El oscuro plan en la casa del árbol

Con apenas 20 años, Luis estaba atrapado en una extraña obsesión. Los excesos con drogas y el alcohol lo llevaron a planificar una venganza contra su progenitora en el 2007.


Fuente: La Nación

En una casita de madera construida en la copa de un frondoso árbol pasaba la mayor parte del día. Imponente el guatambú en el patio de la casa materna. Algo oscuro escondía.

No importaba cuántas horas transcurrían, mientras más tiempo alejado de la realidad estaba, mejor para él.

Miguela Ursulina Rodríguez, ella era su madre. Hablaban poco, lo necesario durante el día, y buscaba evitarlo lo máximo posible los fines de semana. Los distanciaba un mundo en cuanto a gustos.

La mujer era una contadora de 46 años, dedicada a los detalles, los números, balances y el orden con mucha disciplina. Él tenía 20 años. Adoraba la filosofía y todo giraba en torno a ella, odiaba las matemáticas. Estudiar lo mismo que su madre lo frustraba.

Esa casa del árbol en la ciudad de Ybycuí –en el departamento de Paraguarí– era el sitio donde podría esconder una personalidad que pocos conocían. Ahí gestaba su amor por el dictador Adolf Hitler, guardaba escritos en los que alababa el suicidio y sus libros sobre magia negra. Contemplaba imágenes crueles, de decapitados, las que tenía almacenadas en su teléfono celular. Oscura y fría, tenía una obsesión poco comprensible, pero que lo dominaba. Siempre se mostraba opuesto a lo que estos pasatiempos podrían describir.

Domingo, 24 de junio del 2007. Todo en la habitación le daba vueltas y su estómago iba a estallar. Bebió tanto hasta hace unas horas que apenas podía levantar las manos para sujetar la cabeza, como si esto era suficiente para aliviar el intenso dolor que le provocaba la borrachera. El estruendo que generaban los golpes en su puerta seguían retumbando en su habitación y los oídos eran tan sensibles que ese escándalo de su madre le calaba los tuétanos de sus nervios. Una y otra vez, hasta que saltó de la cama. Los gritos de su madre no iban a parar hasta que abra esa puerta.

Inmediatamente recordó que llegó a la casa a las 6:00. Había bebido hasta las 4:30. No había forma de recuperarse de aquella resaca. Los reclamos continuaban. Escuchaba los mismos reproches de siempre, pero decidió poner un punto final.

ALGUNAS HORAS ANTES

La música ambientaba la casa, Luis y Miguela participaban de un cumpleaños en el centro de la ciudad de Ybycuí, a unas cuadras de su casa. Ambos disfrutaban de estar con sus amigos y la charla se hacía amena. La mujer recordó que debía trabajar, la semana comenzaría con muchos compromisos y no podía dedicarle más tiempo a desvelarse o el domingo se haría corto. Creyó conveniente que Luis también descanse, sus estudios en la facultad lo esperaban y estaba convencida que la disciplina y la presión para que no desista –pese a que no le gustaba– eran la clave para recibirse como contador, igual que ella.

“De eso se trata…”, se convenció a sí misma, enfática y determinante. Miró su reloj de pulsera y alcanzó a ver que la hora le pasó más factura de lo que estimaba, era la 1:30. “¡¡Luis, vamos ya, tarde se hizo y mañana tenés cosas que hacer mi hijo!!”, esa voz cortó toda conversación en medio de tanta gente. Fue como una flecha que atravesó varios objetivos al mismo tiempo.

Luis miró a su madre desde lejos. Serio, con el ceño fruncido, fulminó con una mirada penetrante y de disgusto. Escuchó risas y susurros a los costados. La vergüenza lo carcomía y las burlas desataron su odio. Refunfuñó por dentro, en su cabeza lanzaba improperios hacia su progenitora y su orgullo no permitiría –al menos ahí– hacérselo saber. Prefirió el silencio.

Luis miró el reloj de la cocina. Leyó la hora. Transcurrieron hora y media desde que su mamá se acostó a dormir. Solo necesitaba sortear la puerta principal y el viejo portón que rechinaba por el oxido en el pasador. Lo había logrado y otra vez fue a la casa donde estaban sus amigos. Pidió más vino y alardeó esta vez: “Salgo a la hora que quiero y para darle el gusto nomás me fui hace rato, ja’u atu (vamos a tomar)”, les decía Luis mientras con una mano quemaba hierba y dejaba que la droga le sacudiera los sentidos. No se retiró de ese lugar hasta dos horas después. A su casa llegó a las 6:00, ¿el camino esta vez fue más largo o los detalles aún no se sabían…?

SUEÑO TRUNCADO

Molesto por los reclamos de su madre, que terminaron por cortar su siesta de domingo, Luis comenzaba a sentir unas intensas ganas de callarla. Su respiración se agitaba, mientras el regaño no cesaba. Era lo mismo de siempre, bebió mucho, no pensaba en su futuro y se pasaba durmiendo. Dijo basta, abrió la puerta de su habitación y la cerró con furia. El golpe cortó por unos segundos los gritos de Miguela. “¡¿A dónde vas?!”, dijo la mujer increpándolo con autoridad. “¡Acá, al patio!”, respondió Luis, pero mascullando cerró la oración determinando lo que ocurriría: “Ya vas a ver para qué”.

En la cabeza le cruzaban imágenes de su madre, los momentos de reprimenda. La sangre le hervía. Sentía que su respiración se aceleraba y debía reaccionar ya para calmar su ira. Fue hasta un pequeño depósito de madera –donde almacenaban herramientas–, tomó un machete y fue hasta donde estaba su madre.

Su caminar era medido, trataba de hacerlo despacio. Cada vez que se aproximaba a la casa, aumentaba su sigilo, las manos le sudaban y sostenía con más fuerza la cacha de la herramienta. La hoja resplandecía con el sol y refractaba en su rostro, tenso, fiero.

Al llegar hasta la habitación de su madre solo atinó a decir: “¡Mamá…!”, y descargó su furia inyectada al arma. El machete se lo incrustó en la cabeza, en medio de ella. La sangre brotaba a borbotones. Mientras, la mirada tiesa y desorbitada de su progenitora buscaba una explicación en la iracunda reacción de su hijo.

Hace semanas venía cavando una fosa dentro de una de las habitaciones de la casa. Una que no la usaban habitualmente. Enterró el cuerpo, lo cubrió poco a poco con la arena amontonada a los costados. Cerró el cuarto con llave y continuó su vida como si en esa casa nada hubiera pasado.

25 DÍAS DESPUÉS

El frío traía tranquilidad al barrio. Eran las 10:00 del 19 de julio. Un grito interrumpió esa paz. Descubrieron el cadáver en el dormitorio. La curiosidad de una vecina encargada del aseo periódico de la vivienda llevó a aclarar la extraña desaparición de la contadora. Todos los pobladores pensaron que Miguela y su hijo continuaban por la capital, donde rentan un departamento para mayor comodidad en sus obligaciones. Pero no fue así.

El cuerpo estaba en las primeras etapas de descomposición, el olor característico se podía percibir, solo que los residentes del barrio pensaron que era un animal muerto. La casa estaba en orden, ningún signo de pelea, no había rastros de puertas violentadas. La Policía iba apuntando cada detalle que le resultaba llamativo.

Uno de los agentes se acercó a la mujer de los quehaceres domésticos y la interrogó: “¿Sabe usted con quién vivía esta mujer?”. Ella respondió: “Con su hijo, oficial. Un muchacho de 20 años”. “¿Y dónde está él?”, replicó el agente. “Pues él tampoco aparece desde hace tiempo, desde aquel día del cumpleaños, hace un mes”, expresó la dama.

El policía quedó dubitativo. No había indicios de un asalto, una venganza, abuso, nada. Más bien apuntaba a un crimen planificado y faltaban piezas para saber de qué se trataba.

LOS AMIGOS DE LUIS

La Policía de Homicidios tenía su instinto, pero antes debía respaldar eso con indicios, al menos. Con la información sobre el cumpleaños de aquel 24 de junio, los agentes fueron hasta esa casa. Preguntaron por los amigos de Luis y en poco tiempo ya tenían una lista de posibles informantes, solo debían presionar un poco para tener detalles del crimen.

Tres hombres fueron esposados y llevados a la comisaría.

Un agente de tupido bigote y aliento avasallante se acercó y –como estaban sentados– reclinó su cuerpo hasta quedar en un duelo de miradas con los tres. Luego de intimidarlos, recorriendo el rostro de cada uno con actitud tosca, elevó la voz interrogando: “¡¿Quién de ustedes me va a contar qué pasó con esa mujer, por qué esta muerta…?! ¡Ahora!”.

Balbuceando, uno de ellos relató las ultimas horas de aquella fiesta y la forma siniestra en la que actuaba Luis. Pero los datos que más despertaron suspicacias en el agente fueron: las actitudes psicóticas de Luis y que esa madrugada él aseguró que ya era independiente y debían festejar eso. Pero nada podían hacer, Luis desapareció.

EN LA CLANDESTINIDAD

La última vez que Luis fue visto en la ciudad fue esa noche y el último rastro que logró seguir la Policía fue un movimiento en el departamento de Migraciones. La salida del país fue el 28 de junio, cuatro días después de la fecha de muerte. Uno de los agentes miró fijamente el monitor de la computadora, un detalle le llamó la atención. Luis salió del país a las 13:00 del 28 de junio y regresó al día siguiente a la misma hora. “¿Qué intentó hacer?”, se preguntó. El investigador tenía sus fuertes sospechas, pero aún le costaba comprender las reacciones de ese hombre.

Para solventar esta coartada, Luis tomó 300 mil guaraníes de la cartera de su madre. Luego, llevó un televisor , una cámara fotográfica y una computadora para empeñarla y sacar algo de plata. Con eso podía intentar convencer –más adelante– a la Policía, asegurando que el día del crimen él no estaba en la casa.

Vagando como un nómada, Luis se internó en el Chaco. Huía de un destino determinado, era el único sospechoso del asesinato de su madre. Pensó que lo mejor sería ocultarse en algún lugar donde nadie lo pueda buscar, donde nadie se acerque a preguntar por él.

En ese trayecto encontró una tribu indígena, Angaite. “Aquí será”, se dijo incorporando esperanzas a la fuerza. Se presentó ante el líder de la comunidad y se hizo llamar Nelson Ramos, con el fin de que no lo identifiquen.

Tras dos meses, Luis intentó subir rápidamente en sus pretensiones, ya no le gustaba la vida ajustada de los indígenas. Se acercó al cacique y le pidió que interceda por él ante el gerente de la Cooperativa de Loma Plata, en el Chaco paraguayo. “Tengo conocimiento de informática, puedo trabajar ahí”, mencionó Luis.

En ese instante no hubo comentarios, pero el jefe entendió que algo poco claro ocurría. Cambió de parecer y denunció a la Policía local sobre la presencia de ese joven en su pueblo.

Los agentes locales pidieron refuerzos y en poco tiempo rodearon el lugar. Luis no tuvo opción y se entregó. Su aspecto era otro, demacrado, sucio, con la barba tupida y el cabello greñudo. Sus momentos en la clandestinidad terminaron.

En el Departamento de Investigación de Delitos, Luis confesó lo que ocurrió. Contó cada detalle del crimen y el motivo fue el hartazgo y se mostró arrepentido.

Pero los investigadores descubrieron algo más. Uno de los agentes de homicidios encontró incoherencias en la confesión de Luis y la versión que dieron varios testigos.

Atando toda la información suelta, el perspicaz agente reveló que el asesinato ocurrió durante la madrugada del 24 de junio. Tomó un papel en blanco y comenzó a diagramar la crónica del asesinato. El primer trazo describió: el joven fue molesto con su madre. Tomó el machete y la asesinó en su cuarto. Volvió una hora y media después al cumpleaños, con ropa limpia: jeans y remera blanca. La que llevaba antes tenía sangre y estaba sucia luego de enterrar el cuerpo en la fosa que preparó dos semanas antes. Todo lo anterior lo inventó, sin entender por qué. El ultimó dato que apuntó el investigador decía: el plan fue en la casa del árbol, la muerte siempre estuvo ahí.

Dos años después. Luis Roche Rodríguez lucía pulcro, aseado y con la mirada fija en el tribunal.

El juez sentado en el medio leyó la decisión en voz alta. La condena fue de 15 años de prisión por el asesinato de Miguela, su madre.

LA REDENCIÓN

El 13 de julio del 2016, cuatro reos de la Penitenciaría Industrial Esperanza de Asunción afrontaron una audiencia de reducción de pena. Entre ellos estaba Luis Miguel Roche.

Para ese entonces, Luis cumplía su noveno año de reclusión. Mediante ello, Luis logró reducir los seis años que le restaban de condena a 77 días. El 28 agosto del 2016 recuperó su libertad.

 

El viaje que haré con papá al kilómetro 43

Tres años de sufrimiento llevaron a Sonia a decir basta y terminar su relación con el padre de su hijo. Regresó de la Argentina y se instaló en la casa de sus padres, dejando atrás su padecimiento. Pero el terror no terminaría. Con los meses, la peos de sus pesadillas se cumpliría en el kilómetro 43 de Chaco'i.

Por Óscar Lovera, periodista

Pensó que sería el último suspiro del 2014, exhaló profundo y luego soltó el aire liberador por la boca. En ese breve instante terminó por convencerse; era momento de dejarlo. Tres años en Buenos Aires, siendo cada uno de esos días un calvario. Harta de los golpes y maltratos, tomó una decisión: separarse de él y volver a Paraguay. Ella sabía que era una peligrosa determinación, recordando las amenazas de venganza que recibió si hacía eso. Pero no le importó, su hijo -de 3 años- estaba en medio del conflicto y ya no permitiría más abusos.

Juntó cada una de sus ropas. Las del pequeño y la suya, mientras tomaba con una mano el osito y con la otra el escarpín de su hijo, Jesús. Recordó esos breves buenos momentos que tuvieron como pareja al principio, pero, como un latigazo a su memoria, rápidamente recordaba el puño cerrado azotando su rostro durante las madrugadas, en especial los fines de semana cuando Julio César González llegaba ebrio; tambaleante y a gritos desataba un infierno. Desde lo más intenso hasta lo que parecía ínfimo, como no poder contar un chiste, reír o escribirse con otras personas; todo por celos. Ello borraba por completo el romance poco después del nacimiento del pequeño. Ya había soportado demasiado.

Al llegar al país, Sonia Mabel Benítez, también puso un final a su matrimonio y estableció un régimen de visitas para Julio. Pero sin saber que esto detonaría aún más la ira de ese hombre, quien asumiría una postura normal para aparentar como si aceptara la ruptura, pero dentro suyo ocultaba una decisión atroz.

Era enero de 2015. Jesús tenía cinco años, pasaron dos años de la ruptura y algunas amenazas intermitentes se hicieron cotidianas, pero nada que ponga en riesgo la decisión que Sonia tomó.

Julio fue a buscar a su hijo a la casa de su ex mujer, lo llevó el fin de semana como establecía el acuerdo. Pero las horas pasaron y el fin de semana se extendió, Julio no regresó nunca con el niño, ni contestó las llamadas. La desesperación de Sonia comenzó a incrementarse y todo tipo de pensamientos invadían su cabeza, esperaba lo peor. Julio se llevó a su hijo fuera del país para alejarlo de ella en venganza por la separación.

Pero Sonia lo subestimó. Julio finalmente respondería a las llamadas a mitad de semana. Comenzó con un mensaje escalofriante. “Voy a matar a Jesús, a nuestro hijo…”. Esto a Sonia le revolvió el estómago. No sabía cómo reaccionar. Fue hasta la Comisaría 11ª de Arroyo Seco, en los límites de las ciudades de Villa Elisa y San Lorenzo. Pidió hablar con el jefe de la dependencia y le explicó la situación. Para ese entonces Jesús llevaba tres días sin volver a la casa. El jefe de la Comisaría, un experimentado hombre de 42 años, le dio una alternativa: fingir que ella accedería a volver con él, y retirar la denuncia policial, ya que eso era lo que exigía Julio para que Jesús retorne a la casa de su madre.

Sonia evaluó la situación, la vida de su hijo estaba en riesgo, ella ya no sabía qué esperar de aquel hombre que en algún momento le juró amor. Ahora estaba convertido en el verdugo del motor de su vida, su pequeño hijo. Lo único que le traía algo de tranquilidad era asumir que Julio nunca dañaría al pequeño y que solo hacía eso para presionarla y que ella acceda a volver con él.

NUEVE Y SEIS, LA SUERTE DE CADA LADO

A ella no le quedó de otra. Accedió al plan del jefe de Policía y prometió darle esa respuesta a la próxima que Julio se comunique con ella. Pasaron los días, la desesperación aumentaba. Sonia no sabía nada de Jesús. El niño solía decir que su padre era malo, que quería ser como el hombre araña para rescatar a su mamá.

Al noveno día, Julio se comunicó y dijo por teléfono: ¿y… qué decidiste? Increpó a Sonia con un tono de poder, como si tuviera el control de toda la situación. Del otro lado, la mujer no esperó mucho para responder. Quería demostrar seguridad y que él no notara el engaño. “Sí Julio, está bien. Pensé las cosas y voy a retirar la denuncia, volveremos a ser una familia feliz como me pediste…”. Sonia lo citó no muy lejos de la comisaría, sobre la ruta Acceso Sur. Él la aguardaba con el pequeño a su lado, lo tomaba de la mano.

Poco después del saludo, de ese beso de “todo estará bien”, la Policía lo rodeó y le ordenó que suelte al pequeño y lleve ambas manos detrás de su nuca. Al verse intimidado por los agentes, a Julio no le quedó otra salida que entregarse, pero, al mismo tiempo que obedecía a los policías, miró fijamente a su ex esposa, sus ojos se clavaron en los de Sonia. Esa mirada que prometía venganza.

Las manos en la espalda, sujetas con el frío metal de las esposas. Iba sentado en la patrullera C-432. Julio era llevado directamente a un calabozo de la Comisaría 11ª Central. Un joven agente que iba con él de custodia se atrevió a preguntar: “¿dónde estuviste todo este tiempo?” Mucho se te buscó. Julio, giró levemente la cabeza, dejando el horizonte a través del parabrisas, para dirigirse al policía. “En casa de mi mamá, en Paraguarí. Nunca me moví de ahí” Al llegar a la Comisaría, lo encerraron a espera de la orden que reciban de la Fiscalía. Horas después conocería su destino, el fiscal apenas dio un mandato de arresto de diez días, nada más.

Pero como si esa determinación parecía sorna, la del juzgado sería aún peor. Entendieron que no hacía falta tantos días de prisión y redujeron la petición a seis días. Julio tenía aún más suerte que cualquiera, algo que a Sonia le arrebató nuevamente la paz. Un magistrado agregó -a exigua resolución- algunas medidas restrictivas como portar armas, consumir drogas y alcohol, y no tener contactos con la víctima.

Apenas pasó un mes de la medida dictada, todo quedó en la nada. Como si nunca haya ocurrido. Julio estaba decidido a contraatacar y fue hasta la Defensoría de la Niñez en la ciudad de Fernando de la Mora, donde inició una demanda de filiación. Hasta ese entonces no había reconocido a Jesús como su hijo. Prometió cambiar, olvidar a Sonia y dedicarse a su hijo; asignándole una mensualidad para su manutención.

El nueve de marzo una jueza del Menor le concedió la demanda. El pequeño portaba su apellido desde ese instante. Pero no fue todo, la Defensoría también le estableció un nuevo régimen de visitas. “Acá está, ya podés visitar a tu hijo, Julio”, dijo la asistente del juez: Lourdes Bareiro, mientras extendía el brazo derecho para entregarle el documento con su rúbrica. Julio le agradeció estrechando su mano.

MI ÚLTIMA DESPEDIDA

El sábado 14 de marzo, Julio se presentó en la casa de Sonia. Sonriente y con una actitud amable -como un hombre nuevo- saludó con cariño a Jesús, lo abrazó, tomó su pequeña mochila y se retiraron.

Sonia los miraba alejarse, algo en el pecho la presionaba. No dejó que su angustia se agudice, pero la atormentaba, pues ante la ley no podía hacer nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y elevó una oración pidiendo la guarda de su pequeño.

Por la tarde, esa fobia a la distancia se consumaría en un presagio. Su teléfono sonó y era Julio. De fondo –a lo lejos- se escuchaba su voz que daba una orden: “tomá, despedite de tu mamá” Al segundo, Sonia escuchó la voz gimoteando de Jesusito y dijo: “hasta siempre mamá, es la última vez que habló contigo…”. Luego la llamada se terminó.

Sonia, desesperada, intentaba encontrar consuelo en su familia. Ellos la calmaban diciendo que solo era parte del perverso accionar de Julio, que todo pasaría, ya que esta vez una orden judicial estaba de por medio.

Cada hora desde aquel momento fue un terrible y constante presentimiento. No lograba dormir, no podía estar tranquila. Llegó el domingo y solo esperaba que el reloj de pulsera le marcara las 20, el momento en que terminaba el régimen de visita para ese hombre.

Las manecillas cargaban una tonelada, el paso del tiempo se le hacía lento y de suplicio. Al dar las ocho de la noche, Sonia miró fijamente a la puerta principal de la casa. Nadie la golpeaba, nadie aplaudía. No había mensajes, ni llamadas en su teléfono. La voz de su intuición retumbaba agresiva en su conciencia, pero la rechazaba. Decidió creer que se trataba solo de un retraso por el tráfico o salieron tarde de la casa de su madre en Paraguarí.

Se hizo medianoche y la madre de Jesús entendió que Julio lo hizo de nuevo. Volvió a quedarse con el niño para presionarla a volver, era la cuarta vez que hacía lo mismo. A diferencia de las anteriores lo planificó mejor, demandando reconocerlo y prometiendo que todo sería diferente.

Lunes 16 de marzo. Sonia estaba desesperada, llamaba insistente a Julio, pero él no contestaba. Con la idea puesta en que se trataba de otra jugada de su ex pareja para obligarla a estar juntos, fue hasta la Comisaría de la ciudad de Fernando de la Mora para denunciar la falta del cumplimiento del régimen de relacionamiento. La Policía hizo poco. Solo escribieron todo lo que ella decía, pero esas letras se imprimían estériles en un cuaderno de novedades. Nada la calmaba.

Finalmente llegó un mensaje, uno que le dejaría pasmada. Dejó de respirar y repasó cada línea de lo que leía intentando convencerse que no era real. El texto decía: “le maté a Jesusito y su cuerpo está en el kilómetro 43,5. Antes de llegar a Puerto Elsa, a 50 metros de la ruta, en el monte”. Era Julio, avisando que asesinó a su hijo. Sonia comenzó a llorar, incontenible, todos sus miedos se confirmarían, todas las amenazas desde que partió de Buenos Aires para dejar todo su pasado violento comenzaron a revivirse.

Su hermano se acercó, se puso de cuclillas entre las piernas de Sonia y sosteniendo con ambas manos su rostro le preguntó “¿qué pasó hermana, decime? Lo mató, Julio mató a Jesús y me envió el lugar donde abandonó su cuerpito”, respondió sollozando.

“Y entonces vamos, hay que confirmar si es real o este tipo está jugando contigo”, dijo el hombre. Sonia se contuvo y esas palabras de su hermano despertaron algo de ilusión. Quizás sea cierto y está manipulándome de nuevo, se consoló la mujer.

Ambos tomaron un bus en dirección al municipio de Puerto Elsa. Seguían atentamente el paso de los kilómetros en el andar cansino de ese camión, iba atestado de comerciantes que se dirigían al lado argentino para aprovechar las ventajas de los precios, algo que invadía día a día la ciudad fronteriza.

Llegaron al punto, bajaron y encendieron una linterna, comenzaron a buscar incesante, según la descripción que le dio Julio. Iban apartando con las manos las malezas, se habían adentrado en ese matorral más de 50 metros y no hallaban rastro del pequeño, gritaban su nombre, pero no había respuesta. Sonia pensaba en Jesús, apenas tenía cinco años y estaba viviendo todo ese infierno.

Se recriminaba como madre si hizo bien en dejar a su padre, si era mejor soportar ella la violencia, los golpes, los insultos a cambio que su “bebé” esté bien. No me perdonaré decía para ella, y menos a él. ¡Jesús! Gritaba una vez más, esperando que la oscuridad y el tenue viento norte les devuelva una tierna voz dándoles su ubicación, pero fue inútil. No encontraron nada.

“Sonia, hermana, tenemos que irnos. Se hace tarde y acá no hay nada. Ese loco te esta usando para hacerte sentir mal, te esta manoseando para que vuelvas con él, como ya lo hizo varias veces”, atinó con calma su hermano. Tratando de convencerla que ese sitió Jesús no estaba.

Ella accedió y dijo: “vamos a casa, voy a esperar que llame de nuevo y veremos luego con la Policía”, respondió.

Martes 17 de marzo. El teléfono celular de Sonia, comenzaba a repicar al unísono con el vibrador que sucumbía sobre una mesa de madera. Su mente se despabiló, pensaba a lo lejos, buscando una respuesta. Tomó rápidamente el móvil y contestó: “¡¿Hola?!” –“Sonia, Julio soy”, contestó al otro lado.

“¿Dónde está Jesús, Julio, qué hiciste con él?” Replicó ella. “¿todavía no encontraste el cuerpito de Jesús? ¿Vos ya hiciste la denuncia, Sonia?” –“ya me fui Julio, ¡quiero saber dónde esta mi hijo!” Se podía sentir que rompería nuevamente en llanto, su voz se quebraba. –“pobrecito… seguramente ya tiene gusanos… Anda búscalo vos, ya que la Policía no hace nada”. Luego de eso cortó la llamada.

Sonia tomó rápidamente sus pertenencias y salió de la casa, su hermano la alcanzó y dijo: ¿a dónde vas tan apresurada? Me voy a buscar a mi hijo, contestó la madre. – “Ah, ya te lo va a entregar?” preguntó insistiendo su hermano. La mujer solo atinó a decir: “no, iré a encontrarlo en el lugar que Julio me dijo…” Ambos nuevamente fueron en busca del pequeño.

EL RASTRO DEL PEQUEÑO

Nuevamente tomó un bus a Puerto Elsa, el calor se intensificaba en la tarde. El viento noreste soplaba firme y calaba profundo en sus fosas nasales, un hedor se impregnó y les dio un alerta, se miraron fijamente, como si pensaran exactamente lo mismo.

Ese olor se hacía más intenso a medida que llegaba al punto que indicó Julio. Ambos se levantaron de sus asientos y, -Sonia- de un golpe secó estiró el cordel del timbre. El chofer frenó con firmeza, y tras unos metros las llantas pararon su marcha. Los hermanos se internaron en la misma zona, siguieron las indicaciones. Esta vez la luz del día iluminaba y eso ayudaba.

La fetidez era cada vez mayor, hasta que la mujer vio algo que la dejaría inmóvil. Era la pequeña mochila de Jesús, estaba entre los matorrales. Encima de ella una carta dirigida a ella, acompañado de su número de teléfono. Julio escribió eso con su caligrafía, para que alguien la notifique si encontraba el cuerpo.

Su hermano se acercó a ella, y dijo: “Sonia, allá hay algo. Una toalla, pero no quiero que vayas” –“dejame ir, yo sabré si es la toalla de mi hijo”, contestó. La tristeza sucumbió en su hermano, ya no podía sostenerlo y estalló en llanto, la abrazó y posando su fuerte mentón en el rostro de su sangre le dijo: “Sonia, es el cuerpo de Jesusito… está muerto”

Julio asesinó a su hijo asfixiándolo. Tapó con sus manos la diminuta boca y nariz del pequeño, hasta que dejara de respirar. Arrojó su inerte cuerpo en medio de un matorral, junto a su bolso, cargado siempre de la ilusión de que algún día su papá deje de lastimar a su mamá.

EL PRÓFUGO AMENAZABA

En el sepelio de Jesusito no había paz. Los mensajes de hostigamiento de Julio aún llegaban. El hombre advertía con volver para terminar su trabajo: asesinarla y también a sus padres. Pasaron tres meses y no había rastros de él, más que algunos rumores sobre su huida a la Argentina.

Una vez que confirmaron esta pista, la Policía de Homicidios planificó un engaño. Uno de los agentes dijo ser médico de Sonia, lo convenció que ella quería volver con él, que estaba enferma y necesitaba de su ayuda. Durante un mes conversaron, constantemente hasta que se convenció y accedió a verse con el supuesto doctor en la Terminal de Retiro de Buenos Aires.

Pero eso no ocurrió, apenas confirmaron su identidad, un grupo de policías de Interpol lo detuvo y entregó a Julio a las autoridades paraguayas.

Dos años después -a mediados de agosto de 2017- un tribunal pospuso el juicio oral por una acción dilatoria de la defensa. Pero un mes después la audiencia se llevó a cabo y el 21 de septiembre, en plena primavera, la esperanza renacería por justicia. El juez bajó el martillo de cedro sentenciando a 27 años de cárcel a Julio César González Cáceres.

 

El robacoches fantasma y la deuda de sangre (Parte 2)

El único testigo, el cirujano Saldaña, insistía en que un robacoches mató a su hermano. Pero dos agentes no quedaron convencidos de esta versión y comenzaron de cero. La cacería del tirador fantasma concluyó en tres días.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

MARCOS Y LUCAS, DOS DETECTIVES

Día 1. No todas las luces esta­ban apagadas para la Poli­cía. Marcos y Lucas –dos policías de la división que investiga homicidios– reci­bieron la carpeta del caso. Pasó de ser un problema local de la Comisaría 6ª del Área Metropolitana a un acer­tijo que debía resolverse en el departamento de Investi­gación de Delitos.

Marcos era un hombre a punto de llegar a la cuarta década, los años provoca­ron en él la falta de paciencia debido al carácter tosco, pero efectivo, al momento de pre­sionar a aquellos sospecho­sos que optaban por ocultar la verdad. Ya llevaba 25 años en la fuerza y no escatimaba en denotar su experiencia y olfato como investigador.

En cambio, Lucas le sacaba 10 años de ventaja a su pareja. Su juventud le daba la diná­mica al dúo de agentes. Ape­nas pasó unos meses en una comisaría metropolitana y su voluntad en el trabajo le dio el pase para llegar a ser un detective. Un factor común en ellos era la insistencia. Cuando ambos termina­ron de leer el expediente, se dijeron que esta no sería una excepción, debían saber quién mató al ingeniero.

ALGO POCO CLARO

Marcos comenzó a citar en voz alta los puntos poco cla­ros que lo llevaban a creer que esto no fue hecho por robaco­ches. Primero: el delincuente subió por detrás, ¿quién hace eso? Se preguntó. Segundo: ¿por qué disparar a matar? Ningún ladrón hace esto si al menos quiere llevarse algo sin levantar tantas sos­pechas… Tercero: ¿se escapó aprovechando el semáforo en rojo y ahora se lo tragó la tie­rra? Esto, más que los otros, no tiene sentido alguno.

Ante esa duda, Marcos ordenó a Lucas que obtenga el resultado de la autopsia. Necesitaban una pista y ya no dar vueltas sobre un caza­bobos, lo que creían que era la tesis del robacoches. Nada de lo que el doctor Saldaña decía en sus declaraciones tenía lógica.

Una hora después, el joven agente llegó con una car­peta bajo el brazo y en las manos traía el almuerzo. Ambos comerían algu­nas empanadas, no había tiempo que perder.

“La bala es calibre 45 (punto cuarenta y cinco), jefe”, dijo Lucas con un tono liberador, el informe llevaba la firma del forense René Molinas y eso les daba la confianza sobre la veracidad del resultado. “El disparo le destrozó el cráneo, provocándole un traumatismo importante, la muerte fue al instante”, concluían unas líneas de un párrafo.

Miraban con detenimiento el documento, encontraron el hilo que los llevaría al sos­pechoso. Ellos sabían adónde debían recurrir para descu­brir quiénes podrían ser los propietarios, al menos lega­les, de un arma de esta carac­terística. No era común que en Paraguay tengan a prin­cipios de los 90 una pistola tan poderosa.

“Lucas, dejá que yo me encargo de indagar sobre el proyectil, iré a ver la lista de dueños de armas simila­res a esta”, dijo el agente con más experiencia apuntando con el dedo índice derecho la fotografía del plomo obte­nido en el perímetro donde mataron a José.

“¿Yo qué hago, jefe?”, respondió rápidamente el joven con la energía que lo caracterizaba, la misma que le valió ganarse un puesto en la oficina.

Marcos se detuvo un ins­tante a pensar y recordó parte de las declaraciones del doctor Eduardo; en lo que ese pensamiento se descar­gaba en su memoria, le dio órdenes a Lucas: “Andá a la casa de la suegra del doctor, él dijo que fue caminando hasta ese lugar después del disparo. Corroborá que haya estado ahí, también la hora. Luego nos encontramos acá para ver qué tenemos”.

Marcos llegó a la Dirección de Industrias Militares. Una antigua institución cas­trense, cuya creación data de 1955. La oficina funcionaba en el Comando de la Armada de la Nación, sobre avenida República y Hernandarias, en el centro histórico de la capital. El agente llegó a la entrada principal. Dos for­nidos marinos custodiaban el puesto uno.

Pese a ese semblante de hom­bres rústicos, uno de ellos se dirige con amabilidad al policía: “¿Qué desea señor?”. Marcos en ese momento ves­tía una remera celeste, unos jeans gastados y calzaba unas botas de cuero vacuno oscuro. Pensó que quizás esa vestimenta casual le abriría una puerta de cortesía.

Aunque imaginó, también, una situación adversa en los segundos que trans­currirán después de pre­sentar su placa de agente policial. Aquella vieja riva­lidad militar-policial de los tiempos de la dictadura aún persistía. “Busco al coronel Amarilla”, contestó Mar­cos al soldado. A lo que este le respondió: “Aguarde aquí, veré si puede reci­birlo”. Marcos retrucó aquella respuesta para sí: “Claro que me recibirá”.

Al coronel Amarilla lo cono­cía de un curso –sobre inteli­gencia y búsqueda de perfiles criminales– que ambos rea­lizaron en los Estados Uni­dos un par de años atrás.

A los pocos minutos el sol­dado lo hizo pasar a un salón de recepción bastante amplio. Dentro de él tenían alojadas varias maquetas a escala de barcos de gue­rra, todos protegido en una gruesa caja de vidrio. Unos segundos después, Amari­lla lo vino a buscar. “¡¿Qué te trae por acá Marcos?! Desde aquella última reunión de los becarios te perdí el ras­tro”, reclamó su ingratitud –al policía– el jefe militar. “¡Amarilla!, el trabajo che amigo, (mi amigo) sabés cómo esto es”, dijo Marcos.

“Bueno, perdonado. ¿En qué te puedo servir?”, replicó curioso el soldado.

“Mirá esto, amigo”, Marcos le entregó la carpeta con las fotos obtenidas del plomo percutido por el arma que mató al ingeniero Saldaña.

“Es una punto cuarenta y cinco esta”, dijo el militar sin dudar. “Así es, y justamente esto es lo que me trae junto a vos”, asintió Marcos. “Sé que tenés la lista de portado­res legales de las armas que pueden disparar esta bes­tia. Necesito una copia de eso para investigar un ase­sinato. ¿Puedo contar con eso?”, preguntó el agente, mientras inclinaba una ceja sobre su particular mirada inquisidora.

Amarilla suspiró, algo resig­nado, y dijo: “Te debo una y con esto estamos a mano, así que espérame aquí Marcos; veré en registro de armas qué tenemos”.

Quince minutos después, Amarilla viene marcando el paso sin darse cuenta. La costumbre de la instrucción militar ahora le dictaba su caminar diario. En las manos llevaba una carpeta amarilla no por el color, sino por lo gastada que se encon­traba. Desde su asiento –al fondo de aquella enorme sala de recepción– Marcos se per­cató de ello, “quizás estos tie­nen menos presupuesto que nosotros”, pensó, intentando consolarse.

Amarilla le pasó el docu­mento y le explicó: “Den­tro de esto vas a encontrar solo 43 nombres, estas son todas las personas que tie­nen este tipo de armas, una pistola semiautomática cali­bre punto 45”.

Marcos miró la lista y no encontró nada llamativo, le parecía hasta estéril. Se preguntó si hallaría al tira­dor fantasma en esta lista, era parte de la incógnita que más le atormentaba. Deci­dió que debía retirarse. Se encuadró, como gesto de cor­tesía, y estrechó las manos de Amarilla, agradeciendo el gesto. “Espero algún día repetir lo del Norte”, esbozó el policía con una mueca de satisfacción. “Para servirte Marcos, pero acuérdate: deuda saldada…”.

Día 2. Marcos volvió a su ofi­cina con la lista en la mano. No sabía por dónde empezar, eran 43 personas con papeles de un arma que coincide en calibre con la utilizada para asesinar al ingeniero Sal­daña, pero sin más que eso. Era la única pista que lo con­duciría al asesino, al menos si el arma homicida era legal.

Se sentó, encendió un ciga­rrillo, su rostro se iluminó por unos segundos. El olor del fósforo lo apartó con una mano y dejó que el humo se disipe en su rosto, mientras observaba cómo las letras de aquellos nombres se mezcla­ban en su cabeza. “No hay de otra”, dijo. Tuvo que llamar a cada uno hasta encontrar un cabo suelto.

Faltaban aún diez nombres por ser verificados, la pacien­cia no era su fuerte. Marcos imaginó que esto le tomaría semanas, ya que además de confirmar si esas personas – de la lista– tenían sus armas, debían establecer una cone­xión con el crimen. Es decir, pedir todas las armas regis­tradas y someterlas a pericia balística, y esto no aseguraba el éxito. Aún quedaba la posi­bilidad de una pistola no regis­trada y, con ello, la posibilidad infinita de quién mató a ese hombre. Aún con tanto mar­gen de análisis, el agente no permitió que esto lo perturbe e imaginó que sería exacta­mente eso que dicen muchos: “Una aguja en un pajar, pero no imposible de encontrar”, pensó determinante.

En el décimo en la lista encontró a un militar –de la Caballería–, de nombre Mario González. Marcos no esperó mucho para mar­car en el teléfono el número registrado en la lista. A los pocos segundos González contestó, para su fortuna estaba de franco. El soldado explicó que esa arma la ven­dió a finales de los 70 a un civil de nombre Mamerto Romero. “Este es un buen dato”, dijo el agente y conti­nuó de largo, necesitaba che­quear toda la lista de porta­dores de una pistola punto cuarenta y cinco.

Una vez acabado ese regis­tro, se encontró que solo una de esas armas fue vendida. Retomó el hilo de su pesquisa con el civil Mamerto Romero, mediante la guía telefónica lo ubicó y lo llamó. El hom­bre le contó que se deshizo de la pistola, también vendién­dola a una persona llamada Thomas Binicio Irala Loma­quis. “¡Otro nombre más!”, dijo Marcos, con una corazo­nada de que estaba por buen sendero.

EL TERCER COMPRADOR

“¡¿Usted es el señor Loma­quis?!”, preguntó Marcos. “Sí, soy yo… ¿quién habla?”, respondió algo confundido del otro lado del tubo. “Mire señor, soy el comisario Mar­cos Gayoso. Estoy investi­gando un hecho de robo y me encontré con una pista que me condujo a usted…”, contestó el agente. “¿Y eso? ¿De qué se trata?”, consultó el hombre, ahora con temor.

El agente siguió indagando: “Bueno, se trata de una pis­tola calibre 45, la usaron para un asalto y quería saber si usted tiene la suya para cotejar que no se trate de la misma. Debo hacer esa com­paración obligatoriamente para descartarlo como sospe­choso, usted comprenderá”. Marcos sabía cómo intimi­dar a alguien, si era su sospe­choso saldría con una coar­tada frágil, si no le daría un elemento más que seguir.

“Señor… ¿comisario me dijo, verdad?”, expresó Lomaquis. “Sí, sí, Gayoso…”, respondió Marcos. “Bueno, mire, esa arma la vendí hace cuatro años, en el 87. Un médico, amigo, me ofreció plata por él y se lo di”. “¿Médico?”, preguntó levantando la voz el policía. “Sí, un médico que se llama Eduardo Saldaña, se lo vendí por 225.000 gua­raníes…”.

Marcos hizo una pausa de asombro. Mientras que Lomaquis del otro lado buscaba una deferencia al dato: “¿Hola?, ¿hola?”. “Sí, sí, disculpe señor, me sonó familiar el nombre, solo eso. Le agradezco el dato, que tenga buen día”. Mar­cos colgó el teléfono y su mente comenzó a imaginar una historia diferente a la que le habían contado.

“¡Jefe!”, irrumpió Lucas. “Muchacho, ¿qué tenemos?”, preguntó Marcos. “Jefe, mirá, fui a la casa de la sue­gra de Eduardo y ella me con­firmó que ayer no estuvo por ahí, nunca fue hasta esa casa, comisario”, respondió Lucas.

Marcos cada vez estaba más convencido que el hombre que buscaba era el propio hermano de la víctima, pero necesitaba de más indicios. “Hay que hablar con los testigos, Lucas. Andá y de nuevo pregúntales cómo ocurrió el crimen, hay algo de este rompecabezas que falta”, dijo el comisario.

Lucas interrogó a los comer­ciantes del barrio Mburu­cuyá, a varios que tienen sus locales sobre la calle donde todo pasó. Uno de ellos relató algo que les llamó la aten­ción. El día del crimen, solo dos personas estaban en la camioneta, no hubo un ter­cero. Una de ellas bajó del vehículo, llevaba puesta una abrigo de color negro, corrió y luego ya no lo vieron. Pero se detuvo a unas cua­dras y subió a un Chevrolet, modelo Opala, con neumá­ticos de masilla blanca. Ese desconocido subió al auto­móvil y desapareció. La des­cripción física de ese extraño coincidía con la del doctor Saldaña. Cada vez el círculo se cerraba más en torno a él.

Día 3. Lomaquis –el segundo comprador del arma– llamó al comisario Marcos. “¿Qué tal comisario? Me dijo que si algo se presentaba se lo comu­nique. Bueno, hoy estuvo en mi casa el hijo del cirujano, me pidió que no hable del arma que le vendí al padre porque ustedes lo involucra­rían equivocadamente en el crimen de su tío, me insistió en que guarde silencio”.

Para Marcos, eso era sufi­ciente. Eduardo era el sospe­choso, debían detenerlo. La Policía lo llamó con la excusa de repasar una vez más sus declaraciones. Cuando se encontraron, el peor miedo del médico se confirmó. Señor Saldaña, queda usted detenido por el asesinato del ingeniero José Saldaña…

Eduardo al principio se mostró reticente a hablar, pero ante la insistencia de aquellos investigadores, confesó que mintió sobre su presencia en la casa de su suegra y, en realidad, fue a lanzar su arma al río Paraguay. La búsqueda se extendió por 10 horas. La Policía insistió y mediante una presión, Saldaña vol­vió a hablar. “Está bien, les diré dónde está. La arrojé a orillas del casino en Itá Enramada, en Lambaré”. Finalmente, el 8 de agosto, aquella pistola fue encon­trada y llevaba a pericia.

LOS CABOS SUELTOS

“Presta atención, Lucas: Eduardo, siendo médico, nunca auxilió a su hermano, prefirió ir a la casa de su sue­gra, que finalmente compro­bamos que fue mentira, no pidió auxilio a los vecinos, no llamó a la Policía, un comer­ciante describió a Eduardo como el único que bajó de la camioneta tras la detonación del arma, su jeans no estaba manchado con sangre –él dijo que su hermano se des­vaneció sobre él tras recibir el disparo–, no pudo explicar por qué la palanca de veloci­dades de la camioneta estaba en neutro si el delincuente supuestamente escapó, tam­poco dio sentido a los docu­mentos que estaban sobre las piernas de su hermano, el cenicero y la guantera abierta y, lo principal, tenía un arma del mismo calibre, la cual tiró ese mismo día del asesinato. Solo nos falta balística, muchacho”, final­mente Marcos terminó de enumerar todos los elemen­tos que para él apuntaban a Eduardo como el asesino.

Un año y cuatro meses des­pués, el 14 de diciembre de 1992, en un juicio oral, los detectives relataron al juez que Eduardo Saldaña mató a su hermano motivado por la envidia en los negocios –y el poder económico que eso le daba–, algo que a él no le ocu­rría con su parte en la socie­dad comercial. Esto lo llevó a desviar fondos de las cuentas bancarias y fue descubierto por su hermano. Para acabar con el pleito, decidió acabar con él y convertirlo en una deuda de sangre.

El tribunal lo condenó a 18 años de cárcel. Eduardo fue ubicado en el dispensa­rio médico de la penitencia­ría de varones en el barrio Tacumbú. Con el tiempo, las visitas de amigos y familiares disminuyeron, llevándolo a una depresión profunda. En el 2009 debió cumplir con su condena, pero murió debido a un ataque cardiaco.

Obs.: Los personajes de los detectives y el jefe de la armería fueron creados para darles conexión con los hechos, con base en lo narrado por agentes que investigaron el homicidio. Todos los datos de la inves­tigación fueron extraídos de la carpeta fiscal y policial.

 

El robacoches fantasma y la deuda de sangre

Los Saldaña, hermanos y socios comerciales iban charlando un día lluvioso de julio, cuando un ladrón de autos se coló en la camioneta en la que iban y asesinó de un balazo al conductor. ¿Fue así?


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Freno, embrague, pri­mera y luego segunda, un par de metros ade­lante la secuencia se repetía. Era un vaivén de pies que hacían reverencia al impri­mir fuerza en los pedales de ese automotor. Era julio, llo­viznaba y mucho el tráfico no ayudaba, pese a que el calen­dario marcaba mediados de 1991. La situación no era dife­rente de la actualidad.

La palanca de cambio de una camioneta Mitsubishi Montero iba y venía, como si tuviera mareos, sin control. La mano de José intentaba dar ritmo a la intensa jornada en el centro de la capital de Asunción.

José Saldaña, un ingeniero de 49 años. Un hombre de aspecto tranquilo y más aún con el tupido bigote que des­cansaba sobre sus labios car­nosos. Ese desalineado mos­tacho se unía en cadena con el mentón, donde uno encon­traba un matorral de barba, que sumado a su greñuda cabellera le daba el aspecto de un bonachón, tal vez algo desarreglado, pero no era de subestimar. Sus ojos nunca los abría del todo, una mirada de sospecha frecuente. Tal vez de su rostro emergía la creencia de un hombre con agudeza en los negocios y una disciplina para hacer dinero .

A su lado iba su hermano, Eduardo. Un médico de 46 años que a diferencia de su hermano mayor cargaba con un semblante más complejo de interpretar. De facciones duras, bigote espeso, pero alineado, un recorte de cabe­llo más cuidado y con ello inspiraba rectitud y serie­dad. La misma que podría inspirar un militar. Entre ambos se podría pensar que hacían una combinación perfecta para los negocios, llevando así una sociedad comercial de muchos años.

La marcha sobre la calle 25 de Mayo se hacía lenta, la llu­via obligaba a tomar precaución. Los hermanos estaban transitando el barrio Mbu­ricao, cuando alcanzaron la intersección con Choferes del Chaco.

El semáforo iluminó de rojo sus rostros. El motor se escu­chaba firme y una voz metá­lica anunciaba la siguiente canción en la radio; José le dio una vuelta más a la peri­lla del volumen. Esa música le resultaba conocida. Sus dedos danzaban de manera intercalada, azotando el cuero que cubría al volante.

La noche profundizaba aún más la penetración de aque­lla luz semafórica a través del parabrisas. Eran las 19 horas, la concentración la perdía con facilidad porque el hambre no lo dejaba pen­sar y solo se imaginaba con llegar a su hogar. Me espera una cena de aquellas, pensó.

Los dos —de momento— quedaron en silencio, y el sonido que produjo la porte­zuela que se abrió a sus espal­das los dejó aún más tiesos. Un delincuente se metió al vehículo aprovechando que todavía estaban detenidos. Los dos hermanos queda­ron helados, no sabían cómo reaccionar.

Aquel ladrón colocó el frío tubo de su pistola en el cue­llo de José y le hincó para que no intente reaccionar. Mordiendo sus dientes para demostrar ser muy amena­zante, aquel furtivo visitante le ordenó continuar la mar­cha y obedecer cada instruc­ción que le daría. Eduardo miraba de reojo, sin poder mover una sola mano. Obe­dece hermano, le dijo con voz temblorosa, casi entre­cortada.

¡Apurate! Gritó el robaco­ches, pero José no obedeció y pisó con fuerza el pedal del acelerador y fijando las manos en el volante.

¡¿Qué hacés imbécil?! Colé­rico gritaba el ladrón. Esa recta que tomó José lo con­dujo hasta el cruce con la calle Radio Operadores del Chaco. En ese lugar un cer­tero disparo en la cabeza lo fulminó.

El estruendo de la detona­ción se propagó en la tran­quila noche y su destello cegó a Eduardo por unos instan­tes impidiendo ver al ata­cante. Aquel malnacido huyó sin llevarse nada, dejando la puerta abierta en su presu­rosa y cobarde escapatoria.

Eduardo estaba paralizado y la camioneta sin control comenzó a ir en reversa. El cirujano bajó de ella y corrió en busca de ayuda. El tra­yecto errante del vehículo terminó cuando se estrelló contra una peluquería, el motor seguía en ritmo y el limpia parabrisas cortaba el ataque sin piedad de la lluvia pertinaz.

El disparo irrumpió en la pasividad del vecinda­rio, motivando a muchos a abandonar sus hogares. La curiosidad los orientó para ver lo que ocurría. Al notar a aquel hombre desvanecido —a mitad de cuerpo— sobre el asiento del acompañante, en medio de papeles revuel­tos, la guantera abierta y las cenizas del cigarrillo sobre el tapizado, entendieron que se trató de un asalto y llamaron a la policía. A los pocos minu­tos el pulular de las sirenas fustigó aún más a la tran­quilidad que existía antes del furibundo ataque.

¡Separe a esa gente y retírela a varios metros de esa camio­neta, mi hijo! Gritó impe­tuoso el comisario que comandaba en ese lugar. Su jurisdicción era la sexta metropolitana y con esto sabía que la noche no sería la misma de siempre. Los agentes abrieron sus brazos como si la idea fuera abrazar a todos, le pedían que retro­cedan para permitir que los agentes fotografíen e inspec­cionen la escena del crimen.

Se abrió paso en medio de la multitud y miró fijamente al racimo de policías, pudiendo identificar —de entre el grupo que vestía caqui— a su obje­tivo a quien debía abordar. Se trataba del comisario, que en ese momento continuaba dando ordenes. Eduardo Sal­daña —el cirujano— volvió 45 minutos después al lugar donde todo pasó.

Saldaña se presentó ante el comisario. Buenas noches jefe, soy el hermano de la víc­tima y estuve con él mientras que el asaltante nos atacó. Quisiera darle detalles de lo que ocurrió aquí, comenzó su relató con bastante tranqui­lidad, con las pausas necesa­rias, inspirando confianza y credulidad. Relató el minuto a minuto de cómo mataron a sangre fría a su hermano. Aquel robacoches no tuvo piedad y por alguna reacción que no pudo explicar ter­minó percutiendo su arma dando muerte a su hermano.

Saldaña continuó su relato, gesticulando enérgicamente con las manos. Justificó su huida por el temor que tuvo, pero fue a pedir ayuda a la casa de su suegra, a unos dos kilómetros del mortal cruce. Caminó 20 cuadras para pedir auxilio y los vol­vió a recorrer para volver al lugar del asesinato.

Luego de sus primeras decla­raciones a la policía, Saldaña desapareció.

ATAR ALGUNOS CABOS SUELTOS

Era un robusto mueble, que al mirarlo de lejos parecía saludar a los visitantes. Sin embargo era tan solo un ofi­cial del tiempo, aquel vete­rano reloj de la Comisaría sexta de la capital marcaba las 23, del 31 de julio. A cua­tro horas del crimen del inge­niero. El rompecabezas no tenía sentido y le faltaban piezas.

Los agentes de esa dependen­cia tenían la orden de encon­trar al médico y no hallaban pistas. A cuatro cuadras de la balacera estaba la vivienda de la víctima. Unos patrulle­ros fueron a probar suerte, pero no la tuvieron. En la casa estaban devastados. La familia se enteró del letal atraco y mucho no podían aportar sobre el paradero del doctor Saldaña.

Como si el pensamiento lo atrajera, pero con un notable aire de misterio, el médico apareció por su cuenta en la oficina de la Comisaría. Esta vez traería consigo más cla­ridad sobre lo que pasó esa tarde y noche.

Los encargados de interro­garlo esta vez serían los ofi­ciales del departamento de Criminalística.

EL TIRADOR FANTASMA

La habitación donde se encontraban imitaba una perfecta escena policiaca sacada del cine. El humo del cigarrillo iba dibujando una columna que se elevaba hasta el techo y los agentes no hacían mas que mirar varias fotografías y actas escritas a mano.

Al fondo se veía a Eduardo, sentado y muy tranquilo. Con las dos manos entrela­zadas y acostadas sobre sus rodillas.

Uno de los agentes dijo: doc­tor usted ya sabe como es esto. ¿Cómo estuvo con su hermano en la camioneta? Para descartar algún vín­culo con el crimen necesito hacer algunas pruebas y que me conteste un par de pre­guntas nuevamente.

Eduardo exhaló corto y con fuerza, como quejándose. Esta bien, asintió.

Un suboficial se acercó con los elementos para el análi­sis y se los entregó a un oficial de mayor rango, más experi­mentado. Acercate mucha­cho, te voy a mostrar cómo se hace, dijo el criminalista. Aprovechando la situación real para darle algo de fogueo al novato.

Mirá, prestá atención, se dirigía el especialista de mayor rango al subalterno que miraba como niño en un acto de magia, con extrema curiosidad.

Primero derretiré la parafina en este envase de porcelana refractaria, luego con esta brocha —de pelo de came­llo— impregnaré las manos del sospechoso. El barrido era incesante en la izquierda y la derecha, esto era seguido por la atenta mirada del doctor. El próximo paso es formar un guantelete, cubriendo las manos con trozos de gasa. Esto refor­zará el molde y nos permi­tirá retirarlo fácil. El agente continuaba enseñando a su alumno.

Por último, al enfriarse la parafina retiraré el guan­telete por medio de una abertura que se realiza a un costado; el guantelete trae consigo las partículas microscópicas de nitratos, nitritos, bario, plomo y anti­monio. Los restos de la pól­vora —que al ser detonada— se encuentran impregnados en la piel. Así podemos deter­minar mediante esta masca­rilla si el sospechoso disparó en un espacio determinado de tiempo.

El guantelete fue llevado bajo microscopio. El experto ubicó la muestra cuidadosa­mente bajo la lupa del arte­facto y tras varios minutos dio su conclusión. Se tomó del rostro y lentamente des­lizaba la mano hacía su bar­billa, dejando la boca abierta y el ceño fruncido, pensó que el resultado sería otro.

¿Qué pasó? Dijo el aprendiz. – Nada, eso pasó. Tenemos resultado negativo en para­fina. El hombre no disparó. Eduardo podría ir a su casa.

Los agentes estaban confun­didos. El relato del doctor Saldaña tenía ciertas incon­sistencias que la experiencia alertaba; como el instante en que los detectores de humo se activan ante un fuego que apeligra. El sentido común no era del todo simple, y ello los obligó a volver a la escena del crimen con el único tes­tigo del asesinato, el propio doctor Saldaña. Debían darle al parte policial —sobre el asesinato— algo de claridad o fracasarían en la investi­gación.

Continuará...