Sábado de la quinta semana de Cuaresma

105 - Jesús murió… “para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos”. Jn 11, 52

Existen tantas cosas que nos separan entre nosotros: envidias, celos, egoísmos, peleas,
chismes, humillaciones, injusticias, rabias, resentimientos, todos ellos, fruto de nuestra
naturaleza caída a causa del pecado original. Sin embargo, el sueño de Dios es que
todos sus hijos vivan unidos en el amor fraterno y esto no es posible mientras reine en
nosotros el pecado. Solo la purificación con la sangre de Cristo -el hermano que se donó
completamente- puede rehacer nuestra naturaleza decaída, capacitándonos a adherirnos
a su propuesta y a su ejemplo. Quien ya se renovó en Cristo busca de todas las formas
posibles la unidad. Paz y bien.

III Domingo de Pascua (B)

“Dijo Jesús: «Esto estaba escrito: los sufrimientos de Cristo, su resurrección de entre los muertos al tercer día y la predicación que ha de hacerse en su Nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, invitándoles a que se conviertan y sean perdonados de sus pecados. Y ustedes son testigos de todo esto»” Lc 24, 46-48


Queridos hermanos estamos en el tercer domingo de la gran Fiesta de la Pascua y una vez más Cristo resucitado se presenta en nuestras vidas y nos invita a ser testigos de su resurrección.

La resurrección de Cristo era una novedad tan grande para los apóstoles, que al inicio era muy difícil para ellos creer. Aunque el propio Jesús les había intentado preparar, de igual modo era una cosa tan extraordinaria que les parecía un sueño, una fantasía. Fueron necesarias varias apariciones de Jesús y también la ayuda del Espíritu Santo para que los discípulos pudiesen abrir los ojos de la fe y descubrir en la vida particular de cada uno, así como en la comunidad, la fuerza vivificante de esta novedad: la muerte fue vencida.

Pero Jesús fue paciente con ellos. Se presentaba a los apóstoles, les mostraba las manos y el costado, les hablaba de las profecías en las escrituras, compartía en la mesa con ellos... y así despacito, lo que al inicio era un miedo, se transformaba en una contagiante alegría, e iba creando raíces... Los apóstoles empezaron a entender la grandeza de lo que significaba la resurrección de Cristo y también sus consecuencias en sus vidas. Muchas cosas estaban cambiando en sus ideas y proyectos, pues aquel hombre que el mundo creía haber derrotado en la cruz, ahora gozaba de una vida nueva y muy superior a la anterior, pues ya nada le podía hacer mal. El que parecía derrotado, era en verdad el único victorioso.

Su resurrección hacía que cada palabra que él había antes pronunciado, ahora recibiera un nuevo valor. Con su resurrección, por ejemplo: “Amar a los enemigos” encontraba su real sentido, no era un consejo ingenuo, pero sí el camino justo para la victoria, así como, el perdón, la caridad, la amistad, la fidelidad...

Es por eso que los apóstoles en la medida que entendían lo que realmente sucedió con Jesús se trasformaban en sus testigos, sin miedo ni cuidados, pues habían entendido que por la cruz pasaba la victoria sobre el mal, y si alguien los amenazaba, al final, sólo les confirmaba en el camino.

Infelizmente hoy son poco los que meditan en el significado de la resurrección de Cristo y paralizados por el miedo no encuentran el modo de ser sus testigos. Dejemos al Señor entrar en nuestras vidas, dejémoslo hablar a nuestros corazones, para que también nosotros podamos dar testimonio de Él.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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Sábado de la segunda semana de Pascua

«Jesús les dijo: “Soy yo, no teman”». Jn 6, 20


Muchas veces, el mar de nuestra vida se pone agitado a causa de las tantas pruebas que tenemos. Sin embargo, el Señor nos enseña que por la fe podemos caminar sobre las aguas. Él mismo se acerca a nosotros en nuestras pruebas para animarnos. También hoy él quiere decirte si estás en la prueba: “No tengas miedo. Estoy aquí, continúa remando que ya vas a llegar a la orilla”. El Señor nos acompaña en la travesía de nuestra vida. Dios no sustituye nuestro esfuerzo, pero nos da la fuerza para no desfallecer en el camino. Que el miedo no nos paralice ni nos haga retroceder. Paz y bien.

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Viernes de la segunda semana de Pascua

“Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados…”. Jn 6, 9


En la multiplicación de los panes encontramos una lección muy fuerte para todos nosotros. Aun cuando el problema sea mucho mayor de lo que podamos solucionar, esto no nos debe paralizar. Cualquiera se asustaría delante de una muchedumbre hambrienta si tuviera solo cinco panes y, quizás, los escondería, pero este niño igual puso a disposición lo que tenía. Dios solo lo multiplicó. El gran milagro fue que alguien confiase en que lo poco que tenía podía ayudar. No nos paralicemos delante de las grandes dificultades, empecemos a hacer lo que podemos y Dios vendrá en nuestro auxilio. Los milagros empiezan colocando nuestra parte. Paz y bien.

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