Excesivos juguetes y mucha exposición a las pantallas: “No es bueno para los niños”
Las fiestas de fin de año y la llegada de los Reyes Magos generan en los niños una ansiedad propia, desde el listado de pedidos hasta la recepción de regalos. Sin embargo, los especialistas instan a los padres a saber controlar la situación y no generar excesos que, a la larga pueden perjudicar al desarrollo de los chicos.
Por Juan Riveros (@JuancitoRiveros)
La psicóloga infantil, Alicia Aldana, instó a los padres a manejar con cuidado la compra de regalos por el Día de los Reyes Magos, ya que dijo que, tener juguetes en exceso al mismo tiempo, no es bueno para el desarrollo de los niños, ya que se estimula el déficit de atención.
“Un niño que creció en un ambiente sin juguetes, igual crea sus propios juguetes. Con la imaginación, la creatividad es mayor. El niño siempre juega, con qué juega ya depende de cada niño. Lo ideal es tener pocos juguetes a la vez”, sostuvo la especialista, en conversación con la 780 AM.
Sin embargo, indicó que, el juego en sí, es superimportante para el desarrollo del sistema nervioso y la salud mental del niño. “El niño que no juega o que vive en un ambiente muy castrante, es un niño que se priva del neurodesarrollo”, enfatizó.
Asimismo, dijo como ejemplo que, anteriormente se tenían pocos juguetes, pero mucha experiencia neurosensorial que hoy los niños prácticamente no tienen. “Los niños ya no salen a la vereda a jugar, van poco a la plaza. Prácticamente el único lugar de encuentro es la escuela”, lamentó.
EL PELIGRO DE LAS PANTALLAS
Sobre la exposición precoz a las pantallas, ya sean teléfonos celulares, tablets, computadoras o televisores, la psicóloga indicó que estas producen un daño neurológico irreversible, retraso en el desarrollo del lenguaje, retrato en las habilidades sociales y capacidades cognitivas
“Muchos niños de esta generación van a ser menos inteligentes que sus padres, algo nunca registrado en la historia de la humanidad. Cada generación es más inteligente que la anterior, pero por culpa de la exposición precoz, eso también va a cambiar”, agregó.
Expresó que las pantallas generan un aumento de dopamina en el cerebro que es el neurotransmisor del placer. “Es lo mismo que el consumo de una droga ilegal. Hay que dimensionar el daño que están produciendo las pantallas a los niños de esta generación. Pierden la capacidad de relacionarse con otros”, resaltó.
La especialista hizo hincapié en el equilibrio entre los juegos tradicionales y la tecnología, para un mejor desarrollo integral de los niños. “El juego con objetos simples fomenta la imaginación y habilidades sociales, mientras que el abuso de pantallas puede reducir estas capacidades”, subrayó.
Parabrisas rotos: el riesgo de elegir un vidrio común para reemplazarlos
Ante los daños en vehículos por la reciente granizada, bomberos advierten que algunos conductores recurren a vidrios no certificados para reemplazar sus parabrisas. El material inadecuado puede aumentar el riesgo de heridas graves en un accidente.
Por Juan Riveros (@Juancitoriveros)
La urgencia por reparar un parabrisas roto puede llevar a algunos conductores a elegir una alternativa más barata, pero peligrosa: instalar vidrio común en lugar de uno de seguridad. Bomberos voluntarios advierten que esta práctica puede poner en riesgo a los ocupantes del vehículo durante un accidente de tránsito.
El capitán Gabriel Alcaraz, comandante del Cuerpo de Bomberos Voluntarios, explicó que uno de los problemas se presenta con los vehículos antiguos, cuyos parabrisas pueden tener un costo elevado y resultar difíciles de conseguir.
Ante el precio de los repuestos y la demora que puede implicar su importación, algunos propietarios optan por materiales que no cuentan con la certificación correspondiente. “Los instaladores son bastante profesionales, pero algunas personas no quieren esperar el tiempo de importación y recurren a elementos no certificados”, señaló Alcaraz.
¿Por qué es peligroso instalar vidrio común?
El parabrisas delantero está fabricado habitualmente con vidrio laminado de seguridad, compuesto por dos capas de cristal unidas por una lámina plástica. Esta estructura ayuda a mantener los fragmentos adheridos cuando se rompe.
En cambio, el vidrio común puede desprenderse en pedazos grandes y cortantes, lo que aumenta el riesgo de heridas graves para quienes viajan en el vehículo. Por eso, que el material tenga las dimensiones adecuadas y permita una buena visibilidad no significa que cumpla con las condiciones de seguridad necesarias.
Los rescatistas del Grupo de Rescate Vehicular del Cuerpo de Bomberos Voluntarios detectaron automóviles de distintas marcas y modelos que tenían instalados vidrios comunes en lugar de los parabrisas correspondientes. La situación representa un riesgo que puede pasar inadvertido hasta que ocurre un choque.
Además de proteger a los ocupantes del viento, la lluvia y otros elementos externos, el parabrisas forma parte del sistema de seguridad del automóvil. Según el modelo, también contribuye a la resistencia estructural de la carrocería y al funcionamiento previsto de los airbags.
La reciente granizada que afectó a numerosos vehículos en Asunción y alrededores volvió a poner en evidencia la necesidad de reparar los parabrisas dañados. Sin embargo, la urgencia por volver a circular no debería llevar a elegir cualquier material para reemplazarlos.
Antes de aceptar el trabajo, se recomienda consultar qué tipo de vidrio se instalará, verificar que sea de seguridad y que corresponda al modelo del vehículo. También es importante solicitar información sobre la certificación del repuesto y la garantía de la instalación.
Aunque el precio y la disponibilidad pueden variar, especialmente en vehículos antiguos, recurrir a un vidrio común no es una solución segura. Un parabrisas adecuado y correctamente instalado es fundamental para proteger a los ocupantes en caso de accidente.
Lo que un conflicto entre chimpancés revela de la conducta humana
Si bien es aceptado que el humano moderno y el chimpancé comparten entre el 96% y el 98% de ADN, durante muchos años se dio por hecho que ambos modelos científicos de comportamiento no podían superponerse, hasta que tuvo lugar la célebre ‘Guerra de Gombe’.
Si bien los chimpancés pueden ejercer violencia organizada y el humano, también; parece lógico que exista algún factor común inherente a esa conducta.
Gonzalo Cáceres - periodista
Lo que arrancó como un periodo más de observación reveló el lado terrorífico del primo hermano del humano moderno.
La etóloga británica Jane Goodall llegó a Tanzania hacia 1960 para recabar datos sobre los chimpancés del hoy Parque Nacional de Gombe. Y, en búsqueda de compresión de la vida social de estos animales, terminó descubriendo un ‘detalle’ sobre nuestra propia especie.
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PRIMER ATAQUE
Enero de 1974. Un grupo de chimpancés machos avanzó por territorio ajeno. Se toparon con ‘Godi’, un joven macho de la comunidad vecina que se encontraba solo en un árbol. Lo golpearon hasta más no poder. Consumado el acto, el grupo celebró gruñendo y trepando. ‘Godi’ pudo abandonar la escena por sus propios medios, pero no se lo volvió a ver.
Para Goodall, este incidente significó un antes y un después en más de una década de trabajos de campo, porque aquello no fue una simple expedición ni un encuentro casual: el grupo agresor se movió en permanente coordinación y atento al mínimo rastro de la comunidad vecina. El ataque a ‘Godi’ fue premeditado y con toda la intención de matar.
Este sería el primer registro de una serie de episodios que se extendieron a lo largo de cuatro años. Goodall lo bautizó como la “Guerra de Gombe”. Y la palabra guerra, aunque resistida por los entendidos en la materia, plantea lo siguiente: ¿Hasta qué punto la agresión organizada y prolongada puede ser exclusivamente humana?
ANTECEDENTES
Goodall constató que tanto ‘Godi’ como sus victimarios formaron parte de la denominada comunidad Kasakela (por su ubicación dentro del terreno en estudio). No se sabe si por cuestiones de liderazgo, reproducción o de otra naturaleza, pero los Kasakela empezaron a dividirse a inicios de 1970. El grupo separatista se retiró al sur y fundó la comunidad Kahama, mientras que el grupo principal permaneció en el norte.
Durante algún tiempo, los antiguos compañeros convivieron sin mayores incidentes a través de una frontera definida, pero la relación cambió abruptamente. Los machos de Kasakela empezaron a incursionar por feudo de los Kahama y, si se encontraban con alguno, por lo general lo perseguían y atacaban.
En poco más de un año todos los machos de Kahama fueron asesinados y su comunidad terminó desapareciendo (de seis hembras Kahama, dos se reintegraron a la comunidad Kasakela tras ser golpeadas y secuestradas, se cree que las otras cuatro fueron asesinadas y devoradas).
Goodall no describió este asunto como una cacería, sino como la forma primitiva de hacer la guerra (eliminar a los rivales uno por uno). Años después, recordó aquellos días como los más difíciles de su vida en África. Murió en 2025 convencida de que descubrió que los chimpancés tenían, como el humano moderno, la facultad de ser brutales a justa medida (lo que implica el entendimiento de las consecuencias de sus actos).
SALVEDAD
Hablar de “guerra” en Gombe no significa que los chimpancés sepan armar ejércitos, o que sean capaces de levantar gobiernos estructurados y/o de concebir una idea política para la agresión prolongada. La distancia entre ambos mundos es de años luz.
Ya sea en nombre de la Patria o de la seguridad nacional, los humanos podemos movilizarnos en grandes números y fabricar armas con el objetivo de causar mayor o menor daño al enemigo; también poseemos una cultura guerrera (como las instituciones militares) y la facultad de transmitir ideas e información a las próximas generaciones sobre territorios y causas. No hay señales de que esta dinámica se replique entre otros primates.
Pero, y siempre hay un pero, si se prueba la iniciativa común de organizarse para enfrentar al “otro”.
NOSOTROS Y ELLOS
Quizá uno de los aspectos más importantes no sea el enfrentamiento en sí, sino la manera en que los chimpancés tratan a los de su propia comunidad y a los ajenos a ella. A su manera, tejen alianzas, cooperan y reconocen su comunidad. Defienden sus territorios y a sus pares. Realizan patrullas y compiten con grupos vecinos y, en determinadas circunstancias, pueden matar a sus compañeros.
Dentro del grupo se genera una dinámica: los animales se acicalan, hacen amistades y ayudan a proteger y criar a los más jóvenes, también conspiran de acuerdo a sus propios intereses. Es -precisamente- esta combinación de capacidades la que fascina a la comunidad científica.
Pero puede aparecer otra lógica. El individuo que pertenece a una comunidad diferente deja de ser simplemente un desconocido y pasa a convertirse en sospechoso. Goodall señaló esta “transformación” como el punto revelador de su análisis.
Después de haber convivido pacíficamente, los antiguos compañeros se convirtieron en enemigos. Por ejemplo, ‘Goliath’ (un macho anciano que en su momento fue el alfa cuando los Kasakela y Kahama aún eran un solo grupo) fue asesinado a golpes por los jóvenes machos que el mismo alimentó y protegió.
Y aquí aparece un paralelismo particularmente interesante con nuestra especie. Los seres humanos cooperamos con personas que jamás hemos conocido, siempre que las reconozcamos como miembros de nuestra comunidad.
¿GEN DE LA GUERRA?
Humanos y chimpancés compartimos un antepasado común. Es decir, hace miles de años hubo algo que caminó sobre la Tierra que no era ni humano ni chimpancé y que daría origen a dos especies distintas: el llamado eslabón perdido de la cadena evolutiva.
Por tanto, cuando encontramos comportamientos similares en ambos linajes, una posibilidad —ciertamente razonable— es que algunas de las facultades sean anteriores a la separación (lo que tampoco demuestra que este ‘abuelo’ evolutivo hiciera la guerra).
La propia Goodall defendió una interpretación semejante. En una entrevista explicó que la comparación entre humanos y chimpancés tampoco demuestra que la guerra sea inevitable. De hecho, el conflicto (agresión/violencia) no es permanente, porque ambas especies mantienen relaciones pacíficas durante largos períodos. La violencia intergrupal es solo una parte de una vida social mucho más compleja.
HERENCIA
Quizá la pregunta correcta, entonces, no sea si los seres humanos heredamos el gen de la guerra. Lo heredamos son algunas de las capacidades que hacen posible tanto la cooperación como el conflicto.
La historia evolutiva pudo habernos dejado animales capaces de reconocer aliados, construir relaciones, defender recursos, formar coaliciones y coordinarse con otros. Sobre esa base, nuestra especie construyó algo incomparablemente más complejo: sociedades enormes, culturas acumulativas, instituciones políticas y ejércitos. La guerra sería, desde este punto de vista, una construcción humana erigida sobre capacidades mucho más antiguas.
Los chimpancés no son “humanos pequeños”. Tampoco máquinas violentas gobernadas por sus instintos. Son animales de un amplio espectro social, complejos en su magnitud y capaces de establecer vínculos profundos, y que saben organizarse contra “otros”.
Goodall resumió el descubrimiento de una manera que sigue siendo difícil de ignorar: los chimpancés son muy parecidos a nosotros, pero “no necesariamente más agradables”.
Fuente: The Jane Goodall Institute.
Pascuala: a los 76 años, convirtió su máquina de coser en un nuevo comienzo
María Pascuala González aprendió a coser mirando a su madre, cuando todavía era joven y vivía en el norte del país. Durante décadas, la costura formó parte de su vida y de su familia. También fue una manera de acompañar a su marido durante los casi 50 años que compartieron juntos.
Hace siete años, la muerte de su esposo abrió un período de duelo. Pascuala, que entonces ya tenía una máquina de coser y una experiencia acumulada durante toda una vida, encontró en la costura una manera de volver a sentirse activa, acompañada por sus propias manos y, con el tiempo, también económicamente independiente.
Así nació Creaciones de Pascuala, un emprendimiento que comenzó casi como una idea doméstica y terminó convirtiéndose en una historia que llamó la atención en las redes sociales.
“Me siento todavía útil”, cuenta Pascuala con una sencillez que resume buena parte de su historia.

A punto de cumplir 76 años, la costurera trabaja desde su casa en San Lorenzo, donde confecciona productos textiles personalizados como loncheras, cartucheras, individuales, bolsos, portatermos y otros accesorios.
Pascuala no estudió formalmente costura. Su primera maestra fue su madre, también costurera. “Aprendí de mi mamá”, recuerda durante su visita al programa Residentas, del canal GEN.
Su familia es oriunda de Concepción y, durante su juventud, vivió en la zona rural. Después de casarse, comenzó una vida marcada por distintos traslados junto a su marido, primero a Pedro Juan Caballero, luego a Yby Yaú y, finalmente, a otras ciudades, acompañando las necesidades laborales de la familia y buscando también oportunidades educativas para sus seis hijos.
Durante años confeccionó prendas y diferentes tipos de ropa. También cosía mientras acompañaba a su marido en su actividad laboral. Era un oficio que conocía profundamente, aunque nunca había pensado en convertirlo en un emprendimiento propio.
La idea apareció después de su viudez. Un día le comentó a su nieta que quería comenzar a vender las cosas que hacía y que tenía guardadas en una caja. Su nieta le creó una cuenta y mostró sus trabajos en las redes sociales. Los pedidos llegaron casi al instante.
Una de las particularidades de Pascuala es que continúa aprendiendo. Se inspira en videos de YouTube para sus creaciones. Cuenta que, durante la siesta, suele acostarse a mirar modelos y tendencias. Después se levanta, toma la máquina y prueba. Mediante esto logró ampliar su catálogo.
Las loncheras se encuentran entre los productos que más pedidos reciben. También confecciona cartucheras, individuales, bolsos, portatermos y diferentes artículos que pueden realizarse de acuerdo con las preferencias de cada cliente.

La historia tiene además su aspecto económico. Su marido era jubilado y, según cuenta, le dejó algunos recursos para afrontar sus gastos. Hoy, a través de su trabajo, Pascuala genera su propio dinero.
Su casa se convirtió en su espacio de trabajo. Cuando sus familiares salen a trabajar, ella se queda sola y aprovecha el tiempo para avanzar con los pedidos.
Después de haber dedicado buena parte de su vida a la familia y a acompañar a su marido, ahora tiene algo que lleva su nombre.
“No hay nada imposible si uno se esfuerza”, resume e insta a que las mujeres se animen a lo que desean realizar.
“Primero hay que quererse”, afirma cuando le preguntan qué les diría a otras mujeres que atraviesan momentos difíciles.