El robacoches fantasma y la deuda de sangre

Los Saldaña, hermanos y socios comerciales iban charlando un día lluvioso de julio, cuando un ladrón de autos se coló en la camioneta en la que iban y asesinó de un balazo al conductor. ¿Fue así?


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Freno, embrague, pri­mera y luego segunda, un par de metros ade­lante la secuencia se repetía. Era un vaivén de pies que hacían reverencia al impri­mir fuerza en los pedales de ese automotor. Era julio, llo­viznaba y mucho el tráfico no ayudaba, pese a que el calen­dario marcaba mediados de 1991. La situación no era dife­rente de la actualidad.

La palanca de cambio de una camioneta Mitsubishi Montero iba y venía, como si tuviera mareos, sin control. La mano de José intentaba dar ritmo a la intensa jornada en el centro de la capital de Asunción.

José Saldaña, un ingeniero de 49 años. Un hombre de aspecto tranquilo y más aún con el tupido bigote que des­cansaba sobre sus labios car­nosos. Ese desalineado mos­tacho se unía en cadena con el mentón, donde uno encon­traba un matorral de barba, que sumado a su greñuda cabellera le daba el aspecto de un bonachón, tal vez algo desarreglado, pero no era de subestimar. Sus ojos nunca los abría del todo, una mirada de sospecha frecuente. Tal vez de su rostro emergía la creencia de un hombre con agudeza en los negocios y una disciplina para hacer dinero .

A su lado iba su hermano, Eduardo. Un médico de 46 años que a diferencia de su hermano mayor cargaba con un semblante más complejo de interpretar. De facciones duras, bigote espeso, pero alineado, un recorte de cabe­llo más cuidado y con ello inspiraba rectitud y serie­dad. La misma que podría inspirar un militar. Entre ambos se podría pensar que hacían una combinación perfecta para los negocios, llevando así una sociedad comercial de muchos años.

La marcha sobre la calle 25 de Mayo se hacía lenta, la llu­via obligaba a tomar precaución. Los hermanos estaban transitando el barrio Mbu­ricao, cuando alcanzaron la intersección con Choferes del Chaco.

El semáforo iluminó de rojo sus rostros. El motor se escu­chaba firme y una voz metá­lica anunciaba la siguiente canción en la radio; José le dio una vuelta más a la peri­lla del volumen. Esa música le resultaba conocida. Sus dedos danzaban de manera intercalada, azotando el cuero que cubría al volante.

La noche profundizaba aún más la penetración de aque­lla luz semafórica a través del parabrisas. Eran las 19 horas, la concentración la perdía con facilidad porque el hambre no lo dejaba pen­sar y solo se imaginaba con llegar a su hogar. Me espera una cena de aquellas, pensó.

Los dos —de momento— quedaron en silencio, y el sonido que produjo la porte­zuela que se abrió a sus espal­das los dejó aún más tiesos. Un delincuente se metió al vehículo aprovechando que todavía estaban detenidos. Los dos hermanos queda­ron helados, no sabían cómo reaccionar.

Aquel ladrón colocó el frío tubo de su pistola en el cue­llo de José y le hincó para que no intente reaccionar. Mordiendo sus dientes para demostrar ser muy amena­zante, aquel furtivo visitante le ordenó continuar la mar­cha y obedecer cada instruc­ción que le daría. Eduardo miraba de reojo, sin poder mover una sola mano. Obe­dece hermano, le dijo con voz temblorosa, casi entre­cortada.

¡Apurate! Gritó el robaco­ches, pero José no obedeció y pisó con fuerza el pedal del acelerador y fijando las manos en el volante.

¡¿Qué hacés imbécil?! Colé­rico gritaba el ladrón. Esa recta que tomó José lo con­dujo hasta el cruce con la calle Radio Operadores del Chaco. En ese lugar un cer­tero disparo en la cabeza lo fulminó.

El estruendo de la detona­ción se propagó en la tran­quila noche y su destello cegó a Eduardo por unos instan­tes impidiendo ver al ata­cante. Aquel malnacido huyó sin llevarse nada, dejando la puerta abierta en su presu­rosa y cobarde escapatoria.

Eduardo estaba paralizado y la camioneta sin control comenzó a ir en reversa. El cirujano bajó de ella y corrió en busca de ayuda. El tra­yecto errante del vehículo terminó cuando se estrelló contra una peluquería, el motor seguía en ritmo y el limpia parabrisas cortaba el ataque sin piedad de la lluvia pertinaz.

El disparo irrumpió en la pasividad del vecinda­rio, motivando a muchos a abandonar sus hogares. La curiosidad los orientó para ver lo que ocurría. Al notar a aquel hombre desvanecido —a mitad de cuerpo— sobre el asiento del acompañante, en medio de papeles revuel­tos, la guantera abierta y las cenizas del cigarrillo sobre el tapizado, entendieron que se trató de un asalto y llamaron a la policía. A los pocos minu­tos el pulular de las sirenas fustigó aún más a la tran­quilidad que existía antes del furibundo ataque.

¡Separe a esa gente y retírela a varios metros de esa camio­neta, mi hijo! Gritó impe­tuoso el comisario que comandaba en ese lugar. Su jurisdicción era la sexta metropolitana y con esto sabía que la noche no sería la misma de siempre. Los agentes abrieron sus brazos como si la idea fuera abrazar a todos, le pedían que retro­cedan para permitir que los agentes fotografíen e inspec­cionen la escena del crimen.

Se abrió paso en medio de la multitud y miró fijamente al racimo de policías, pudiendo identificar —de entre el grupo que vestía caqui— a su obje­tivo a quien debía abordar. Se trataba del comisario, que en ese momento continuaba dando ordenes. Eduardo Sal­daña —el cirujano— volvió 45 minutos después al lugar donde todo pasó.

Saldaña se presentó ante el comisario. Buenas noches jefe, soy el hermano de la víc­tima y estuve con él mientras que el asaltante nos atacó. Quisiera darle detalles de lo que ocurrió aquí, comenzó su relató con bastante tranqui­lidad, con las pausas necesa­rias, inspirando confianza y credulidad. Relató el minuto a minuto de cómo mataron a sangre fría a su hermano. Aquel robacoches no tuvo piedad y por alguna reacción que no pudo explicar ter­minó percutiendo su arma dando muerte a su hermano.

Saldaña continuó su relato, gesticulando enérgicamente con las manos. Justificó su huida por el temor que tuvo, pero fue a pedir ayuda a la casa de su suegra, a unos dos kilómetros del mortal cruce. Caminó 20 cuadras para pedir auxilio y los vol­vió a recorrer para volver al lugar del asesinato.

Luego de sus primeras decla­raciones a la policía, Saldaña desapareció.

ATAR ALGUNOS CABOS SUELTOS

Era un robusto mueble, que al mirarlo de lejos parecía saludar a los visitantes. Sin embargo era tan solo un ofi­cial del tiempo, aquel vete­rano reloj de la Comisaría sexta de la capital marcaba las 23, del 31 de julio. A cua­tro horas del crimen del inge­niero. El rompecabezas no tenía sentido y le faltaban piezas.

Los agentes de esa dependen­cia tenían la orden de encon­trar al médico y no hallaban pistas. A cuatro cuadras de la balacera estaba la vivienda de la víctima. Unos patrulle­ros fueron a probar suerte, pero no la tuvieron. En la casa estaban devastados. La familia se enteró del letal atraco y mucho no podían aportar sobre el paradero del doctor Saldaña.

Como si el pensamiento lo atrajera, pero con un notable aire de misterio, el médico apareció por su cuenta en la oficina de la Comisaría. Esta vez traería consigo más cla­ridad sobre lo que pasó esa tarde y noche.

Los encargados de interro­garlo esta vez serían los ofi­ciales del departamento de Criminalística.

EL TIRADOR FANTASMA

La habitación donde se encontraban imitaba una perfecta escena policiaca sacada del cine. El humo del cigarrillo iba dibujando una columna que se elevaba hasta el techo y los agentes no hacían mas que mirar varias fotografías y actas escritas a mano.

Al fondo se veía a Eduardo, sentado y muy tranquilo. Con las dos manos entrela­zadas y acostadas sobre sus rodillas.

Uno de los agentes dijo: doc­tor usted ya sabe como es esto. ¿Cómo estuvo con su hermano en la camioneta? Para descartar algún vín­culo con el crimen necesito hacer algunas pruebas y que me conteste un par de pre­guntas nuevamente.

Eduardo exhaló corto y con fuerza, como quejándose. Esta bien, asintió.

Un suboficial se acercó con los elementos para el análi­sis y se los entregó a un oficial de mayor rango, más experi­mentado. Acercate mucha­cho, te voy a mostrar cómo se hace, dijo el criminalista. Aprovechando la situación real para darle algo de fogueo al novato.

Mirá, prestá atención, se dirigía el especialista de mayor rango al subalterno que miraba como niño en un acto de magia, con extrema curiosidad.

Primero derretiré la parafina en este envase de porcelana refractaria, luego con esta brocha —de pelo de came­llo— impregnaré las manos del sospechoso. El barrido era incesante en la izquierda y la derecha, esto era seguido por la atenta mirada del doctor. El próximo paso es formar un guantelete, cubriendo las manos con trozos de gasa. Esto refor­zará el molde y nos permi­tirá retirarlo fácil. El agente continuaba enseñando a su alumno.

Por último, al enfriarse la parafina retiraré el guan­telete por medio de una abertura que se realiza a un costado; el guantelete trae consigo las partículas microscópicas de nitratos, nitritos, bario, plomo y anti­monio. Los restos de la pól­vora —que al ser detonada— se encuentran impregnados en la piel. Así podemos deter­minar mediante esta masca­rilla si el sospechoso disparó en un espacio determinado de tiempo.

El guantelete fue llevado bajo microscopio. El experto ubicó la muestra cuidadosa­mente bajo la lupa del arte­facto y tras varios minutos dio su conclusión. Se tomó del rostro y lentamente des­lizaba la mano hacía su bar­billa, dejando la boca abierta y el ceño fruncido, pensó que el resultado sería otro.

¿Qué pasó? Dijo el aprendiz. – Nada, eso pasó. Tenemos resultado negativo en para­fina. El hombre no disparó. Eduardo podría ir a su casa.

Los agentes estaban confun­didos. El relato del doctor Saldaña tenía ciertas incon­sistencias que la experiencia alertaba; como el instante en que los detectores de humo se activan ante un fuego que apeligra. El sentido común no era del todo simple, y ello los obligó a volver a la escena del crimen con el único tes­tigo del asesinato, el propio doctor Saldaña. Debían darle al parte policial —sobre el asesinato— algo de claridad o fracasarían en la investi­gación.

Continuará...

 

El club que vive de la cachaca

Un club que vive para el fútbol pero que depende de la música y la fiesta, sueña con volver a la Primera de nuestro fútbol. Un breve repaso por la historia del Club Colegiales.


Fuente: La Nación

“Si seguís rechazando así la pelota, Zacarías te va a llevar a Colegiales” era una frase en guaraní que se hizo popular en los torneos de fútbol barriales de los alrededores del club Colegiales, en Cuatro Mojones, cuando algún jugador “reventaba” el balón para alejar del área o de alguna jugada que podría significar un peligro de gol para el arco defendido.

La peculiar expresión hacía referencia a Juan Desiderio Zacarías, quien dirigió durante 20 años al club Colegiales y quien es además, por lejos, fue el técnico paraguayo con el récord de permanencia en dicho cargo. Ningún otro DT se acerca ni cerca de estos números. Zacarías tomó el timón rojo en 1979 y dirigió al equipo hasta el 2001.

En dos décadas, Zacarías le había dado un estilo a Colegiales, sobre todo en lo referente al aspecto defensivo. Tal vez, una consigna que resume esta técnica puede ser la que utiliza un conocido periodista argentino de la Cadena Fox y que hoy es muy recurrente: “Saque si quiere ganar”.

UNA HISTORIA FAMILIAR

Colegiales es un club que nació como una iniciativa familiar. Se fundó el 6 de enero de 1977 y en principio, tenía el nombre de “El Colegio”, igual al de una librería, que era el emprendimiento de los hermanos Juan, Emilio, Marciano, Lorenzo, Atilio y Roberto Zacarías en ese tiempo (y que sigue vigente). Sin embargo, años después, se cambió el nombre por el definitivo “Colegiales” y se instaló como institución en la zona de Cuatro Mojones, en Lambaré, en la frontera con Villa Elisa.

Además del estadio “Luciano Zacarías” y las piscinas, también en Cuatro Mojones se habilitó el tinglado que con el paso de los años se convirtió en toda una institución del baile. El club habilitó un combo que al final resultó explosivo para los intereses deportivos de la propia institución; fútbol más baile, cerveza y mucha cumbia, sería un cóctel muy irresistible para varios de sus jugadores, que muchas veces tenían más ganas de levantar los manos en la pista de baile que intentar una gambeta en la cancha.

“Sí, pero nosotros ya sabemos todas sus mañas (de los jugadores). Cuando vemos que hay personas con quepis o que se ponen una capucha y no entran luego a la pista, sino que recorren nomás por los costados, ya sabemos que son nuestros jugadores” explica el presidente de la entidad Javier Zacarías, hijo de Emilio Zacarías, uno de los fundadores del club.

El pasado 6 de junio, el “Tinglado de Colegiales” celebró su 40º aniversario. Hubo fiesta, música y delirio. Son cuatro décadas de fiestas que representan un ingreso importante para el sostenimiento económico del club. “Quién más, quien menos vino alguna vez al Colegiales a bailar” sostiene Javier Zacarías.

En la memoria colectiva de la gente queda aquella frase –que no obstante se escucha hasta estos tiempos en las radios locales– de“El rey del picnic” acompañado del famoso grito de colegiales, en la voz del maestro “Nene” Fariña.

Como todo lugar que reúne música, bebidas alcohólicas y mucha gente, el descontrol siempre aparece como una posibilidad. En ese sentido, el tinglado de Colegiales no escapa a los problemas de la violencia. Sin embargo, en la comisaría local, los reportes no pasan de situaciones por peleas o algunos disturbios mínimos.

Charly y su pantalón

Si bien Colegiales se caracteriza por la música de estilos cumbia y cachaca, en 1987 se gestó algo histórico para el mundo musical paraguayo. En noviembre de dicho año, el ídolo de rock sudamericano Charly García tenía que presentarse en Asunción para su primer concierto en Paraguay.

Las crónicas periodísticas de la época –facilitadas por el colega Orlando Salerno– rememoran que Jerónimo Segovia, presidente de la “Comisión de Moralidad” de la Junta Municipal de Asunción, solicitó oficialmente que se suspenda el concierto, marcado entonces para el 20 de noviembre. A esta solicitud se le sumó la prohibición de un juez local de que menores de edad accedan al recital.

Ante esta situación, se determina finalmente que el concierto se realice fuera de Asunción y fue así que el 25 de noviembre de 1987, Charly García canta por primera vez en Paraguay en el Luciano Zacarías. “El estadio de Colegiales se llenó de público y de aplausos” se lee en la edición del día siguiente del periódico “El diario”, que publica una reseña sobre el concierto con fotos y un destaque de página completa.

“El 99,9 % de nuestros ingresos provienen de nuestros domingos de picnics. La cachaca es lo que nos mantiene como club de fútbol” dice Javier Zacarías. Alega que esta situación obedece, entre otros factores, al poco apoyo que se recibe en la categoría en la que están ahora (Primera B, antiguo Primera C) y que el objetivo es llegar a la Intermedia, para pelear por auspiciantes y más publicidad.

La realidad de un club que milita en la categoría de la Primera B es muy diferente a los clubes de élite. Los ingresos son exiguos y los dirigentes deben buscar financiamiento de donde sea para poder sobrellevar los gastos. El torneo es largo y desgastante –actualmente participan 18 equipos– para cualquier entidad. Hay que tener resto económico para aguantar y pelear por el sueño de ascender a la categoría Intermedia.

Javier Zacarías explica en números: “Si querés mantener la categoría y estar ahí a mitad de tabla, el gasto es de unos G. 400 millones al año (unos 33,3 millones al mes). Si querés pelear para subir, el gasto se duplica. Como mínimo, tenés que poner unos G. 700 millones al año (G. 58 millones al mes). Nosotros llegamos a la final en el 2017 y tuvimos un gasto de G. 900 millones. Y es gasto, porque no subimos y esa plata no se recupera” dice el dirigente.

CAMPEONATO Y DECLIVE

La historia de Colegiales habla de un club que supo mantenerse durante años en la categoría Principal, entre los años 80, 90 y principio del 2000. Incluso se coronó campeón del torneo República en 1990 y llegó a la final del campeonato Apertura en 1999.

Quizás el momento más importante de la historia colegial, como club deportivo, se dio en 1995, cuando llegó a la semifinales de la extinta Copa Conmebol. Además, llegó a jugar la Copa Libertadores en dos ocasiones, en 1991 y 2000. Sin embargo, esta buena racha se cortó abruptamente. Apenas un año después de jugar su última Libertadores, en el 2001 descendió a la Intermedia.

Este descenso marcó la debacle. Dos años después, en el 2003, Colegiales descendió a la Primera B y si bien logró recuperarse, desde entonces no logra llegar a la Intermedia y mantenerse definitivamente en la categoría semiprofesional.

EL RENACER

“El club está renaciendo” dice su presidente. “La idea de este año es llegar lo más lejos posible en el campeonato actual”.

Entre los jugadores más destacados de la cantera colegial, se puede mencionar un caso reciente; Juan Escobar Chena, el nuevo jugador del Cruz Azul de México, se inició en Colegiales. Desde la Escuela de fútbol hasta llegar a la Primera, para luego ser transferido al Sportivo Luqueño. Un par de temporadas en Luque le valieron a Escobar llamar la atención de Cerro Porteño, que se hizo de sus servicios para el 2018 y desde entonces no paró.

“Muchos acá en el club no se enteraron de que Chena se llamaba Juan Escobar. Porque acá, para nosotros, siempre fue ‘Chena’ nomás luego. Él pues es Juan Escobar Chena y no sé por qué se lo conocía por su segundo nombre. Muchos cuando lo vieron recién jugar en Luque se enteraron de su nombre y primer apellido”, recuerda Zacarías con alegría.

Además de Escobar, otros grandes jugadores que surgieron de las canchas de arena roja de la escuelita de fútbol del Colegiales fueron Delio Toledo, Gabino Román, entre otros. Delio llegó a ser figura de la selección nacional y se mantuvo varias temporadas en el fútbol europeo, incluso.

En los 90, por la potencia de los bafles se podía escuchar la música de Colegiales que inundaba todo el barrio. Cuando llegaba la medianoche, el anuncio de cada domingo: “Próximamente Bronco en Colegiales…”, decía el locutor.

Juan Escobar Chena, el nuevo jugador del Cruz Azul de México, se inició en Colegiales.

En aquellos tiempos, era un sueño casi lejano tener a este grupo mexicano en Paraguay. Según dicen, este anuncio no era otra cosa que una señal de que el encargado de la fiesta ya estaba un poco pasado de copas.

Sin embargo, en el 2013, aquel sueño se hizo realidad con la presencia de Guadalupe Esparza y su Bronco en Colegiales.

Y en eso anda este club de fútbol: en noches, cumbias y cachacas.

El sueño ahora es volver a Primera.

 

Costureras, oficinistas y hasta "infiltradas" en el ejército: Mujeres y su rol en la Guerra del Chaco

Si bien fueron los hombres los que combatieron tenazmente en las trincheras para defender a nuestro país, las mujeres también cumplieron un rol fundamental durante la Guerra del Chaco (1932-1935), convirtiéndose de diversas maneras en protagonistas de aquella contienda histórica que culminó un día como hoy.

En coincidencia con un nuevo aniversario de la Paz del Chaco, decidimos hacer un análisis sobre el papel que cumplieron las mujeres durante los tres años que duró aquel conflicto bélico que tuvo enfrentados a paraguayos y bolivianos en la disputa por el suelo chaqueño.

Ana Barreto, historiadora y exdirectora del Museo Casa de la Independencia, comentó a HOY que el protagonismo de las mujeres paraguayas en la Guerra del Chaco fue bastante importante y trascendental debido a que cumplieron no solo una sino varias funciones dentro de la sociedad.

En ese sentido, destacó que las mismas se convirtieron en el “sostén de la retaguardia”, desempeñándose ya sea como enfermeras, madrinas de guerra, secretarias, hasta inclusive como reemplazantes de los hombres que habían ido al campo de batalla y se vieron forzados a abandonar sus puestos de trabajo en las oficinas.

Barreto, quien es autora del libro “Mujeres que hicieron historia en el Paraguay”, señala que las mujeres demostraron una gran capacidad administrativa durante todo el proceso de revolución y recordó que Paraguay tuvo un periodo de inestabilidad política durante el siglo XIX que fue frenado por la Guerra del Chaco hasta desencadenar en la Guerra Civil del 47.

En vista a que todos los hombres habían sido movilizados, las mujeres en las áreas urbanas -especialmente en Asunción- tuvieron que cubrir los espacios dejados por los hombres en las empresas, tanto en instituciones públicas como privadas, refirió. En coincidencia, los primeros cursos de secretariado y dactilografía se habilitaron justo en coincidencia con el inicio de la guerra, derivando en que una gran cantidad de secretarias salgan a trabajar en esa época.

Otro lugar en el que ellas cumplieron un rol importante es en las juntas de aprovisionamiento del campo, teniendo a su cargo la producción y la cosecha en las chacras. “Todo lo que se producía allí tenía que servir para el sustento de sus hogares y además para enviar provistas al Chaco”, mencionó. Así también, las maestras tenían la misión de cultivar en las escuelas con los niños.

La historiadora comentó que durante la contienda hubo un montón de mujeres voluntarias que trabajaban en los hospitales, cumpliendo diferentes labores que no se centraban solo en el de ser enfermeras sino también otras como llevar la leche a los soldados heridos o ayudar para las donaciones de sangre.

De igual manera, también se destacaron las costureras de la guerra, quienes tenían la misión de coser artículos que iban desde sábanas, pantalones, camisas y ropa interior hasta chaquetas, ponchos y mosquiteros. “Ellas se encargaban de trabajar en sus casas, pasaban a enrolarse en el ejército y en sus libretas se anotaba lo que iban entregando”, indicó.

Si se compara la Guerra del Chaco con la Guerra de la Triple Alianza (conocida comúnmente como “la Guerra Grande”, el factor común en ambas contiendas -señala Barreto- es el compromiso de las mujeres con la administración y el sostenimiento económico del Estado ante la ausencia de los varones.

“Durante la guerra se destacó la clara experiencia de las mujeres ante el manejo de la crisis y cómo no eran simplemente esposas, eran administradoras del hogar. En esta segunda guerra internacional se termina viendo de nuevo eso, cómo las mujeres ponen todo su capital de experiencia administrando la chacra, las estancias, los negocios, cubriendo los espacios en las zonas urbanas”, manifestó.

LA HISTORIA DE MANUELA, LA MUJER QUE COMBATIÓ EN EL CHACO

Una de las más llamativas historias que han podido rescatarse de la Guerra del Chaco es la de Manuela Villalba, quien pese a las restricciones de la época y el peligro existente tuvo el valor de enrolarse en el ejército para ir al campo de batalla.

Según relató Barreto, esta noble mujer oriunda de la localidad de Tavapy (actual San Roque González de Santa Cruz, departamento de Paraguarí) había acudido al llamado para combatir en el Chaco por pedido de su madre, quien le encomendó que acompañe a su hermano para cuidar de él.

Fue así como Manuela (que pasó a utilizar el nombre de “Manuel”) tuvo que cortarse el cabello y vestirse como hombre para pasar desapercibido al momento de alistarse en el pelotón.

La historia -que había sido dada a conocer en el periódico “El Orden”- cuenta que en agosto de 1933 los hermanos Luis y Manuel Villalba, quienes se encontraban en el Regimiento 2 “Ytororó”, se vieron obligados a cambiar de unidad por cuenta propia sin pedir el pase reglamentario ante el fallecimiento de su comandante, el Tte. Ozuna.

Una noche mientras se encontraban caminando por territorio chaqueño fueron encontrados por una patrulla paraguaya y, ante la falta de documentación que confirme sus identidades, no tuvieron más opción que ser llevados a Nanawa en calidad de detenidos.

El Cnel. Luis Irrazábal, quien se encontraba a cargo del Tribunal de Guerra, les había dicho que en este tipo de casos correspondía un fusilamiento. Fue en ese momento que Luis le sugiere a su hermana (que en ese entonces tenía solo 17 años) que cuente la verdad y revele su sexo real con el fin de salvarse de la muerte. Ante la incredulidad de los presentes, convocaron a un médico que finalmente confirmó que se trataba de una mujer.

De acuerdo a los expedientes de la época, el documento otorgado al soldado señalaba cuanto sigue: “El soldado Manuel Villalba tiene permiso de este Comando para bajar y permanecer en la capital por tiempo indefinido. Motivo: Cambio de sexo. Firmado: Irrazábal, Cnel.”.



 

La muerte lo esperaba en la oscura esquina

Eran seis jóvenes, la cerveza terminó pero no era suficiente. Se les ocurrió dar un paseo y ver cómo pagarían por más alcohol. Mataron a un joven para obtener dinero del teléfono robado. Con eso continuaron tomando como si nada...


Fuente: La Nación

POR ÓSCAR LOVERA VERA, periodista

“¡Señor pasá el semáforo en rojo, no me siento bien!”, decía jadeando Emilio. Su respiración era agitada y cada vez le resultaba más difícil aspirar el aire. El esfuerzo que imprimía para inhalar y exhalar era perceptible, pese al agitado tráfico de las 23:00 de un sábado. “Tranquilo mi hijo ya vamos a llegar”, le dijo aquel hombre que lo auxilió, con una voz que simulaba tranquilidad, pero que por dentro entendía que lo estaba perdiendo.

Sostenía el volante con firmeza e intentaba concentrarse mirando fijamente a través del parabrisas. La luz roja de freno le daban el alto en el paso semafórico, procuró maniobrar bruscamente abriéndose paso sobre la avenida Juscelino Kubitschek en Asunción. La fila de automóviles le impedía abrirse paso en la intersección con la avenida Mariscal López. Un par de bocinazos continuos y unos gritos de socorro le abrieron un pequeño hueco para la temeraria acción.

Desde allí, faltaban apenas unos kilómetros para llegar al entonces Hospital de Emergencias Médicas. Lo que estaba viviendo era una verdadera urgencia. Ese joven de 18 años al que ayudó subiéndolo al asiento trasero se estaba desangrando en su coche. Él vio cómo esa banda de ladrones lo atacó para robarle el celular, lo rodearon y, uno de ellos, con un cuchillo en mano enterró el puñal en su pecho. Tumbándolo en ese mismo instante sobre la avenida Venezuela, muy cerca del Club Centenario.

Al fin cruzó la barrera de la entrada principal del hospital. Estacionó con prisa frente a la entrada de Urgencias y con voz imperante pidió a un camillero que lo ayude con un herido. ¡Rápido amigo, ayúdame, este muchacho está perdiendo mucha sangre! El empleado tomó una camilla y se acercó al vehículo, entre ambos sostuvieron a Emilio y con fuerza subieron al chico a la plancha de acero.

Las ruedas de la cama comenzaron a girar. El camillero la empujaba dejando la puerta de urgencias cortando el aire en potente vaivén. ¡Uno, dos, tres! Gritó el médico de guardia, ordenando a los asistentes el paso de la víctima a una cama de cirugías. El diagnóstico no era alentador.

EMERGENCIA

¡¿Cuál es la situación?! Fue la pregunta del cirujano, mientras acomodaba el látex del guante en sus manos. En una primera evaluación los intervinientes notaron una perforación profunda en el lado izquierdo del tórax, a lo que el médico respondió: ¡rápido canalizale dos vías 16 o 18, y pásale suero! ¡¿Qué tal esta su pa?! (presión arterial) –el enfermero le responde: 70/40 doctor, apenas se escucha… –El médico señala con el dedo índice la puerta de urgencias, e imperante exclama ¡que alguien vea en banco de sangre, necesitamos dos volúmenes!

El doctor hacía una evaluación en voz baja, esto debió dañar órganos y vasos sanguíneos y posible sangrado interno; concluyó con extremada experiencia en heridas de este tipo. Las noches de guardia le hicieron vivir de todo y entendía que el riesgo estaba presente de nuevo.

Emilio iba perdiendo el conocimiento a medida que el gas anestésico hacía efecto. El químico era distribuido en todo su cuerpo, llevado presurosamente por el torrente sanguíneo, y languideciendo sus sentidos. Poco a poco sus ojos se iban cerrando y solo notaba una luz blanca e incandescente alumbrando fijamente el rostro. Un brillo de esos se colaba entre sus párpados que le iban pesando.

Fuera de la sala de intervenciones aquel hombre –de unos 50 años– se pasaba la mano en el rostro con gran preocupación, sintió que ese joven a quien ayudó podría ser su hijo. Mientras exploraba en su interior algo de esperanza, miraba atentamente el cartel de acrílico donde la administración del hospital señalaba las especialidades que se practicaban detrás de aquella blanca puerta magullada por los embates de las camillas. Intentaba distraerse con algo hasta que le den algún diagnóstico.

Un agente de Policía asignado para registrar la identidad de los pacientes que ingresan al recinto se acercó con paso lento, intentaba no ser invasivo al ver tanta impaciencia en aquel visitante. Cuando las distancias se acortaron con voz apacible se dirigió a él y dijo: Señor, disculpe, soy el oficial Amarilla. Mi trabajo es tomar nota de cada persona que ingresa a urgencias. ¿Conoce a ese muchacho?

No señor, no lo conozco. Apenas sé su nombre y fue porque pudo contestarme cuando lo traía hasta aquí. Sé que es de la zona de barrio Jara, ahí fue que ocurrió todo. ¿Y qué pasó en ese lugar, señor? Preguntó el policía…

LA MUERTE DOBLÓ EN LA ESQUINA

Sábado 29 de mayo del 2004. Emilio Aguirre salió de su casa ubicada en la calle América del barrio Jara. Le urgía comprar saldo para su línea móvil. Planeó asistir a una fiesta con sus amigos, aprovechando que era sábado y no le quedaba otro compromiso en la casa.

El plan quedó a medias. La idea era juntarse con su grupo en la casa de un compañero del colegio y luego disfrutar de la noche.

Pero el crédito terminó y debía reponerlo para coordinar la hora del encuentro. El único lugar que quedaba era la gasolinera ubicada en la intersección de la avenida Mariscal López y la avenida Venezuela de su barrio.

Para ello debía caminar una interminable cuadra muy oscura. Eso no lo atemorizó, ya lo había hecho más de una vez, pero era improbable que intuya a la muerta, aquella que la aguardaba al doblar la esquina.

El reloj de la gasolinera marcaba las 23:40. Una oscuridad colosal se imponía en la zona, las luces de la red de alumbrados era insuficiente. Penumbra que resultaba cómplice para un grupo de mal intencionados que salió en busca de algún infortunado.

Estaban descontrolados. El pasado les dio fogueo para delinquir. Necesitaban algo valioso para venderlo, continuar bebiendo alcohol y aplacar su sed criminal.

Desde barrio San Pablo hasta barrio Jara. Poco más de 9 kilómetros en un Jeep, viajaban Nazar, Johan, Jesús, Elvio y Eduardo. Todos jóvenes que no superaban los 19 años de edad.

Aún con el motor en marcha, uno de ellos gritó: ¡regalo, regalo!, fue al que llamaban “Iraqui”, Nazar Katrip. Sus ojos brillaban al aterrizarlos directamente en el teléfono celular que Emilio llevaba en la mano y lo miraba con suprema concentración, mientras ponía una pierna frente a la otra intentando acercarse a la estación de servicios. Nazar bajó de la camioneta y con el cuchillo en mano lo increpó: ¡dame tu teléfono chico!, lo dijo con tono amenazante.

Emilio se negó, se resistió con tenacidad provocando la reacción cobarde a la que se sumaron otros cómplices. Unos pocos minutos después –de la desigual batalla– terminó con la violenta estocada en el pecho.

LA ESPERANZA SE CORTÓ

¡…27, 28, 29, 30! compresiones torácicas, dos ventilaciones, gritaba el asistente en la sala de cirugía, hacía de todo para revivirlo. El procedimiento de reanimación se repetía por segunda vez. La ausencia de pulso se anclaba en su cuerpo, no respiraba.

Las ondulaciones en el aparato respirador comenzaban a debilitarse y trazar una línea recta seguida por un pitido que nadie quería escuchar. Emilio Aguirre murió tres días después del ataque que sufrió en manos de la banda del “Iraqui”.

EL RASTRO DEL CHIP

Como parte de un trofeo, días después del asesinato, los criminales continuaban sus vidas como si nada hubiera pasado. La sociedad se despertó indignada entonces y en las calles rebotaba el grito de ¡basta ya! La indignación por la muerte de Emilio sacó de su confort a muchos indolentes.

Uno de los miembros de la organización cometió un error que marcaría su vida. Utilizó el chip del teléfono de Emilio y con ello activó el rastreo que la Policía montó para dar con los autores. La acción permitió que finalmente dieran con la banda.

Los investigadores llegaron al barrio San Pablo, de la capital. Todo fue muy rápido para los agentes. Identificaron a un grupo que integraba una barra de fútbol. Los sospechosos tenían nombre y apellido: los hermanos Jesús y Johan Sebastián Sánchez Agüero, Eduardo Osvaldo Salazar Argüello, Elvio Alfonso Acosta Bogado, Jorge Leonardo Acuña, conocido con el alias de Pinocho –este último fue liberado al comprobarse que se bajó del Jeep antes del asalto– y el líder de la banda: Nazar Katrip, el Iraqui.

EL ESTRADO

A mediados del 2006, dos años después. Un tribunal bajó el mazo de culpa directa sobre Nazar y Johan. La voz del juez irrumpía con la cifra de 25 años de cárcel para ambos. Eduardo Salazar, el conductor de la camioneta, recibió 12 años de condena. A los ocho años logró salir de la penitenciaría tras una revisión de su medida. Los otros condenados fueron Elvio Acosta a cinco años y a cuatro años Jesús María Sánchez. El integrante de la banda que utilizó el celular de Emilio para comunicarse con su novia, permitió darle paz a la injusta muerte de Aguirre.