El padre de la publicidad

Hace 65 años, don Enrique Biedermann creaba su empresa de publicidad y con ello cambiaba el rumbo de ese rubro en el país. La Nación trae la parte más íntima de la historia de un hombre que empezó vendiendo con parlantes atados a su automóvil para luego revolucionar la publicidad y convertir su apellido en una verdadera marca registrada.

  • Aldo Benítez aldo.benítez@gruponacion.com.py

  • Fotos Aníbal Gauto y Gentileza
  • 1954 no fue un año más en la vida del Paraguay. En mayo de ese año, un golpe militar derrocaba al gobierno de Federico Chaves y ponía a Alfredo Stroessner en el poder meses después. En medio de aquel torbellino político, en noviembre, don Enri­que Biedermann, un joven entusiasta emigrante ale­mán, se animó a una tra­vesía: inaugurar su propia empresa de publicidad. Una de las primeras en el país. Así fue que llegó al todavía pequeño mundo publicita­rio paraguayo la empresa Biedermann Publicidad. Hoy, 65 años después, la firma se convirtió en marca por sí sola y el joven entu­siasta en una leyenda de la publicidad paraguaya.

    Quienes recuerdan a don Enrique lo hacen con una sonrisa y el primer punto en el que coinciden sobre él es en su afición al trabajo. “Él falleció un domingo de madrugada. Ese viernes anterior él estuvo en su oficina trabajando hasta la noche”, comenta Sonia, una de sus 11 nietas y nietos.

    “Papá hacía eso que ahora hacen los que compran chatarrerías o los chure­ros. Ponía sobre su auto un parlante y con eso ofrecía la publicidad. Así recorría los barrios de Asunción”, cuenta Hugo Biedermann, el hijo de don Enrique que se hizo cargo de la publici­taria. Sus hermanos, Walter y Carlos Jorge, trabajan en otros sectores, pero tam­bién vinculados al rubro.

    “Así empezó él, práctica­mente de la nada”, expone don Hugo.


    El piso 23 de la torre 2 del Paseo Galería está llena de computadoras y el lugar da la sensación de ser una zona de renovaciones. De que al día siguiente, todo lo que está puede cam­biar de lugar. Hay oficinas, espacios para reuniones, pizarras con anotaciones y varios bloques con gente con computadoras traba­jando, ideando, haciendo cosas. Allí funciona desde abril del 2018 las oficinas de Biedermann Publicidad, que hoy tiene 82 empleados aproximadamente y que se asoció hace años con la McCann World-group para tener un salto inter­nacional. En 1954, la firma empezó con dos personas; Don Enrique y un secreta­rio.

    “Llevar el apellido más que responsabilidad es una carga. Porque para todos, hasta ahora, a pesar de que ya tengo mi propio cartel e hice mi propio camino, nunca voy a dejar de ser el hijo de”, expone Hugo.

    En la oficina de Hugo están algunos de los 11 nietos de don Enrique que trabajan en la publicitaria. Todos tie­nen un recuerdo del abuelo. El abuelo que acompañaba a viajes a Buenos Aires para ver un concierto juvenil. El abuelo que participaba de los juegos de fin de semana. El abuelo que invitaba siempre para ir a la oficina. Y, sobre todo, el abuelo que hacía de la puntualidad una norma de vida. “Era abso­lutamente respetuoso con eso. Llegaba siempre media hora antes de cualquier reu­nión, de cualquier evento”, recuerda Sandra, otra de las nietas.

    “Es lo único por lo que se podía enojar, la impuntua­lidad”, dice Enrique, otro de los nietos.

    Hay un dejo de nostalgia en don Hugo cuando habla de su padre. Lo recuerda como a alguien que era extrema­damente perfeccionista en todo, pero cuya exigen­cia era más consigo mismo que con los demás. “Estaba constantemente pensando en ideas. Buscando cosas que puedan servir para el negocio, para el trabajo”, dice.

    “Papá fue un tipo total­mente noble, un excelente papá”, resume don Hugo.

    EL TRABAJO COMO MOTOR

    Cuenta don Hugo que desde chico acompañaba a su padre a la oficina o a encuen­tros de trabajo. Dice que nunca encontró eso como una obligación, sino que era algo que le gustaba. Proba­blemente era una cuestión de don Enrique, que de esa forma acercaba a sus hijos a las tareas de la oficina, considera hoy Hugo. Pero los nietos cuentan que esa “estrategia” también usaba con sus nietos.

    “Alguno de sus nietos siem­pre estaba en la oficina. Ayu­dando en algo, pasando algo o simplemente hablando con él o haciendo lo que sea, pero siempre que podía le traía a uno de sus nietos para compartir con él en la oficina”, expone Hugo, otro de sus nietos que está en la publicitaria trabajando.

    Ese apego al trabajo de don Enrique se extendió además a otros ámbitos. En efecto, don Enrique arrancó en los medios antes de su publici­taria, específicamente en la radio. Cuenta don Hugo que el primer trabajo de su padre fue secretario de radio Stentor, luego ya fue locutor.

    “Después, según me contó papá, él preguntó si podía escribir sus propias publici­dades. En la radio le dijeron que sí y ahí fue que arrancó”, dice don Hugo. De escribir sus propias publicidades en su programa, don Enrique encontró que el sector publicitario era práctica­mente un campo sin explo­rarse aún.

    Recorrió los barrios de Asunción con su parlante y haciendo los anuncios. A la par, seguía trabajando en la radio. Don Enrique, en ese sentido, fue un gran admirador de la música paraguaya. Tenía un buen manejo del guaraní y si bien pocas veces lo habló, nunca perdió el idioma ale­mán como lengua prima­ria. “Después de los 18 años él mismo decidió tener la nacionalidad paraguaya”, cuenta don Hugo.

    Don Hugo dice que de entre las cosas que admira de su padre, lo que resalta es aquella capacidad que tenía para buscar siempre ideas innovadoras, que sea algo que pueda sorprender a la gente. “Nosotros fuimos la primera empresa publicita­ria en tener cámaras a color. Incluso, antes que los cana­les”, recuerda.

    Dice que tal vez uno de sus defectos era que nunca tuvo una ambición monetaria sobre las cosas. “Él bien pudo abrir su propio canal, su propio medio, pero a él nunca le interesó. No estaba pensando en esas cosas para ganar plata, sino para crecer”, expone don Hugo.

    Para los referentes de la industria publicitaria actual, don Enrique Bieder­mann es uno de los padres de la publicidad en el país. Se dedicó de lleno al sector desde los años 50, junto a otros pioneros como César Riquelme Aguirre, dueño de R Publicidad, probable­mente la primera agencia publicitaria del país, inau­gurada en 1943. También aparecen otros apellidos que dieron vida a la publi­cidad en el país como Vla­dimir Lizan, Daniel Nasta, Sara Musi Carísimo y Aní­bal Romero Sanabria, según un homenaje realizado por el Círculo de Creativos del Paraguay en el 2003.

    CERRO PORTEÑO, ESA PASIÓN

    Enrique Biedermann es el nieto con la mochila más pesada, quizás por lle­var el nombre mismo. Sin embargo, lo asimila como un gran desafío y habla de que una de las grandes cosas que dejó su abuelo como herencia fue la semi­lla azulgrana en el corazón de la familia Biedermann.

    “Podemos decir que mi abuela le hizo hincha de Cerro, pero después él se volvió mucho más faná­tico y por supuesto que hizo que todos nosotros seamos hinchas de Cerro”, explica Enrique.

    Cuenta don Hugo que su padre pensaba en algún momento ser dirigente del club, pero que finalmente no alcanzó porque no tenía realmente tiempo. En ese sentido, su nieto, Enrique, sí llegó a formar parte de la dirigencia del club de Barrio Obrero. “En el 89 realmente me enchufó a mí formar parte de la direc­tiva”, recuerda con una son­risa don Hugo.

    Los hijos, los nietos y hasta los bisnietos por­tan también la bandera azulgrana. Es casi, a estas alturas, como una tradi­ción familiar.

    CHIQUITUNGA, LA COMPAÑERA DE VIDA

    “No puede haber un hom­bre bueno si no tiene una mujer buena a su lado y viceversa”, dice don Hugo, haciendo referencia a doña Chiquitunga Montaner, su madre y esposa de toda la vida de don Enrique. Y todos los nietos se muestran de acuerdo con esa asevera­ción. Para Hugo, doña Chi­quitunga era una parte inse­parable de don Enrique. Es decir, una pareja que forjó todo lo que hoy vino para la familia que tienen.

    Además de transferirle el amor por Cerro Porteño, doña Chiquitunga fue sos­tén de don Enrique, amiga y compañera de toda su vida. Se casaron un año antes de que se fundara la agencia de publicidad, en 1953, y desde ese momento estuvieron juntos, en todo momento.

    “Yo no sé si papá iba a llegar hasta donde llegó si mamá no era su esposa”, dice Hugo y agrega: “Cuando las cosas no iban bien, porque no todo era feliz en la vida, ella siempre le apuntalaba, le levantaba”.

    Los sábados de tarde, el juego de la generala era sagrado para don Enrique y un mínimo e íntimo grupo de amigos. Se juntaban en su casa y se escapaban de todo en esas horas de juntata con sus amigos de siempre.

    En el recuerdo cariñoso de don Hugo está por ejem­plo las veces que doña Chi­quitunga se enojaba por las horas que su padre se pasaba en estos encuen­tros. Eran quizás, los únicos momentos en el que el hom­bre no estaba pensando en el trabajo. “Mirá, eso sí que era absolutamente sagrado, no había forma de que ese encuentro se pueda suspen­der. No había fuerza mayor”, expone Hugo.

    “Creo que uno de los días más felices de su vida habrá sido cuando hubo cable en Paraguay porque veía fútbol de todos lados”, dice Enri­que, el nieto. El hijo de Enri­que, el primer bisnieto de don Enrique, compartió momentos con él que eran del abuelo. “Había activi­dad en su escuela. Él se iba a ver a su bisnieto. Quería ir a algún lado, él le acom­pañaba, esa conexión con sus nietos mantuvo incluso con el primer bisnieto que tuvo”, dice Hugo.

    Otro recuerdo de los nietos son las siestas infaltables de don Enrique. A pesar de que no faltaba un día a la ofi­cina, eran algo religioso las siestas para ir a la casa, al almuerzo con doña Chiqui­tunga y quizás una pequeña siesta reparadora. “Él con 15 o 20 minutos quizás ya estaba hecho y volvía como para seguir”, dice Sandra. “Por ahí, hasta ni siquiera ya era una cuestión de ir a dormir, sino la costh2>BREVE RESEÑAmamá”, razona don Hugo.

    “Cuando uno ve que tanta gente lo quería, que tanta gente lo respetaba, entonces uno se da cuenta que hizo un buen trabajo, que hizo bien las cosas como ser humano”, expone don Hugo, en referen­cia a las muestras de aprecio y cariño que le llegan de todos lados en cada aniversario de la publicitaria, que cumplió este mes 65 años.

    En una de las oficinas de Bie­dermann, a lo alto de la torre y con una vista privilegiada de lo hermosa que se ve –desde este lugar– Asunción, hay una máquina de escribir que usaba don Enrique en sus tiempos, para hacer sus notas, sus pedidos, para pro­yectar sus ideas. En el papel atascado, un mensaje escrito con esa máquina y que era de cabecera de don Enrique Biedermann:

    “Lo único constante es el cambio”.

    BREVE RESEÑA

    Don Enrique Biedermann, hijo de Josep Biedermann y de Margareth Lowe, nació en Alemania y llegó a Paraguay en 1936. Tuvo cinco hermanos y una hermana. La familia Bie­dermann salió de Europa con destino a Buenos Aires, pero la humedad y el frío de la capital argentina no fueron del agrado principalmente del padre, por lo que, tras finalizar la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, probó suerte en nuestro país.

    Siendo muy joven, don Enrique inició su carrera como locutor de radio, en principio, donde justamente conoció el mundo de la publicidad. A los 19 años decidió adoptar la nacionali­dad paraguaya. Se casó a los 25 años con Chiquitunga Mon­taner y un año después fundó su propia empresa de publi­cidad, que hoy día sigue vigente y en manos de sus hijos y nietos, Biedermann Publicidad. Tuvo tres hijos: Hugo, Car­los Jorge y Walter.

    Don Enrique fue presidente del Centro de Regulación, Nor­mas y Estudios de la Comunicación (Cerneco) y durante muchos años llevó adelante programas de música nacional en diferentes radios. Durante el gobierno de Juan Carlos Was­mosy (1993-1998) fue condecorado con la Orden Nacional al Mérito Gran Maestre. Con su agencia publicitaria recibió decenas de reconocimientos y premios.

    El 20 de mayo del 2012, a los 83 años, don Enrique Bieder­mann Lowe falleció cuando estaba durmiendo en su casa.

    Neuronas espejo: por qué los niños aprenden más rápido de lo que ven, que de lo que escuchan

    El descubrimiento de las neuronas espejo fue uno de los más interesantes de la neurociencia a finales del siglo XX. Esto permitió comprender que los niños aprenden más de las acciones que de las palabras. En ese sentido, todos los adultos tienen la gran responsabilidad de educar con el ejemplo.

    Hay una frase conocida a nivel popular que menciona que los “niños son como esponjas”, absorben todo lo que ocurre a su alrededor e imitan el comportamiento de los que los rodean, especialmente el de sus padres. Por eso es muy importante que todo padre, madre o encargado del cuidado de un niño o niña sea consciente del tipo de comportamientos y actitudes que asume en determinados sucesos o eventos de la vida cotidiana.

    Pero ¿a qué se debe este comportamiento tan particular de los pequeños?

    La respuesta la dio la ciencia, específicamente la neurociencia en el año 1996. Y se debe a las “neuronas espejo” que justamente son uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX vinculados al aprendizaje.

    Observar el día a día de la convivencia familiar parece suficiente para entender el gran peso que tiene el comportamiento de los padres en la educación de sus hijos. Sin embargo, en la actualidad, vamos un poco más allá y sabemos que hay, además, una justificación científica.

    La neuropsicología y la neurociencia nos aportan una explicación objetiva del porqué de esta influencia. De por qué los niños aprenden de las personas que están a su cargo con tanta facilidad. Y de cómo sus aprendizajes no se refieren solo a contenidos. También repercuten en las emociones, las intenciones y las conductas.

    En ese contexto, el pediatra Robert Núñez explicó que las “neuronas espejo” son un grupo de células nerviosas o neuronas que se activan durante una actividad concreta y también al observar a otra persona que realiza la actividad.

    “Estas células constituyen el sustrato cerebral de la imitación y la empatía. Son decisivas para el aprendizaje, tanto de acciones como de emociones e intenciones. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica sobre el aprendizaje y es que este se produce más por lo que se ve que por lo que se dice. Por lo tanto, tenemos una gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos”, argumentó el doctor.

    El secreto de la imitación

    El hallazgo de las neuronas espejo fue fortuito.

    En 1996, un grupo de investigadores liderados por Giacomo Rizzolatti realizaba pesquisas con unos macacos, cuyos cerebros tenían monitorizados. Sin buscarlo, se dieron cuenta de que unas células neuronales situadas en la zona motora del lóbulo frontal y en una parte del lóbulo parietal se activaban, no solo cuando los animales realizaban un movimiento, sino también cuando veían que lo hacían los investigadores.

    Ante este descubrimiento tan destacado, siguieron adelante con sus estudios. Finalmente, llegaron a la conclusión de que en el cerebro humano existen también este tipo de neuronas. Y no solo eso. Demostraron, además, que están conectadas con el sistema que regula las emociones, la memoria y la atención.

    En palabras simples, estas neuronas se asemejan en su comportamiento al de un espejo. Reflejan la acción que observamos en otro individuo en nuestro cerebro y este realiza las mismas conexiones neuronales que si dicha acción la estuviéramos realizando nosotros.

    Esto ocurre, por ejemplo, cuando vemos a alguien hablar. Nuestras regiones cerebrales encargadas de la fonación y el habla se activan como si fuéramos nosotros los que hablamos, se produce esa conectividad neuronal.

    Además, estas neuronas no solo producen el reflejo en el plano motor, sino que también funciona en el ámbito emocional, ya que están vinculadas al sistema límbico, responsable de la regulación de las emociones. Por ejemplo, cuando vemos a otra persona sonreír, nuestras neuronas espejo crean una simulación interna de su sonrisa en nuestro cerebro. A su vez, se conectan con el sistema límbico y hacen que acabemos compartiendo ese sentimiento alegre.

    Así pues, la risa contagiosa, la emoción que se traspasa de una a otra persona, leyendo un libro o viendo una película, y los bostezos “que se pegan” son otros casos de activación de estas neuronas.

    ¿Qué relación tienen las neuronas espejo con la educación?

    Con este descubrimiento nos encontramos con la apasionante idea de que, hagamos lo que hagamos en la educación de nuestros hijos, tendrá una gran repercusión en ellos. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica que siempre hemos tenido.

    La relativa a que el aprendizaje se produce más por lo que se ve, que por lo que se dice.

    Por lo tanto, los adultos tenemos la gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos. De fortalezas, de debilidades, de nuestras respuestas ante sus demandas y preguntas, y de actitudes que favorecen o complican las enseñanzas que nos proponemos darles.

    El ambiente que generamos en la familia, las voces templadas o los gritos, la tranquilidad y la armonía o la crispación, serán representaciones mentales en los cerebros de los pequeños, cuyas neuronas espejo ensayan silenciosamente durante 24 horas al día para poder actuar en el momento en el que se presente la ocasión.

    Si observamos los comportamientos de padres y madres, es posible darse cuenta de que muchas veces corrigen lo mismo que, sin querer, ellos han enseñado.

    Pretendemos que los niños no griten a sus compañeros cuando se enfadan, pero a menudo los adultos se enfadan y reaccionan gritando. De este modo pierden la capacidad de actuar y la oportunidad de enseñar la habilidad del autocontrol.

    Por ello, es importante comprender que siempre se enseña o aprende algo, aunque en ocasiones sea negativo. Esto invita a la reflexión, no solo sobre la capacidad para guiar a nuestros hijos, sino también sobre la manera de hacerlo.

    La clave está en sustituir los discursos magistrales por interacciones, resolución conjunta de problemas y trabajo cooperativo.

    En ese contexto, el doctor Núñez indicó que los niños necesitan adultos responsables que los atiendan con afecto y comprensión, que dediquen tiempo para mirarlos, escucharlos, acompañarlos, guiarlos y compartir todas las experiencias de su vida. Que les permitan equivocarse y aprender tanto de sus errores como de sus aciertos.

    “Los niños aprenden por neuronas espejo, cuando sos honesto, tu hijo aprende a ser honesto y a asumir sus responsabilidades”, aconsejó.



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    Un acto de amor trascendental que salva vidas: casi 300 personas en lista de espera

    Cualquier persona, en algún momento de la vida, podría necesitar un trasplante de órganos, o tal vez un familiar cercano o un amigo. Es fundamental reflexionar sobre la importancia de ser donante de órganos, una decisión personal que podría salvar la vida de otros.

    En los últimos días se viene debatiendo sobre la donación de órganos, especialmente a raíz del caso del pequeño Milan Alexander, un niño que actualmente se encuentra conectado a un corazón artificial y requiere con urgencia de un donante.

    Actualmente, un total de 268 pacientes se encuentran en la lista de espera para un trasplante, según datos del Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT), que, al 31 de marzo ya recibió 41 notificaciones de pacientes potenciales para donación de órganos y tejidos.

    En cuanto a trasplantes cardíacos, 8 son los pacientes en lista de espera, de los cuales, 2 se encuentran con prioridad 0 y son casos pediátricos. Ambos están conectados a un corazón artificial en el hospital Pediátrico Niños de Acosta Ñu. Entre ellos está Milán Alexander, quien lleva 5 meses conectado a un corazón artificial y necesita con urgencia un donante; en la Semana Santa dos posibilidades fueron presentadas, pero los familiares de las personas fallecidas rechazaron donar sus órganos.

    Según la “Ley Anita” 6170/18, toda persona mayor de 18 años es considerada donante de órganos posterior a su fallecimiento. Esta ley pretende incentivar la donación de órganos, incrementando las posibilidades de salvación de vidas mediante trasplantes. Si alguien no desea donar, debe manifestarlo por escrito al Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT). Es muy importante que los familiares y amigos sepan la decisión que ha tomado uno de ser donante, y que ellos apoyen y respeten la decisión.

    El Dr. Hugo Espinoza, director del Instituto de Ablación y Trasplante, ahondó en entrevista con el canal GEN que toda persona mayor de 18 años es donante de órgano, excepto si expresó su negativa ante el INAT o en Identificaciones cuando renueva la cédula de identidad. Cerca de 3.000 personas se anotaron como no donantes. Muchos son ciudadanos extranjeros radicados en nuestro país.

    La autoridad aclaró que, en el caso del deceso de los menores de edad, los padres y tutores son los responsables de decidir si donan o no los órganos. Tal fue el caso de la reciente negativa de unos familiares que no quisieron dar los órganos de sus hijos.

    Un punto negativo de la ley Anita, según resaltó el entrevistado, es que se no se cumple con el fondo nacional que debe destinarse para los trasplantes.

    Nota relacionada: Solo esta semana, dos familias negaron donar un corazón para el pequeño Milán

    VISIÓN DE LA IGLESIA

    El Papa Francisco se había expresado sobre la importancia de donar órganos y aseguró que se trata de un acto “para salvar otras vidas humanas, para preservar, recuperar y mejorar la salud de muchas personas enfermas que no tienen otra alternativa”.

    Donar significa mirar e ir más allá de uno mismo, más allá de las necesidades individuales y abrirse generosamente a un bien más amplio. En esta perspectiva, la donación de órganos no es sólo un acto de responsabilidad social, sino también una expresión de la fraternidad universal que une a todos los hombres y mujeres”, afirmó.

    Leé más: La donación de órganos desde la perspectiva de la Iglesia: “Es mirar más allá de uno mismo”

    El Dr. Hugo Espinoza reconoció que la decisión de donar los órganos es muy personal y, además, se da en un contexto muy difícil para las familias que perdieron a un ser querido, pero remarcó que se debe tener presente el importante hecho de que una persona fallecida pueda dar vida a otra.

    A través del prisma de ‘La Naranja Mecánica’

    ¿Es moralmente justificable eliminar/alterar la facultad de elegir, incluso si es en beneficio de la sociedad? La aclamada novela ‘La Naranja Mecánica’ de Anthony Burgess plantea la profunda cuestión de si la maldad es ‘curable’ y hasta qué punto la sociedad debe o puede intervenir en la naturaleza humana.

    Por Gonzalo Cáceres – periodista

    Platón y Aristóteles en la antigua Grecia, Santo Tomás de Aquino en la Edad Media, René Descartes, Baruch Spinoza, David Hume durante la Ilustración, Jean-Paul Sartre, Ludwig Wittgenstein, Daniel Dennett y Alvin Plantinga ya en los siglos XX y XXI; el libre albedrío continúa siendo un tema central en diferentes campos de estudio a través del tiempo.

    El libre albedrío implica la capacidad de actuar por nuestra propia voluntad, aunque estas elecciones deben estar -según las normas de toda comunidad- dentro de los límites de los derechos y la dignidad de los demás.

    En lugar de justificar comportamientos perjudiciales, el libre albedrío invita a desenvolverse de manera consciente y reflexiva, con la responsabilidad de tomar decisiones que promuevan el bien común, considerando el impacto de nuestras acciones en quienes nos rodean.

    Pero, y siempre hay un pero, ¿Qué pasa con los individuos que no sienten consideración y/o empatía? ¿Qué pasa con aquellos ‘malvados’? ¿Tenemos el derecho de intervenir en su naturaleza? ¿Podríamos ‘rescatarlos’ de su andar destructivo?

    Desde la perspectiva filosófica, hay quien argumenta que la maldad es una consecuencia de la ignorancia, el sufrimiento -o las circunstancias sociales desfavorables-, y que, por lo tanto, puede ser ‘curada’ con educación, comprensión y la transformación de las condiciones sociales injustas (esta visión sugiere que la maldad no es una cualidad innata e inmutable, sino más bien un ‘producto’ de factores externos).

    Por otro lado, también hay quien sostiene que la maldad es una característica intrínseca de la naturaleza humana o que surge de una falta fundamental de empatía o compasión: la maldad puede ser más difícil de ‘curar’ y, consecuentemente, requerir un cambio profundo en la psique del individuo.

    Este planteamiento pudo estimular a Anthony Burgess, quien exploró temas como la voluntad, la moralidad, la libertad individual y el condicionamiento humano a través de uno de los libros más influyentes de la cultura contemporánea. Publicada en 1962, “La Naranja Mecánica” cuenta la historia de Alex, un joven delincuente que se desenvuelve dentro de un futuro distópico, y de su grupo de secuaces (los ‘drugos’), quienes se dedican a cometer todo tipo de actos violentos, robos, asaltos sexuales y agresiones.

    El título hace referencia a una imagen que aparece en la historia y simboliza la idea de la apariencia externa de un ser humano sin su libre albedrío; es decir, como un ser que existe, pero no siente, como una máquina que puede ser controlada.

    Basado en el ultraviolento Alex, Burgess se sumerge en cuestiones sobre la naturaleza de la maldad y si esta es curable o -al menos- moderada. En la novela, el protagonista es sometido a un tratamiento conocido como ‘Ludovico’ -parte de una solución gubernamental para reducir la criminalidad- que implica la administración de una droga experimental al sujeto, seguida de la exposición a estímulos violentos o negativos, como películas de violencia extrema.

    A través de este proceso, se crea una asociación en la mente del sujeto entre la violencia y una sensación de malestar físico intenso, como náuseas extremas (Alex aprenderá a evitar comportamientos violentos en el futuro por temor a experimentar nuevamente las sensaciones negativas vinculadas). En esencia, se busca condicionar al individuo para que rechace la violencia como resultado de un mecanismo de aversión.

    La cuestión central a la que Burgess apunta es, si la verdadera erradicación de la maldad es posible a través de la manipulación del comportamiento. El tratamiento ‘Ludovico’, aunque efectivo en un principio, encierra dilemas éticos y morales sobre la libertad de elegir, la autenticidad y la responsabilidad personal.

    El escritor también sugiere que la verdadera ‘cura’ de la maldad -si es que existe- no puede lograrse simplemente a través de la alteración externa, sino que se trata de una iniciativa que debe nacer del individuo, de su convencimiento de querer y poder ‘cambiar’. Aunque Alex parece ‘curado’ al final del tratamiento ‘Ludovico’, la pregunta sobre si la verdadera maldad ha sido erradicada permanece abierta.

    La obra de Burgess permeó a diferentes medios, siendo la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick en 1971 una de las versiones más conocidas. Esta película, al igual que la novela, generó una considerable controversia debido a su representación gráfica de la violencia y sus exploraciones sobre la naturaleza humana y la sociedad.

    “La Naranja Mecánica” es una obra magna que tiene un impacto duradero en la literatura y la cultura contemporánea. Su exploración de temas universales, su estilo narrativo innovador, su impacto cultural y su desafío a las convenciones morales y sociales la convierten en un título digno de estudio y reflexión.