Nuestra Señora de Guadalupe: 12 de diciembre

525 – “En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá”. Lc 1, 39
En el día de la Virgen de Guadalupe, nos damos cuenta de que nuestra Madre celestial siempre está apresurada yendo a los que la necesitan. Ella continúa aun hoy visitándonos para ayudarnos en nuestras necesidades. Desde que Jesús, al pie de la cruz, pidió que ella cuidase al discípulo amado, ella no nos deja nunca abandonados. También hoy la Virgen nos dice: “No te preocupes. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Es por eso que con tanta confianza todos los días rezamos para que interceda por nosotros “ahora”, en las tantas situaciones difíciles que pasamos, pues tenemos la certeza de que ella no nos deja desamparados. Paz y bien.

Lunes de la tercera semana de la Cuaresma

“Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras… pero Jesús pasó por en medio de ellos y siguió su camino” Lc. 4,28.30

En Jesús encontramos el modelo perfecto de persona. De hecho, él vino a mostrarnos cómo ser verdaderamente humanos, verdaderamente hermanos. En él encontramos sabiduría en palabras y obras. Hoy vemos cómo se maneja cuando su mensaje no tiene buena acogida entre las personas. No por eso el camufla o cambia su discurso. Él simplemente dice lo que tiene que decir y ante el rechazo, actúa con fortaleza y naturalidad, abriendo camino entre las personas y continuando su misión. Este texto nos invita a un compromiso radical, a un testimonio elocuente que no decae ante las críticas, el rechazo o la indiferencia. Cultivemos un vínculo muy cercano con el Padre y que él nos sostenga en la misión que nos pide. Seamos los profetas del hoy. Paz y bien.


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III Domingo de Cuaresma (B)

“Jesús encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y también los cambistas, sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo con ovejas y bueyes, y derribó las mesas desparramando el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: «Saquen eso de aquí y no hagan de la Casa de mi Padre un lugar de negocios»” Jn 2, 14-16


Estamos viviendo el tercer domingo de la cuaresma, tiempo fuerte de conversión y de cambios. La Iglesia nos ofrece hoy este significativo pasaje de la purificación del Templo.

A veces, parece difícil de conciliar la violencia de este texto con la dulzura de Jesús, con su bondad y su amor. De hecho, Jesús hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo... Pero, debemos entender bien esto. No podemos utilizarlo para justificar nuestras iras y violencias.

Jesús jamás despreció o maltrató a una persona que con el corazón sincero le haya buscado, aunque fuera el peor pecador. Para Él no era importante el tamaño o la gravedad del pecado, pero sí el deseo de conversión, las ganas de empezar de nuevo. Jesús acogió el perfume de la pecadora que lavó sus pies con lágrimas, perdonó la adultera, confió en Pedro aun después de negarlo tres veces, perdonó a los que le crucificaron... pero no soportó a estos hombres que se aprovechaban del Templo y de la fe de las personas para explotarlas. Les expulsó del Templo.

Los judíos debían todos los años hacer una peregrinación al Templo de Jerusalén. Debían ofrecer dinero y también animales para el sacrificio. Sin embargo, el dinero que ellos traían de sus casas no podía ser colocado en las canastas del Templo porque era considerado impuro y entre todos debían hacer el cambio para la ofrenda. Lo mismo sucedía con los animales, solamente aquellos aprobados por los sacerdotes podían ser sacrificados, por eso las personas traían su animal, pero debían venderlo y comprar uno allí en el Templo. Con estos cambios, con las compras y ventas, eran las personas más humildes quienes perdían mucho. Eran explotadas por los “expertos” de los negocios. Estos negociantes abusaban de la fe de estas personas y no respetaban el lugar de Dios. Ante esta situación Jesús actuó con mucha firmeza y les echó afuera.

Debemos entender que significa este “echar fuera”. Muchas veces en sus parábolas Jesús habla de “echar fuera” como por ejemplo al invitado al banquete que no tenía el vestido de fiesta, la cizaña al final de la cosecha, los pescados malos al final de la pesca... Por eso no es verdad de que Dios acepta todo así no más; de que en la casa de Dios hay lugar para todos sin importar nada; de que Dios no rechaza a nadie. Dios quiere sí salvar a todos, pero de nuestra parte tenemos que estar abiertos a esta salvación. Nosotros tenemos que colocarnos en su camino. Debemos buscar la conversión.

Insisto de que para Dios no es importante la grandeza de mi pecado, pero sí mi deseo y esfuerzo concreto de cambiar mi vida. Quien solo piensa: «al final Dios perdona todo» y no hace ningún esfuerzo para ser mejores, es igual a estos vendedores que se sientan dentro del templo, cerrados en su egoísmo y sin importarles nada de Dios. Y estos fueron y serán expulsos con violencia por Jesús.

Ciertamente este evangelio no quiere despertar en nosotros el miedo, pero sí quiere decirnos que la vida de fe es una cosa seria. A Dios no podemos engañar. Para Él no sirven nuestras mascaras.

Cuaresma es el tiempo de ir al Templo, pero no como los vendedores para explotar a los demás, no para hacerlos sufrir, no para quitar ventajas personales, sino para encontrarse con nuestro Salvador, con su misericordia y renacer en su amor.

Cuaresma es tiempo de meditar, de discernir, de separar y de echar fuera lo que no sirve, lo que no nos corresponde. Esto es conversión. Solo se convierte quien empieza a caminar en otra dirección.

Esto es purificación. Solo se purifica quien quita de si lo que es impuro.

Señor Jesús, en primer lugar, en este domingo ayúdanos a descubrir si nosotros estamos entre aquellos a quien tú quieres abrirle tus brazos y acogerle en tu casa, pues reconoces la sinceridad de nuestros corazones, aun con nuestras debilidades y pecados y nuestro esfuerzo en vivir tu propuesta, o si nosotros estamos entre aquellos que tú quieres expulsar de tu casa, porque igual estando allí, estamos encerrados en nuestro egoísmo y acomodados con nuestros pecados. En segundo lugar, entra en nuestros corazones, y expulsa de allí todo lo que encuentres fuera de lugar, por ejemplo: la rabia, el odio, la envidia, el orgullo, la soberbia, los celos, la lujuria, la avaricia...

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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Sábado de la segunda semana de Cuaresma

078 - “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. Lc 15, 20

La parábola del Hijo pródigo es uno de los mejores iconos de la misericordia de Dios. El padre bondadoso, delante del hijo que tanto se equivocó, pero que está volviendo a casa, no se resiste y lo acoge conmovido y le devuelve toda la dignidad de antes, sin castigarlo, sin reprenderlo, sin imponer condiciones. Dios es así. No debemos ni podemos tener miedo de Él. Por mayor que haya sido nuestro pecado, Él quiere perdonarnos, quiere recuperarnos. Sin dudas, podemos confiar en el amor de Dios y volver a Él. Paz y bien.

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