El extraño del Parque Emeri

El terror que sentía al cruzar una plaza pública en Villa Hayes no era casualidad. Basilia llevaba el almuerzo a sus hermanos todos los días y la asechaban. La investigación científica terminó por aclarar quién cometió el crimen de la pequeña de 10 años.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

El suelo árido del Chaco y su alta temperatura no fecundaba más que transpiración y polvo. El viento soplaba indómito y trepaba su larga cabellera, se anidaba en los recovecos de la nariz y se sacudía la arenilla de las orejas. Era día tras día lo mismo. Basilia tenía 10 años y cada vez que se acercaba el mediodía sabía que debía dejar aquella descabezada muñeca a un lado, el grito ensordecedor de su madre anunciaba el momento de los mandados.

Era como un juego para ella, se hizo costumbre.

Basilia era una de las 10 descendencias de don Pedro Castillo, de 49 años, y doña Silvera Paredes, de 33 años. Iba al segundo grado en la escuela de su municipio, y vivía su niñez dentro de muchas carencias y la dura batalla de sobrevivir día a día como familia numerosa.

Parte de esa necesidad era su rutina, debía llevar el almuerzo a sus dos hermanos mayores: Pablo de 14 años e Ignacio de 12 años. Ambos trabajaban en una carbonería en la ciudad de Villa Hayes.

Tal vez dejar por momentos su infancia no era tan grato –como ver sus caricaturas en la televisión–, pero lo hacía porque su madre le recordaba, a cada instante, sobre la pobreza que sufrían. No había otra opción y debían ahorrar al máximo.

Llegó el viernes, era un 27 de agosto del 2004. Se cerraba una semana con muchas preocupaciones para la familia. Pedro acababa de conseguir un trabajo por cierto tiempo y no podía dejarlo escapar.

Sin embargo, la noche anterior eso le quitó el sueño. Quería ser él el que llevara la vianda a sus dos muchachos para evitar que Basilia lo siga haciendo. La pequeña contó que un hombre la asechaba al cruzar la plaza pública del barrio. Le silbaba y gritaba cosas que no alcanzaba a comprender.

LA OPORTUNIDAD LE COSTÓ CARA

A don Pedro eso le remordía la conciencia, pero el trabajo que obtuvo le daría oxígeno en las cuentas y podía pagar algo de sus deudas y comer mejor. Tuvo que disipar de su mente ese tormento y renunciar a la idea. Al día siguiente todo sería igual.

Un movimiento pendular, las dos cacerolas al viajar. Los golpes en el utensilio confesaban la batalla en sobrevivencia de la familia. El fuego dejó tatuado su oscura labor tras el fogón en leña o carbón. El vapor del puchero chocaba contra la tapa y una pequeña abertura se complotaba para dejarla pasar. Basilia la cargaba con dificultad, debía hacerlo durante 20 minutos. El kilómetro no siempre presentaba demora, salvo por aquel extraño del Parque Emeri.

Se acercó a aquel lugar y para acortar su camino, lo decidió tomar. El miedo no permitió que se vuelva a apoderar y afrontando el tormento prefirió continuar. Al final del trayecto Pablo e Ignacio le esperaban ansiosos, el hambre no daba tregua.

Al final del parque soltó un suspiro de alivio, no estaba aquel que siempre le gritaba cosas que no entendía, pero sí le provocaban miedo. Sonrió, recordó una canción y la tarareó.

Las piedras crepitaron a su espalda, sintió que alguien se acercaba. Su presencia era fuerte y prefirió continuar su lenta marcha. Pero la silueta invasiva de una bicicleta se asomó a un costado y no pudo evitar mirar. Era un hombre y este le habló.

“¿A dónde vas, pequeña?”. Con voz suave y tímida respondió: a llevarle comida a mis hermanos…

El hombre insistió: “¿Y eso dónde es?”. En la carbonería, dijo Basilia. “Cerca de Acepar”, agregó.

Aquel desconocido insistió en su conversación y le propuso: subite, yo te llevo. Vas a llegar más rápido. Basilia detuvo su marcha al instante, la idea no le desagradó. El caldo arremetió contra la pared de la olla por fuerza de la inercia. Miró al hombre arrugando los ojos, el sol le daba de pleno y resplandecía en su rostro. En su inocencia lo vio de confianza. Levantó una pierna por encima del eje del biciclo y se acomodó en él. Los brazos velludos del conductor la rodearon para sostener el manubrio y la marcha se emprendió.

12.30. NO ERA HABITUAL

Las tripas les crujían, el organismo les pedía reforzar lo ingerido en el desayuno. Ignacio se acercó a Pablo y le preguntó ¿no llegó Basilia, mba’e la oikóa (qué sucede)? Pablo pensó que –tal vez– su madre se retrasó con la comida y por eso su pequeña hermana no llegó a tiempo.

Eran las 12.30. Basilia aún continuaba montada en la bicicleta, lo irregular del terreno provocaba algunos brincos y ella se aferraba a las cacerolas de su madre, el repiqueteo del metal le ponía música al paseo y con ello se distrajo. Algo mortal. Su mente la llevó inconscientemente lejos del lugar y perdió la orientación.

El desconocido lo aprovechó y sin que ella se percatara retomó la senda en dirección al Parque Emeri. Al llegar, la bajó. Aparcó recostando su bicicleta por un árbol. Ella le preguntó qué hacían ahí, que ya pasó antes por ese sitio.

Él contestó que olvidó algo importante y que solo debía esperarlo, no demoraría mucho. Pero si tenía miedo, podía acompañarlo, caminando por un sendero detrás de los arbustos que rodeaban la propiedad.

La pequeña pensó unos segundos. Era eso o quedarse en ese sitio, que bastante espanto le provocaba. Decidió acercarse y su pequeña figura se fue mezclando con la vegetación a medida que se alejaba.

De pronto la marcha se detuvo, ella miró detrás y ya no alcanzaba a ver la calle principal. El hombre la sujetó del brazo y comenzó arrastrarla, ella gritó. El jadeo de su respiración iba cada vez más en frecuencias cortas. Sus pies buscaban sujetarse a algo que la permita soltarse y escapar.

Ya no tenía fuerzas, él no la miraba. Su mentón apuntaba al horizonte y los ojos de la niña estaban llenos de húmedo clamor. No lograba huir.

Llegaron hasta un frondoso árbol de karanday. Ahí la lanzó contra la tierra, el pequeño cuerpo se desplomó. Arrancó su ropa y desgarró el lienzo de su inocencia y tras ello –con ambas manos– descargó su ira irracional.

Su vida se fue apagando, su pecho se inflaba con dificultad, le costaba respirar. La soltó. Quedó inconsciente.

El asesino miraba fijamente el cuerpo, buscando algún signo de vida. A un costado reconoció una piedra, la tomó con la mano derecha y se aseguró que no sobreviva. Su brutalidad no cesó, recolectó hojas secas de alrededor y cubrió el cadáver con ellas, tomó unos fósforos que usaba para encender sus cigarrillos y arrojó la llama sobre la hierba. El fuego fue consumiendo su atrocidad, las llamas se reflejaban en sus dilatadas pupilas, reflejando su cobarde acción.

Se arregló las ropas y giró sobre sí. A sus espaldas seguía incinerándose a medio cuerpo y la otra mitad semidesnuda. Él huyó.

Cuatro horas después. Dos mujeres iban conversando entretenidas, sujetaban a sus vacas a las que llevaban a pastar, se internaron en el sendero, detrás del Parque Emeri, donde la hierba era abundante para el ganado. Cuando llegaron a la mitad del camino vieron ambas con estupor una pequeña figura humana, el susto las inmovilizó y se quedaron sin hablar hasta mirarse una a la otra. No podían entender la crueldad en el cuerpo de esa niña, ni saber de qué se trató. El fuego consumió el rostro.

La policía y el forense llegaron al lugar en simultáneo. El médico determinó que la pequeña murió a consecuencia de un traumatismo craneoencefálico, asfixia por compresión mecánica (con las manos) y quemaduras graves.

La agente fiscal –una determinante mujer con experiencia de años en casos de crímenes– Rafaela Fernández ordenó a los policías que trasladen el cuerpo a la morgue de la ciudad. Tomó unos guantes, juntó a los agentes de Criminalística y recogió todo lo que encontró en un radio de 15 metros, una en particular: los rastros de neumático de una bicicleta que quedaron impregnados en el suelo. La evidencia era fundamental para identificar al criminal.

Horas después, el médico Alfredo Chirife confirmó las lesiones encontradas en la escena del crimen. A ello sumó un golpe en el rostro y el desprendimiento del himen. Abusaron de la niña, doctora. Dijo con impotencia el especialista. No podía evitar la congoja. Chirife hizo una pausa y luego le mostró un recipiente de laboratorio y explicó “Tomé muestras de fluido seminal, sometidos a una prueba tendremos al autor de este asesinato…”. Gracias doc, respondió la fiscala. Se mostró fuerte, pero sentía que por dentro se derrumbaba, no encontraba explicación para esa bestialidad.

LAS CACEROLAS DE MAMÁ

Aún faltaba identificar a la pequeña. El rumor comenzaba a introducirse en los caminos vecinales, su propagación fue veloz que en minutos llegó a oídos de sus hermanos. Pablo e Ignacio salieron de la carbonería y presurosos llegaron al parque. La marcha se detuvo cuando reconocieron las ollas, estaban en el suelo, el caldo se había secado. La tierra lo succionó. Estaban estupefactos. ¡Es de mamá!, dijo Ignacio a Pablo. Iban recogiendo los trastos hasta encontrar los residuos del fogón. ¿Qué pasó acá?, preguntó Pablo a un policía que quedó a resguardar el lugar. El agente contestó: “Encontraron el cuerpo de una nena, parece. Estaba quemado…”. Pablo e Ignacio se miraron y supieron que se trataba de Basilia.

La policía de Homicidios comenzó con la ronda habitual de interrogatorio. El casual y particular. El casual les permitió colectar las características del sospechoso: un hombre de estatura promedio, de contextura delgada, de piel morena, barba saliente y que se paseó horas antes del crimen con una niña montada en la bicicleta. Conversando con sus pares de la comisaría local se permitieron escribir una lista rápida de presuntos autores.

Esto los llevó a dos viviendas del barrio María Auxiliadora. La primera era de Félix Octavio, recogieron prendas de vestir, cuchillos, una escopeta y una bicicleta. Sus sospechas aumentarían al cotejar su identidad con la base de datos policial: Octavio poseía antecedentes por abuso sexual y lesión en niños. Para ellos este era el autor. Horas después llegaron a la segunda casa, pertenecía a Domingo Giménez, tío de Basilia. En la casa encontraron algunas vestimentas con manchas similares a la sangre y hallaron –también– una bicicleta. Para ese entonces pasaron cuatro días, tenían dos sospechosos, pero un perturbador instinto policial les decía a los policías que esto no podía ser tan fácil.

Ampliaron las declaraciones casuales, volvieron a recorrer el barrio y se entrevistaron con todos los vecinos. Un tercer sospechoso brotó en esas conversaciones. Era un nombre a quien todos temían. Pero lo que más les extrañó es la declaración de un agente de policía, poblador de ese lugar. Ese hombre entrenado y agudizado en el olfato también vio a la pequeña viajar en aquella bicicleta, con el peligroso extraño, y no dijo nada.

Una operación sigilosa –luego de días de vigilancia– permitió dar con el tercer sospechoso. En la casa encontraron prendas con las características que dieron testigos, tenían sangre. Hallaron una bicicleta y zapatos. Las manchas de sangre fueron sometidas a un análisis forense y finalmente la duda se disipó. Era él. Los exámenes dieron positivo y su ADN coincidía con el fluido seminal encontrado en el cuerpo de su víctima.

Dos años después. Mario Ramón Ruiz Díaz enfrentó a un tribunal. La condena fue de 25 años de cárcel como único autor del crimen de Basilia. Domingo y Octavio fueron puestos en libertad tras corroborarse que no estaban vinculados al asesinato.

 

El destornillador… (segunda parte)

Errores en la investigación policial llevaron a varias personas a ser encarceladas y luego liberadas. La fortuna para los investigadores les llevó a dar con los verdaderos asesinos y descubrir por qué mataron a Óscar Arturo Barboza en el 2003.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

Esto tiene que ser un secuestro, dijo –muy seguro de su intuición– el subcomisario Richard Vera, un agente del departamento de Homicidios. Su experiencia le hizo dibujar un esquema mental rápido y –bajo sospecha– se encontraba la tesis de que Óscar fue víctima de una banda de plagiarios.

El objetivo principal era el dinero, ya que el padre del chico –un policía ya retirado– habría conservado una buena cantidad de dinero, producto de muchos años de trabajo, aunque los rumores de aquel momento apuntaron a un dinero no tan limpio y que rindió sus frutos en las finanzas de la familia.

No encontraban otra explicación para comprender un crimen de esta magnitud. Les pareció que la forma en que lo mataron era un mensaje de sicarios, de asesinos que fueron contratados para ejecutar una venganza.

Toda investigación necesita primero ser corroborada en el entorno cercano de la víctima, ya que la planificación de un secuestro necesitaba de un delator. Alguien tan cercano al objetivo que pudiera aportar detalles de Óscar Barboza, su rutina, las rutas que tomaba, los lugares donde acudía y a quiénes frecuentaba. Esas primeras pesquisas desencadenaron en varias detenciones.

El subjefe de Homicidios seguía tan seguro de su corazonada y trazó el siguiente plan con base en la descripción que dieron testigos. Una de ellas se destacó entre varios, la mujer se identificó ante los agentes como Regina y convenció a la Policía sobre la participación de dos jóvenes hermanos: Mariela, de 16 años en aquel entonces, y Juan Villalba. Regina aseguró que ellos eran parte de la banda responsable del secuestro y asesinato de Óscar. La mujer mencionó que estas personas eran distribuidoras de drogas y adictas. Parte de eso lo vendían a Óscar –que según su testimonio– también consumía drogas y estando bajo los efectos de los narcóticos, lo mataron.

Esto, aunque débil, fue suficiente para una imputación, y un juez ordenó la prisión de los dos en forma preventiva. Juan a la cárcel de varones en el barrio Tacumbú y la joven en la Casa del Buen Pastor. Otra mujer que fue detenida, bajo sospecha de saber algo más, fue la novia de Óscar. Una mujer de 23 años de nombre Teresa Vázquez Irala.

En los allanamientos en las viviendas –de los que aseguraban eran los sospechosos– encontraron prendas de vestir con manchas de color rojo. Parece sangre, dijo un agente de bajo rango al subcomisario Richard Vera.

El procedimiento, en este caso, les obligaba a tomar la prenda con los guantes de látex y almacenarlas en bolsas de evidencia. Era lo más comprometedor que tenían para vincular a los Villalba con el asesinato.

Días después los análisis de los forenses en Criminología les dijo lo contrario, la mancha no era sangre. Era algo común, lejos de ser fluido humano. Todo se vino abajo.

Con el tiempo la investigación tuvo otro golpe bajo, el testimonio de Regina se fue desvaneciendo. Los agentes no encontraban más elementos que conecten con el crimen más que la cercanía.

No era suficiente para comprender el motivo de una muerte con mucha violencia. Muy característica de organizaciones criminales que apelan a estos mecanismos de tortura. El uso de un destornillador.

Pero lo definitivo, y que llevó a concluir que todo lo que habían hecho hasta ese momento fue un error, es el descubrimiento que hicieron. Regina era un nombre falso, la mujer se llamaba Sergia Báez y, según las fuertes sospechas que despertó el dato inexistente, su testimonio fue puesto en duda.

Al juez no le quedó de otra que ponerlos en libertad, también a la pareja sentimental. La Policía se equivocó, enfrentaban el peor momento de la investigación y ya habían pasado meses del hallazgo del cuerpo de Óscar Arturo. Perdieron el hilo de la investigación.

SIN UN NORTE

El subcomisario se mostraba nervioso. Richard le dio vueltas al caso varias veces, no entendía cómo los asesinos dejaron sin pistas para continuar con el proceso. Confundido y muy nervioso insistía con un bolígrafo que pegaba firme y con fuerza contra su mesa de madera. Imaginaba que ese ruido monótono y perturbador le daría una idea de lo que pasó. Pero no había forma, las ideas se mostraban vacías. Miró fijamente la carpeta de la pesquisa y esperaba que algunas de esas hojas, atestadas de escritos, datos, fotos e informes forenses le pudieran dar luz. Algo que quizás pasó por alto y no se percató, un dato entre líneas.

En su lectura el policía llegó al informe médico. Repasaba cada línea escrita por el patólogo: “Cuarenta y ocho puñaladas y penetraciones. La mayor parte de las puñaladas, la víctima las recibió en las piernas, especialmente en el muslo derecho, propinadas con un arma punzante. El arma utilizada para generar las heridas fue un destornillador.

Las heridas que provocaron el mayor sangrado las recibió en la región cervical, la cara anterior del tórax, en el tórax, el abdomen, en los hipocondrios (región superior del abdomen) izquierdo y derecho. Recibió seis perforaciones en la región lumbar derecha. Durante la inspección forense se encontró también una fractura en la tercera condrocostal (zona del tórax). El parte médico era extenso. Hundimiento en el pecho: pudo ser provocado por una violenta pisada, un golpe fuerte y seco, ya tendido en el suelo. Sufrió hemotórax, es decir una acumulación de sangre en el espacio existente entre la pared torácica y el pulmón a causa de las estocadas recibidas.

Lesión a nivel del glóbulo ocular derecho, lo que le produjo un hematoma de 6 y 10 centímetros de diámetro en la región frontal derecha y un edema agudo cerebral.

La causa de muerte fue diagnosticada como shock hipovolémico por múltiples heridas de arma blanca, la más importante afectó el pulmón izquierdo, que sufrió una lesión cortante y penetrante del lóbulo superior izquierdo”.

Pero su desconcierto era tal que por más que lo revisaba una y otra vez no lograba encontrar un cabo suelto. No tenía pistas de los criminales ni siquiera en el cuerpo de Óscar Arturo.

UNA LLAMADA INESPERADA

Un año y siete meses después, la Policía continuaba investigando la muerte de Óscar sin mucho éxito. Volvieron sobre sus pasos y de paso tomaron la aparición de una camioneta quemada intencionalmente como un hecho aleatorio, pero con presunciones de tener alguna conexión.

Los que incendiaron ese vehículo utilizaron un acelerante para que la combustión sea más rápida y logre borrar con todo tipo de rastros. Esto provocó curiosidad en el policía Richard Vera. Sabía, por su experiencia, que esas acciones no eran comunes y decidió finalmente apuntar a un asesinato por desquite. La prosecución de esa pista llevó a confirmar que el vehículo le pertenecía a Óscar. Eso le hizo presumir que todo el desplazamiento fue en esa camioneta y la dejaron cerca del cuerpo para no ser vistos en ella. Eso llevó a una segunda deducción, si no querían ser detectados es porque los autores eran residentes de la zona y cualquiera podía identificarlos. Al fin una pista con lógica, dijo el subcomisario. Pero no era suficiente para determinar de quiénes se trataba y por qué lo habían hecho.

Pero algo revirtió la mala racha en la investigación. El teléfono del subcomisario repicaba con insistencia hasta que respondió: “¿Hola? Jefe, una llamada de la Argentina al 911. Me dicen que una mujer aseguró tener datos sobre el asesinato de Óscar Arturo”, explicó un subalterno a Vera.

Esa extraña mujer fue la ex pareja sentimental de uno de los hermanos Sandoval Calderolli. Los días en que Rodrigo bebía amenazaba a la mujer con matarla así como lo hizo con Óscar. En medio de su borrachera contó detalles sobre el rapto, la tortura con el destornillador y el asesinato brutal. Ella decidió ir a la Argentina por seguridad, pero la policía la convenció de volver a cambio de protección y su declaración ante un juez.

DATO CLAVE

Pero no se quedaron con eso. El subcomisario Vera ordenó al equipo el rastreo de los hermanos. Los allanamientos en la ciudad de Luque dieron con un dato clave: varias boletas de casas de empeño a donde en la misma fecha del crimen llevaron pertenencias de mucho valor que le robaron a la víctima.

Esto se lo mostraron a los familiares de Óscar Arturo y el reconocimiento fue al instante. Finalmente dieron con los asesinos.

Con el paso de los días, los de Homicidios dieron con todos los integrantes de la banda. Óscar Armando y los hermanos Rodrigo y José. Con los tres bajo custodia develaron que durante varias semanas los tres estudiaron a la víctima observándolo día tras día en un puesto donde vendían comida rápida, en la rotonda de la ciudad de Luque.

El trasfondo fue la codicia que provocó Óscar Arturo en los tres, el dinero que llevaba, la camioneta, los calzados y ropas de lujo. Los teléfonos de última moda y sus tarjetas de crédito. Pensaron que sacarle dinero sería rápido y fácil.

En marzo del 2006 un tribunal resolvió darles una pena sin precedentes para un crimen de este tipo. Todos fueron condenados a 30 años de cárcel, incluyendo las medidas de seguridad.

 

El destornillador… (primera parte)

Óscar Arturo Barboza era un universitario de 25 años. Un día cerró la venta de su teléfono móvil para sacarle algo de dinero. Todo parecía normal en aquel que se mostró interesado, salvo por la doble intención. Algo sangriento ocultaba.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

Terminó de repicar y atendió la llamada, él dijo: “Hola amigo, ¿dónde nos encontramos, vas a querer el celular verdad?”. Del otro lado del teléfono: “Sí, claro, yo estoy cerca de tu casa, nos vemos a tres cuadras, por ahí”.

Óscar salió de la casa, en el cuarto barrio de Luque. Tomó el celular que vendería mientras iba pensando qué comprar con el dinero que obtendría de él; le ofrecieron buena plata.

El mes de junio del 2003 comenzaba, y con frío. Óscar Arturo Barboza, de 25 años, necesitaba hacer esa venta y conseguir dinero en efectivo. La oferta por internet que le hizo otro hombre le pareció tentadora y se convenció. Eso al menos decía para sí, mientras llegaba hasta el punto de encuentro en su barrio, a unos 300 metros de su vivienda.

MÁS QUE UN ASALTO

Al mirar al horizonte vio a un joven casi de su misma edad, al menos eso le pareció, y sintió algo raro, premonitorio, cuando se percató que no estaba solo, otros dos chicos más estaban junto a él. Al llegar, hablaron, de eso mucho no se sabe.

Óscar fue obligado a subir a la parte trasera de un automóvil estacionado cerca de los tres supuestos compradores, en ese momento no comprendía muy bien lo que ocurría.

“¡Subite carajo o acá mismo te matamos, ejupi (subite)!”. No le quedó otra que cumplir con esa orden, sentía bajo las costillas y en profundidad el tubo de aquella arma de fuego. Pensó si sería lo suficientemente rápido para empujarlos y huir sin ser herido con un balazo. Pero dudó. Prefirió calmarse y ver si solo se trataba de un asalto, porque eso parecía.

El vehículo se puso en marcha, cuando sintió el movimiento supo que no era simplemente un robo de celular. Su papá era policía y esto no formaba parte de los casos habituales de robos callejeros que le escucha relatar a diario. No era normal que un asaltante callejero lo obligue a subir a la parte trasera de un vehículo e intenten salir del barrio. No llegaba a comprender lo que en ese momento estaba pasando.

Los que estaban con él eran los hermanos Rodrigo y José Sandoval, de 26 y 23 años, y el que lo amenazó con el arma era Óscar Armando Cañete, de 23 años. Todos formaban parte de una pequeña organización de atracadores. Su especialidad eran los asaltos exprés. Sacar la mayor cantidad de dinero de la víctima, previa información que hayan obtenido de él. De Óscar Barboza sabían algo, todos los datos proveídos a través de su cuenta en una red social y lo estudiaron previamente.

LA CONTRASEÑA

El automóvil iba dando saltos sobre una calle empedrada, iban a gran velocidad. Cañete y uno de los hermanos Sandoval quedaron con Barboza en la parte trasera, uno de ellos tenía en la mano un destornillador, de cacha verde, el óxido se apoderó de la herramienta, pero tenía un filo especial. Lo habían convertido en algo más que un desarmador.

El ladrón –empuñándolo– se lo mostró y lo que escuchó después no sonó a una simple amenaza… “¡Dame tu contraseña del cajero, decime cuál es o acá mismo te liquidamos!”.

“No sé, no recuerdo…”, contestó el joven con la voz firme. Eso le valió que la herramienta vaya enterrándose en su piel, causando dolor, una y otra vez.

Barboza, con algunas lágrimas de dolor, repetía que no sabía los dígitos que permitirían ingresar a su cuenta bancaria y sacar el dinero que tenía ahí. Los delincuentes continuaron torturándolo pese a que las heridas comenzaron a ser profundas.

El joven gemía y por instantes su respiración se aceleraba, el destornillador nuevamente se incrustaba en otra parte del cuerpo. Por algunos momentos el desnivel de la calle y el golpe repentino en las suspensiones provocaban que el arma se hunda más hasta perforarlo. La sangre se desvanecía sobre la piel y el grito se disipaba con el viento que se colaba por la ventanilla del vehículo.

El conductor cruzó el límite imaginario de la ciudad, estaba en Limpio, en un barrio conocido como Costa Azul, a unos pocos minutos de la casa de Barboza. Ya habían dado muchas vueltas y no lograban sacarle la información que querían.

Estaban hartos y su víctima –cansada de tanto recibir golpes y cortes– comenzaba a desvanecerse dentro del habitáculo del auto.

CINCO DÍAS DESPÚES

5:00 de la madrugada del día jueves 5 de junio. En una batalla campal, las luces de la patrullera se enfrentaban entre sí, disputándose el centro de atención de muchos curiosos, era lo único que permitía distinguir en ese sitio tan oscuro lo que las llamas no consumieron, el metal roído por la combustión. Un policía daba vueltas y vueltas tomando nota de las características, la inflamación fue tan alta que no lograba encontrar algo que le permitiera identificarlo.

El comisario relataba a los medios el hallazgo, entre varias hipótesis estériles que motivaron la quema, mencionó la ubicación; de la única acción que tuvo en toda la noche. El vehículo calcinado estaba en las calles Cerro Corá y Luis de Gásperi, no muy lejos del lugar a donde llevaron a Óscar Barboza, el hombre ya llevaba días desaparecido y la familia estaba desesperada. Pero los agentes no lograban conectar este automóvil con la desaparición.

LOS LADRIDOS DE UN PERRO

Inquieto, correteaba, saltaba y la cola se movía incesante. No paraba y su energía se descargaba en los continuos ladridos, ese perro descubrió algo y a su dueño no le quedó de otra que acompañarlo hasta donde la correa lo guiara.

Pasaron diez días de la desaparición de Óscar, el reloj en aquella mañana marcaba las 10:00. Doroteo Martínez pensó que si no resolvía rápido la inquietud de su mascota, la mañana se le iría en un suspiro. “¡Vamos entonces!”, lo dijo refunfuñando al perro, como si al can le importara, no paraba de saltar y ladrar. Doroteo estaba en su quinta en el barrio Costa Azul y ese martes tan particular se presentó fresco y tranquilo, salvo por la corrida que hizo detrás del animal. En un instante se detuvo, el perro paró de ladrar y comenzó a olfatear, luego exhaló por el hocico, con fuerza, como si lo que percibía era de golpe muy fuerte para su sensible sentido, y en efecto lo era. El hedor comenzó a inundar las fosas nasales de Doroteo, pensó en un animal y que el perro estuvo inquiero por ello.

Lejos de ser un animal, la silueta era mucho mayor. Estaba oculta entre las malezas, pero lograba distinguir algo. Se acercó, separó la hierba con las manos y lo que vio le hizo retroceder algunos pasos. Era una persona, un joven. El cuerpo llevaba días de descomposición y eso generaba la fetidez. Luego de unos minutos volvió en sí. Lo impactante del hallazgo pasó a un segundo plano y pudo notar que la persona fue herida en varias partes de su cuerpo. Se convenció que fue un crimen y llamó a la Policía.

Horas después, los agentes rodearon el pequeño bosque, colocaron una cinta alrededor para separar a los curiosos. Para entonces ya tenían identificados los restos, eran de Óscar. El joven que llevaba desaparecido fue encontrado en ese descampado. La alerta a la familia fue inmediata y la consternación sacudió no solo a ellos, sino a toda la ciudad.

El médico forense llegó al lugar, el impecable blanco de su ataviado resplandecía con el sol y casi no permitía distinguir su rostro. Tomó su maletín, caminó hasta el área restringida y, una vez que ubicó un lugar sin malezas, bajó sus utensilios. Se colocó los guantes de látex, estirando dedo por dedo para acomodarlos.

El trabajo en el sitio fue largo. Entre lo más visible notó varias perforaciones y el desmembramiento causado por los animales que merodearon la zona. Determinó que pasaron cinco días desde la muerte de esa persona. El médico pidió a la fiscala una orden para trasladar el cadáver al instituto patológico y ahí analizarlo con equipos y mejores herramientas.

El resultado fueron 48 puñaladas y penetraciones. La víctima recibió la mayor parte de las puñaladas en las piernas, especialmente en el muslo derecho, propinadas con un arma punzante. Al tomar las fotografías y varias radiografías, concluyeron que el arma utilizada para generar las heridas fue un destornillador.

Las puñaladas que provocaron el mayor sangrado las recibió en la región cervical, la cara anterior del tórax, en el tórax, el abdomen, en los hipocondrios (región superior del abdomen) izquierdo y derecho.

Óscar, además de esas heridas de tortura, recibió seis perforaciones en la región lumbar derecha. Durante la inspección forense se encontró también una fractura en la tercera condrocostal (zona del tórax). El parte médico era extenso, Óscar sufrió tanto que al menos los detalles de las heridas ocupaban varias hojas.

En otro apartado –de ese escrito–, el forense presumió que ese hundimiento en el pecho pudo ser provocado por una violenta pisada, un golpe fuerte y seco, ya tendido en el suelo.

En otro párrafo se detalló que la víctima sufrió hemotórax; es decir, una acumulación de sangre en el espacio existente entre la pared torácica y el pulmón a causa de las estocadas recibidas. Otra grave lesión la recibió a nivel del glóbulo ocular derecho, la que le produjo un hematoma de 6 y 10 centímetros de diámetro en la región frontal derecha y un edema agudo cerebral.

La causa de muerte fue diagnosticada como shock hipovolémico por múltiples heridas de arma blanca, la más importante afectó el pulmón izquierdo que sufrió con lesión cortante y penetrante del lóbulo superior izquierdo. El reporte fue sellado y entregado a la Fiscalía y Policía. El crimen fue atroz y no tenían idea de quién pudo provocarlo.

Continuará…

 

El gordo y un par de historias inolvidables

Inmensamente tímido, ribereño de alma, amante del fútbol y del basquetbol, Víctor Miguel Benítez Cano murió hace un año, dejando como legado un estilo de radio coloquial, controversial y frontal que hoy muchos cultivan.


Fuente: La Nación

  • POR AUGUSTO DOS SANTOS
  • Director periodístico Grupo Nación

Argel y retobado, “como norteño”, era al mismo tiempo un devoto de la amistad hasta niveles monásticos. Como parte de su rebeldía al status quo desde su emergencia en la prensa escrita y radial, incluso revisó su propia fe y se convirtió en un agnóstico crítico tras una niñez y juventud signadas por su proximidad a la Iglesia. Pero hoy no queremos hacer una biografía de Víctor, sino contar un par de historias.

GENTE QUE SE MUERE MUCHO

En las historias sobre el gordo siempre hay un chofer. Es que nunca quiso ni supo manejar. Había, por ejemplo, a fines de los 90, un conductor que se “subía” y era demasiado protagónico en todas las charlas en los paseos de fin de semana que gustaba hacer Víctor con sus amigos por el interior. El hombre opinaba tanto que Benítez le decía con frecuencia: “Podrías manejar un poco también aparte de regalarnos tus opiniones”, con una inusitada sutileza fruto del aprecio que por él profesaba.

Lo cierto era que este chofer siempre participaba de todos los comentarios, sean estos sobre física cuántica (que encantaba a Víctor, no se sabe de dónde) o de la última incorporación del Museo del Prado, pasando por todos los juegos de cualquier país, de cualquier campeonato, de cualquier deporte.

Una noche estábamos en un campamento, en plena gestión de asado a orillas del río Piribebuy, cuando escuchamos en el receptor que el avión de John John Kennedy había capotado provocando la muerte de este heredero de la dinastía política más famosa de los Estados Unidos.

A la noticia siguió el comentario de varios amigos allí presentes, cada uno de nosotros aportó algún dato sobre el “flamante finado” o sobre sus padres y, en general, sobre los Kennedy. Charlamos un buen rato entre una ronda de buen escocés y el crepitar del fuego del asado. Habían transcurrido 10 minutos de la novedad y me acerqué a Víctor a decirle casi al oído:

“Che, por fin tu chofer okañyete (está totalmente perdido), no hizo ningún comentario sobre la muerte del hijo de Kennedy”. A lo que Víctor me respondió de inmediato: “Moô pio, péa nio enseguida he’íta algo hína” (no, olvidate, este enseguida va a hacer un comentario).

Y, efectivamente, dos minutos después, cuando reinaba un respetuoso silencio reflexivo, el chofer deslizó un comentario triunfal que salvó totalmente su honor, cuando dijo: “Los Kennedy, che… ¡qué gente que se muere mucho…!”

EL SECUESTRO DE GABRIEL ALFONSO

Gabriel Alfonso es un colega periodista radial de Ayolas, luego abogado. En sus años iniciales como cronista y corresponsal del diario Noticias eran memorables sus coberturas, principalmente de los conflictos campesinos. Víctor le tenía mucho aprecio. Supo regalarle un centenar de libros de la nutrida biblioteca que poseía.

En una ocasión, en la década del 90, Gabriel fue a cubrir un fuerte enfrentamiento entre policías y campesinos alrededor de la Estancia Chiriani, en Misiones, que fue ocupada.

Alfonso estuvo por varios días en medio del monte con un equipo de radiocomunicación y una batería informando sobre lo que ocurría, tanto para su radio, San Roque de Ayolas, como para la radio Cardinal, donde trabajaba Víctor. Tras cuatro días de intensa tarea, Alfonso pierde todo contacto. De inmediato se averigua con los dirigentes campesinos y estos aseguran que Alfonso fue secuestrado por la Policía y trasladado a un campamento de los uniformados.

Víctor, que andaba por la zona, formó parte de la comitiva que integramos para ir hasta el sitio del conflicto para reclamar por el compañero privado de su libertad sea liberado. Apenas llegamos al destacamento, Víctor reclamó fuertemente al oficial a cargo sobre el hecho. El mismo respondió confundido: “¿Secuestrado?”. “Sí”, insistió Benítez, “sabemos que lo tienen secuestrado aquí”. El oficial sonrió y le dijo a la comitiva: “Vengan a ver al secuestrado”.

Nos pasaron a la parte posterior del campamento y allí estaba nuestro aguerrido periodista en medio de una esforzada partida de truco con cinco uniformados.

Al verlo, Víctor exclamó: “Gabriel Alfonso, nde aña memby, nde niko reî va’erã secuestrado kuri” (Gabriel Alfonso, hijo del diablo, vos tendrías que estar secuestrado), a lo que Alfonso respondió con una amplia sonrisa y el inapelable argumento: “Cuatro días ko ya, don Víctor, demasiado hambre ya tenía”.

Desde ese día, cada vez que Alfonso le reportaba desde el Sur, Víctor le decía al final: “Gabriel, te vamos a volver a llamar sobre este tema, pero comé que algo…”.

EN ESE ASPECTO SÍ

Víctor había hecho instalar un freezer en su quincho. Estaba feliz porque resolvía un aspecto importante para las ocasiones en que ofrecía un asado a sus amigos. Un asistente suyo se había encargado de desembalar el electrodoméstico y colocarlo en el sitio.

Solo había que enchufar y dejarlo funcionar. Y lo hizo.

Más tarde salió Víctor hasta su quincho para observar su adquisición. Al mirarlo con atención, vio que el cordón de electricidad, en vez de transcurrir por atrás del aparato, rodeaba como un cinto por el frente del freezer hasta el tomacorriente.

Víctor llamó a su asistente y le reclamó esto: “¿Cómo pio el cable va a pasar por delante si tiene que ir por detrás?”, le requirió, a lo que el secretario respondió:

“En ese aspecto sí”.



UNO CON ARGAÑA Y OTRO CON WASMOSY

La vez que comió con Argaña

Víctor fue a un asado dominical en San Bernardino. En medio del encuentro de amigos aparece el Dr. Luis María Argaña, líder de un poderoso sector colorado denominado Movimiento de Reconciliación Colorada, luego vicepresidente y finalmente víctima de un magnicidio.

Una vez que localizó a Víctor, Argaña fue a sentarse a su mesa por un buen rato. Argaña tenía, para la opinión de Víctor, fama de ser un hombre con escaso sentido del humor y era polo opuesto al estilo conocido como “arriero porte” (persona afable, dada a las bromas, afectuosa, dicharachera).

Sin embargo –al parecer–, Argaña le impresionó muy bien a Víctor durante la comida y le hizo cambiar un poquito de parecer, tanto es así que cuando el líder asesinado se despide, Víctor le dice: “A lo mejor nio nde kanguero’imi hína doctor, pero ndaha’éi nio la nde kangueroetereíva ra’e” (Puede que seas un poco insufrible doctor, pero tampoco sos demasiado insufrible).

CUANDO A VOS TE DUELE LA CABEZA

Víctor entrevistaba a Juan Carlos Wasmosy, presidente de la República, quien poco tiempo antes lo había querellado hasta lograr su reclusión en Tacumbú por un par de días.

Cuando iba terminando la entrevista con el entonces presidente, Víctor lo mira y valora el volumen de la cabeza del mandatario con una comparación inolvidable.

“Mirá que a mí cuando me duele la barriga, me duele en serio; seguro que a vos cuando te duele la cabeza, te duele en serio, presidente”.



QUE VÍCTOR NO SE ENTERE

A Víctor le encantaba el río y la pesca era solo un pretexto. Era un horrible pescador. Íbamos juntos al río Paraná en Ayolas, hacía compras gigantescas de artículos de pesca y carnadas. Terminábamos comprando pescados de los vecinos pescadores y arrojando toda la carnada al río.

Víctor decía que éramos los únicos pescadores encubiertos, que en realidad nuestra misión era contribuir con la alimentación de peces.

Una vez habíamos acampando a orillas del río, era una noche cálida, probablemente febrero de algún año de los 90.

De pronto, Víctor se sobresalta y asegura que vio un ovni. Yo le seguí la corriente porque estaba muy entusiasmado preguntándome si vi o no la luz que cayó del cielo y se sumergió en el oscuro río. Le dije que sí, que me parecía que sí, pero era solo para seguirle el verso.

Lo que no me imaginé es que el gordo contaría esta historia por los próximos 15 años hasta su muerte y, cada vez que lo recordaba al aire, me llamaba como testigo y toda la vida no solo le ratificaba la info, sino doblaba la apuesta contando yo también más detalles, destellos, colores, que la radio se apagó y la luz de la linterna titiló; me divertía agregarle datos a su historia. Pero en realidad jamás yo vi ese ovni.

Cuando se enfermó de muerte, para reírnos un rato me dispuse a contarle que en realidad yo le mentí durante dos décadas para sostener su discurso “extraterrestre” en la radio. Sabía que esa revelación iba a provocarle mucha gracia, conociendo como era. Me disponía a hacerlo ese fin de semana o el lunes siguiente. Pero se nos murió el gordo antes.

Se murió pensando que alguien más había visto su inolvidable ovni y, en realidad, yo estaba durmiendo. Cuando lea esto, seguro que Benítez me va a escupir desde arriba, mínimo.