablando. Los hijos de Adán nacemos con las ataduras del pecado que nos impiden ver la luz de Dios. Necesitamos acercarnos a Jesús, luz del mundo, para que él nos ilumine. Son las aguas del bautismo, prefiguradas en la piscina de Siloé, las que pueden hacer que nosotros, ciegos de nacimiento, podamos ver la luz. Pero los hijos de las tinieblas no quieren que dejemos de ser ciegos, que salgamos de su servidumbre; por eso siempre persiguen a aquellos que se acercan a Jesús y a los que promueven el reino de la luz. Paz y bien.

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Sábado de la tercera semana de Cuaresma

087 - “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús contó la parábola del fariseo y el publicano”. Lc 18, 9

Una de las tentaciones más dañinas que podemos tener es aquella de creer que ya somos perfectos y que los demás son los que necesitan cambiar. Jesús rechaza este espíritu farisaico que está siempre vanagloriándose y buscando defectos en los otros. El orgullo y la soberbia ponen a perder hasta lo que de bueno podría haber en una persona. Debemos combatir con todas nuestras fuerzas esta tentación sabiendo que los primeros que deben cambiar somos nosotros. El peor enemigo que debemos vencer es nosotros mismos con nuestros egoísmos. Paz y bien.

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