La superficialidad de lo cotidiano hace que nos perdamos en el “valle de las sombras”

“La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte” Mt 4, 16

Cuando nos apartamos del amor de Dios, vivimos en una aparente felicidad. Y la superficialidad de lo cotidiano hace que nos perdamos en el “valle de las sombras”, viviendo una cultura de la muerte. Pero cuando percibimos los destellos de la gracia, es decir, la presencia de Jesús, una luz irradia nuestro corazón y podemos “tocar el cielo”. Es lo que sentimos cuando la gracia nos toca y abrimos el corazón. No importa lo que hayamos vivido hasta ahora o el gran problema que estemos pasando actualmente, este es el momento de elevar los ojos al cielo y pedir que la luz del Espíritu Santo nos toque, nos sane y nos devuelva la esperanza, el amor y la fe. Dejémonos tocar hoy por el Señor, dejemos que su Espíritu ilumine nuestras tinieblas y nos lleve a su luz admirable. ¡Paz y bien!

Lunes de la octava semana del tiempo durante el año

“¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”. Mc 10, 23


El dinero ejerce un encanto tal sobre las personas que muchas veces las dejan ciegas o les dan la ilusión de ser omnipotentes, generando personas perversas e inescrupulosas. Son muchos los que creen que pueden conseguir todo con la plata y por esto lo que más anhelan es acumular lo máximo posible. Sin embargo, lo que da sentido a la vida, lo que nos hace plenos y felices no son las posesiones materiales sino el encuentro con Dios, el experimentar su amor y el escuchar su voz. ¡Pruébalo! Paz y bien.

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Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” Mt 28, 19

Este domingo la Iglesia nos invita a celebrar el misterio de la Santísima Trinidad.

En verdad todas las celebraciones cristianas son profundamente marcadas por la Santísima Trinidad. La oración cristiana, principalmente en sus fuentes más antiguas, era siempre hecha al Padre, por Cristo y en el Espíritu Santo. De hecho, en el primer milenio de la Iglesia no se pensaba en hacer una fiesta para la Trinidad, pues todos sabían que cualquier oración de la Iglesia era siempre para glorificarla.

La Trinidad es el misterio fundamental de nuestra fe y por eso no puede haber un auténtico cristiano que no crea a la Santísima Trinidad. Desde nuestro bautismo, nosotros fuimos sumergidos en este misterio, y ahora “vivimos, nos movemos y existimos” en él.

El misterio de nuestra vida está íntimamente conectado al misterio de Dios, pues en el bautismo Dios Padre nos adoptó como sus hijos, tocó nuestros corazones con el fuego de su amor y se dispuso a sanar nuestras heridas en las llagas de Cristo.

La fe en el Dios Uno y Trino que opera en el mundo y en nuestras vidas es el motor de la Iglesia de Cristo, y debería ser también el motor de nuestras vidas. Por eso debemos buscar siempre más profundizar nuestro conocimiento y también la experiencia de este misterio.

Alguien podría decir: ¿”pero si es un misterio, como podemos conocerlo?” Ya otras veces hemos explicado el sentido cristiano de la palabra misterio: es alguna cosa que podemos conocer, pero jamás completamente. Por ejemplo, cuando decimos que el hombre es un misterio, no estamos diciendo que no podemos conocer nada sobre él, pero sí que nunca podremos decir que ya sabemos todo. Lo mismo es el misterio de la Trinidad. Ya se escribieron muchos libros sobre esto, pero es un misterio que siempre nos supera, siempre se puede encontrar novedades.

Nosotros creemos que Dios es Uno. Somos una religión monoteísta, como también los judíos y los musulmanes. Esto significa que no creemos, como los antiguos griegos, que existan varios dioses, cada uno con sus particularidades, sus ideas y proyectos (lo que muchas veces genera conflictos entre las divinidades). Creemos que Dios es único. Que todas las cosas fueron creadas por él y dependen de él. Que él es perfectísimo, omnipotente, omnisciente y omnipresente. Y estas características solo pueden ser de uno sólo. No puede haber dos omnipotentes. Sería un absurdo.

Con todo, aun siendo Uno, nuestro Dios no es solitario. Nuestro Dios único es una comunidad. Un solo Dios en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En esto está el misterio del nuestro Dios. Él es Trinidad, Comunidad perfecta: modelo de unidad. Jamás el Hijo revelará alguna cosa diferente de lo que piensa el Padre, ni lo Espíritu Santo inspirará algo diverso de lo que dijo y enseñó el Cristo. Los tres, en completa unidad y en perfecta armonía, actúan en nuestras vidas para llevarnos a la plenitud de nuestra existencia, a vivir en la cotidianidad la vida divina.

Cada día el Padre nos “recrea de nuevo” a través de su Palabra (Cristo) e infla en nosotros su Soplo de vida (el Espíritu Santo).

Cada día él nos llama a una vida nueva y nos inspira hacia el bien.

Abrirnos a la acción de la Trinidad es el gran ideal de la vida cristiana. Acogiéndola en su Misterio y permitiendo que Ella continúe modelándonos a su imagen. Pues solamente seremos verdaderamente felices, cuando con nuestras vidas, con nuestros gestos, con nuestras palabras, con nuestros deseos... seamos señal de la gloria del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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Sábado de la séptima semana del tiempo durante el año

“Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Mc 10, 15


Jesús siempre dio una atención especial a los niños y muchas veces nos propone valores para la vida cristiana inspirados en esos pequeños inocentes. En efecto, hay que tener un corazón de niño, sin prejuicios, maldades, hipocresía y rencores para poder recibir la novedad que nos trae el Reino de Dios. Solo podemos llenarnos del cielo cuando nos vaciamos de las cosas del mundo. Los que ya están cómodamente estructurados o petrificados por los bienes materiales o enceguecidos en la búsqueda del poder y del placer difícilmente se darán cuenta de la llegada de Dios a su vida. Paz y bien.

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