El hilo rojo

Ella solo quería sentirse realizada, Clara quería una hija y un amor. No lo logró y el que manifestaba sentir algo por ella la terminó asesinando. La familia de la mujer esperó nueve años por algo de justicia.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Hacía mucho frío aquel 24 de junio del 2008 e imaginó que un mate con yuyos lo abri­garía. Estaba acostumbrado a llegar a las 18:30 todos los días y a esperar por su her­mana para charlar sobre lo que cada uno hizo durante el día, eso los calmaba.

También resultaba habitual que ella dejara una copia de sus llaves en la casa de una vecina, lo hacía por seguri­dad. Durante el día no estaba y su amiga controlaba que todo esté en orden con fre­cuencia. La confianza en el barrio permitía esas licen­cias.

Pero antes de ir a buscar la llave, Luciano llamó a la puerta, no tuvo respuesta. Insistió y golpeó con más fuerza para que escuche. Se convenció de que no estaba, “seguro está en el trabajo”, pensó. Luciano caminó y fue junto a la vecina y pidió la llave. Ese mate se hacía esperar.

Pasó el portón y acarició la cabeza de la mascota de Clara, un fornido e inquieto bóxer. Una vez que este dejó de juguetear, introdujo la llave en la ranura de la puerta principal, dos vueltas en la cerradura y se metió a la casa.

Una vez dentro, le llamaron la atención dos platos sobre la mesa, estaban con restos de comida.

–¿Un almuerzo? –Se pre­guntó–. Pero Clara no es de dejar cubiertos sucios… ¿salió por alguna urgencia? –Luciano quedó algo preo­cupado–¡¿Clara, estás?! – llamó, pero recibió como res­puesta su eco. Nadie estaba–. Y bueno, haré el mate y la esperaré. –Se dijo conven­cido de que no había de otra más que aguardar.

19:00. Puntual el reloj en la pared le avisaba sobre los treinta minutos que ya lle­vaba esperando. Estaba sen­tando en la cocina, mirando fijamente los platos con res­tos de comida, repasaba la vida sentimental de su her­mana. Una mujer de 40 años, muy reservada en ese aspecto, no conocía a nadie más. Solo aquella relación muy problemática con un joven de 26 años. ¿Cómo se llamaba…? ¡Carlos! Sí, él. De Luque, ahora estaba recordando. ¿Será que había venido aquí a comer? Pero ellos terminaron hace varias semanas. Luciano montó un interrogatorio en su memo­ria de corto plazo, necesi­taba entender qué pasaba y el porqué su hermana no estaba en la casa. No atendía el teléfono y no tenía rastros de ella.

UNA EXTRAÑA SENSACIÓN

Toda esa paranoia despertó en Luciano una extraña sen­sación. Un sentimiento que le perturbaba, algo intimidaba esa paz que le trasmitía cada sorbo de la bombilla. El vapor del mate se elevaba y fundía en su rostro. Se podía per­cibir que sus labios tembla­ban, las manos comenzaron a sudarle sin motivo y el ceño fruncido delataba mucha tensión. Era su ritmo car­díaco que se aceleraba, indu­cido por ese tétrico pensa­miento. Algo no andaba bien.

Ese impulso casual le obligó a ponerse de pie, colocar el matero sobre la mesa y apar­tarse de ese momento de quietud. Decidió explorar la casa, no entendía por qué debía hacer eso, pero sintió la necesidad.

Rápidamente esa percep­ción, que se trasmitía hasta en la piel, tuvo sentido. Sobre el piso había manchas –de lo que creía era sangre– si lo eran, se dijo. Luego se aga­chó y observó con deteni­miento, de cerca. Levantó la cabeza y al mismo tiempo una ceja. Miró hacia adelante y las gotas iban hasta la habi­tación de Clara y –luego– se colaban bajo la puerta.

Al llegar a ese punto, intentó abrir la cerradura, pero la puerta estaba cerrada con llave. Al instante –pese a la desesperación– recordó que tenía la llave para abrirla y fue a buscarla a la cocina. Al retornar, la abrió con pron­titud.

El cuarto estaba a oscuras, algo de luz –proveniente del pasillo– interrumpía la penumbra; ello fue suficiente para percatarse de un hilo rojo, que se extendía de un lado para otro a mitad del cuarto y se ocultaba bajo la cama. Resaltaba porque con­trastaba con el suelo y, pese a la poca iluminación, podía notarlo con precisión.

TIRAR DEL HILO

Tomó el hilo con una mano y comenzó a estirarlo. Algo con mucho peso impedía arrancarlo y descubrir de qué se trataba. Le llamaba tanto la atención que se dejó llevar por la curiosidad. Puso una mano frente a la otra y permitió que ese hilo lo con­dujera hasta donde cupo su cuerpo. Cuando se percató que era difícil ir más, hizo a un lado la cama y una imagen perturbadora le arrebató el suspenso.

–¡Clara! –El grito retumbó en la habitación. El sonido superó las paredes y venta­nas. Fue desgarrador, estaba mezclado con llantos y gritos de impotencia. Clara estaba muerta, envuelta en una manta. Vio mucha sangre que en parte cubría el abdo­men en donde notó perfo­raciones. El cuello también estaba cubierto, le hicieron un corte profundo y pro­longado, casi la degollaron. Fueron violentos, no tuvie­ron piedad.

Luciano se repuso de lo que vio, necesitaba notificar a la policía. Corrió hasta la mesa donde su hermana dejaba el teléfono y marcó el 911.

Una patrullera con varios agentes de la comisaría séptima –de la ciudad de Ñemby– llegaron al lugar, ordenaron cerrar los acce­sos, evitar que los vecinos copen la propiedad y contro­lar a los curiosos. Necesita­ban conservar al máximo la escena del crimen.

El teléfono de la fiscala Yolanda Morel repicó insis­tente. El llamado notificando el asesinato interrumpió sus actividades. “Llego en breve”, contestó la agente. Al llegar a la casa pidió que tomen nota de todo lo que había en la casa, identifi­quen a todas las personas del entorno de la víctima y que trasladen el cuerpo a la morgue de Sajonia. Debían determinar la causa de la muerte para determinar a qué o quién enfrentaban.

PALOS EN LA RUEDA

Al poco tiempo, la agente fis­cal Yolanda Morel intervino y ordenó que trasladen el cuerpo al Centro de Patolo­gía de la fiscalía, la morgue de Sajonia. Más tarde se sumó el forense, Silvio Chirife. Una vez en la sala de autopsias, el procedimiento de rutina era el mismo: bata, barbijo, guantes y gorro. El procedi­miento duró un par de horas, al culminar el médico envió su informe a la agente fiscal.

En pocas palabras la nota decía: Seis estocadas entre el pecho y abdomen. Una de ellas de quince centímetros a la altura del hipocondrio derecho, lo que causó graves daños al hígado de la víctima. Una herida corta y punzante de doce centímetros de lon­gitud en la región anterior del cuello (en la zona fron­tal). Se diagnostica la causa de muerte como shock hipo­volémico por múltiples heri­das de arma blanca. El cadá­ver llevaba quince horas de fallecido al momento de ser encontrado.

–La mataron con mucha saña. –pensó la fiscala mien­tras sostenía en una mano el informe remitido por el patólogo. Al mismo tiempo, la policía de homicidios con­tinuaba registrando eviden­cias y pistas en la casa. Les llamó la atención que limpia­ron el piso, ocultaron ropas con sangre en un rincón de la habitación. Si se trató de un robo, el ladrón se tomó el tiempo de eliminar rastros, algo poco común. A la policía esto no le convencía.

El perro no se alteró, proba­blemente la mascota cono­cía al visitante misterioso y lo que fortalecía –aún más– la tesis de un criminal conocido, fue que el autor no violentó puertas o venta­nas para ingresar. Aseguró la puerta de la habitación con llave y ese juego no fue encontrado, el asesino se la llevó.

Con estas dudas, la policía observó repentinamente la mesa, estaban aún los dos platos con restos de comida. La mujer era sola, ella almorzó con su asesino.

El interrogatorio ahora apuntó a la familia, los agen­tes necesitaban obtener más detalles de la vida íntima de Clara, ahí estaba la clave. El que la mató gozaba de su con­fianza.

Al llegar a la casa paterna, los agentes centraron sus pre­guntas sobre dos puntos: ¿Clara tenía una pareja? Y, ¿se llevaron algo de la casa? A la primera interrogante los hermanos de la mujer res­pondieron que ella solía ser frecuentada por un joven de 26 años –14 años menor que Clara–, pero eso terminó tras varias discusiones.

–Se distanciaron hace tres semanas. –apuntó la her­mana menor de la víctima. En una revisión minuciosa de la casa, que la familia hizo posterior a la visita de los agentes, la segunda pre­gunta se respondió. En la casa faltaba un celular y un reproductor de DVD. A par­tir de ese momento, Carlos Torres Giménez, un joven de Isla Bogado, ciudad de Luque, pasaría a ser el prin­cipal y único sospechoso.

DURMIENDO EL EXPEDIENTE

Sin mucha explicación, el caso comenzó a llenarse de polvo y falta de interés. Un pedazo de esta historia quedó en el olvido y lo tangible fue la desidia de los investigado­res. La fiscala Yolanda Morel –hoy día jueza de Ejecución– dejó la carpeta investigativa en manos de otro fiscal. No avanzó más allá de las sos­pechas. En medio de esto, los familiares denunciaban que el caso no se tomaba en serio, los abogados no le ayu­daban y la memoria de Clara clamaba justicia.

Seis años después, Carlos Torres Giménez llevaba una vida normal. Se casó con otra mujer y tuvo dos hijos. Sentó residencia en la misma ciu­dad donde vivió siempre, no tenía temor alguno de ser identificado por lo que había hecho. Pese a que, en ese entonces –al menos–, un fiscal avanzó un paso más, lo imputó y ordenó su captura.

UN ENCUENTRO CASUAL

8 de julio del 2014. Una barrera de control en la intersección de las calles 14 de Mayo y Fortín Arce, ahí en la frontera imaginaria entre las ciudades de San Lorenzo y Luque. Los agentes hacían un control casual y aleatorio, un procedimiento particular para demostrar fuerza en la población. Eran las 11:45 de aquel día, el silbato y la mano –levantada al aire– de aquel policía interrumpieron la marcha de Carlos.

–Sus documentos, por favor, señor –Carlos lo miró fija­mente, dudó unos segundos. El policía insistió bajando aún más la cabeza y acer­cándose a la ventanilla del auto–. Señor, su documento de identidad, por favor –Al hombre no le quedó otra y entregó su cédula. El poli­cía se retiró unos metros y utilizó una radio portá­til para dictar los dígitos. A los pocos segundos, una voz metálica contestó–. “Posee orden de captura por homi­cidio doloso, año 2008, cam­bio”. –La siguiente reacción de ese policía fue llevar la mano derecha a la cacha de su arma, por procedimiento, y obligar a Carlos a descen­der del auto. Lo esposaron y llevaron al juzgado y luego al penal de Emboscada.

En el 2015, la fiscala Fabiola Molas remó a con­tracorriente y desempolvó lo que parecía un caso per­dido. Colectó cada eviden­cia, la compiló, al igual que testimonios. No fue hasta noviembre del 2017 en el que enfrentó cara a cara a Carlos ante un tribunal. El juicio comenzó el seis de ese mes, duró cuatro días y finalmente lo condena­ron a 24 años. En el 2018, sus abogados intentaron anular el fallo, pero no lo lograron. Hasta hoy niega ser el autor del asesinato.

 

El furor en los 70 y 80: los juegos universitarios paralizaban el país

Era una fiesta deportiva que convocaba a estudiantes y uno de los pocos espacios de libertad que tenían los jóvenes en plena dictadura stronista. Una charla con algunos de los protagonistas y testigos de aquellas jornadas que marcaron historia.


Fuente: La Nación

“Mirá la fuerza que tenían los juegos universitarios que durante los 15 días que duraba el evento, el Gobierno dejaba sin efecto el edicto”, dice Pedro García, o mejor don Pedrito García, palabra mayor en esto de hablar sobre lo que fueron los juegos uni­versitarios en nuestro país. Y cuando habla del edicto se refiere al célebre y triste edicto Nº 3, mediante el cual el régimen estronista obli­gaba a toda la gente a tener que despejar las calles antes de la medianoche.

Pedrito García nos recibe en su casa del centro mismo de Asunción. De sus 70 años, 56 los dedicó cubriendo deporte para su querida Corporación Deportiva Fénix. Conocedor como pocos de los deportes amateurs, la invitación para dialogar sobre los juegos uni­versitarios es para él un viaje en el tiempo.

Recuerda aquellas jornadas y se muestra muy seguro para afirmar que era “la verdadera fiesta del deporte” de Para­guay, ya que no solamente convocaba a los universita­rios, sino a toda la gente que esperaba con ansias los meses de agosto para disfrutar de los atletas, de los partidos, de los juegos. En principio, las dos universidades que participa­ron de estos eventos fueron la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y la Univer­sidad Católica (UCA), a través de sus diferentes facultades.

En rigor, los juegos univer­sitarios se convirtieron en una fiebre juvenil imposible de parar. El evento arrancó primeramente en el ex esta­dio Comuneros de Asunción, recinto polideportivo más importante que tenía el país en ese entonces. El Comune­ros fue el estadio que en aque­lla época cobijó los eventos deportivos más importantes que tuvieron trascendencia mundial como, por ejemplo, el primer partido de fútbol de salón en el mundo entre las selecciones de Paraguay y Argentina, que se disputó en el mismo año, 1965.

Además, el Comuneros sir­vió para sudamericanos de basquetbol y otras discipli­nas que en los 60 congre­gaba mucha gente. En enero de 1978, una tormenta tro­pical derrumbó los pilares del futuro tinglado que iba a tener el polideportivo. Tras este hecho, el gobierno de Stroessner decidió expro­piar el lugar.

Cuenta Pedrito García que debido al crecimiento que iban teniendo los juegos, se fue cambiando de escenario para la jornada de apertura. Después del Comuneros, se utilizó el Adriano Irala, de Cerro Porteño. Posterior­mente, el estadio Manuel Ferreira, de Olimpia, hasta que se tuvo que llegar al mítico Defensores del Chaco.

“Los juegos universitarios no solamente eran una fiesta en los días de las competencias, sino en todo lo que se gene­raba ya antes. Una semana

antes los estudiantes de las facultades estaban en el esta­dio, cuidando sus lugares, juntando las cosas que iban a preparar para la presenta­ción. Eso siempre era muy importante porque uno de los premios fundamentales era para la mejor hinchada”, dice Pedrito García.



LA COBERTURA MEDIÁTICA

Las crónicas de aquellas épo­cas hablan de jornadas for­midables a pleno deporte. Un partido de fútbol de salón congregaba a mil o dos mil personas. Un encuentro de balonmano podía meter fácil­mente esa misma cantidad de público. Lo mismo con otros deportes que no son demasia­dos populares, como la nata­ción o el remo. Ni hablar de lo que era el fútbol de campo, deporte ya de por sí masivo.

El conjunto de los juegos uni­versitarios era acompañado por una cobertura mediática total. Los medios impresos de esa época, como Abc Color, Última Hora y Hoy, le dedica­ban páginas y páginas, inclu­yendo tapas y contratapas. El evento tenía ese acompaña­miento por lo que generaba en la gente.

Además, las radios estaban con informes en forma cons­tante y los canales de televi­sión, primero canal 9 y luego canal 13, también se sumaron a alguna cobertura. Es decir, los juegos en sí estaban en los medios porque eran impor­tantes, no porque salían en los medios.

En aquellos tiempos, la jor­nada inaugural se hacía en el Defensores y después se empezaba con la ronda de los deportes. Eran días muy intensos. “Terminábamos las jornadas ya de madru­gada. Había años que se jun­taban los partidos por facto­res ajenos, alguna lluvia, una cancha que no se podía usar, entonces se tenía que repro­gramar. Muchas veces, la jor­nada se extendía hasta bien entrada la noche en alguna cancha con luz”, recuerda Pedrito, que ya en esa época relataba todos los partidos que podía.

El periodista recuerda que una cuestión que caracteri­zaba a aquellas jornadas era la cantidad de gente por las calles de Asunción. Resulta que los partidos de los dife­rentes deportes se calenda­rizaban en clubes de la capi­tal. Entonces, si la Facultad de Ingeniería jugaba con su equipo de fútbol de salón en el Clemente y luego un par­tido de voleibol en Cerro Por­teño, entonces su hinchada salía del primero e iba como caravana a la otra sede. Y esa misma situación se planteaba con todas las dos universida­des y sus diferentes faculta­des. Era una marea de jóve­nes por las calles.

Pedrito, que tiene tantos recuerdos intactos como canas, habla además de la trascendencia que tenían los juegos para los mismos deportistas que encontra­ban en este evento una opor­tunidad para mostrarse. Era prácticamente una pequeña olimpiada para los estudian­tes que además practicaban deporte.

“En los juegos universitarios brillaban los mal llamados deportes menores, pero que en realidad son los que traje­ron las alegrías más grandes a nuestro país a lo largo de la historia”, asegura el perio­dista.



EXPRESIÓN SOCIAL Y CULTURAL

“Para nosotros fue siempre una manera de expresar­nos. Los juegos universita­rios fueron un espacio total de los jóvenes, de todos los estratos sociales, en donde aprendimos a ser atletas y también a ser dirigentes”, expone Marcelo Bedoya, quien fue miembro de la Confederación Universita­ria de Deportes del Para­guay (CUDP), el organismo que se encargaba desde fina­les de los años 70 de organi­zar todo el evento.

El dirigente expone una situación que sirve además para graficar la fuerza que tenían estos juegos. “Nunca, durante todos los juegos que la CUDP organizó, se permi­tió el ingreso de la Policía a ninguna de las canchas que se utilizaron para jugar, ni uno solo”, asegura Bedoya.

Actualmente, Bedoya es el presidente de la Confedera­ción Sudamericana de Bas­quetbol (Consubasquet), miembro de la Federación Internacional de Basquet­bol (Fiba). El dirigente recibe a La Nación en su despacho que está adornado con reco­nocimientos, fotos y recor­tes de periódicos que guar­dan relación con su carrera dirigencial.

Para él, hablar de los juegos universitarios es un placer y significa rescatar recuerdos, anécdotas y grandes momen­tos que vivió siguiendo los deportes que se tenían en estos juegos. “Para nosotros fue una enorme escuela, una gran escuela que formó a extraordinarios dirigentes y dio oportunidades a muchos jóvenes para que, a través del deporte, puedan acceder a una carrera universitaria”, dice.

Sobre este último punto, Bedoya explica que los cen­tros de estudiantes o facul­tades ya tenían sus propios “ojeadores” que iban pregun­tando en los colegios sobre los estudiantes que tenían algún talento para el deporte, de tal modo de poder inscribirlo en la universidad y así defender sus banderas.

“Si bien los juegos empezaban entre agosto o setiembre, los trabajos ya empezaban entre noviembre o diciembre del año anterior porque la gente ya preguntaba en los colegios qué alumno o alumna era bueno para voleibol, para el atletismo, para algún deporte que pueda significar tener un buen elemento para com­petir en los juegos”, expone Bedoya.

El dirigente deportivo agrega que los juegos pasaron a ser una expresión popular y polí­tica, más allá de lo deportivo. “Era una época en la que se sabía cómo era el Gobierno, pero igual se organizaba y dentro de lo que fue la CUDP, jamás se mezclaron las cosas. Nosotros estuvimos ahí por un ideal que fue siempre el deporte, hacer que eso sea para todos”, dice Bedoya.


Por eso cree que los juegos universitarios se transfor­maron con los años en la mayor fuerza expresiva de la juventud. “En 1977, para la inauguración de los juegos de ese año se vendieron 58 mil entradas en el Defenso­res del Chaco. Dos días antes ya no había tickets, era una verdadera locura aquello”, recuerda Bedoya.

Las anécdotas le sobran como los nombres de dirigentes que estuvieron y se formaron con los juegos universitarios y ni hablar de los deportistas que a lo largo de los años forma­ron parte de los juegos.

De hecho, Bedoya sostiene que la gran motivación que tenían muchos deportis­tas jóvenes que salían de los colegios era participar de los juegos universitarios, ya que acceder a esa competen­cia significaba una oportu­nidad única, por todo lo que implicaba.

Pedrito García dice que si bien el fútbol de campo desde siempre convocaba a las masas, durante los juegos universitarios las demás dis­ciplinas como artes marcia­les, la natación, el fútbol de salón, el atletismo, ajedrez, entre otros, ganaban notorie­dad y, sobre todo, un público entusiasta de seguir a nuevos valores deportivos.

“Después de los juegos uni­versitarios se tiene algo mucho más grande a nivel mundial, que son las univer­siadas, que se realizan en los años impares. Estos juegos convocan a los atletas gana­dores de cada competencia de sus juegos universitarios, por lo que tiene una impor­tancia muy grande. De hecho, las universiadas están reco­nocidas por el Comité Olím­pico Internacional (COI)”, dice García.

Y hay que darle fe a lo que dice Pedrito. La universiada de este año se realizó en Nápo­les, Italia. La ceremonia inau­gural fue en el histórico San Paolo, estadio del club Nápo­les, el pasado 3 de julio. Hubo 60 mil espectadores.



EL FUEGO SE FUE APAGANDO

Sobre la razón del porqué los juegos universitarios en nuestro país dejaron de tener esa enorme trascen­dencia que tenía hasta fina­les de los 80, Pedrito Gar­cía encuentra una serie de razones, pero sintetiza en dos puntos: la politización exagerada de los centros de estudiantes, lo que acarreó con eso la corrupción y, por ende, el descreimiento de lo que se venía haciendo; por el otro lado, los malos manejos de algunas facultades.

Para Bedoya, otra de las razo­nes fue el crecimiento a dis­creción de la cantidad de universidades a diferentes escalas y eso hizo que se haga difícil organizar a todos, por lo que probablemente esto también haya influido en la baja en cuanto a la atracción de los juegos.

Con el paso de los años, la CUDP también dejó de tra­bajar y nació así la Asociación Nacional Deportiva Universi­taria del Paraguay (ANDUP), que es la organización que nuclea a las universidades y la organizadora de los juegos universitarios actualmente.

Si bien los mismos siguen generando su propio entu­siasmo a nivel estudiantil, está lejos de ser lo que mues­tran los archivos y los recuer­dos de quienes participaron en aquellos juegos universi­tarios de los 70 y 80, años en que un grito deportivo era también uno de libertad, de juventud y una efímera rebeldía.


 

En alas de una pasión

El amor por la aviación los llevó a adquirir en remates o subastas aviones para rescatarlos y darles otro uso que no sea convertirlos en chatarra. Un recorrido “al vuelo” de aviones que hoy todavía mantienen una parte de la historia de la aviación paraguaya gracias a la iniciativa privada.


Fuente: La Nación

Loma Grande es un tran­quilo pueblo del depar­tamento de Cordillera. Se hizo municipio en 1973 y tiene unos 6.500 habitan­tes. La economía de la ciu­dad se basa en la agricul­tura y en menor medida en el comercio; además, se des­taca por su belleza natural, ya que serranías y arroyos adornan todo el distrito. Se trata, en suma, de un pueblo típico de zona rural del país, con su gente dedicada a los quehaceres diarios sin sobre­saltos. Por eso es que nadie en Loma Grande pensó que un día para otro tendrían un avión de restaurante y, pos­teriormente, otro avión con­vertido en m useo.

Ariel Cáceres es un coman­dante piloto retirado de las Fuerzas Armadas de nues­tro país. Apasionado por la aviación, rescató dos aviones en remate para cuidar ambas aeronaves. Lo hizo conside­rando el valor histórico que tenían, principalmente una que perteneció a las Líneas Áreas del Paraguay (LAP) y que fue partícipe de hechos históricos muy importantes de nuestro país.

“Cuando iban a ser remata­dos los aviones de Sol de Para­guay, nos presentamos y com­pramos en remate. Le dije a mi señora que íbamos a lle­var el avión a nuestra casa de Loma para tenerlo ahí. Esto era una casa de campo de la familia, no teníamos nin­guna intención de cambiar eso”, recuerda Cáceres. Lo que no esperó fue la reacción de la gente cuando instaló el Fokker 100 de Sol del Para­guay en el patio de su casa de campo.

El Fokker 100 en principio iba a ser utilizado solamente para llevar las clases de la Ameri­can Flight School, una escuela para azafatas, pilotos avia­dores civiles y despachantes operacionales de vuelos que está bajo la dirección de Cáce­res. Sin embargo, la atracción del avión en plena localidad de Aguai’y, Loma Grande, era irresistible.

“Todos los días venía la gente y nos pedían conocer el avión. Querían subir. Para la gente de aquí era una cosa muy grande, principalmente para los niños y niñas. Después ya nos preguntaban si vendía­mos algo, querían jugo, pizza, comida. Entonces eso fue una bola incontrolable, hasta que dijimos que teníamos que tomar una determinación”, cuenta Cáceres. Así fue que nació a finales del 2016 el restaurante El Rancho, con la atracción de un avión ins­talado en el patio.

Si bien el traslado desde el aeropuerto Silvio Pettirossi hasta Loma Grande del avión Fokker 100, que se realizó en junio del 2016, llamó la aten­ción de mucha gente por la magnitud de la aeronave, lo que se vino luego fue una locura.

Justo un año después, en julio del 2017, Cáceres contrató un convoy especial con equipa­miento de ultrarresistencia para trasladar desde el Petti­rossi hasta el Hotel El Rancho (unos 39,3 km) el Boeing 707, de la extinta Líneas Aéreas Paraguayas (LAP), que había sido subastado. El operativo generó todo tipo de comen­tarios en las redes sociales.

“Nos tomó 38 horas hacer todo el trayecto. Se movi­lizó la Policía Caminera, la Policía Nacional, fue algo impensado. Pero teníamos que hacerlo porque si no comprábamos nosotros ese avión, hoy esa parte de la historia de la aviación para­guaya estaría hecha chata­rra”, dice Cáceres.



UN RESCATE HISTÓRICO

El avión que trasladó Cáce­res no fue cualquiera. Se trata del 707 de LAP que fue partícipe de grandes aconte­cimientos del país. Por ejem­plo, en esta aeronave llegó al país el papa Juan Pablo II, en su histórica visita de 1988. También, en este mismo avión, el dictador Alfredo Stroessner partía rumbo a Brasil para su exilio en febrero de 1989 tras el golpe militar que lo derrocó. En los 90, esta aeronave se trans­formó en el avión presiden­cial durante el gobierno de Juan Carlos Wasmosy.

“Tuvimos que hacer una inversión de G. 1.200 millo­nes para recuperar esta aeronave y todavía le falta. La máquina estaba en total estado de abandono. Se tuvo que remodelar casi todo. Si no traíamos acá, esto iba a terminar en alguna chata­rrería. Es demasiado triste que no podamos como socie­dad paraguaya cuidar nues­tra propia historia porque este avión hace gran parte de lo que es la historia de nuestra aviación, de lo que fue LAP en su momento”, expone Cáceres.

La llegada del 707 de LAP modificó el proyecto de Cáce­res y su esposa, Felicia Ríos. La casa quinta quedó rele­gada totalmente y al restau­rante se sumó un coqueto hotel de estilo rancho con 7 habitaciones. Pero más allá del proyecto familiar, el avión 707 de LAP es utilizado para algo que Cáceres siempre añoró: contar la historia de la aviación en Paraguay.

En el interior del avión se está armando un museo. Cáceres ya tiene algunas fotos, cua­dros, enseres, productos que consigue de sus contactos dentro del mundo aeronáu­tico. Tiene, por ejemplo, en cuadro, un primer plano de Epifanio Cardozo, quien rea­lizó el primer vuelo de LAP el 20 de agosto de 1963. Ade­más, los sábados de mañana el avión es utilizado para dar clases de inglés a los vecinos de la zona.

El museo está recibiendo ayuda de gente vinculada a los inicios de LAP que no desea que los recuerdos que­den solamente en la memo­ria. Tal es el caso de Arturo Gómez de la Fuente, quien formó parte de la tripula­ción de cabina de la tercera promoción de LAP a media­dos de los años 60 y colabora con Cáceres con fotos, con algunas ideas, con lo que se pueda.

“Es muy importante el valor histórico que tiene para nues­tra nación cuidar estos avio­nes. La generación nueva de jóvenes no sabe que exis­tió LAP, por ejemplo, y por 31 años llevó el emblema de Paraguay a todos lados”, dice don Arturo.

Gómez de la Fuente recuerda que LAP arrancó con 3 avio­nes y en su mejor momento llegó a tener 14 aviones, entre ellos tres Boeing 707. “Teníamos tres vue­los a la semana a Europa y a Miami, Estados Unidos, vuelos directos. Era un tra­bajo grandioso”, rememora don Gómez de la Fuente, a quien se lo nota emocionado cuando habla de LAP.

Con respecto a esta aerolínea paraguaya, justamente hace un pedido: “El último avión Convair 240, que podríamos decir es la figura capitana de nuestra LAP que está frente a TAM, en el aeropuerto, tiene que ser recuperado. Como un gesto histórico con el país. Es muy triste que todo esto de nuestro transporte aéreo con LAP haya quedado en el olvido”, dice Gómez de la Fuente.



NULO APOYO ESTATAL

Desde que se instaló el Hotel El Rancho, en la ruta que une Loma Grande con San Ber­nardino, la única visita que recibieron los dueños de las autoridades locales, ya sea municipales o de la gober­nación, es a la hora de cobrar los impuestos. La munici­palidad local ni siquiera ha presentado algún proyecto para hacer del lugar un punto turístico de Loma.

Cada fin de semana, el Hotel El rancho recibe a al menos 900 personas. Cuando se le agrega algún feriado, la can­tidad aumenta. Al menos mil personas cada semana ingre­san a Loma Grande gracias a este recinto, que da trabajo a unas 20 personas.

“De la gobernación no hemos recibido alguna ayuda. Bueno, tampoco es que le pedimos, pero algún gesto por lo menos. Por ejemplo, una vez vinieron los de la Senatur y ellos nos ayudaron con algunos tips para conver­tir el restaurante en un hotel rancho, por lo menos ese tipo de ayuda uno espera cuando hace una inversión de esta naturaleza”, indica Cáceres.

Mientras el Fokker 100 es utilizado directamente para restaurante y también para las clases de aviación para la American Flight School, la idea que tiene Ariel Cáceres con el 707 es que el museo vaya creciendo y se convierta en un referente en el sector, que sea el lugar en donde la aviación paraguaya pueda encontrar su historia y sus raíces.



BUSCANDO NUEVA AERONAVE

El proyecto cercano que tiene Cáceres es comple­tar su museo con otro avión que está a cargo de la Direc­ción Nacional de Aeronáu­tica Civil (Dinac). Se trata de un Convair 240ZP que ya no está siendo utilizado y que también perteneció a LAP en su momento. “Ya hicimos las ofertas, esperamos que la Dinac pueda darnos una respuesta. Queremos sal­var esos objetos que hacen a la historia de nuestra avia­ción; lastimosamente, si no se encara desde el sector pri­vado, parece que es imposible mantener en condiciones y poner a consideración de la gente todo esto”, dice Cáce­res.

OTRO HOTEL

Al parecer, la única forma de resguardar los aviones his­tóricos es a través de la ini­ciativa privada, ya que ni la Dinac ni otra entidad tienen un museo estatal sobre avia­ción. En Coratei, una zona que aman los especialistas de la pesca, ubicada a 12 kilóme­tros de Ayolas, en el depar­tamento de Misiones (a unos 320 kilómetros de Asunción), el hotel y granja Ramonita, propiedad de César Martí­nez Pujol, tiene desde el 2015 un avión Fokker 100 y forma parte del atractivo del lugar.

Tan apasionado por la avia­ción, Martínez Pujol quería tener su propia máquina en uno de sus establecimientos. La maquinaria, que también perteneció a la firma Sol del Paraguay, fue trasladada hasta el lugar en el 2015. En principio se colocó al avión dentro mismo de la estruc­tura del hotel, de tal modo que los visitantes puedan verlo desde muy cerca. Mar­tínez explica que el proyecto actual es hacer habitaciones VIP dentro de la aeronave, que será parte del hotel en un futuro próximo.

Martínez además forma parte del Club Yvytu, una organización afincada en San Bernardino, a unos 30 kilómetros de Asunción, que trabaja en esto de pro­mover la aviación. “El club tiene un pequeño museo de aviones históricos. Por ejem­plo, tenemos ahí el avión que pilotó Silvio Pettirossi –uno de los pioneros de la aviación paraguaya–, sigue estando en vuelo. Es una aeronave que se construyó íntegramente en Paraguay con sus planos ori­ginales”, expone Martínez.



UN AVIÓN EN MI PATIO

En la fracción Laguna Grande, de San Lorenzo, un avión Boeing 707 descansa desde hace varios años en un amplio patio de una casa vecina. En varias oportu­nidades, reporteros de La Nación fueron hasta la casa para obtener mayores datos acerca de quiénes eran los dueños y conocer un poco más de cómo llegó a parar la aeronave hasta la vivienda. Sin embargo, los encargados del lugar respondieron solo las veces que los dueños que­rían hablar al respecto.

Quienes conocen de esta his­toria hablan de un hombre de apellido Aranda como el propietario de este avión. Al igual que el 707, que ahora funciona como museo en Loma Grande, la aeronave de San Lorenzo también per­teneció a LAP. En algunas fotos de archivo se puede ver aún el avión en dicho patio. Hoy día, las malezas y árbo­les casi ya ocultan la enorme máquina.

Hace unos días, el diario Crónica publicó el caso de un avión inutilizado deposi­tado en el patio de una escuela en Chaco’i, cuya comunidad educativa busca convertirlo en una biblioteca para los alumnos y alumnas. Se trata de la aeronave Electra C, que fue depositada hace un par de años en el patio de la Escuela Básica Nº 242 Carlos Fernán­dez de la zona de Chaco’i. Al igual que las otras maquina­rias, esta también perteneció a LAP en su época.


 

Con el enemigo en la casa

Zeneida Núñez salió por la mañana para el Registro Civil para inscribir a su hija, pero nunca llegó. Más tarde su cuerpo apareció a varios kilómetros. El asesino sería alguien inesperado y obsesionado.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera

  • Periodista

Viernes 16 de marzo. 16.00. Al costado del cauce del arroyo Amambay, en Itacurubí de la Cordillera.

“Cuidado doc, baje despacio, mire que está resbaladizo el fango y lo podría llevar hasta el agua”. — “Tranquilo muchacho, no es la primera vez que hago esto”, contestó el médico forense Nelson Fer­nández al policía. Los agen­tes de Barrero Grande fue­ron los primeros en llegar a la escena del crimen, luego de la llamada que recibieron de un pescador que descubrió el cuerpo mientras buscaba un sitio para lanzar una carnada.

El cuerpo ya llevaba unas horas en el lugar y a simple vista se podía confirmar que esa no era la escena del cri­men; el cadáver lo arrojaron en ese sitio. Estaba cubierto en parte por malezas, el doc­tor identificó rápidamente a una mujer.

El médico sacó de su maletín un par de guantes de látex, y en lo que le demoraba colo­cárselos, examinaba dete­nidamente la posición del cuerpo y algunas lesiones visibles. “Tome nota de esto oficial: ‘la causa del falleci­miento es un fuerte golpe en la cabeza y una fractura cer­vical, es decir en el cuello. Presumiblemente producida durante la caída desde la ruta hacia este barranco, donde encontramos el cadáver. Sos­pecho que la víctima recibió un golpe con un objeto pun­tiagudo en la cabeza, lo que le produjo un severo trauma­tismo de cráneo’. Estaba con vida cuando fue arrojada a la zanja, y falleció luego de cinco horas de una larga agonía”, concluyó Fernández, mien­tras se tomaba de las rodillas para erguir su cuerpo en ese difícil terreno. Eso es todo, ya pueden levantar el cadáver y llevár­selo al hospital regional, aquí de la zona. Luego verifiquen si podemos llevarlo al hospital de Caacupé, ordenó la fiscala Gladys Torales a los policías y paramédicos.

El lugar estaba atestado de curiosos que miraban dete­nidamente todo lo que hacían los investigadores, en tanto las luces de sirenas pintaban sus perturbados rostros de azul y rojo.

La fiscala miraba deteni­damente cada acción que tomaban los agentes en el transcurso de ese tiempo, intentaba encontrar un detalle que —quizás— en ese momento estaba pasando desapercibido. Gladys Tora­les ya llevaba años como funcionaria del Ministerio Público, y un par en esa zona de Cordillera. No era común encontrarse con un cuerpo, y menos con esos rastros de violencia. El forense también mencionó golpes, moretones en algunas partes del cuerpo.

Esto fue producto de una pelea, se dijo a sí misma. Una venganza, tal vez. Llamó al agente de Policía y le pidió un reporte de las mujeres des­aparecidas y que tengan esa característica física. Debían identificar a la mujer lo más rápido posible, el cuerpo fue abandonado hace 24 horas y el asesino no debía estar muy lejos.

UN DÍA ANTES ...

Pasaron pocos minutos de las 10 de la mañana del jue­ves 15 de marzo. Zeneida Núñez Colher, una joven de 29 años, marcó el número de teléfono de su hermana. Necesitaba una dirección y que mejor que ella para decírselo, era más amiga­ble con su memoria. “¡Her­mana! ¿qué tal? Necesito la dirección del Registro Civil, aquí en Fernando de la Mora. Quiero ir con Omar para ins­cribir a la beba y retirar el certificado de nacimiento, así ya terminamos con ese proceso, ¿sí?”. Unos segun­dos después, Zeneida pre­sionó la pantalla y culminó el diálogo con su hermana. Tomó sus cosas y llamó a su esposo. A las 10:30 salieron de la casa, en las calles Santa Cecilia y Colón del barrio San Miguel, en la ciudad de San Lorenzo. Desde ese lugar hasta el Registro Civil solo serían veinte minutos.

Las horas transcurrieron normalmente, Omar Vera y Zeneida tenían actividades particulares, cada uno por su lado y quedaron en verse por la tarde. Pero eso no ocurrió.

Omar llamó a la casa de su suegra y Zeneida no estaba. Eso despertó la desespera­ción de la familia. Desde ese momento el tormento y los pensamientos perturbado­res comenzarían a desgastar la paciencia. Las noticias de esos días, los comentarios, la inseguridad a diario suma­ban para generar pánico.

Los padres, hermanos y Omar, cada uno pensaba para sí qué mal le pudo ocurrir, por eso no encontraban rastros de ella.

¡No hay caso, acá no vamos a conseguir nada! dijo Omar, y se levantó cortando el aire y el silencio. Todos estaban reunidos alrededor del telé­fono, en la sala de la casa materna. “Iré a la Comisa­ría a radicar la denuncia, y ver que la busquen”, dijo mirando a la madre de su esposa.

LA DENUNCIA

Omar llegó a la Comisaría 53 en el barrio San Miguel, en la ciudad de San Lorenzo. El lugar —esa noche— estaba tranquilo, luego de una jor­nada sin muchos sobresal­tos, como gustaba repor­tar —siempre que podía— el oficial de guardia, un joven que excedía notablemente la estatura promedio. Omar apenas le llegaba a la altura del tórax, lo cual resultaba intimidante. Tuvo que hacer un esfuerzo para sostener la mirada mientras le explicaba sobre su presencia. Su ama­bilidad era proporcional a su longitud. Opuesta a la imagen que proyectaba.

“Adelante señor, tome asiento, iré por el libro de denuncias. Aguárdeme aquí, por favor” dijo con tono cor­dial el agente, señalándole una silla de plástico ubicada a un costado de la recepción. Luego de relatar el minuto a minuto de ese día, Omar se retiró, pero más tarde vol­vería pidiendo una copia de la denuncia que realizó. Esto despertó la curiosidad de los agentes, para ellos era común que familiares de una persona extraviada se con­centren en buscarla, no en volver a la dependencia para pedir una copia del parte de desaparecido; algo ocultaba, se planteaban los agentes de ese turno.

Algunas horas después las noticias retumbaban en los informativos nocturnos. Los presentadores relataban el hallazgo del cuerpo de una mujer al Este de la ciudad de San Lorenzo, a unos 75 kiló­metros. Era Zeneida…

La familia de la joven se que­bró. No podían entender cómo pasó. Hasta hace unas horas ella estaba con la idea fija de inscribir a su pequeña en los registros del Estado, para darle una identidad. Hoy la niña estaba huérfana.

La conmoción fue tal que todos tardaron en reaccio­nar con el ulular de un telé­fono a disco —que repicaba sobre un roído mueble de cedro— ubicado en un pasi­llo de la casa paterna. En la llamada les esperaba la con­firmación sobre la muerte de Zeneida, algo que preferían no creer, pero necesitaban presentarse para reconocer el cadáver.

Todos fueron hasta la ciudad, necesitaban cerciorarse de que era ella. Al llegar un fun­cionario de la Fiscalía y un policía los esperaban. Por aquí señora, le dijo uno de ellos mientras le indicaba la puerta que conducía a la mor­gue del hospital local.

Sobre las camillas de frío acero, yacían varios sue­ños truncados. Entre ellos, Zeneida, el reconocimiento fue inmediato. Las lágrimas no tardaron en brotar y los alaridos convulsionantes acompañaban a ese dolor intangible.

Las especulaciones en la investigación llegaron tan pronto como el vertiginoso ritmo del crimen. El primer sospechoso barajado por la Policía de Homicidios fue justamente su esposo, Omar Vera. —“Señor, usted queda detenido por orden fiscal. Se sospecha que podría estar involucrado en el asesinato de Zeneida Núñez Colher…”, la mirada fija de Omar al agente de Policía, tras esa frase, bus­caba explicación lógica. No encontraba la forma rápida de demostrar que él no pudo matar a su esposa, a la madre de su hija.

En la primera indagatoria, la fiscala le exhibió un testi­monio por escrito. “Un hom­bre que estuvo caminando al mismo instante en que arro­jaron el cuerpo de su esposa al barranco, lo reconoce como el que lo hizo, qué puede decir a eso señor Vera”, le interpeló la investigadora.

Omar la miraba fijamente y luego liberó una carga de aire que le presionaba el pecho, estaba en pánico y la angustia no lo dejaba reaccionar con rapidez.

Hasta que finalmente dijo: “doctora, ese día…”

— Espere un segundo, señor y piense bien lo que dirá, mire que hay varios testigos que mencionan lo mismo. Usted llegó conduciendo un auto­móvil y la ventanilla del lado derecho estaba abajo, eso per­mitió que lo pudieran ver, y lo tengo aquí como anticipo de pruebas, esto tiene peso en un juicio, interrumpió la agente de manera a ejercer algo de presión a Omar y ver si esto servía para hacerlo confesar,

Para la Fiscalía no existía dudas, Omar era un sospe­choso relevante. Rápida­mente la fiscala firmó un pedido para que lo lleven al penal de varones en el barrio Tacumbú de la capital, ahí podría estar bajo custodia hasta encontrar todas las pruebas que lo vinculasen al crimen de su mujer.

La familia de Omar, y la pro­pia familia de Zeneida protes­taron la decisión y presenta­ron una serie de testimonios que respaldaban a Omar. “Ese día él estuvo en el tra­bajo, durante todo el tiempo en que ella desapareció. Es imposible que Omar la matara…” clamaban sus ami­gos. Pero la Fiscalía tenía un parecer diferente.

CABO SUELTO

Las horas transcurrían y la Policía solo sostenía la pri­sión de Omar con versiones basadas en características físicas del homicida, muy parecidas a él. Algo más fal­taba y no tenía del todo sen­tido. Mientras más escarba­ban en la vida de la pareja, menos motivos encontraban para establecer un disgusto, una venganza.

El fin de semana se presen­taba largo para Omar, estaba imputado por el asesinato cruel de su esposa y el agra­vante de arrojar el cuerpo lejos de la ciudad. Ya pasaron 72 horas, pero para él eran los primeros años de una larga condena que imaginaba la iban a curtir en sus espaldas.

Los familiares recrudecieron sus reclamos, no iban a per­mitir más tiempo de lo que ellos llamaban un error en la investigación.

Pidieron hablar con la fiscala, Gladys Torales, “doctora, por favor. Solo escuche esto y pro­meta que al menos averiguará si es cierto. Mire, hay un joven que estaba obsesionado con Zeneida, que no la dejaba en paz. Pese a que sabía de su rela­ción matrimonial. Ese hom­bre es Hugo Ricardo Campu­zano Benítez, de 27 años, que hostigaba frecuentemente a nuestra hija” dijo acongojada la madre de Zeneida.

La mujer estaba derrumbada. Su mirada estaba anclada al suelo, y las lágrimas que bañaban su rostro conmo­vieron a la fiscala. “Está bien señora, veré quién es este hombre y si podría estar conec­tado al asesinato. Hasta tanto con­tinuaremos con nuestro único sos­pechoso, Omar”.

Al poco tiempo, los datos comenza­ron a tomar forma. La Policía pudo armar un rompe­cabezas con mucha lógica. Uno de los policías se acercó a la fiscala, bajo el brazo llevaba una carpeta, y en ella una serie de foto­grafías y anota­ciones. La bajó en la mesa, abrió el expediente, y como esperando una conexión directa con la agente— la miró fijamente esperando lo más próximo a una reacción telepá­tica, pero la fiscala no lograba comprender. ¿Qué pasa oficial, qué me quiere decir con esto?” preguntó la agente bastante confundida.

—“Doctora, escuche bien. Todo esto es lo que conseguí de este muchacho Hugo y le parecerá interesante. Mire, él fue amigo de la pareja. Es chofer de largas distan­cias, trabajó con el marido de la víctima. Con el tiempo logró ganarse la confianza de ambos, de Zeneida y Omar, y se instaló en la casa en los días en que descansaba. Pero con el tiempo él se enamoró de la mujer, la comenzó a perseguir, presionar, y que­ría obligarle a escaparse con él. Zeneida no aceptó y él la amenazó de muerte. Final­mente se fue de la casa, y desde ahí no supieron de él en un tiempo”.

Tiene sentido oficial, ¿pues entonces qué esperan? Vayan a traerlo y vemos qué dice al respecto.

Los agentes indagaron sobre el paradero de Hugo. No era un hombre fácil de encontrar por su trabajo, un camionero tiene poca vida en un lugar fijo. Pero esta vez tuvieron suerte, a las 21 horas del lunes 16 de julio lo encontraron en el barrio Las Américas en la ciudad de Hernandarias, al Este de la capital.

Hugo, sintió la presión. Pensó que su plan quedó al descu­bierto e inmediatamente asu­mió que era el asesino. Pocos minutos después, en lo que duró el viaje a la oficina de la fiscala, los agentes ya conta­ban con el nombre del cóm­plice: Luis Gilberto Morínigo, un hombre de 37 años. El reci­bió la orden de Hugo de ven­der lo más pronto que pudiera el vehículo de la víctima. Un Kia Río. La idea era cruzar el Puente de la Amistad y des­hacerse del automóvil a bajo costo en la ciudad de Foz de Yguazú. Pero las noticias interrumpieron la estrategia, las imágenes de Zeneida, la del auto desaparecido y otros detalles pusieron en alerta a los controladores de frontera. Estaban encajonados.

En la sede del departamento de Homicidios, Hugo con­fesó nuevamente que mató a la mujer. Sujetando su puño con firmeza y —en algunas ocasiones— mordiéndose los labios contaba por momentos su coartada.

El hombre mencionó que nunca tuvo una relación con Zeneida, pero ella lo buscaba en los momentos en que se sentía triste. Sin mucho sen­tido continuó relatando que el día del crimen, la mujer lo citó en un motel de la ciu­dad de San Lorenzo para abonarle un dinero que él le prestó, pero eso no ocurrió y eso lo descontroló. “En ese momento tomé una de la almohadas de la cama y la presioné contra su cara, no la dejaba respirar. Ella se sacu­día mucho. Me arañó inten­tando zafarse. Pero yo hun­día más y más mis manos en la almohada, hasta que dejó de moverse. En ese momento me di cuenta que murió.

Martes 17 de julio. Mediodía. Omar Vera cargó lo poco de ropa que tenía en un bolso y con su resolución de libe­ración comenzó a cruzar los diferentes portones hasta recuperar nuevamente su libertad. Estaba desvincu­lado del asesinato.

Los investigadores ahora centrarían su atención en probar lo mencionado por Hugo. Cuando comenzaron a repasar cada línea de su declaración, el joven pidió hablar con la fiscala nueva­mente.

GIRO DE TUERCA

Cuando creían que el caso estaba cerrado. Hugo se sentó nuevamente en la silla de madera, de frente a la fiscala y esta vez la miraría directa­mente a los ojos. “Doctora, yo no maté a esa mujer. Todo lo que dije fue porque un grupo de personas me presiona­ron y amenazaron para que diga eso, yo soy inocente”. Sus explicaciones y otro giro gravitante… esta vez fueron nueve horas de “confesar que no confesó”, al menos siendo honesto.

Con esta declaración de Hugo, la confusión se apo­deró de todos, pero existía una carta más que la Fis­calía debía jugar. Hugo dijo que él la mató con una almo­hada, pero el cuerpo presen­taba varios golpes, algo no cerraba. La fiscala Torales pidió una necropsia, necesi­taba una nueva inspección del cadáver.

Esta vez fue el forense Pablo Lemir. 21 de abril, 35 días des­pués.

Bueno doc, ¿qué pudiste encontrar? Consultó la fis­cala al médico, un hombre de estatura baja, algo calvo y de vasta experiencia en la medi­cina forense.

Lemir la miraba fijamente, y no sabía por dónde comen­zar. “doctora, seré directo. La inspección que se hizo en aquella oportunidad, por el terreno puede presentar algunas inconsistencias y fal­sos positivos. Con este nueva revisión pudimos determinar que la mujer fue asesinada por asfixia y no por trauma­tismo pusante en el cráneo. No había lesión cervical y los moretones son premor­tem, antes de la muerte. Estos son de aproximadamente 5,5 centímetros en el antebrazo derecho y el rostro, cerca de la nariz. También noté que los pulmones estaban daña­dos y esto es producto de la asfixia. Ah, y algo más… Entre las uñas de Zeneida encontré restos epiteliales, esto es pro­ducto de la defensa que ella ejerció, peleó con el asesino antes de morir”. Gracias doc, esto que me dijo es funda­mental para cerrar mi caso.

Torales comenzó a unir cabos mientras conducía nueva­mente hasta su oficina en la ciudad de Caacupé, eran 60 kilómetros. Tenía mucho para pensar…

DOS AÑOS DESPUÉS

¡Y este tribunal condena a 20 años de cárcel al señor, Hugo Ricardo Campuz­zano. Al encontrar suficien­tes elementos para vincu­larlo al asesinato de la señora Zeneida Núñez, y a dos años de prisión a Luis Alberto Morínigo por reducción al intentar vender el automó­vil de la víctima, notifíquese! El martillo golpeó la mesa y la familia respiró justicia.

Finalmente encontraron culpable al hombre que se había ganado la confianza del matrimonio y se obsesionó con Zeneida. Para la Fiscalía fue determinante encontrar la prueba forense en la nueva revisión del cuerpo y vincu­lar a la declaración de Hugo, que luego la negó. La piel bajo las uñas de la víctima sirvie­ron para involucrarlo con una prueba de ADN, y con ello el caso quedó cerrado.