“Gasten, gasten”, pero, ¡por Dios!, háganlo bien

Gastan poco y parte de lo poco que gastan, gastan mal. Esta es la única conclusión a la que puede arribarse, tras el informe que brindó el Poder Ejecutivo y los ministros afectados a la aplicación de los recursos otorgados por la Ley de Emergencia Sanitaria. En consecuencia, cabe preguntarles y preguntarnos: Si ni siquiera utilizan los fondos de los que disponen, ¿qué expectativas medianamente serias podemos hacernos respecto al anunciado “plan de reactivación económica”, cuyo contenido hasta ahora sigue siendo un misterio?

Los datos expuestos por el ministro de Hacienda, de manera confusa y desordenada, indican que de los 1.600 millones de dólares, que estableció dicha normativa como tope del endeudamiento para los “gastos Covid”, se emplearon 1.205 millones. “¡Un 75%!”, exclamaron algunos, casi en tono triunfalista. Sin embargo, el secretario de Estado se refirió a los montos “transferidos”, pero los ejecutados no alcanzan ni el 50%. Y un dato más que revelador; el Ministerio de Salud, de 100 millones de dólares, solo empleó 4, lo que en el marco de la pandemia que nos acecha, resulta verdaderamente escandaloso.

En resumidas cuentas, parte del dinero se destinó a los programas Ñangareko y Pytyvô, lo que está muy bien, otro tanto a al subsidio otorgado por el Instituto de Previsión Social a los asalariados cuyos contratos laborales fueron suspendidos y una cantidad significativa a cubrir los sueldos públicos, dada la menor recaudación y los problemas que el Estado ya venía arrastrando con antelación a la crisis sanitaria. Y aún “sobran” más de 600 millones…

En una situación de profunda crisis, como la que vivimos, estos números son algo así como una bofetada, que contradice principios básicos de la lógica. La propia directora del FMI, Kristalina Georgieva, hizo un llamado a los gobiernos y Bancos Centrales a que “gasten cuanto puedan… pero guarden los recibos”. Una forma elegante de decirles que gasten bien y no se queden con los “vueltos”.

Quién hubiera dicho que desde el Fondo Monetario Internacional, un organismo conocido por implantar “recetas de austeridad”, se promovería el gasto público, el subsidio al desempleo o la urgente adopción de medidas “anti-cíclicas” para hacer frente a la demoledora recesión que afecta a todo el planeta. Pero es así. Uno de los raros efectos que trajo aparejada la pandemia y el gran susto que genera un panorama que, por ahora, tiene a la incertidumbre como única certeza.

El panorama económico y social es francamente desolador. Según el Banco Mundial, la economía paraguaya caería este año -2,8%, Brasil -8%, Argentina -7,3%, Chile -4%, México -7,5%, Perú -12%. América Latina sufrirá la peor recesión de su historia, con -7,2%. Y el impacto social será tremendo, arrojando a la pobreza o pobreza extrema a decenas de millones de personas.

Sin embargo, en nuestro país, ese susto parece no haber calado aún en nuestra clase dirigente, que no reacciona acorde a la magnitud del problema o lo hace de la peor manera, como Salud pública, que tras el estrepitoso fracaso en la adquisición de insumos (escándalos de corrupción mediante) y a 85 días de aprobada la ley de emergencia , hora anuncia que buscará concretar operaciones a través de organismos internacionales de muy dudosa trayectoria, que escapan a los controles y cobran elevadas “comisiones”.

Hay que rectificar rumbos con suma urgencia. Y aunque parezca una paradoja, en esta materia el gobierno y el equipo económico deberían cumplir al pie de la letra el llamamiento de Georgieva: “Gasten todo lo que puedan”, pero ¡por Dios!, háganlo bien, aunque más no sea por esta vez.

 

¿Qué parte de SON PARAGUAYOS no se entiende?

Más de 500 compatriotas residentes en la Argentina, 540 para ser exactos, ya pidieron retornar al país y unas cuantas decenas aguardan la autorización para hacer lo propio desde el Brasil y otras latitudes del planeta. Sin embargo, el gobierno se lava las manos y el ministro asesor de Asuntos Internacionales, Federico González, pidió ayuda a la prensa para hacerles saber a todos ellos que… ¡no vengan!, cosechando el aplauso de no pocos, sea por ignorancia o por esa ausencia de sensibilidad y solidaridad que causa repugnancia. Vaya festival de hipocresía.

Es verdad que Brasil es una bomba de tiempo y que va camino a convertirse en el próximo epicentro mundial de la pandemia. Fruto de la inacción de su esquizofrénico presidente o, peor, de la campaña que este impulsa a favor de “retornar de inmediato a la vida normal”, el vecino país ya tiene 115.953 infectados y 7.958 muertos, por ahora… Sin embargo, eso se subsana y se disipan los peligros si los que retornan cumplen una rigurosa cuarentena, como de hecho lo hicieron o están haciendo casi 3.000 paraguayos provenientes del exterior.

El problema que ahora plantean González y el Ejecutivo es que serían 20.000 los que querrían volver al país y que los centros de albergue están completos. ¿Cómo? ¿Los casi 60 días transcurridos desde que se declaró la emergencia, el pasado 11 de marzo, no fueron suficientes para montar un dispositivo a los fines de recibir a estos conciudadanos? ¿No les importa que estén sin trabajo, ni asistencia, ni nada de nada en otros países? ¿O acaso piensan que todos ellos estaban esquiando en los Alpes suizos y “de onda” nomas intentan volver con suma urgencia, porque seguramente les dio un repentino ataque de nostalgia?

La solución a este tipo de problemas, que para muchos es un verdadero drama, se encuentra al alcance de las manos, a condición, claro está, de cierta capacidad de gestión y voluntad política. Hay clubes sociales, que no van a reabrir sus puertas al menos un par de meses más, hay escuelas y colegios, que no lo harán hasta fin de año, y más simple y práctico aún, hay decenas de hoteles sin ninguna ocupación, ya montados íntegramente, que a lo sumo requerirían de ciertas adaptaciones, los que además así recibirían algo de oxígeno para preservar puestos de trabajo.

Los compatriotas que están en el exterior y desean regresar, tienen tantos derechos como los que estamos en el país. El “ejú lune” del ministro González y el gobierno es absolutamente inaceptable, al igual que los aplausos de quienes, de esa forma, se remontan a la época de la barbarie. ¿Qué parte de SON PARAGUAYOS, todavía no entienden?

 

Efraín, Desirée y Lugo, ni siquiera leen los diarios

En medio de la peor recesión que el país haya enfrentado en décadas y que, por ahora, ya provocó el cierre de 1.500 empresas y más de 40.000 nuevos desocupados, reaparecieron en la escena Efraín, Desirée y Lugo impulsando un proyecto irracional y peligroso: elevar impuestos. El fin proclamado sería recaudar más para hacer frente a la pandemia. Un objetivo en apariencia “simpático”, pero que en la práctica solo provocaría el cierre de muchas empresas más, el agravamiento del desempleo y, en consecuencia, una mayor caída de los ingresos que obtiene el Estado a través de los tributos.

No sabemos de qué manual extrajeron la descabellada receta. Ciertamente no lo hicieron siguiendo formulaciones de liberales como Paul Samuelson o Milton Freidman, ni de John Maynard Keynes, ni de Carlos Marx y discípulos, cuyas teorías y políticas económicas, muy disímiles por ciertos, eran fruto de elaboraciones serias, tanto que sus huellas se mantienen visibles hasta el presente.

Tampoco lo hicieron basándose en algo que hayan sostenido, aunque sea “de paso”, grandes economistas que obtuvieron el premio Nobel, incluyendo a los más progresistas, como Paul Krugman, Joseph Stiglitz o Amartya Sen, de posiciones críticas al modelo neoliberal instaurado a finales del siglo XX, muy cuestionado actualmente.

El caso de estos “líderes” políticos es aún más complicado de entender porque, evidentemente, ni siquiera leen los diarios. Si lo hicieran, sabrían que todos los gobiernos del planeta, independientemente de su extracción ideológica, están haciendo exactamente lo contrario de lo que ellos pretenden, es decir, bajan los impuestos y/o difieren sus pagos para más adelante.

Si la descabellada iniciativa no tiene ningún sustento y si su eventual implementación agudizaría aún más los problemas, en vez de solucionarlos, la pregunta es ¿por qué lo hacen? ¿Es solamente ignorancia, de la que sin dudas está impregnado el proyecto en cuestión o, además, responde a sus necesidades de crear un gran show, cierta conmoción, que les permita ganar protagonismo, en un escenario que no los tiene ni como actores de reparto?

Si nos basamos en la experiencia de los últimos años, sabremos que estos personajes irrumpen cada tanto no para aportar ideas, soluciones o aunque más no sea medidas paliativas para hacer frente a determinados problemas, sino para profundizarlos, para exacerbar los ánimos y crear un estado de mayor zozobra. Ellos solo viven del conflicto y se construyen… destruyendo.

La dirigencia política nacional, si le resta algo de seriedad, debería negarse a tratar semejante disparate, como hacen los jueces cuando algún abogado desubicado presenta una acción improcedente y la rechaza “in limine”.

El horno, señores, no está para bollos. No podemos perder el tiempo con distracciones polítiqueras que en nada contribuyen a la preocupante situación que nos aqueja a los paraguayos, que se resumen en dos grandes cuestiones: Por un lado, contener la pandemia y luego mitigar su impacto; por el otro, asistir a nuestra gente, que está pasando muy mal, a la par de defender las fuentes de trabajo.

Y quienes apunten en sentido contrario, como Efraín, Desirée y Lugo, que en su inconciencia al menos sepan que serán objeto de la mayor condena y repudio ciudadano.

 

Preparémonos para hacer frente a la peor tormenta

Como nunca antes, referentes oficiales y médicos prestigiosos, dieron cifras que no pueden menos que asustar al temerario y conmover a quien no tiene a la sensibilidad como uno de sus rasgos particulares. La pandemia de coronavirus, cuando alcance su pico en cantidad de contagiados, podría ocasionar la muerte de hasta 10.000 personas. Y sus consecuencias económicas y sociales serían devastadoras, al provocar entre 100.000 y 150.000 despidos, “en el mejor de los escenarios”, y 350.000 en el peor de ellos.

El alarmante pronóstico de mortandad fue expuesto a Universo/970 y GEN por el Dr. Pablo Lemir, primero, y por el ex ministro de Salud Antonio Arbo, minutos después; ambos de amplia y reconocida trayectoria como profesionales de la medicina.

Lemir, afirmó que el peor escenario al que nos enfrentamos, “la suma de todos sus miedos”, es que la cifra de muertos se ubique por encima de los 10.000, mientras que Arbo resaltó que el Paraguay no tiene ninguna capacidad de resistir un contagio masivo y que, llegado el caso, el sistema de salud colapsará de inmediato, ocasionando una elevada mortandad, en los términos mencionados por su colega.

El ex secretario de Estado explicó que, en determinado momento, el 5% de la población podría estar afectada por el virus, es decir 350.000 personas, que de ellas, 70.000 (20%) necesitarán internación y alrededor de 20.000, respirador, que tenemos muy pocos.

El “combo” de las malas noticias lo completó Pedro Halley, gerente de Prestaciones Económicas del IPS, quien confirmó que el ente previsional ya sufrió una caída del 10% de sus recaudaciones, en marzo, y que apresta a enfrentar la suspensión (temporal o definitiva) de 100.000 a 150.000 contratos de trabajo, en el sector formal, que podrían llegar a 350.000, según los cálculos.

Recuperados del “shock” que producen este tipo de noticias, no debemos temer a reconocer la situación tal como se presenta, que se avecina una tormenta de gran poder destructivo y que impactará con fuerza en todos los órdenes de nuestras vidas.

Ante semejante panorama, solo caben tres reacciones. 1- Negar los hechos y sus consecuencias, pero no nos servirá de nada. 2- Cruzarnos de brazos y lloriquear resignados, que resultará igual a lo anterior. O 3- Asumir la enorme magnitud de la crisis en desarrollo y delinear las estrategias para salvar cuanto sea salvable, en vidas y en empleos, e iniciar, ni bien afloje la tormenta, la reconstrucción del país sobre nuevas bases.

Estamos demorados, debemos admitirlo. La “Ley de Emergencia” ya fue completamente superada por los hechos, que demuestran ser mucho más serios de lo que se pensaba, además de dejar al desnudo la ineptitud de la burocracia para responder a las urgencias.

Necesitamos un brusco giro de timón, reordenar las prioridades y obrar en consecuencia.