Mírense al espejo de Perú o Ecuador

¿No les asusta lo que sucede en el Perú? ¿Tampoco lo que está pasando en el Ecuador?. Pues deberían comenzar a preocuparse, porque hace muy poco estuvieron a punto de ser desalojados del Palacio y porque, ante los escándalos de corrupción que se suceden y la crisis económica sin respuestas, el mal humor social podría cobrar impulso en cualquier momento, terminando lo que en aquella oportunidad quedo incluso.

Perú es un país sumido en la corrupción, que hizo eclosión a la luz del “caso Odebrecht”. Dos ex presidentes están presos, uno se suicidó y el actual, Martín Vizcarra, está en la cuerda floja, luego de disolver el Congreso, de mayoría opositora, y que éste lo suspendiera por un año en el ejercicio de sus funciones. Una crisis de gran magnitud, cuyo desenlace dependerá de lo que resuelva al respecto el Tribunal Constitucional, al menos en lo concerniente al reordenamiento institucional de dicho país.

A Ecuador no le va mejor. A la crisis política que arrastra, luego de la ruptura del jefe de Estado, Lenín Moreno, con el expresidente Rafael Correa, se suma el agravamiento de la crisis económica, a la cual el gobierno respondió con una serie de medidas económicas propuestas por el Fondo Monetario, entre ellas el fin del subsidio a los combustibles. Esto produjo un aumento generalizado de sus precios, en el orden del 130%, así como de las tarifas del transporte público y de la canasta familiar. Y se desataron las protestas, el gobierno declaró “Estado de Excepción” y… trasladó su sede de Quito a Guayaquil!

Cada país tiene sus particularidades, claro está. No es exactamente igual la crisis del Perú y la de Ecuador, ni la que afecta a estos con la que está en curso en el Paraguay, pero que hay rasgos comunes, a nadie quepa la menor duda: corrupción generalizada y deterioro de la economía, con las consecuencias sociales que de ello se deriva. Una combinación de por sí explosiva, como lo demuestran los hechos que se observan en ambos casos.

Acá no hay un caso de la envergadura de Odebrecht, pero existen roscas mafiosas en el Indert, sobrefacturaciones en el ministerio del Interior, licitaciones amañadas en la ANDE para favorecer al secretario General de la presidencia y una larga lista de otros hechos que develan prácticas aberrantes en la administración pública. Y la situación de nuestra economía es definitivamente más delicada que la de aquellos países.

Nada de esto parece importarle a Abdo Benítez. Es como si estuviera en otro planeta, a juzgar por la parálisis en la que se encuentra, mientras sigue avanzando el proceso de descomposición política y económica de la república.

El campo está seco y podría arder súbitamente. ¿Qué está esperando para hacer algo?. ¿Que alguien encienda la mecha?.

Si así fuera, cometería su último error, porque entonces ya no tendrá capacidad de reacción. Será tarde.

 

Persevera y… ¡perderás!

Aquello de que el hombre es el único animal que se golpea dos veces con la misma piedra, parece ser un dicho que se aplica con absoluto rigor al presidente. Se mantiene en el error, incólume a las críticas, por más generalizadas que éstas sean.

Su obstinación por el desacierto ya casi le costó el puesto, pero no aprende. Persiste en todas y cada una de las equivocaciones, a las que en todo caso agrega otras nuevas. Un anticampeón en toda la línea, al extremo de que si fuera uno más de los “comunes”, al decir del diputado Portillo, hasta podría generar cierto sentimiento de pena. Pero es el jefe de Estado, en cuya anticipada decadencia política amenaza arrastrar al país consigo.

Desde el día 1, incluso antes, varios de los miembros que designó como ministros fueron severamente cuestionados. Eduardo Petta, Carla Bacigalupo y Dani Durand, fueron algunos de ellos, a quienes después se sumó Juan Ernesto Villamayor, dada la creciente inseguridad que sufre la ciudadanía. Pero no satisfecho con ratificar a todos ellos en sus cargos, “fue por más” y nombró a Rodolfo Friedmann como ministro de Agricultura y Ganadería; una cartera clave en una nación como la nuestra, más todavía en momentos de crisis, ahora gobernada por un perfecto incompetente que ni siquiera sabe distinguir la siembra de la cosecha.

Con la misma actitud encara la crisis económica, desconociéndola o minimizando su gravedad, al describir lo que viene aconteciendo en esta materia como “un año complejo”, para luego afirmar que “el 2020 será mejor”, invocando un misterioso “efecto rebote” que ni los economistas más avezados logran explicar para qué sirve dicho concepto. Y mientras Hacienda remite al Congreso un proyecto de Presupuesto austero, sus ministros ya comienzan a desfilar ante la Comisión Bicameral para solicitar aumentos sustanciales, en una muestra más de su inocultable carencia de liderazgo.

En cuanto a la crisis política… “¿qué crisis?”, se preguntará Marito, a juzgar por sus actos y su discurso. Hace menos de dos meses, Abdo estuvo a punto de ser destituido de la presidencia, a raíz del acuerdo secreto que suscribió con Brasil sobre Itaipú, que provocó la mayor inestabilidad de los últimos tiempos.

La única razón por la cual no cayó entonces fue porque Honor Colorado reconsideró su decisión de apoyar el juicio político, pero a la espera, como muchos referentes de la sociedad, que rectificara rumbos, cosa que no sucedió. Al contrario, se reafirmó en todo lo que es objeto reprobación y se “alquiló” nuevos problemas, como la tormenta provocada en filas de la Policía Nacional, alimentada por su inaceptable proyecto de enmendar la Constitución para asignarle a las FF.AA. tareas relativas a la seguridad interna, lo que representaría un grave retroceso.

Hay que admitir, sin embargo, que Abdo Benítez es perseverante, por no decir necio u obcecado. Persevera en mantener en su gabinete a personajes que lograron unificar a vastos sectores políticos y sociales en su contra. Persevera en ignorar o proceder con displicencia frente al derrumbe de la economía y su duro impacto social. Persevera en burlarse de quienes le salvaron de la destitución y reanuda las hostilidades hacia estos. Y persevera en seguir generando crisis, como con la Policía.

Si la perseverancia es un requisito para alcanzar el triunfo, en su caso ocurre exactamente lo contrario. “Persevera y … perderás”, es lo que mejor le cabe y de esto, ¡por fin!, debería tomar nota.

 

La economía se fue al tacho

Ya nadie duda de la manifiesta ineptitud del actual gobierno, ni tampoco de su extrema sordera. El problema son las consecuencias, y estas ya se expresan en todas las áreas de su gestión, especialmente en el de la economía. En dicho ámbito, la estabilidad era (tiempo pasado) saludada y envidiada por países de la región, pero ahora se encuentra en franco deterioro, al extremo de que hoy vivimos la segunda crisis más grave de toda la etapa democrática, situándose apenas por debajo de la que estalló durante la presidencia de González Macchi, hace dos décadas.

El ritmo de crecimiento del 4% de los últimos 7 años, y que con algunos altibajos se remonta a 15, ya es historia. Este año no solo habrá menos crecimiento, sino que la economía decrecerá en el orden de -1,5%, según la proyección del Banco Itaú, que coincide en líneas generales con la que venían formulando, desde Basanomics, el ex presidente del Banco Centra del Paraguay, Carlos Fernández Valdovinos y el ex ministro de Hacienda, Santiago Peña.

El informe de referencia disminuye también el pronóstico de crecimiento del Producto Interno Bruto para el año que viene, del 3% al 2,5%; un moderado “efecto rebote”, como gustan llamar los economistas a procesos de recuperación pos crisis, que como categoría científica dice poco o nada.

En términos prácticos, la recesión económica que está en curso significa no solo que no se generarán nuevos puestos de trabajo, en un mercado al cual se incorporan 100.000 jóvenes todos los años, sino que habrá despidos- Y a eso se suma que seguirá a la baja el consumo de los paraguayos y, en lo que respecta a Hacienda, que deberá administrar más miserias, pues inevitablemente disminuirán sus recaudaciones.

La situación, de por sí grave, lo es más debido a que Abdo Benítez y su equipo económico desconocen o minimizan la dimensión de la crisis, sea por ignorancia o por erróneas consideraciones políticas. Cualquiera sea el caso, eso impide formular estrategias para hacer frente a una realidad que castiga con dureza a vastos sectores de la población, entre los que solo “florece” la pobreza.

Hay que decirlo con todas las letras. La economía se fue al tacho y, con ella, la calidad de vida de nuestra gente, que seguirá empeorando, pues a juzgar por los hechos, nada positivo podemos esperar del gobierno, salvo que un día de estos, el presidente aparezca vestido de bombero.

 

La pistola de Marito

La divulgación de una foto de Mario Abdo Benítez, portando un arma de fuego en la cintura, fue motivo de todo tipo de críticas y burlas en los medios y las redes sociales. Desde interpretaciones políticas, hasta las referidas a sus características personales. El tema no da para mucho, pero, tratándose de presidente de la República, el número uno del Ejecutivo, el que ostenta la suprema representación política del Paraguay, no está demás formular algunas conjeturas al respecto, sobre todo porque ante consultas periodísticas, el hombre se limitó a recordarnos lo que todos sabemos: “Soy comandante en Jefe”.

No nos imaginamos a Mauricio Macri “luciendo” una pistola 9 mm y 2 cargadores, mientras cumple una misión oficial. Tampoco a Sebastián Piñera, ni a Tabaré Vázquez, ni a López Obrador, ni al belicoso Donald Trump, ni a Emmanuel Macrón u otros presidentes de países democráticos.

Solo nos viene a la mente imágenes de personajes como Husein, Kadhafi, Fidel, Trujillo, Pinochet y, por supuesto, el tenebroso Alfredo Stroessner.

Pasemos a las hipótesis.

La primera, nuestro presidente anda armado por una cuestión de seguridad, como algunos alegan. Si esta fuera la razón, los 7 millones de paraguayos debemos armarnos sin perder más tiempo, de inmediato. A diferencia de él, que tiene un ejército de custodios las 24 horas, nosotros, “los comunes”, vivimos bajo constante amenaza de ser atacados por peajeros, motochorros, caballos locos y malandros de todos los pelajes, incluyendo algún “polibandi”. Descartemos, pues, esta presunción.

Otra posibilidad sería que estamos ante una estrategia de marketing para desviar la atención de los problemas que a todos nos quejan. Sucede que “la calle está dura”, cada vez cuesta más llegar a fin de mes y el gobierno no tiene la más pálida idea de cómo hacer frente a la situación. Entonces, los asesores del presidente idearon esta creativa maniobra para distraernos. Pero esto sería sobre estimar a un equipo que hasta ahora nada aportó, y si esa hubiera sido la intención, erraron en el procedimiento, pues tenían que haber tratado de sacarle a Marito del escenario y no mantenerlo en el centro, como blanco fácil.

Otros opinan que Marito quiere dejar de ser Marito. El diminutivo, según esta versión, no ayuda a generar respeto y menos infundir temor, por lo cual había que proyectar otra imagen, a lo Stallone con “Rambo”. Este personaje, sin embargo, mal podría ser interpretado por alguien que hace algunas semanas declaró a la prensa que su gobierno podía durar una semana y que, en privado, a todos pregunta si creen que culminará su mandato. En consecuencia, esto tampoco sirve para explicar su afición a la pistola.

A lo mejor es simple inmadurez, expresión de quien quisiera volver a la infancia dorada que tanto extraña o, tal vez, en sus fueros íntimos es “un hombre de armas tomar”, pero lo tiene tan reprimido que en sus actos solo proyecta vacilación.

Si no es por seguridad, ni sirve para desviar la atención, solo restan las otras cuestiones que caen en el campo de las inseguridades personales, pero sobre esto, Abdo debería despreocuparse. No necesitamos ni queremos un pistolero. Nos conformamos con un Marito que cumpla con sus funciones de presidente, que haga los cambios necesarios que disipen nuevas crisis políticas y tome decisiones que beneficien a todos los paraguayos. Las heladeras están vacías, tome nota señor presidente.