El destornillador… (segunda parte)

Errores en la investigación policial llevaron a varias personas a ser encarceladas y luego liberadas. La fortuna para los investigadores les llevó a dar con los verdaderos asesinos y descubrir por qué mataron a Óscar Arturo Barboza en el 2003.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

Esto tiene que ser un secuestro, dijo –muy seguro de su intuición– el subcomisario Richard Vera, un agente del departamento de Homicidios. Su experiencia le hizo dibujar un esquema mental rápido y –bajo sospecha– se encontraba la tesis de que Óscar fue víctima de una banda de plagiarios.

El objetivo principal era el dinero, ya que el padre del chico –un policía ya retirado– habría conservado una buena cantidad de dinero, producto de muchos años de trabajo, aunque los rumores de aquel momento apuntaron a un dinero no tan limpio y que rindió sus frutos en las finanzas de la familia.

No encontraban otra explicación para comprender un crimen de esta magnitud. Les pareció que la forma en que lo mataron era un mensaje de sicarios, de asesinos que fueron contratados para ejecutar una venganza.

Toda investigación necesita primero ser corroborada en el entorno cercano de la víctima, ya que la planificación de un secuestro necesitaba de un delator. Alguien tan cercano al objetivo que pudiera aportar detalles de Óscar Barboza, su rutina, las rutas que tomaba, los lugares donde acudía y a quiénes frecuentaba. Esas primeras pesquisas desencadenaron en varias detenciones.

El subjefe de Homicidios seguía tan seguro de su corazonada y trazó el siguiente plan con base en la descripción que dieron testigos. Una de ellas se destacó entre varios, la mujer se identificó ante los agentes como Regina y convenció a la Policía sobre la participación de dos jóvenes hermanos: Mariela, de 16 años en aquel entonces, y Juan Villalba. Regina aseguró que ellos eran parte de la banda responsable del secuestro y asesinato de Óscar. La mujer mencionó que estas personas eran distribuidoras de drogas y adictas. Parte de eso lo vendían a Óscar –que según su testimonio– también consumía drogas y estando bajo los efectos de los narcóticos, lo mataron.

Esto, aunque débil, fue suficiente para una imputación, y un juez ordenó la prisión de los dos en forma preventiva. Juan a la cárcel de varones en el barrio Tacumbú y la joven en la Casa del Buen Pastor. Otra mujer que fue detenida, bajo sospecha de saber algo más, fue la novia de Óscar. Una mujer de 23 años de nombre Teresa Vázquez Irala.

En los allanamientos en las viviendas –de los que aseguraban eran los sospechosos– encontraron prendas de vestir con manchas de color rojo. Parece sangre, dijo un agente de bajo rango al subcomisario Richard Vera.

El procedimiento, en este caso, les obligaba a tomar la prenda con los guantes de látex y almacenarlas en bolsas de evidencia. Era lo más comprometedor que tenían para vincular a los Villalba con el asesinato.

Días después los análisis de los forenses en Criminología les dijo lo contrario, la mancha no era sangre. Era algo común, lejos de ser fluido humano. Todo se vino abajo.

Con el tiempo la investigación tuvo otro golpe bajo, el testimonio de Regina se fue desvaneciendo. Los agentes no encontraban más elementos que conecten con el crimen más que la cercanía.

No era suficiente para comprender el motivo de una muerte con mucha violencia. Muy característica de organizaciones criminales que apelan a estos mecanismos de tortura. El uso de un destornillador.

Pero lo definitivo, y que llevó a concluir que todo lo que habían hecho hasta ese momento fue un error, es el descubrimiento que hicieron. Regina era un nombre falso, la mujer se llamaba Sergia Báez y, según las fuertes sospechas que despertó el dato inexistente, su testimonio fue puesto en duda.

Al juez no le quedó de otra que ponerlos en libertad, también a la pareja sentimental. La Policía se equivocó, enfrentaban el peor momento de la investigación y ya habían pasado meses del hallazgo del cuerpo de Óscar Arturo. Perdieron el hilo de la investigación.

SIN UN NORTE

El subcomisario se mostraba nervioso. Richard le dio vueltas al caso varias veces, no entendía cómo los asesinos dejaron sin pistas para continuar con el proceso. Confundido y muy nervioso insistía con un bolígrafo que pegaba firme y con fuerza contra su mesa de madera. Imaginaba que ese ruido monótono y perturbador le daría una idea de lo que pasó. Pero no había forma, las ideas se mostraban vacías. Miró fijamente la carpeta de la pesquisa y esperaba que algunas de esas hojas, atestadas de escritos, datos, fotos e informes forenses le pudieran dar luz. Algo que quizás pasó por alto y no se percató, un dato entre líneas.

En su lectura el policía llegó al informe médico. Repasaba cada línea escrita por el patólogo: “Cuarenta y ocho puñaladas y penetraciones. La mayor parte de las puñaladas, la víctima las recibió en las piernas, especialmente en el muslo derecho, propinadas con un arma punzante. El arma utilizada para generar las heridas fue un destornillador.

Las heridas que provocaron el mayor sangrado las recibió en la región cervical, la cara anterior del tórax, en el tórax, el abdomen, en los hipocondrios (región superior del abdomen) izquierdo y derecho. Recibió seis perforaciones en la región lumbar derecha. Durante la inspección forense se encontró también una fractura en la tercera condrocostal (zona del tórax). El parte médico era extenso. Hundimiento en el pecho: pudo ser provocado por una violenta pisada, un golpe fuerte y seco, ya tendido en el suelo. Sufrió hemotórax, es decir una acumulación de sangre en el espacio existente entre la pared torácica y el pulmón a causa de las estocadas recibidas.

Lesión a nivel del glóbulo ocular derecho, lo que le produjo un hematoma de 6 y 10 centímetros de diámetro en la región frontal derecha y un edema agudo cerebral.

La causa de muerte fue diagnosticada como shock hipovolémico por múltiples heridas de arma blanca, la más importante afectó el pulmón izquierdo, que sufrió una lesión cortante y penetrante del lóbulo superior izquierdo”.

Pero su desconcierto era tal que por más que lo revisaba una y otra vez no lograba encontrar un cabo suelto. No tenía pistas de los criminales ni siquiera en el cuerpo de Óscar Arturo.

UNA LLAMADA INESPERADA

Un año y siete meses después, la Policía continuaba investigando la muerte de Óscar sin mucho éxito. Volvieron sobre sus pasos y de paso tomaron la aparición de una camioneta quemada intencionalmente como un hecho aleatorio, pero con presunciones de tener alguna conexión.

Los que incendiaron ese vehículo utilizaron un acelerante para que la combustión sea más rápida y logre borrar con todo tipo de rastros. Esto provocó curiosidad en el policía Richard Vera. Sabía, por su experiencia, que esas acciones no eran comunes y decidió finalmente apuntar a un asesinato por desquite. La prosecución de esa pista llevó a confirmar que el vehículo le pertenecía a Óscar. Eso le hizo presumir que todo el desplazamiento fue en esa camioneta y la dejaron cerca del cuerpo para no ser vistos en ella. Eso llevó a una segunda deducción, si no querían ser detectados es porque los autores eran residentes de la zona y cualquiera podía identificarlos. Al fin una pista con lógica, dijo el subcomisario. Pero no era suficiente para determinar de quiénes se trataba y por qué lo habían hecho.

Pero algo revirtió la mala racha en la investigación. El teléfono del subcomisario repicaba con insistencia hasta que respondió: “¿Hola? Jefe, una llamada de la Argentina al 911. Me dicen que una mujer aseguró tener datos sobre el asesinato de Óscar Arturo”, explicó un subalterno a Vera.

Esa extraña mujer fue la ex pareja sentimental de uno de los hermanos Sandoval Calderolli. Los días en que Rodrigo bebía amenazaba a la mujer con matarla así como lo hizo con Óscar. En medio de su borrachera contó detalles sobre el rapto, la tortura con el destornillador y el asesinato brutal. Ella decidió ir a la Argentina por seguridad, pero la policía la convenció de volver a cambio de protección y su declaración ante un juez.

DATO CLAVE

Pero no se quedaron con eso. El subcomisario Vera ordenó al equipo el rastreo de los hermanos. Los allanamientos en la ciudad de Luque dieron con un dato clave: varias boletas de casas de empeño a donde en la misma fecha del crimen llevaron pertenencias de mucho valor que le robaron a la víctima.

Esto se lo mostraron a los familiares de Óscar Arturo y el reconocimiento fue al instante. Finalmente dieron con los asesinos.

Con el paso de los días, los de Homicidios dieron con todos los integrantes de la banda. Óscar Armando y los hermanos Rodrigo y José. Con los tres bajo custodia develaron que durante varias semanas los tres estudiaron a la víctima observándolo día tras día en un puesto donde vendían comida rápida, en la rotonda de la ciudad de Luque.

El trasfondo fue la codicia que provocó Óscar Arturo en los tres, el dinero que llevaba, la camioneta, los calzados y ropas de lujo. Los teléfonos de última moda y sus tarjetas de crédito. Pensaron que sacarle dinero sería rápido y fácil.

En marzo del 2006 un tribunal resolvió darles una pena sin precedentes para un crimen de este tipo. Todos fueron condenados a 30 años de cárcel, incluyendo las medidas de seguridad.

 

El destornillador… (primera parte)

Óscar Arturo Barboza era un universitario de 25 años. Un día cerró la venta de su teléfono móvil para sacarle algo de dinero. Todo parecía normal en aquel que se mostró interesado, salvo por la doble intención. Algo sangriento ocultaba.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

Terminó de repicar y atendió la llamada, él dijo: “Hola amigo, ¿dónde nos encontramos, vas a querer el celular verdad?”. Del otro lado del teléfono: “Sí, claro, yo estoy cerca de tu casa, nos vemos a tres cuadras, por ahí”.

Óscar salió de la casa, en el cuarto barrio de Luque. Tomó el celular que vendería mientras iba pensando qué comprar con el dinero que obtendría de él; le ofrecieron buena plata.

El mes de junio del 2003 comenzaba, y con frío. Óscar Arturo Barboza, de 25 años, necesitaba hacer esa venta y conseguir dinero en efectivo. La oferta por internet que le hizo otro hombre le pareció tentadora y se convenció. Eso al menos decía para sí, mientras llegaba hasta el punto de encuentro en su barrio, a unos 300 metros de su vivienda.

MÁS QUE UN ASALTO

Al mirar al horizonte vio a un joven casi de su misma edad, al menos eso le pareció, y sintió algo raro, premonitorio, cuando se percató que no estaba solo, otros dos chicos más estaban junto a él. Al llegar, hablaron, de eso mucho no se sabe.

Óscar fue obligado a subir a la parte trasera de un automóvil estacionado cerca de los tres supuestos compradores, en ese momento no comprendía muy bien lo que ocurría.

“¡Subite carajo o acá mismo te matamos, ejupi (subite)!”. No le quedó otra que cumplir con esa orden, sentía bajo las costillas y en profundidad el tubo de aquella arma de fuego. Pensó si sería lo suficientemente rápido para empujarlos y huir sin ser herido con un balazo. Pero dudó. Prefirió calmarse y ver si solo se trataba de un asalto, porque eso parecía.

El vehículo se puso en marcha, cuando sintió el movimiento supo que no era simplemente un robo de celular. Su papá era policía y esto no formaba parte de los casos habituales de robos callejeros que le escucha relatar a diario. No era normal que un asaltante callejero lo obligue a subir a la parte trasera de un vehículo e intenten salir del barrio. No llegaba a comprender lo que en ese momento estaba pasando.

Los que estaban con él eran los hermanos Rodrigo y José Sandoval, de 26 y 23 años, y el que lo amenazó con el arma era Óscar Armando Cañete, de 23 años. Todos formaban parte de una pequeña organización de atracadores. Su especialidad eran los asaltos exprés. Sacar la mayor cantidad de dinero de la víctima, previa información que hayan obtenido de él. De Óscar Barboza sabían algo, todos los datos proveídos a través de su cuenta en una red social y lo estudiaron previamente.

LA CONTRASEÑA

El automóvil iba dando saltos sobre una calle empedrada, iban a gran velocidad. Cañete y uno de los hermanos Sandoval quedaron con Barboza en la parte trasera, uno de ellos tenía en la mano un destornillador, de cacha verde, el óxido se apoderó de la herramienta, pero tenía un filo especial. Lo habían convertido en algo más que un desarmador.

El ladrón –empuñándolo– se lo mostró y lo que escuchó después no sonó a una simple amenaza… “¡Dame tu contraseña del cajero, decime cuál es o acá mismo te liquidamos!”.

“No sé, no recuerdo…”, contestó el joven con la voz firme. Eso le valió que la herramienta vaya enterrándose en su piel, causando dolor, una y otra vez.

Barboza, con algunas lágrimas de dolor, repetía que no sabía los dígitos que permitirían ingresar a su cuenta bancaria y sacar el dinero que tenía ahí. Los delincuentes continuaron torturándolo pese a que las heridas comenzaron a ser profundas.

El joven gemía y por instantes su respiración se aceleraba, el destornillador nuevamente se incrustaba en otra parte del cuerpo. Por algunos momentos el desnivel de la calle y el golpe repentino en las suspensiones provocaban que el arma se hunda más hasta perforarlo. La sangre se desvanecía sobre la piel y el grito se disipaba con el viento que se colaba por la ventanilla del vehículo.

El conductor cruzó el límite imaginario de la ciudad, estaba en Limpio, en un barrio conocido como Costa Azul, a unos pocos minutos de la casa de Barboza. Ya habían dado muchas vueltas y no lograban sacarle la información que querían.

Estaban hartos y su víctima –cansada de tanto recibir golpes y cortes– comenzaba a desvanecerse dentro del habitáculo del auto.

CINCO DÍAS DESPÚES

5:00 de la madrugada del día jueves 5 de junio. En una batalla campal, las luces de la patrullera se enfrentaban entre sí, disputándose el centro de atención de muchos curiosos, era lo único que permitía distinguir en ese sitio tan oscuro lo que las llamas no consumieron, el metal roído por la combustión. Un policía daba vueltas y vueltas tomando nota de las características, la inflamación fue tan alta que no lograba encontrar algo que le permitiera identificarlo.

El comisario relataba a los medios el hallazgo, entre varias hipótesis estériles que motivaron la quema, mencionó la ubicación; de la única acción que tuvo en toda la noche. El vehículo calcinado estaba en las calles Cerro Corá y Luis de Gásperi, no muy lejos del lugar a donde llevaron a Óscar Barboza, el hombre ya llevaba días desaparecido y la familia estaba desesperada. Pero los agentes no lograban conectar este automóvil con la desaparición.

LOS LADRIDOS DE UN PERRO

Inquieto, correteaba, saltaba y la cola se movía incesante. No paraba y su energía se descargaba en los continuos ladridos, ese perro descubrió algo y a su dueño no le quedó de otra que acompañarlo hasta donde la correa lo guiara.

Pasaron diez días de la desaparición de Óscar, el reloj en aquella mañana marcaba las 10:00. Doroteo Martínez pensó que si no resolvía rápido la inquietud de su mascota, la mañana se le iría en un suspiro. “¡Vamos entonces!”, lo dijo refunfuñando al perro, como si al can le importara, no paraba de saltar y ladrar. Doroteo estaba en su quinta en el barrio Costa Azul y ese martes tan particular se presentó fresco y tranquilo, salvo por la corrida que hizo detrás del animal. En un instante se detuvo, el perro paró de ladrar y comenzó a olfatear, luego exhaló por el hocico, con fuerza, como si lo que percibía era de golpe muy fuerte para su sensible sentido, y en efecto lo era. El hedor comenzó a inundar las fosas nasales de Doroteo, pensó en un animal y que el perro estuvo inquiero por ello.

Lejos de ser un animal, la silueta era mucho mayor. Estaba oculta entre las malezas, pero lograba distinguir algo. Se acercó, separó la hierba con las manos y lo que vio le hizo retroceder algunos pasos. Era una persona, un joven. El cuerpo llevaba días de descomposición y eso generaba la fetidez. Luego de unos minutos volvió en sí. Lo impactante del hallazgo pasó a un segundo plano y pudo notar que la persona fue herida en varias partes de su cuerpo. Se convenció que fue un crimen y llamó a la Policía.

Horas después, los agentes rodearon el pequeño bosque, colocaron una cinta alrededor para separar a los curiosos. Para entonces ya tenían identificados los restos, eran de Óscar. El joven que llevaba desaparecido fue encontrado en ese descampado. La alerta a la familia fue inmediata y la consternación sacudió no solo a ellos, sino a toda la ciudad.

El médico forense llegó al lugar, el impecable blanco de su ataviado resplandecía con el sol y casi no permitía distinguir su rostro. Tomó su maletín, caminó hasta el área restringida y, una vez que ubicó un lugar sin malezas, bajó sus utensilios. Se colocó los guantes de látex, estirando dedo por dedo para acomodarlos.

El trabajo en el sitio fue largo. Entre lo más visible notó varias perforaciones y el desmembramiento causado por los animales que merodearon la zona. Determinó que pasaron cinco días desde la muerte de esa persona. El médico pidió a la fiscala una orden para trasladar el cadáver al instituto patológico y ahí analizarlo con equipos y mejores herramientas.

El resultado fueron 48 puñaladas y penetraciones. La víctima recibió la mayor parte de las puñaladas en las piernas, especialmente en el muslo derecho, propinadas con un arma punzante. Al tomar las fotografías y varias radiografías, concluyeron que el arma utilizada para generar las heridas fue un destornillador.

Las puñaladas que provocaron el mayor sangrado las recibió en la región cervical, la cara anterior del tórax, en el tórax, el abdomen, en los hipocondrios (región superior del abdomen) izquierdo y derecho.

Óscar, además de esas heridas de tortura, recibió seis perforaciones en la región lumbar derecha. Durante la inspección forense se encontró también una fractura en la tercera condrocostal (zona del tórax). El parte médico era extenso, Óscar sufrió tanto que al menos los detalles de las heridas ocupaban varias hojas.

En otro apartado –de ese escrito–, el forense presumió que ese hundimiento en el pecho pudo ser provocado por una violenta pisada, un golpe fuerte y seco, ya tendido en el suelo.

En otro párrafo se detalló que la víctima sufrió hemotórax; es decir, una acumulación de sangre en el espacio existente entre la pared torácica y el pulmón a causa de las estocadas recibidas. Otra grave lesión la recibió a nivel del glóbulo ocular derecho, la que le produjo un hematoma de 6 y 10 centímetros de diámetro en la región frontal derecha y un edema agudo cerebral.

La causa de muerte fue diagnosticada como shock hipovolémico por múltiples heridas de arma blanca, la más importante afectó el pulmón izquierdo que sufrió con lesión cortante y penetrante del lóbulo superior izquierdo. El reporte fue sellado y entregado a la Fiscalía y Policía. El crimen fue atroz y no tenían idea de quién pudo provocarlo.

Continuará…

 

El gordo y un par de historias inolvidables

Inmensamente tímido, ribereño de alma, amante del fútbol y del basquetbol, Víctor Miguel Benítez Cano murió hace un año, dejando como legado un estilo de radio coloquial, controversial y frontal que hoy muchos cultivan.


Fuente: La Nación

  • POR AUGUSTO DOS SANTOS
  • Director periodístico Grupo Nación

Argel y retobado, “como norteño”, era al mismo tiempo un devoto de la amistad hasta niveles monásticos. Como parte de su rebeldía al status quo desde su emergencia en la prensa escrita y radial, incluso revisó su propia fe y se convirtió en un agnóstico crítico tras una niñez y juventud signadas por su proximidad a la Iglesia. Pero hoy no queremos hacer una biografía de Víctor, sino contar un par de historias.

GENTE QUE SE MUERE MUCHO

En las historias sobre el gordo siempre hay un chofer. Es que nunca quiso ni supo manejar. Había, por ejemplo, a fines de los 90, un conductor que se “subía” y era demasiado protagónico en todas las charlas en los paseos de fin de semana que gustaba hacer Víctor con sus amigos por el interior. El hombre opinaba tanto que Benítez le decía con frecuencia: “Podrías manejar un poco también aparte de regalarnos tus opiniones”, con una inusitada sutileza fruto del aprecio que por él profesaba.

Lo cierto era que este chofer siempre participaba de todos los comentarios, sean estos sobre física cuántica (que encantaba a Víctor, no se sabe de dónde) o de la última incorporación del Museo del Prado, pasando por todos los juegos de cualquier país, de cualquier campeonato, de cualquier deporte.

Una noche estábamos en un campamento, en plena gestión de asado a orillas del río Piribebuy, cuando escuchamos en el receptor que el avión de John John Kennedy había capotado provocando la muerte de este heredero de la dinastía política más famosa de los Estados Unidos.

A la noticia siguió el comentario de varios amigos allí presentes, cada uno de nosotros aportó algún dato sobre el “flamante finado” o sobre sus padres y, en general, sobre los Kennedy. Charlamos un buen rato entre una ronda de buen escocés y el crepitar del fuego del asado. Habían transcurrido 10 minutos de la novedad y me acerqué a Víctor a decirle casi al oído:

“Che, por fin tu chofer okañyete (está totalmente perdido), no hizo ningún comentario sobre la muerte del hijo de Kennedy”. A lo que Víctor me respondió de inmediato: “Moô pio, péa nio enseguida he’íta algo hína” (no, olvidate, este enseguida va a hacer un comentario).

Y, efectivamente, dos minutos después, cuando reinaba un respetuoso silencio reflexivo, el chofer deslizó un comentario triunfal que salvó totalmente su honor, cuando dijo: “Los Kennedy, che… ¡qué gente que se muere mucho…!”

EL SECUESTRO DE GABRIEL ALFONSO

Gabriel Alfonso es un colega periodista radial de Ayolas, luego abogado. En sus años iniciales como cronista y corresponsal del diario Noticias eran memorables sus coberturas, principalmente de los conflictos campesinos. Víctor le tenía mucho aprecio. Supo regalarle un centenar de libros de la nutrida biblioteca que poseía.

En una ocasión, en la década del 90, Gabriel fue a cubrir un fuerte enfrentamiento entre policías y campesinos alrededor de la Estancia Chiriani, en Misiones, que fue ocupada.

Alfonso estuvo por varios días en medio del monte con un equipo de radiocomunicación y una batería informando sobre lo que ocurría, tanto para su radio, San Roque de Ayolas, como para la radio Cardinal, donde trabajaba Víctor. Tras cuatro días de intensa tarea, Alfonso pierde todo contacto. De inmediato se averigua con los dirigentes campesinos y estos aseguran que Alfonso fue secuestrado por la Policía y trasladado a un campamento de los uniformados.

Víctor, que andaba por la zona, formó parte de la comitiva que integramos para ir hasta el sitio del conflicto para reclamar por el compañero privado de su libertad sea liberado. Apenas llegamos al destacamento, Víctor reclamó fuertemente al oficial a cargo sobre el hecho. El mismo respondió confundido: “¿Secuestrado?”. “Sí”, insistió Benítez, “sabemos que lo tienen secuestrado aquí”. El oficial sonrió y le dijo a la comitiva: “Vengan a ver al secuestrado”.

Nos pasaron a la parte posterior del campamento y allí estaba nuestro aguerrido periodista en medio de una esforzada partida de truco con cinco uniformados.

Al verlo, Víctor exclamó: “Gabriel Alfonso, nde aña memby, nde niko reî va’erã secuestrado kuri” (Gabriel Alfonso, hijo del diablo, vos tendrías que estar secuestrado), a lo que Alfonso respondió con una amplia sonrisa y el inapelable argumento: “Cuatro días ko ya, don Víctor, demasiado hambre ya tenía”.

Desde ese día, cada vez que Alfonso le reportaba desde el Sur, Víctor le decía al final: “Gabriel, te vamos a volver a llamar sobre este tema, pero comé que algo…”.

EN ESE ASPECTO SÍ

Víctor había hecho instalar un freezer en su quincho. Estaba feliz porque resolvía un aspecto importante para las ocasiones en que ofrecía un asado a sus amigos. Un asistente suyo se había encargado de desembalar el electrodoméstico y colocarlo en el sitio.

Solo había que enchufar y dejarlo funcionar. Y lo hizo.

Más tarde salió Víctor hasta su quincho para observar su adquisición. Al mirarlo con atención, vio que el cordón de electricidad, en vez de transcurrir por atrás del aparato, rodeaba como un cinto por el frente del freezer hasta el tomacorriente.

Víctor llamó a su asistente y le reclamó esto: “¿Cómo pio el cable va a pasar por delante si tiene que ir por detrás?”, le requirió, a lo que el secretario respondió:

“En ese aspecto sí”.



UNO CON ARGAÑA Y OTRO CON WASMOSY

La vez que comió con Argaña

Víctor fue a un asado dominical en San Bernardino. En medio del encuentro de amigos aparece el Dr. Luis María Argaña, líder de un poderoso sector colorado denominado Movimiento de Reconciliación Colorada, luego vicepresidente y finalmente víctima de un magnicidio.

Una vez que localizó a Víctor, Argaña fue a sentarse a su mesa por un buen rato. Argaña tenía, para la opinión de Víctor, fama de ser un hombre con escaso sentido del humor y era polo opuesto al estilo conocido como “arriero porte” (persona afable, dada a las bromas, afectuosa, dicharachera).

Sin embargo –al parecer–, Argaña le impresionó muy bien a Víctor durante la comida y le hizo cambiar un poquito de parecer, tanto es así que cuando el líder asesinado se despide, Víctor le dice: “A lo mejor nio nde kanguero’imi hína doctor, pero ndaha’éi nio la nde kangueroetereíva ra’e” (Puede que seas un poco insufrible doctor, pero tampoco sos demasiado insufrible).

CUANDO A VOS TE DUELE LA CABEZA

Víctor entrevistaba a Juan Carlos Wasmosy, presidente de la República, quien poco tiempo antes lo había querellado hasta lograr su reclusión en Tacumbú por un par de días.

Cuando iba terminando la entrevista con el entonces presidente, Víctor lo mira y valora el volumen de la cabeza del mandatario con una comparación inolvidable.

“Mirá que a mí cuando me duele la barriga, me duele en serio; seguro que a vos cuando te duele la cabeza, te duele en serio, presidente”.



QUE VÍCTOR NO SE ENTERE

A Víctor le encantaba el río y la pesca era solo un pretexto. Era un horrible pescador. Íbamos juntos al río Paraná en Ayolas, hacía compras gigantescas de artículos de pesca y carnadas. Terminábamos comprando pescados de los vecinos pescadores y arrojando toda la carnada al río.

Víctor decía que éramos los únicos pescadores encubiertos, que en realidad nuestra misión era contribuir con la alimentación de peces.

Una vez habíamos acampando a orillas del río, era una noche cálida, probablemente febrero de algún año de los 90.

De pronto, Víctor se sobresalta y asegura que vio un ovni. Yo le seguí la corriente porque estaba muy entusiasmado preguntándome si vi o no la luz que cayó del cielo y se sumergió en el oscuro río. Le dije que sí, que me parecía que sí, pero era solo para seguirle el verso.

Lo que no me imaginé es que el gordo contaría esta historia por los próximos 15 años hasta su muerte y, cada vez que lo recordaba al aire, me llamaba como testigo y toda la vida no solo le ratificaba la info, sino doblaba la apuesta contando yo también más detalles, destellos, colores, que la radio se apagó y la luz de la linterna titiló; me divertía agregarle datos a su historia. Pero en realidad jamás yo vi ese ovni.

Cuando se enfermó de muerte, para reírnos un rato me dispuse a contarle que en realidad yo le mentí durante dos décadas para sostener su discurso “extraterrestre” en la radio. Sabía que esa revelación iba a provocarle mucha gracia, conociendo como era. Me disponía a hacerlo ese fin de semana o el lunes siguiente. Pero se nos murió el gordo antes.

Se murió pensando que alguien más había visto su inolvidable ovni y, en realidad, yo estaba durmiendo. Cuando lea esto, seguro que Benítez me va a escupir desde arriba, mínimo.

 

La búsqueda de belleza que puede matar

En un mundo que busca desesperadamente la felicidad y el éxito a través de la belleza exterior, la cirugía estética es un deseo que muchas veces puede convertirse en obsesión y en un arma peligrosa y mortal en las manos equivocadas. ¿Dónde están los límites? ¿Cómo evitar riesgos? Hablamos con el Dr. Bruno Balmelli, vicepresidente de la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plástica Reconstructiva y Estética sobre el tema.


Fuente: La Nación

Con bastante frecuen­cia los medios de comunicación refle­jamos las consecuencias —muchas veces trágicas— de intervenciones quirúrgicas estéticas fallidas. Son casos en los que jóvenes mujeres fallecieron a consecuencia de procedimientos realiza­dos en su gran mayoría, en sitios no aptos y en manos de gente sin preparación.

Hoy por hoy, con bastante lige­reza, se hacen todo tipo de tratamientos más o menos invasivos en consultorios instalados en forma preca­ria, también en peluquerías y spas y hasta “a domicilio”. Lo cierto es que el tema de las intervenciones estéti­cas es demasiado serio como para tomarlo a la ligera y por eso, vale la pena insistir en las advertencias de los pro­fesionales especializados antes de decidir, aunque sea una pequeña intervención.

QUIÉN, QUÉ Y DÓNDE

Cuando vemos o escucha­mos sobre casos de trata­mientos mal realizados, escuchamos las palabras del doctor Bruno Balmelli, vice­presidente de la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plás­tica Reconstructiva y Esté­tica y director del Centro del Quemado, sobre los riesgos de dichos procedimientos. “ La seguridad de las inter­venciones quirúrgicas pasa por estos tres ejes: Quién hace el procedimiento, qué productos utilizan y dónde lo hacen. Si no se tienen en cuenta esos tres ejes, suce­den realmente verdaderas catástrofes, desde las infec­ciones que pueden solucio­narse con un tratamiento, hasta la muerte de las perso­nas, como ha ocurrido varias veces ya en nuestro medio”

Lo primero y principal es que el o la profesional que realizará la intervención esté debidamente acredi­tado. “Eso es muy impor­tante a la hora de elegir un profesional con quien hacer el tratamiento. Luego, por supuesto, es vital comen­zar evaluando las expecta­tivas reales de cada caso, las posibilidades y lo más importante: la preparación previa, la evaluación clí­nica completa. Se necesitan estudios del estado del corazón, coagulación de la sangre, estado general, etc. que cada médico pide siem­pre antes de programar una cirugía, por pequeña que esta parezca”.



Letizia Ortiz, reina de España.

“También es importante contar con pro­fesionales anestesiólogos de primer nivel, asistentes que ayudan a que las ciru­gías sean más seguras y, por supuesto, realizarlas en ins­talaciones en donde existan condiciones adecuadas para atender cualquier problema que pueda ocurrir, a pesar de los cuidados previos. Por­que hay que tener en cuenta que, si se toman todos esos recaudos, el nivel de seguri­dad es muy bueno, pero en toda cirugía existe un mar­gen pequeño de posibilidad de complicación, que si se está en lugares y condicio­nes adecuadas, pueden solu­cionarse con éxito”

COMO UNA MANICURE

Hoy por hoy, las cirugías con fines estéticos se han banalizado, hasta el punto de ofrecerse como si fueran una tintura en el pelo o una manicure. El doctor afirma que: “Realmente hay un des­control muy importante en todas las especialidades médicas, pero en nuestro caso, la cirugía estética se nota más porque hay una cierta forma de banaliza­ción de los procedimientos médicos, tanto por parte de los pacientes como por parte de las personas ines­crupulosas que se dedican a realizar procedimientos a veces criminales y, a veces, que van acercándose a lo estético. Es un peligro por­que hay personas que no tie­nen la formación adecuada y optan por hacer esos proce­dimientos, solo con la idea de ganar dinero. Usan pro­ductos que muchas veces ni siquiera son aptos para uti­lización médica y además realizan estas prácticas en lugares no aptos, como en peluquerías, spas y, a veces, hasta en domicilios parti­culares”.

Scarlett Johansson.

¿HASTA DÓNDE? Y ¿DESDE CUÁNDO?

Otro aspecto importante es tener también en cuenta los límites que, para algu­nos casos, parecen no exis­tir. Por ejemplo, la edad a la que se puede realizar una intervención estética. Según el doctor Balmelli “Es muy importante saber que ese tipo de interven­ciones deben hacerse des­pués de los 18 años de edad. Antes de ello, el cuerpo no está totalmente desarro­llado para poder cambiar aspectos de él. Nosotros, desde la Sociedad, decimos que antes de eso, ni prótesis mamaria ni rinoplastia, los menores de 18 años no debe­rían pasar por un quirófano para una cirugía plástica”. Y aclara que suele darse una excepción en el caso de las orejas, que tienen un desa­rrollo casi completo a los 16 años, además de ser una operación muy importante por cuestiones psicológicas. Antes de los 18 es más común que existan complicaciones, como lesiones neurológi­cas o cirrosis, por ejemplo. Para el doctor, “los cam­bios en la nariz, que muchas veces algunos padres mis­mos piden para sus hijas a los 15 años o antes, son peli­grosos y no deben hacerse a esa edad porque luego de años, van al consultorio con narices totalmente reduci­das, “cadavéricas”. Por ello, afirma que no duda en “decir que no a los padres que insis­ten a veces porque las chicas quieren”.

Y afirma “Volvemos a lo mismo: al control riguroso que debería haber y suele no existir y a la conciencia de los pacientes potenciales, que sepan elegir y no caer en manos de inescrupulosos”. La sinceridad es también un factor importantes a la hora de operarse: “A veces vienen con la foto de una famosa y dicen que quieren la nariz de tal, la boca de cual, etc. Eso debe ser analizado por el profesional con mucho rigor y ser lo más realistas y cla­ros posibles para explicar los límites, lo que se puede o no”.

“QUIERO SER COMO ELLA”

La periodista Rosanna Arrúa, editora general de Crónica, conoce de cerca el mundo de la farándula, especialmente de las mode­los que más atraen la aten­ción del público. Con ella hablamos de la presión que ejercen los medios y las redes, especialmente en las más jóvenes. “Hoy por hoy, las redes sociales, muestran a cada minuto a las llamadas influencers o a las modelos que suben fotografías mos­trando los cambios estético: ‘Me agrandé los labios con el doctor fulano’, o ‘mejoré mis lolas’ etcétera.

Donatella Versace.

Hoy vemos que hasta se hacen cambios en el rostro como la bichec­tomía , que afina la cara dando un aspecto de pómu­los levantados, o se inyectan cosas para cambiar la forma de la cola”, cuenta Rosanna. Y agrega, “El problema prin­cipal que yo percibo es que las chicas ven todo eso y desean tener lo mismo, pero no tienen el dinero sufi­ciente. Entonces es cuando aparece alguna amiga que les dice que tiene ‘una prima o amiga que en su peluque­ría hace lo mismo, pero que cobra mucho más barato y que hasta atiende a domici­lio’. Ahí empiezan a caer en manos de gente que a veces ni siquiera es enfermera, por decir algo, y corren peligro. Lo que parece barato, ter­mina costando demasiado caro, teniendo que recurrir luego —si están vivas— a un especialista,a ver si se puede solucionar o quedar con las secuelas. Eso es tremendo, pero real”.

TAMBIÉN ES SALUD

A esta altura de las cosas, uno puede pensar que para la mayoría de la gente que se somete a este tipo de arries­gados experimentos, que pueden llevarla a daños de todo tipo y hasta la muerte, difícilmente asocia a la ciru­gía estética con la salud. En casos de enfermedades o dolencias se suele acudir a especialistas o por lo menos a centros de atención de la salud, pero en la búsqueda de la belleza, parece que pensamos que es algo que no puede afectarnos real­mente, cuando debería ser lo contrario. Para el doctor Balmelli, al igual que para sus colegas pertenecientes a la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plástica Recons­tructiva y Estética, es una lucha diaria informar a la gente sobre la importan­cia de cuidar al extremo cada decisión, pensando en la estética como una parte del cuidado de la salud.

La abundante “oferta”, casi de publicidad callejera, sobre todo tipo de procedimientos hace que los especialistas levanten su voz de alarma y pidan mayor control por parte de responsables de la Salud Pública a través de la Superintendencia de Salud, concientizando a quienes piensan o proyectan rea­lizárselos. Balmelli señaló que debe haber más exigen­cia de las personas que optan por una cirugía. El bajo pre­cio de las ofertas es el primer punto que debería llamar la atención y hacer dudar de la garantía que les ofrecen.

Blake Lively.

“Un dermatólogo o un ciru­jano plástico es el profesio­nal que considero puede realizar una cirugía esté­tica”, afirmó y recordó que la Sociedad tiene el listado de los profesionales certi­ficados.

También hablamos de las tendencias actuales en cuanto a las cirugías. El doctor Balmelli afirma que, si bien hay un aumento en cantidad de cirugías que piden hoy en día los hom­bres, la mayoría de ellas se realizan en mujeres: “Implantes mamarios, rinoplastia, lipoaspiración, etc” son las más pedidas. Y sobre el punto, aclara que la tendencia actual es no uti­lizar prótesis mamarias demasiado grandes o pro­minentes, debido a que cau­san una desproporción en el cuerpo. “Se está optando por algo más armónico, que no quiebre el equili­brio del cuerpo, se trata de buscar lo que mejor quede, lo más natural y armónico posible”. Eso, en cuanto a la mayoría de la gente, ya que hay casos extraordi­narios y hasta patológi­cos que deben ser tratados especialmente. “En rea­lidad, la cirugía está para ayudar a una persona a sen­tirse mejor con ella misma, sin caer en exageraciones ni en ideales imposibles, sino lograr un equilibrio que apoye y aporte a la perso­nalidad de cada una”.

ACIERTOS Y HORRORES

Las intervenciones quirúrgi­cas para mejorar el aspecto o corregir un defecto son excelentes cuando se notan menos, es decir, cuando el aspecto logrado es lo más natural posible. Eso en el caso de las personas que desean verse bien. Uno de los resultados más positivos y admirados en la actualidad es el cambio en el rostro de la reina de España, Letizia Ortiz (ver foto) que, aunque no haya hablado de sus opera­ciones, se notan las mismas, realizadas para corregir una nariz y un mentón que daban un aspecto negativo (la com­paraban con una caricatura de bruja).

Mike Rourque.

Hoy, luce un ros­tro armónico y a la vez natu­ral. Otros casos que pueden ilustrarnos sobre el cam­bio positivo que se produce con una operación bien rea­lizada, son, por ejemplo, las rinoplastias de Blake Lively, de Elsa Pataky y de la actriz Scarlett Johansson. Tam­bién la famosa Penélope Cruz puede mostrar orgu­llosa cómo ha mejorado su rostro y su estilo gracias al uso correcto del bisturí.

Pero, como en todo, hay casos que son todo lo contrario. Una verdadera galería de “horro­res” que puede encabezar sin temor la famosa Jocelyn Wildenstein, cuyo marido el multimillonario Alec Wil­denstein, prefirió pagarle 2.500 millones de dólares por el divorcio debido a que ella se había convertido en un ver­dadero “monstruo felino” por sus operaciones que además, no pensaba abandonar.

Penélope Cruz.

Otro caso del que todos hablan en voz baja en el mundo de la jet, es el de la diseñadora Dona­tella Versace, que si bien no era muy agraciada antes de sus numerosas operaciones, luego de ellas se ha defor­mado totalmente. Otras famosas como Melanie Gri­ffith en su momento y René Zellweger (Bridget Jones) han recibido críticas.

En el caso de los hombres, el que tal vez se lleve las “palmas a los peor operados” es Mike Rourque, cuyo rostro origi­nal, ya nadie casi recuerda, luego de tanto cambio. Eso, si dejamos de lado al ya desapa­recido Michael Jackson, que llevó los límites de los proce­dimientos de todo tipo más allá de lo humano.

Jocelyn Wildenstein

JENIFER RUIZ DÍAZ

“Lo barato te puede salir muy caro”

Es una de las modelos más seguidas en los medios y su cuerpo ha ido modelándose y cambiando con el tiempo. Dice que se ha puesto siem­pre en manos profesionales y que hay que tener mucho cuidado antes de operarse.

“Yo creo que hacerse reto­ques no es nada malo, si es para sentirse bien con uno mismo. Lo malo es volverse adicto y no parar más”. Si tuviera que darles un consejo útil a las chicas que quieren ser como ella, dice sin dudar: “Les diría que deben cercio­rarse bien antes de entrar al quirófano, ya que es la vida de una la que corre peligro. Nunca tuve ningún problema por eso”.

Jennifer confiesa “Me operé dos veces, la última con Darío Jara del Valle del que soy imagen y quedé muy satisfecha con su trabajo” Y agrega: “hay cirujanos y cirujanos, precios bajos y altos. Pero hay que tener en cuenta que lo barato te puede salir muy caro”. Ella hace un recuento de sus intervenciones quirúrgi­cas: “Tengo lipoescultura y pechos. A los pechos me los operé dos veces, la segunda me los achiqué y me saqué piel porque el tamaño de las prótesis de antes me causa­ban molestias, ya que me empezaba a doler la espalda por el peso. Es que tengo una espalda muy pequeña, a causa de eso”.

Sobre los gustos y tenden­cias que están de moda en la actualidad, especial­mente si se siguen prefi­riendo chicas con gran­des lolas, dice que es muy personal. “Fui a otros paí­ses y por ejemplo en Esta­dos Unidos, están de moda las lolas muy exageradas, son muy grandes para mi gusto”.