En Bolivia asumió Áñez ¿y ahora qué?

En el marco de un dudoso procedimiento institucional, Jeanine Áñez, vicepresidente de la Cámara de Senadores, asumió ayer como presidenta interina del Estado Plurinacional de Bolivia y se comprometió a convocar “lo antes posible” a elecciones generales. Lo hizo ante un reducido grupo de legisladores, que no reunió el quórum necesario para aceptar o rechazar la renuncia de Evo Morales, ni tampoco para cubrir las vacancias dejadas por los titulares de ambas cámaras del Congreso, considerados requisitos indispensables para proceder a la sucesión presidencial. Sin embargo, su proclamación cuenta con el aval del poder real, es decir, Fuerzas Armadas y policiales, juntas cívicas, partidos de oposición, Iglesia católica y actores claves de la comunidad internacional, como Donald Trum, Jair Bolsonaro y la OEA.

En teoría, lo resuelto anoche podría considerarse como una válvula de escape a la tremenda presión política y social, que derivó en la peor crisis que hayan enfrentado los bolivianos en las últimas décadas. De hecho se levantó el llamado “paro cívico”, en cuyo desarrollo se produjeron numerosos hechos de violencia, bloqueos de ruta, linchamientos y cierres de fronteras. Pero los problemas están lejos de haber sido resueltos, tanto en el terreno de las instituciones, como en las calles.

Con respecto a lo primero, los que respaldan a Añez en el legislativo constituyen una franca minoría, por eso la falta de quórum en la víspera. La mayoría, dos tercios del total, pertenece al Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Morales y ese sector, que tiene el control del Congreso, está convocado para sesionar esta tarde, ocasión en la cual podría declarar nula la proclamación de la nueva presidenta, completar las vacancias en ambas cámaras y ejecutar la sucesión presidencial, designando a otro presidente/a.

Esta eventualidad fue definida por un colega boliviano, en comunicación con Universo/970, como “efecto Guaidó”, aunque no dejó del todo claro quién sería su equivalente boliviano, si Áñez, que tiene el aval de los poderes fácticos, o aquella persona ungida como presidente del Senado, para acto seguido asumir la jefatura de Estado, que tendrá el respaldo del Congreso.

En este escenario llevaría las de ganar la flamante presidenta, a juzgar por la correlación de fuerzas, pero de inmediato tendrá que enfrentar otros, como por ejemplo, la integración del nuevo Tribunal Electoral y echar a andar todo el proceso con miras a nuevos comicios. Insistimos, con un Congreso controlado por los leales a Morales, al menos hasta hoy.

Y a esto hay que agregar el otro factor de comprobada relevancia: la calle, que ahora comienza a poblarse de indios. Esos indios que ayer bajaron de El Alto a La Paz y que observaron, estupefactos, cómo Áñez se empoderaba portando una gran Biblia a modo de estandarte, cual si fuera el mismísimo conquistador Pizarro.

Aunque en un nuevo escenario, la crisis sigue abierta y la incertidumbre es muy grande. Esperemos que sus próximos capítulos arrojen algo de claridad y sea para bien de los bolivianos, lo que dependerá en gran medida de que las partes acuerden y respeten las reglas del juego, no como hicieron antes y hacen ahora.

 

Políticos están cada vez más lejos de la sociedad

Chile completó ayer su tercera semana de rebelión popular, que al gobierno de Piñera le resulta imposible controlar. Bolivia se debate en una profunda crisis, que puso en jaque al presidente Juan Evo Morales. A Perú y Ecuador no les va mejor, y ni hablar de Venezuela, su dictadura y su catástrofe socio económica. Argentina ganó tiempo con sus recientes elecciones, ad referéndum de las medidas que adopten “los Fernández” a fin de revertir la difícil situación en la que se encuentra. La inestabilidad es, pues, el factor dominante en toda la región, pero, en Paraguay, donde los indicadores son iguales o peores a los de varios de los países mencionados, la “gran discusión” que proponen políticos y algunos medios de prensa es… el “desbloqueo de listas”.

Parece una tomadura de pelo. No ven lo que pasa en sus narices, ni un poquito más lejos, apenas cruzando las fronteras. O ven y se hacen los bobos, porque les tiene sin cuidado o porque no tienen la más pálida idea de cómo abordar los problemas y menos aún solucionarlos; o tal vez se creen muy vivos y pretenden desviar nuestra atención de los problemas reales, haciendo mucho ruido sobre cuestiones sin relevancia.

Supongamos que se trata de la mejor de las hipótesis, es decir, de esa mezcla diabólica de irresponsabilidad e ignorancia. En este caso les comentamos que, en nuestro país, la situación es muy pero muy mala y que ésta, en cualquier momento, podría explotarles en el rostro.

Hagamos un repaso rápido. Las perspectivas de “crecimiento” de la economía, éste año, varían entre 0% y 1%, en el mejor de los casos. Las recaudaciones tributarias caerán en el orden de US$ 300 millones, el déficit fiscal será de casi US$ 1.000 millones, el doble del que tuvimos en el 2018, las importaciones están a la baja y el consumo de los paraguayos, un indicador clave a la hora de medir la situación de las distintas capas sociales, está en franca picada.

Estos pocos datos son suficientes para dimensionar la magnitud de la crisis, en un contexto económico y político regional altamente desfavorable, así como de la ausencia de políticas para, al menos, mitigar su impacto sobre los sectores más vulnerables, históricamente marginados y cuyas condiciones de vida se siguen deteriorando.

¿Y qué hacen nuestros políticos frente a estos temas? Absolutamente nada. Pero eso sí, “compensan” su inacción con la instalación de “sesudas” y “trascendentales” polémicas sobre… “desbloqueo”, “papeletas” y otras cuestiones de segundo orden, que la ley electoral ya las tiene por superadas.

Oficialistas y opositores tendrían que mirar, aunque sea de reojo, lo que pasa en Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Argentina. Esto podría despertar en ellos su instinto de supervivencia política, para así aprender de aquellos procesos y adoptar medidas preventivas que disipen las causas que los desencadenaron.

 

El “cuco” Kirchnerista

En la Argentina ocurrió lo que estaba previsto: el kirschnerismo retomó las riendas del poder, obteniendo un triunfo holgado, aunque por un margen inferior al estimado tras la euforia provocada por el resultado de las PASO. Mauricio Macri se quedó casi 8 puntos abajo de Alberto Fernández, alrededor de dos millones de electores, acortando distancia con respecto a los comicios primarios, pero claramente insuficiente para lograr su meta reeleccionista. ¿Qué va a cambiar a partir de ahora y cuál será su alcance? ¿Será beneficioso o perjudicial para nuestro país y para el Mercosur? Estas son algunas de las primeras interrogantes.

Veamos primero lo que no va a suceder. Argentina no se convertirá en una Venezuela y menos que menos en una Cuba. Las fuerzas políticas dominantes que componen el oficialismo emergente, el Frente Para Todos, son de centro izquierda. Entre ellas conviven corrientes conservadoras, como la lidera por Sergio Massa, y en el extremo opuesto “La Cámpora”, un sector juvenil cuyas posiciones no superan los límites de la social democracia, solo que arropada con remeras del “Ché”.

El presidente electo, Aníbal Fernández, tiene más bien una postura moderada, busca darle tranquilidad a los grupos empresariales y, aunque parezca una paradoja, probablemente resulte en este momento de crisis y amenazas de posibles estallidos, mejor garante del FMI y demás acreedores que el propio Macri. Éste había conquistado el odio de millones de argentinos sometidos a condiciones de pobreza y desempleo, así como de sectores de la clase media que patalean desesperadamente para no bajar de rango en la escala social.

Fernández, para esta vasta franja de la población que le dio su apoyo en las recientes elecciones, genera ilusiones de cambio, frente a una situación socio-económica que vino deteriorándose de manera sostenida en los últimos cuatro años.

Economía recesiva, desempleo, disparada del dólar (De 17 a 67 pesos la unidad), sobreendeudamiento público (equivalente al 100% del PIB), y políticas destinadas a reducir el déficit fiscal que implican un deterioro acentuado de la salud y educación públicas, entre otros, crearon las condiciones adecuadas para que Macri fuera desalojado del poder. Eso, más la unidad de gran parte del peronismo, excepto el ala representada por Pichetto, candidato a Vice de Macri, y la de Lavagna junto a Urtubey, Gobernador de Salta.

En este contexto, lo que se viene en la Argentina es una versión “rebajada”, “diluida” de lo que fue el kirchnerismo con Néstor y Cristina. Las condiciones del país, así como la heterogeneidad del Frente para Todos y el 40% que tuvo el macrismo, no le permitirán al nuevo gobierno dar riendas sueltas a su naturaleza neopopulista, al menos no en el corto plazo.

En el ámbito de la política exterior, el cambio de signo político no tendría por qué significar problemas adicionales para el Paraguay, como sí se dibujaban en el horizonte con el actual mandatario y sobre todo con su candidato a vice, cuyos discursos xenófobos estuvieron presentes a lo largo de la campaña. Mientras que al Mercosur no le vendrá nada mal equilibrar el peso que hoy tienen Brasil y su desquiciado presidente.

En resumidas cuentas, los agoreros del apocalipsis deberían poner el pie en el freno. Después de todo, neoliberalismo y neopopulismo son variantes que se desenvuelven dentro del mismo sistema. Sí deberían preocuparse, y mucho, por no responder al drama de nuestros pueblos.

Eso sí es realmente peligroso.

 

Primero Ecuador, ahora Chile; ¿qué país sigue?

“En medio de esta América Latina, Chile es un verdadero osasis, (con una) democracia estable (y una) economía creciendo… Mire lo que pasa en Argentina y Paraguay, recesión; México y Brasil, estancados, Bolivia y Perú con crisis política, Colombia con este resurgimiento de las FARC”. Tales las palabras pronunciadas durante una entrevista radial por el presidente de Chile, Sebastián Piñera, el pasado 8 de octubre. Nueve días después, el viernes 17, le explotó un bombazo en el rostro. Ya suman 7 los muertos, 1.462 detenidos, 78 estaciones de subterráneo destrozadas, al igual que varios edificios públicos, mientras supermercados están siendo objeto de saqueos. Y aunque declaró el estado de excepción y el “toque de queda”, e hizo marcha atrás en la decisión que desató la ira social, el aumento de tarifas del “metro”, su gobierno no logra controlar el caos.

Ya escuchamos decir que estos sucesos, como también los acaecidos días antes en el Ecuador, son producto del “Socialismo del siglo XXI”, “los bolivarianos””, el “Foro de San Pablo”, en fin, de los “apátridas y ateos” conjurados para destruir las democracias y arruinarnos la vida a todos. Puro cretinismo discursivo de los que no comprenden el fenómeno que está en curso o de quienes, creyéndose muy “vivos”, buscan azuzar el “cuco” de que se vienen los zurdos, como diciendo “estamos mal, pero podemos estar muchísimo peor, como Venezuela…”

La verdad es otra, muy distinta. El estallido social en Chileno no tiene rostro, carece de conducción, tiene un componente generacional importante, muchísimos jóvenes, que ya tuvieron un gran protagonismo a partir del 2006 con las protestas masivas de “los pingüinos”, como se denominó entonces a los estudiantes. E interpela no solo al gobierno derechista de Piñera, sino a la dirigencia política en su conjunto, incluyendo a la izquierda.

El otrora “modelo chileno”, esa especie de “faro” que iluminaba a los defensores del liberalismo en el subcontinente, hace aguas, está en crisis. Había servido a los fines del crecimiento económico -y el enriquecimiento de unos pocos-, pero a un costo social altísimo, de una profunda inequidad que estaba oculta bajo indicadores macroeconómicos hasta si se quiere envidiables, que ahora explota con total dramatismo.

Lo mismo que en Perú, en Ecuador, en Brasil o Argentina, solo que ésta tuvo la suerte de tener elecciones en los próximos días, que genera expectativas en un posible cambio de la penosa situación por la que atraviesan millones, lo cual no quiere decir que se produzca, no al menos en el corto plazo.

Pareciera ser que los pobres se hartaron de ser tan pobres y los jóvenes doblemente molestos, por no contar con oportunidades y por haber crecido viendo cómo sus padres debieron conformarse con las sobras de mesas bien servidas. Están hartos de la llamada “clase política”, que no tiene como agenda hacer menos miserables sus vidas.

La mayoría de nuestros políticos no toman nota de nada de esto. Están “en otra”. Pero si siguen en esta inercia irresponsable, de espaldas a las necesidades de nuestra gente, es cuestión de tiempo para que el Paraguay también se “contagie” de lo que está pasando en otros países.

La única voz del gobierno, disonante en esta materia, fue la del ministro del interior, Euclides Acevedo. “Lo que sucede en Chile y Ecuador puede pasar aquí en cualquier momento”. Lapidario pero cierto.

Veremos si se hace algo al respecto.