La estupidez como la gran fuerza influyente del siglo XXI

Cuando Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) habló de “estupidez” no se refería a la carencia de inteligencia ni al insulto, sino a la ceguera moral que hace a la persona incapaz de distinguir entre lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, la justicia e injusticia.

Por Gonzalo Cáceres - periodista

Este teólogo luterano alemán, ejecutado por resistir al nazismo, dejó una frase perfectamente aplicable a nuestro tiempo: “La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”.

CONTEXTO

El diagnóstico de Bonhoeffer surgió en un momento de oscuridad. Alemania se había dejado consumir por la ideología nazi y millones de ciudadanos “respetables” pasaron a ser cómplices de los injustificable. Bonhoeffer intentaba entender cómo fue posible.

Es así que concluyó que el problema no era solo la maldad enfocada y organizada, sino la pasividad que surge cuando la gente deja de pensar por sí misma y repite lo que escucha; lo que tranquiliza, lo que agrada a las masas.

Ocho décadas después, el mundo vive una mutación de esa misma situación, pero ya no a través de dictadores con discursos incendiarios ni concentraciones faraónicas; ahora basta con un celular. Porque la estupidez se difunde en línea.

FAKE NEWS

La estupidez no es un defecto de inteligencia. Las personas estúpidas -decía Bonhoeffer- pueden razonar, pero no lo hacen… o prefieren limitarse. En la era digital, las fake news son el síntoma más evidente.

Las fake news no ganan repercusión porque sean creíbles, sino porque confirman lo que “ya” queremos creer. En las redes sociales, el internauta comparte sin leer, opina sin conocimiento de causa y se indigna con entusiasmo, casi de forma automática. Cada rejunte de líneas (o vídeos/audios) encuentra eco no por su contenido, sino por su función emocional.

Bonhoeffer habría detectado de inmediato este sistema. En su análisis del totalitarismo, explicó que los regímenes fabrican estupidez promoviendo obediencia. Es decir, el individuo, al identificarse con el grupo (nación, raza o el partido político, etc.), se vuelve incapaz de sentar criterio de forma independiente. En lugar de preguntarse si algo es cierto, se cuestiona si “suena correcto” (según el tono del grupo).

Hoy, las redes sociales se han transformado en espacios donde la pertenencia vale más que la verdad, o la razón. Y la verdad, como concepto, pierde valor. No importa si una información es falsa; lo importante es que “sirva” para evidenciar (derrotar) al otro (el enemigo).

Así, la estupidez pasa a ser una estrategia política y una fuerza influyente.

Las fake news parte de la base de que el público no quiere pensar, sino sentir, y sentir muy rápido. Bonhoeffer, desde su celda, habría entendido el peligro: un pueblo emocionalmente manipulado no necesita ser reprimido; se reprime a sí mismo.

CUANDO LA FE PIERDE LA RAZÓN

Bonhoeffer fue un hombre profundamente religioso, pero no servil. Desconfiaba de los supuestos de la Iglesia usada como instrumento de poder. Criticaba a los cristianos que, en vez de actuar, se encerraban en templos a “esperar la voluntad de Dios”, mientras el mundo sucumbía al delirio de unos pocos. Para él, la fe auténtica implicaba pensar responsablemente ante Dios y ante el prójimo.

El fanatismo religioso contemporáneo (cristiano, judío, musulman o de cualquier otro credo) se alimenta del mismo impulso que Bonhoeffer describió: el reemplazo de la conciencia por la consigna. En muchos casos, la fe se convirtió en una forma de identidad tribal. Se la defiende no porque uno crea en un Dios, sino porque ese Dios “representa” un fin (que tiene que ver con el “más acá” y no con el “más allá”).

Bonhoeffer advirtió que ese tipo de “religiosidad” es peligrosa porque anula la responsabilidad personal. El fanático se siente exento de culpa, porque todo lo hace “en nombre de Dios”, por su “obra”. Y así, puede justificar violencia, exclusión y los actos más aberrantes hacia sus semejantes.

La estupidez, cuando se reviste de religiosidad, se vuelve casi invencible: no hay argumento racional que pueda tocar lo que se percibe como “voluntad divina”. Por eso Bonhoeffer insistía en que la verdadera fe “necesita razón”.

“Sin pensamiento, la religión se degrada en superstición; sin compasión, se vuelve ideología”, escribió.

POLARIZACIÓN

Tras años de constante involución, el debate político mundial se convirtió en un campo de batalla emocional: las ideas fueron superpuestas por consignas, los argumentos por insultos; dando lugar a la tóxica guerra simbólica entre “los nuestros” y “los otros”.

Bonhoeffer decía que “el poder necesita la estupidez de los otros”, no hablaba solo de dictaduras y líderes cuestionables. Toda forma de poder, incluso en democracia, tiende a producir su propio tipo de estupidez.

La polarización política es, entonces, una industria de la estupidez colectiva. Divide el mundo en dos mitades morales: los buenos y los malos, los patriotas y los traidores, los creyentes y los ateos, los progresistas y los reaccionarios.

Las fake news prosperan entonces porque confirman el prejuicio del grupo. El fanatismo religioso se mezcla con el discurso político y se transforma en bandera. La persona ya no elige sus ideas: sus ideas la eligen a ella.

La velocidad de las redes, el ritmo de las noticias, la presión de las identidades políticas, y los intereses encontrados, todo empuja al individuo a reaccionar, no a reflexionar. El resultado de este ritmo es un tipo de ciudadano huérfano de diálogo, incapaz de confrontar ideas en un marco de respeto, tolerancia y decencia. La política deja de ser un espacio para buscar soluciones comunes y se convierte en un espectáculo de resentimientos.

Bonhoeffer no era un pesimista, creía que la estupidez podía superarse. Pero no por medio de la violencia ni de la propaganda contraria: “Solo un acto de liberación interior puede vencer la estupidez”. Confiaba en que cada persona, al recuperar su responsabilidad moral, podía resistir la manipulación.

Bonhoeffer escribió sus memorias en una celda, sin saber si saldría con vida. Pero su pensamiento sobrevivió porque captura lo esencial: la responsabilidad del ser humano frente a su propia conciencia.

Nunca tuvimos tanta información, y nunca fuimos tan vulnerables a la mentira. Nunca hubo tantas voces, y tan poca comprensión. Nunca tanta fe, y tan poca compasión. La estupidez de nuestro tiempo no lleva uniforme ni brazalete. Se viste de hashtags, de profetas piadosos y de certeza diplomática.

Hay que detenerse, pensar y preguntarse si lo que uno repite tiene sentido, si aquella nota/audio/vídeo hace bien o daño. Al fin y al cabo, la libertad se conquista con actos de conciencia.

El mensaje de Dietrich Bonhoeffer resuena más actual que nunca.

Cuando Dios parece ser tres: acusaciones de triteísmo a través de los siglos 

Por Gonzalo Cáceres En casi dos mil años de debates, el cristianismo carga con una sospecha recurrente: que su idea de un Dios en tres personas roza, o cruza, la línea hacia la existencia de “tres dioses”. Esta acusación, conocida como triteísmo, marcó fuertes polémicas en la antigüedad, moldeó discusiones filosóficas durante siglos y todavía aparece en conversaciones modernas. ¿Por qué vuelve una y otra vez? ¿Qué hay detrás de esta vieja etiqueta que nadie quiere recibir?

Por Gonzalo Cáceres - periodista

El término ‘triteísmo’ es una bomba teológica: nadie quiere cargar con el estigma de romper la idea central del monoteísmo.

VIEJO PROBLEMA

Cuando uno hurga en el cristianismo primitivo se topa con un paisaje de disputas que, vistas desde hoy, parecen interminables: que si Cristo era igual al Padre, que si el Espíritu Santo tenía la misma naturaleza, que si cada persona de la Trinidad actuaba por su lado. En medio del caos, surgieron grupos que fueron acusados de triteístas.

Uno de los casos más notorios surgió en el siglo VI con Juan Filopón (filósofo alejandrino con formación aristotélica) y ciertos círculos que seguían sus ideas. Filopón hablaba de “tres naturalezas” en Dios, lo que para algunos sonaba demasiado parecido a hablar de tres seres distintos. Él insistía en que se trataba de una forma técnica de explicar las operaciones divinas, pero la etiqueta quedó. En aquellos debates, una frase mal armada podía costarle a un pensador su reputación (y hasta la vida).

RAÍCES FILOSÓFICAS

Para entender la aparición del fantasma del triteísmo hay que mirar la base conceptual de la cual disponían estos intelectuales. Varios intentaban explicar a Dios con categorías griegas, especialmente las de Aristóteles: “sustancia”, “naturaleza”, “hipóstasis”. Hoy suenan ajenas, pero entonces eran herramientas para intentar describir una “unidad divina” que, al mismo tiempo, se manifestaba como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El tema empezaba cuando algún osado intentaba separar demasiado los roles o las “personas”. Si el Padre generaba, el Hijo era engendrado y el Espíritu procedía, ¿eran actos independientes? ¿Podrían pensarse como centros distintos de conciencia? En cuanto la descripción sonaba un poco más individualista, los opositores salían con la acusación de triteísmo.

Es importante recordar que no se trataban de simples discusiones de merienda. La manera en que se entendía la relación dentro de la Trinidad definía la forma en que se concebía el universo, la creación, la salvación y el vínculo mismo entre la humanidad y Dios. No era un detalle técnico, sino la columna vertebral del sistema religioso.

GRUPOS SEÑALADOS

En la Antigüedad, varios monjes y obispos fueron acusados de propagar ideas “triteístas” sin quererlo. A veces se debía a un lenguaje torpe; otras, a diferencias culturales. Por ejemplo, algunos siríacos tenían una forma más concreta y narrativa de hablar sobre Dios, lo que les hacía describir las “acciones” del Padre, del Hijo y del Espíritu como si fueran casi entidades distintas. Quienes venían de la tradición filosófica helenizada entendían ese estilo con recelo.

Más adelante, durante la Edad Media, volvieron las sospechas. Hubo quien acusó a ciertos teólogos latinos de describir la individualidad del Hijo o del Espíritu. Otros señalaban a pensadores “místicos” por hablar de “la voz del Padre” o “la luz del Hijo” como si fueran entidades con agendas distintas. En cada caso, el problema era similar: la dificultad para mantener el equilibrio entre unidad y diversidad.

¿SIGUE VIVO EL TEMA?

Aunque a simple vista pueda parecer un asunto del pasado, la acusación de triteísmo sigue apareciendo en cuestiones cristianas modernas. Algunas iglesias evangélicas pentecostales, por ejemplo, fueron señaladas de hablar de las “personas” divinas como si fueran tres seres coordinados en vez de un único Dios. En Estados Unidos, ciertos predicadores famosos han tenido que aclarar públicamente que no enseñan “tres dioses”, a raíz de debates internos en sus denominaciones.

Lo curioso es que el fenómeno también se invierte: hay iglesias que acusan a otras de “ir en la otra dirección”, es decir, de borrar tanto las diferencias internas de la Trinidad que, al final, parecen reducirlo todo a una sola entidad. Este tira y afloja muestra algo simple pero profundo: la idea de Dios en el cristianismo siempre ronda un punto delicado, y cualquier énfasis demasiado fuerte puede detonar los ánimos de unos y otros.

INFLUENCIA CULTURAL

Esta discusión incluso logró permear espacios no religiosos. Filósofos contemporáneos que estudian la noción de persona y de identidad revisaron los textos de teólogos triteístas para entender cómo concebían la relación entre individuos y comunidad. Algunos ven en estas discusiones tempranas un antecedente -muy indirecto, claro- de debates actuales sobre la conciencia y la mente.

También aparecen paralelos culturales: en Latinoamérica, donde las prácticas devocionales suelen estar llenas de imágenes, rituales y figuras, ciertos observadores externos creen ver señales de “tres dioses” incluso sin conocer la teoría. En cambio, muchos creyentes ni siquiera sienten esa tensión (para ellos, la Trinidad es una manera de expresar cercanía).

ETERNA TENSIÓN

Entonces, ¿el cristianismo estuvo alguna vez a punto de caer en el triteísmo? La respuesta, como tiende a suceder en los debates complejos, no es tan sencilla. Hubo quienes se acercaron peligrosamente en su lenguaje; también quienes fueron malentendidos. Hubo quienes, simplemente, tenían otra manera de hablar de Dios (según su contexto cultural). Pero lo cierto es que la sospecha nunca desapareció.

Cada época reabre la discusión a su tono y manera. Un sermón, una definición teológica, una comparación mal calibrada, un debate en redes sociales. Basta con un empujoncito para que vuelva la vieja pregunta de si el cristianismo cree, en la práctica, en un solo Dios o en tres. Y quizá esa persistencia dice algo importante: la idea de la Trinidad no es una fórmula inquebrantable, sino un esfuerzo siempre vivo por describir un misterio que, hasta hoy, sigue desafiando incluso a quienes lo defienden con más pasión.

“No quiero ser fit”: el cansancio de miles de mujeres y el debate sobre la presión estética

La coach fitness Guise Dancuart rompió esquemas con su primer libro, “No quiero ser fit”, una obra sincera y directa que cuestiona la obsesión por la perfección y reivindica el amor propio. El lanzamiento se agotó en menos de un mes y ya prepara su versión digital.

Lo que comenzó como un proyecto íntimo terminó convirtiéndose en un fenómeno inesperado. Guise Dancuart, entrenadora, atleta y creadora de contenido, lanzó 100 copias de su primer libro, sin imaginar que desaparecerían de las estanterías en pocas semanas.

“Fue un proyecto hecho con muchísimo amor. Pensé en 100 copias y se agotó rapidísimo”, contó en el programa Residentas del canal GEN. “Los mensajes y el feedback que recibí valieron totalmente la pena”.

Pero más allá del éxito editorial, la obra plantea un mensaje poderoso, que consiste en la renuncia a la necesidad de encajar en un modelo de mujer perfecta que se exige desde redes, el entorno y, sobre todo, desde la propia mente.

Guise explica que el nombre del libro surgió de cientos de conversaciones con mujeres que cargan con una presión silenciosa, como ser madre perfecta, profesional perfecta, pareja perfecta y encima, tener el cuerpo perfecto.

“Llega un punto donde decís: ‘yo no quiero ser fit, ya está’. Porque ese ideal de perfección no existe”, afirma. Cuando esa exigencia cae, aparece otra trampa: el descuido.

“Al dejar de lado la idea de perfección, muchas entran en un abandono que termina erosionando el amor propio. Y todo empieza a relacionarse solo con el físico, cuando en realidad es algo espiritual, emocional”.

La autora también analiza cómo las comparaciones en redes sociales destruyen la autoestima. “Vivimos comparándonos con historias de 15 segundos. Con una chica que ya entrenó, desayunó perfecto y está impecable a las 5 de la mañana… y vos estás en bata, con tu café. Compararte con eso es perder siempre”.

Peor aún, también muchas se comparan con “la mujer que fuimos antes”, una versión pasada idealizada que ya no existe.

El libro aborda uno de los puntos más sensibles, que es la forma en que las mujeres se hablan a sí mismas. “Hay cosas que nos decimos que jamás le dirías a tu mejor amiga. ‘Soy fea’, ‘esto no es para mí’, ‘que mal me queda esto’. ¿A quién le dirías eso? ¿Por qué te lo decís?”, cuestiona Guise.

Cada capítulo propone ejercicios, mantras y reflexiones para reconectar con el cuerpo desde un lugar de respeto y bienestar, no desde la crítica. “El fitness y el wellness son una búsqueda de equilibrio personal, no algo para mostrar en Instagram ni para complacer a nadie. Es lo que te hace bien a vos”, agrega.

Guise insiste en una verdad que incomoda, pero libera: que cualquier proceso de cambio va a doler. “La gente viene un día al gimnasio, le duele y no vuelve. Pero los momentos incómodos son parte de la vida. Y son los que más enseñan”.

Subraya que no se trata de entrenar horas, sino de comprometerse con uno mismo. “Si solo podés cuatro minutos, hacé cuatro minutos. Con el tiempo serán diez, quince, veinte. La clave es honrar tu palabra”, resalta.

También invita a dejar la fantasía de que todas las mujeres deben lucir igual. “Me dicen ‘quiero tu panza’. Y yo les digo: ‘Mi panza no vas a tener nunca, porque vos tenés la tuya. Busquemos la mejor versión de la tuya’”.

Dancuart vive un estilo de alimentación disciplinado hace más de 10 años, y comparte recetas simples y accesibles para derribar mitos.

“Cuando empecé, comer avena era de gente enferma. Hacer mantequilla de maní en casa, un delirio. Hoy por suerte ya no. Me gusta mostrar que la comida saludable puede ser rica, fácil y con ingredientes que encontramos en cualquier súper”.

La autora analiza lanzar una nueva tirada del libro y adelantó que prepara una versión digital para ampliar su alcance.

Aguinaldo sí, canasta y fiesta de fin de año no: ¿a qué están obligados los empleadores?

Llega la temporada más esperada por todos, especialmente por los trabajadores, quienes reciben en esta época el ansiado aguinaldo, sin embargo, surge la duda sobre si la entrega de las tradicionales canastas navideñas y los festejos de fin de año son obligatorios o simplemente dependen de la buena voluntad de los empleadores. Esto es lo que dice realmente nuestra legislación.

Empieza diciembre, y todo se vuelve festividad, emoción y expectativas, principalmente, por el pago del decimotercer salario. Ese “premio” al esfuerzo laboral que se realizó en el año.

Según el artículo 243 del Código Laboral, el pago del aguinaldo es de carácter obligatorio y debe abonarse antes del 31 de diciembre de cada año. Su propósito es aliviar financieramente a los trabajadores durante los tiempos de mayores gastos, como las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

En esta época, aunque el aguinaldo sea un pago obligatorio, también es una oportunidad ideal para que los empleadores expresen gratitud y reconocimiento a los trabajadores con otros tipos de beneficios, como las famosas canastas navideñas o las fiestas para despedir el año con todos los colaboradores.

Ni la canasta ni la fiesta, los empleadores no están obligados por ninguna ley a brindar estos beneficios, pero según había señalado el experto en empleo, Enrique López Arce, ambas son poderosas armas de motivación.

Para Arce, un trabajador valorado es un trabajador con mayor capacidad de producción y creatividad en el entorno.

Algunas empresas también hacen otro tipo de obsequios a sus trabajadores, como regalos personalizados u otros presentes.

¿Plata o fiesta?

Días atrás, el mismo Arce compartió el resultado de una encuesta que realizó a 2.000 trabajadores, de los cuales, el 97% ya no prefiere una fiesta como tal, sino dinero.

Históricamente los trabajadores optaron por festejos, regalos o canastas, pero según el especialista, el encarecimiento del costo de vida, la carne y otros productos básicos, obligan a optar por el dinero.