Limosnas que provocan indignación y vergüenza

Este martes 25, después de muchas “idas” y “venidas”, el gobierno finalmente renunció a distribuir los kits de alimentos para 300.000 familias, que hace días había anunciado, e informó que en su reemplazo les entregará la suma de G. 230.000. Sus voceros calificaron el hecho como “histórico” y muy probablemente tengan razón. Ningún otro gobierno, en nuestra historia, le dio la espalda a nuestra gente de manera tan alevosa.

Esta suma irrisoria, que no supera la categoría de limosna, significa que se destinará a cada componente de una familia tipo la cantidad de … G 57.500, equivalente a 9 dólares. ¿Acaso alguien, con sangre en las venas, puede condenar a un millón de paraguayos a subsistir en esas condiciones?

Los funcionarios que tuvieron el triste papel de comunicar esta disposición fueron Hugo Cáceres y Joaquín Roa, quienes, si hubieran arrancado diciendo que se trataba de un monto insignificante, pero que era lo que podía desembolsar el Ejecutivo ahora mismo, en carácter de urgencia, no hubiese generado la oleada de críticas que se produjo de inmediato.

Pero no fue así. Cáceres trató de presentar la cuestión como si fuera un acto que en su momento no hubieran pensado Perón, Getulio Vargas, Fidel Castro ni cualquier otro redentor -presunto o real- de las causas populares. Y Roa manifestó su gozo porque con este “aporte”, una gran cantidad de paraguayos “comerá una rica chipa en Semana Santa”.

A pesar de eso, algunos medios y sus periodistas apoyaron le decisión y lo justificaron en base “todo” lo que se pudría comprar con 230.000 guaraníes. Una vergüenza, incompatible con la labor de la prensa, que no se reduce al triste (¿interesado?) papel de “foca”, que al menor incentivo agita sus alas a modo de aplauso.

¿Es un hecho aislado? ¿No será aporte de una ayuda mucho mayor? La respuesta la hallaremos en el plan de emergencia del Ejecutivo, aprobado ayer por el Congreso, el cual prevé destinar a un sector aún más amplio, cuentapropistas, jornaleros, despedidos, etcétera, el 25% del salario mínimo, o sea G.550.000, en cifras redondas.

Agreguemos, finalmente, la suspensión por 3 meses del pago de ANDE y otros servicios, y la prohibición de desalojo a los inquilinos que abonen el 40% de lo que establece el contrato. Y "colorín colorado”, a eso se reduce el “gran plan social del gobierno”, a todas luces insuficiente.

Nuestra gente precisa asistencia, no limosnas. Además, si fueran un poco más sensibles y un poco menos torpes, sabrían que con esa política agravan la crisis en todos los órdenes y boicotean cualquier medida efectiva de aislamiento. Nadie se queda en su casa, de brazos cruzados, viendo cómo sus hijos padecen hambre.

 

Denle “pelota” a Tía Chela

Cuando escuchamos las medidas económicas que adopta el Ejecutivo, para mitigar las consecuencias de la pandemia de coronavirus, lo primero que se nos ocurre es, “vaya, por fin se ocuparán de nosotros” .

Algunos incluso van más lejos, por desconocimiento o por interés, presentando a nuestro país como el espejo en el que debería mirarse el mundo entero. Pero luego, al “rascar” un poco lo resuelto, encontramos muy rápido que nada de eso está pensado ni beneficiará, aunque sea de refilón, al grueso de nuestra gente, la más “jodida” en esta historia que recién comienza.

Tía Chela, un clásico del mercado n° 1 de Asunción, “el mercadito”, fue entrevistada por la 970/GEN y, en un tono humilde, casi resignada, relató la penosa situación que enfrenta, ya casi sin clientes, por el necesario aislamiento social que está vigente, y en manos de usureros. Muchos de sus colegas cerraron sus puestos de venta de comida. Ella va a “biciletear” un poco más, hasta donde pueda, pagando hoy a uno y mañana a otro.

Su relato fue verdaderamente conmovedor y eso en nada cambiaría si se tratase de un caso aislado, pero no lo es. Esta es la realidad a la que hoy se enfrentan miles y miles de paraguayos, que viven el día a día, desde Asunción hasta Ciudad del Este y desde Pedro Juan hasta Encarnación, a los que se suman quienes ya perdieron sus empleos y se sumarán muchos más, salvo que se adopten medidas urgentes.

Lo dispuesto recientemente por el gobierno puede resumirse en lo siguiente: aplazamiento por dos meses del pago de varios impuestos, reasignación de 100 millones de dólares del Presupuesto y parte de los royalties al Ministerio de Salud y contratación de créditos internacionales (de deuda externa) para cubrir el déficit que producirá la menor recaudación. A estos se agregan otras medidas, como la distribución de kits de alimentos, que aún no se sabe muy bien a quiénes y cómo, y la obligatoriedad de pagar salarios a las empresas que soliciten la suspensión de sus actividades, de imposible cumplimiento en el caso de las micro, pequeñas y medianas empresas.

Está muy bien que se aliviane la carga a los que pagan esos impuestos, si bien son una minoría. Lo que está mal, muy mal, es que Tía Chela ni miles de paraguayos como ella no figuran en los planes oficiales. No están los cuentapropistas que se quedaron sin poder ganarse el pan del día, ni los pequeños comercios que no tienen a quién vender, ni los negocios chicos cuyos servicios nadie contrata, ni los trabajadores que están siendo despedidos, ni tampoco los profesionales independientes que ni de casualidad consiguen clientes.

¿Cómo es posible que las autoridades económicas no estén rebanándose los sesos, “matándose” para ver qué hacer en todos estos casos, que representan no menos del 40% de la fuerza laboral en el país? ¿Qué aportan los economistas a esta cuestión? ¿Y los dirigentes políticos y empresariales, prácticamente desaparecidos en los últimos días?.

Vivimos momentos extraordinarios, extremos, que requieren respuestas del mismo tipo, para lo cual es imprescindible que la dirigencia nacional se ubique a la altura de las circunstancias. Hasta ahora no lo hizo.

Las medidas sanitarias tomadas hasta el momento han sido las correctas y fueron oportunas. Sin embargo, hasta hoy las medidas económicas siguen siendo insuficientes y limitadas a ciertos grupos sociales.

Urge que de verdad se pongan las pilas, hasta ahora solo observamos muchos anuncios, mucho marketing y decisiones que beneficiarán a muy pocos.

 

“No nos vamos a morir todos” (2)

La frase fue pronunciada por el viceministro de Salud, Julio Rolón, cuando empezó esta historia -macabra por cierto- del coronavirus y su inminente ingreso al país. La obviedad de lo afirmado obedeció entonces, seguramente, a la necesidad de infundir cierta tranquilidad y evitar el pánico. Paradójicamente, el mismo funcionario recientemente hizo otra declaración que generó gran alarma: Del 40% al 60% de la población paraguaya contraerá el temido mal, es decir entre 2.800.000 y 4.200.000 personas, sin aclarar si esto sucedería en ésta crisis sanitaria, lo que implicaría una verdadera catástrofe, o si lo suyo era un “pronóstico extendido” tipo de los de Meteorología, pero para los próximo 5 o 10 años, en cuyo transcurrir habrá alguna vacuna para combatir la enfermedad con eficacia.

La primera hipótesis, si sucediera en el corto plazo, provocaría un estado de calamidad sin precedentes, salvo en las guerras que nos azotaron en el pasado. Aún si los infectados fueran 2.800.000, la cantidad de fallecidos sería de 84.000, tomando en consideración que la mortalidad del virus se estima en alrededor del 3%, 476.000 serían casos graves, muchos de los cuales requerirían terapia intensiva (imposible de satisfacer) y los demás, 2.240.000, solo cuadros leves. Esto, repetimos, en la mejor de sus hipótesis, pues en la peor, la cifra de muertos se elevaría a 126.000 y la de graves a 741.000.

Pero no se preocupe. La experiencia mundial indica que no es ni será así, sin disminuir por eso las tremendas consecuencias que está arrojando la pandemia. Son alrededor de 200.000 casos distribuidos en 162 países, la mayor parte en China (81.100), Italia (23.000) Irán (16.000) y España (13.700). O sea, ni el 60%, ni el 40%, ni el 20%, 10%, 1%..., sino bastante menos.

Es muy probable que el alto funcionario se haya referido en términos similares a los manifestados en su momento por la canciller Ángela Merkel, quien dijo que el 60% de los alemanes contraerían “en algún momento” el coronavirus. Y es que, como la influenza u otros, es un virus que estará entre nosotros en un lapso prolongado en el tiempo y, a lo largo de este, afectará a vastos sectores de la humanidad.

Rolón debería aclarar cuanto antes el sentido de sus dichos, tratándose de quien se trata y de un tema tan sensible para los que, aislamiento riguroso mediante, resignan todo a fin de evitar precisamente una tragedia.

Insistimos, nada de esto significa que no enfrentamos un serio peligro. Ya nadie cree que los casos de personas con covid-19 se limiten a 11, incluyendo médicos especialistas en la materia, para quienes el virus está circulando en el país y se seguirá expandiendo, sumando a las estadísticas a una gran cantidad de afectados. Y esto redobla la importancia de aplicar con rigor todas las medidas preventivas para disminuir su impacto todo lo que de nosotros depende.

Sin embargo, como lo dijo el propio alto funcionario, cual “sabio pensador”, en esta crisis sanitaria “no nos vamos a morir todos”.

 

#QuedateEnTuCasaCarajo

El aislamiento social, junto con la intensificación de la higiene personal, son las únicas fórmulas para combatir el peligros virus que se expande por el mundo sin cesar. Suspensión clases, paralización de grandes reparticiones públicas, shoppings, disminución de pasajeros en los ómnibus, cierre de cines, etcétera, forman parte de la batería de medidas que no merecen ningún cuestionamiento, a la luz de la experiencia internacional, que no conoce de otros mecanismos eficaces para detener el avance del mal. Sin embargo, su implementación requiere de otras disposiciones complementarias que garanticen su real cumplimiento, como también de políticas concretas para mitigar sus inevitables consecuencias socioeconómicas.

Con respecto al plan de prevención, resulta obvio que debemos insistir en la concientización de la ciudadanía, la comunicación fluida. Pero en tiempos de crisis, de grave crisis como el que vivimos, el Estado debe apelar sin contemplaciones al uso de la coacción, léase la fuerza pública (y desde luego la fiscalía) para obligarnos a respetar rigurosamente lo dispuesto por las autoridades sanitarias, para no perjudicarnos nosotros ni perjudicar al resto.

Ahora bien, suponiendo que estas medidas se implementan como corresponde, esto generará nuevos problemas, muy importantes, que deben ser abordados con suma urgencia por el gobierno. Algunos ejemplos:

-Los niños que no asistirán 15 días (por ahora) a clases, se quedaron sin el suplemento nutricional. Es insuficiente, no cubre el déficit alimenticio de muchos de ellos, pero son incontables los casos en los que se trata del único o segundo “plato” de comida que recibe en el día.

-Los “cuentapropistas”, que representan alrededor del 40% del mercado laboral, tendrán poca o nula actividad mientras dure la emergencia. Desde jardineros y peluqueros/as, pasando por taxistas, hasta profesionales independientes, exceptuando los médicos, claro está.

-Las pequeñas y micro empresas, incluso las medianas enfrentarán una situación muy adversa. Desde el lomitero y una amplísima gama de negocios gastronómicos, hasta locales comerciales dedicados a los más variados rubros, firmas que ofrecen servicios e industrias que producen para un mercado que abruptamente dejó de consumir.

Y podemos seguir con más y más ejemplos, pero sería flagelarnos innecesariamente. Son problemas reales que preocupan y comienzan a sentirse, para colmo, en el marco de una economía global, regional y local en franco retroceso.

¿Qué harán las autoridades al respecto?. Desde luego que no es algo sencillo de resolver, pero así como las circunstancias exigen las medidas sanitarias resueltas, así también exigen un conjunto de disposiciones económicas que alivianen sus consecuencias.

De esto depende no solo evitar que la situación social, de por sí mala, se agrave en forma severa, sino el propio éxito del combate a esta plaga que, justificadamente, nos llena de miedos e incertidumbres.