“No nos vamos a morir todos” (2)

La frase fue pronunciada por el viceministro de Salud, Julio Rolón, cuando empezó esta historia -macabra por cierto- del coronavirus y su inminente ingreso al país. La obviedad de lo afirmado obedeció entonces, seguramente, a la necesidad de infundir cierta tranquilidad y evitar el pánico. Paradójicamente, el mismo funcionario recientemente hizo otra declaración que generó gran alarma: Del 40% al 60% de la población paraguaya contraerá el temido mal, es decir entre 2.800.000 y 4.200.000 personas, sin aclarar si esto sucedería en ésta crisis sanitaria, lo que implicaría una verdadera catástrofe, o si lo suyo era un “pronóstico extendido” tipo de los de Meteorología, pero para los próximo 5 o 10 años, en cuyo transcurrir habrá alguna vacuna para combatir la enfermedad con eficacia.

La primera hipótesis, si sucediera en el corto plazo, provocaría un estado de calamidad sin precedentes, salvo en las guerras que nos azotaron en el pasado. Aún si los infectados fueran 2.800.000, la cantidad de fallecidos sería de 84.000, tomando en consideración que la mortalidad del virus se estima en alrededor del 3%, 476.000 serían casos graves, muchos de los cuales requerirían terapia intensiva (imposible de satisfacer) y los demás, 2.240.000, solo cuadros leves. Esto, repetimos, en la mejor de sus hipótesis, pues en la peor, la cifra de muertos se elevaría a 126.000 y la de graves a 741.000.

Pero no se preocupe. La experiencia mundial indica que no es ni será así, sin disminuir por eso las tremendas consecuencias que está arrojando la pandemia. Son alrededor de 200.000 casos distribuidos en 162 países, la mayor parte en China (81.100), Italia (23.000) Irán (16.000) y España (13.700). O sea, ni el 60%, ni el 40%, ni el 20%, 10%, 1%..., sino bastante menos.

Es muy probable que el alto funcionario se haya referido en términos similares a los manifestados en su momento por la canciller Ángela Merkel, quien dijo que el 60% de los alemanes contraerían “en algún momento” el coronavirus. Y es que, como la influenza u otros, es un virus que estará entre nosotros en un lapso prolongado en el tiempo y, a lo largo de este, afectará a vastos sectores de la humanidad.

Rolón debería aclarar cuanto antes el sentido de sus dichos, tratándose de quien se trata y de un tema tan sensible para los que, aislamiento riguroso mediante, resignan todo a fin de evitar precisamente una tragedia.

Insistimos, nada de esto significa que no enfrentamos un serio peligro. Ya nadie cree que los casos de personas con covid-19 se limiten a 11, incluyendo médicos especialistas en la materia, para quienes el virus está circulando en el país y se seguirá expandiendo, sumando a las estadísticas a una gran cantidad de afectados. Y esto redobla la importancia de aplicar con rigor todas las medidas preventivas para disminuir su impacto todo lo que de nosotros depende.

Sin embargo, como lo dijo el propio alto funcionario, cual “sabio pensador”, en esta crisis sanitaria “no nos vamos a morir todos”.

 

#QuedateEnTuCasaCarajo

El aislamiento social, junto con la intensificación de la higiene personal, son las únicas fórmulas para combatir el peligros virus que se expande por el mundo sin cesar. Suspensión clases, paralización de grandes reparticiones públicas, shoppings, disminución de pasajeros en los ómnibus, cierre de cines, etcétera, forman parte de la batería de medidas que no merecen ningún cuestionamiento, a la luz de la experiencia internacional, que no conoce de otros mecanismos eficaces para detener el avance del mal. Sin embargo, su implementación requiere de otras disposiciones complementarias que garanticen su real cumplimiento, como también de políticas concretas para mitigar sus inevitables consecuencias socioeconómicas.

Con respecto al plan de prevención, resulta obvio que debemos insistir en la concientización de la ciudadanía, la comunicación fluida. Pero en tiempos de crisis, de grave crisis como el que vivimos, el Estado debe apelar sin contemplaciones al uso de la coacción, léase la fuerza pública (y desde luego la fiscalía) para obligarnos a respetar rigurosamente lo dispuesto por las autoridades sanitarias, para no perjudicarnos nosotros ni perjudicar al resto.

Ahora bien, suponiendo que estas medidas se implementan como corresponde, esto generará nuevos problemas, muy importantes, que deben ser abordados con suma urgencia por el gobierno. Algunos ejemplos:

-Los niños que no asistirán 15 días (por ahora) a clases, se quedaron sin el suplemento nutricional. Es insuficiente, no cubre el déficit alimenticio de muchos de ellos, pero son incontables los casos en los que se trata del único o segundo “plato” de comida que recibe en el día.

-Los “cuentapropistas”, que representan alrededor del 40% del mercado laboral, tendrán poca o nula actividad mientras dure la emergencia. Desde jardineros y peluqueros/as, pasando por taxistas, hasta profesionales independientes, exceptuando los médicos, claro está.

-Las pequeñas y micro empresas, incluso las medianas enfrentarán una situación muy adversa. Desde el lomitero y una amplísima gama de negocios gastronómicos, hasta locales comerciales dedicados a los más variados rubros, firmas que ofrecen servicios e industrias que producen para un mercado que abruptamente dejó de consumir.

Y podemos seguir con más y más ejemplos, pero sería flagelarnos innecesariamente. Son problemas reales que preocupan y comienzan a sentirse, para colmo, en el marco de una economía global, regional y local en franco retroceso.

¿Qué harán las autoridades al respecto?. Desde luego que no es algo sencillo de resolver, pero así como las circunstancias exigen las medidas sanitarias resueltas, así también exigen un conjunto de disposiciones económicas que alivianen sus consecuencias.

De esto depende no solo evitar que la situación social, de por sí mala, se agrave en forma severa, sino el propio éxito del combate a esta plaga que, justificadamente, nos llena de miedos e incertidumbres.

 

¿De qué lado estás, Marito?

En política, como en todos los órdenes de la vida, las actitudes y los hechos son infinitamente más importantes que los discursos y las expresiones de deseos, no siempre sinceros. Si nos guiáramos por esto último, a los colorados solo les faltaría fijar la fecha de la boda, pero en la práctica, en el terreno de la realidad, las cosas son “tan así”, como se demostró recientemente con la polémica generada en torno al desdoblamiento de las internas partidarias, sugerido por el propio Abdo Benítez, y el rechazo de éste a reunirse con Horacio Cartes para acordar una hoja de ruta, propuesto por el senador Calé Galaverna.

Hasta ese momento, solo se hablaba del “operativo cicatriz”, destinado a cerrar filas con miras a los próximos comicios municipales y la renovación de las autoridades de la ANR. Se difundían los encuentros de gobernadores con Marito y HC, declaraciones de intendentes celebrando el acercamiento entre las principales corrientes del coloradismo, etcétera.

Pero entonces, a contramano de lo que se venía diciendo y haciendo, el presidente se manifestó públicamente a favor de centrar las labores en los comicios municipales y posponer para más adelante la designación de las nuevas autoridades partidarias, lo cual fue utilizado por la senadora Lilian Samaniego para incidentar una reunión convocada en la Junta de Gobierno con otra agenda, para cuestiones operativas.

Ocurre que si bien es cierto que en las carpas oficialistas existen partidarios de acercar posiciones con el cartismo (Galaverna, Ovelar y Bacchetta, entre otros), no es menos cierto que también hay quienes se oponen tajantemente a cualquier acuerdo con dicha corriente, como el grupo que encabeza la citada senadora y el ala “pedepista” del gobierno, los cuales perderían protagonismo e influencia si se produjera el “abrazo republicano”.

En este contexto, resultan llamativas las manifestaciones del presidente, quien en lugar de ratificar su disposición a que los acuerdos se concreten de una vez por todas, generó confusión y reavivó la desconfianza, al meter por la ventana una cuestión que abortaría cualquier acuerdo, como es el “desdoblamiento”, carente de sustento jurídico y/o político.

A esta altura de los acontecimientos, cuando los plazos se agitan, el presidente ya no tiene margen para seguir mostrándose como si estuviera por encima de las dos fracciones existentes en su propio movimiento.

A él le cabe responder la pregunta que Bernie Sanders lanzó a los electores demócratas de los Estados Unidos:” ¿De qué lado estás?”. ¿De los Galaverna, Ovelar y Bacchetta, que promueven la negociación política, o de los Samaniego y exponentes del PDP, que se benefician con la ruptura?

 

La “Tuticracia” asuncena

Existe un segmento de la clase media asuncena cuyas características son muy fáciles de reconocer. Es afecta a pregonar la moral, las buenas costumbres y el respeto a la ley, aunque no siempre lo practique, así como la solidaridad con los necesitados, con los que sufren, por quienes generalmente “pide” los domingos, en alguna coqueta parroquia del barrio. Hasta que estos últimos se le cruzan en la vida, en algún semáforo, con sus harapos y sus manos sucias. Entonces pierde su acostumbrada compostura, manifiesta su asco sin disimulo y es capaz de cualquier cosa, incluso convertir en semi Dios a “Lord Nenecho”, aguardando ansiosamente que cumpla pronto su promesa: Expulsar de las calles -valga la expresión- a todos los miserables que cometen la osadía de visibilizarse y causarle molestias. Es la “tuticracia”, término que de griego solo tiene el nombre de su autor, Euclides Acevedo.

Stroessner hizo algo parecido en ocasión de la gran inundación de 1982. Los daminificados habían ocupado los fondos de la Catedral de Asunción y veredas del Paraguayo Independiente. “Inaceptable”, gritaron los cortesanos de entonces , y ejecutaron una solución de inmediato. Ocultaron a los inundados detrás de chapas de 2 metros, color amarillo. Tema “resuelto”, afirmaron, y respiraron tranquilos ante la eventual visita del algún “ilustre personaje” de países vecinos u otras latitudes.

Pero “Nenecho” no es un dictador, aunque tal vez quisiera serlo. No tiene poder de coacción para imponer por la fuerza lo que promete, con el fin de conquistar los votos de los “tutis enojones”. Y más importante que eso, no tiene razón, ni desde el punto de vista jurídico, ni menos aún desde el humanitario.

Digamos las cosas como son. La mayoría de los que salen a mendigar a las calles no lo hacen por placer, ni por haraganes, ni porque su único deseo en la vida es sobrevivir en condiciones calamitosas. Salen a “changuear” para obtener algunos centavos que les permita llevar algo al estómago, o al de sus hermanitos, hijos o padres.

Probablemente no concluyeron sexto grado, lo que les inhabilita a acceder al mercado laboral, que de hecho no absorbe ni a los que cursaron los 12 años de estudio y a muchos de los que tiene título de grado.

Los que están en la calle deben ser objeto de políticas públicas para cambiar esa realidad e integrarlos al mundo del trabajo formal, no de otro castigo adicional del Estado, que hasta ahora no pudo o no quiso atender este problema.

Pero, ¿acaso no hay cuida coches y limpiavidrios violentos y ladrones? Por supuesto que sí, como los hay en todas las capas de la sociedad, incluyendo las más encumbradas y las altas esferas del poder. Y en todos estos casos debería actuar la fuerza pública y la fiscalía, para sacarlos de circulación. En todos los casos, sin omitir los más graves, que por lo visto no son “visualizados”, ni molestan a los hipócritas que apoyan jubilosos al intendente (por accidente) de Asunción.