El robacoches fantasma y la deuda de sangre (Parte 2)

El único testigo, el cirujano Saldaña, insistía en que un robacoches mató a su hermano. Pero dos agentes no quedaron convencidos de esta versión y comenzaron de cero. La cacería del tirador fantasma concluyó en tres días.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

MARCOS Y LUCAS, DOS DETECTIVES

Día 1. No todas las luces esta­ban apagadas para la Poli­cía. Marcos y Lucas –dos policías de la división que investiga homicidios– reci­bieron la carpeta del caso. Pasó de ser un problema local de la Comisaría 6ª del Área Metropolitana a un acer­tijo que debía resolverse en el departamento de Investi­gación de Delitos.

Marcos era un hombre a punto de llegar a la cuarta década, los años provoca­ron en él la falta de paciencia debido al carácter tosco, pero efectivo, al momento de pre­sionar a aquellos sospecho­sos que optaban por ocultar la verdad. Ya llevaba 25 años en la fuerza y no escatimaba en denotar su experiencia y olfato como investigador.

En cambio, Lucas le sacaba 10 años de ventaja a su pareja. Su juventud le daba la diná­mica al dúo de agentes. Ape­nas pasó unos meses en una comisaría metropolitana y su voluntad en el trabajo le dio el pase para llegar a ser un detective. Un factor común en ellos era la insistencia. Cuando ambos termina­ron de leer el expediente, se dijeron que esta no sería una excepción, debían saber quién mató al ingeniero.

ALGO POCO CLARO

Marcos comenzó a citar en voz alta los puntos poco cla­ros que lo llevaban a creer que esto no fue hecho por robaco­ches. Primero: el delincuente subió por detrás, ¿quién hace eso? Se preguntó. Segundo: ¿por qué disparar a matar? Ningún ladrón hace esto si al menos quiere llevarse algo sin levantar tantas sos­pechas… Tercero: ¿se escapó aprovechando el semáforo en rojo y ahora se lo tragó la tie­rra? Esto, más que los otros, no tiene sentido alguno.

Ante esa duda, Marcos ordenó a Lucas que obtenga el resultado de la autopsia. Necesitaban una pista y ya no dar vueltas sobre un caza­bobos, lo que creían que era la tesis del robacoches. Nada de lo que el doctor Saldaña decía en sus declaraciones tenía lógica.

Una hora después, el joven agente llegó con una car­peta bajo el brazo y en las manos traía el almuerzo. Ambos comerían algu­nas empanadas, no había tiempo que perder.

“La bala es calibre 45 (punto cuarenta y cinco), jefe”, dijo Lucas con un tono liberador, el informe llevaba la firma del forense René Molinas y eso les daba la confianza sobre la veracidad del resultado. “El disparo le destrozó el cráneo, provocándole un traumatismo importante, la muerte fue al instante”, concluían unas líneas de un párrafo.

Miraban con detenimiento el documento, encontraron el hilo que los llevaría al sos­pechoso. Ellos sabían adónde debían recurrir para descu­brir quiénes podrían ser los propietarios, al menos lega­les, de un arma de esta carac­terística. No era común que en Paraguay tengan a prin­cipios de los 90 una pistola tan poderosa.

“Lucas, dejá que yo me encargo de indagar sobre el proyectil, iré a ver la lista de dueños de armas simila­res a esta”, dijo el agente con más experiencia apuntando con el dedo índice derecho la fotografía del plomo obte­nido en el perímetro donde mataron a José.

“¿Yo qué hago, jefe?”, respondió rápidamente el joven con la energía que lo caracterizaba, la misma que le valió ganarse un puesto en la oficina.

Marcos se detuvo un ins­tante a pensar y recordó parte de las declaraciones del doctor Eduardo; en lo que ese pensamiento se descar­gaba en su memoria, le dio órdenes a Lucas: “Andá a la casa de la suegra del doctor, él dijo que fue caminando hasta ese lugar después del disparo. Corroborá que haya estado ahí, también la hora. Luego nos encontramos acá para ver qué tenemos”.

Marcos llegó a la Dirección de Industrias Militares. Una antigua institución cas­trense, cuya creación data de 1955. La oficina funcionaba en el Comando de la Armada de la Nación, sobre avenida República y Hernandarias, en el centro histórico de la capital. El agente llegó a la entrada principal. Dos for­nidos marinos custodiaban el puesto uno.

Pese a ese semblante de hom­bres rústicos, uno de ellos se dirige con amabilidad al policía: “¿Qué desea señor?”. Marcos en ese momento ves­tía una remera celeste, unos jeans gastados y calzaba unas botas de cuero vacuno oscuro. Pensó que quizás esa vestimenta casual le abriría una puerta de cortesía.

Aunque imaginó, también, una situación adversa en los segundos que trans­currirán después de pre­sentar su placa de agente policial. Aquella vieja riva­lidad militar-policial de los tiempos de la dictadura aún persistía. “Busco al coronel Amarilla”, contestó Mar­cos al soldado. A lo que este le respondió: “Aguarde aquí, veré si puede reci­birlo”. Marcos retrucó aquella respuesta para sí: “Claro que me recibirá”.

Al coronel Amarilla lo cono­cía de un curso –sobre inteli­gencia y búsqueda de perfiles criminales– que ambos rea­lizaron en los Estados Uni­dos un par de años atrás.

A los pocos minutos el sol­dado lo hizo pasar a un salón de recepción bastante amplio. Dentro de él tenían alojadas varias maquetas a escala de barcos de gue­rra, todos protegido en una gruesa caja de vidrio. Unos segundos después, Amari­lla lo vino a buscar. “¡¿Qué te trae por acá Marcos?! Desde aquella última reunión de los becarios te perdí el ras­tro”, reclamó su ingratitud –al policía– el jefe militar. “¡Amarilla!, el trabajo che amigo, (mi amigo) sabés cómo esto es”, dijo Marcos.

“Bueno, perdonado. ¿En qué te puedo servir?”, replicó curioso el soldado.

“Mirá esto, amigo”, Marcos le entregó la carpeta con las fotos obtenidas del plomo percutido por el arma que mató al ingeniero Saldaña.

“Es una punto cuarenta y cinco esta”, dijo el militar sin dudar. “Así es, y justamente esto es lo que me trae junto a vos”, asintió Marcos. “Sé que tenés la lista de portado­res legales de las armas que pueden disparar esta bes­tia. Necesito una copia de eso para investigar un ase­sinato. ¿Puedo contar con eso?”, preguntó el agente, mientras inclinaba una ceja sobre su particular mirada inquisidora.

Amarilla suspiró, algo resig­nado, y dijo: “Te debo una y con esto estamos a mano, así que espérame aquí Marcos; veré en registro de armas qué tenemos”.

Quince minutos después, Amarilla viene marcando el paso sin darse cuenta. La costumbre de la instrucción militar ahora le dictaba su caminar diario. En las manos llevaba una carpeta amarilla no por el color, sino por lo gastada que se encon­traba. Desde su asiento –al fondo de aquella enorme sala de recepción– Marcos se per­cató de ello, “quizás estos tie­nen menos presupuesto que nosotros”, pensó, intentando consolarse.

Amarilla le pasó el docu­mento y le explicó: “Den­tro de esto vas a encontrar solo 43 nombres, estas son todas las personas que tie­nen este tipo de armas, una pistola semiautomática cali­bre punto 45”.

Marcos miró la lista y no encontró nada llamativo, le parecía hasta estéril. Se preguntó si hallaría al tira­dor fantasma en esta lista, era parte de la incógnita que más le atormentaba. Deci­dió que debía retirarse. Se encuadró, como gesto de cor­tesía, y estrechó las manos de Amarilla, agradeciendo el gesto. “Espero algún día repetir lo del Norte”, esbozó el policía con una mueca de satisfacción. “Para servirte Marcos, pero acuérdate: deuda saldada…”.

Día 2. Marcos volvió a su ofi­cina con la lista en la mano. No sabía por dónde empezar, eran 43 personas con papeles de un arma que coincide en calibre con la utilizada para asesinar al ingeniero Sal­daña, pero sin más que eso. Era la única pista que lo con­duciría al asesino, al menos si el arma homicida era legal.

Se sentó, encendió un ciga­rrillo, su rostro se iluminó por unos segundos. El olor del fósforo lo apartó con una mano y dejó que el humo se disipe en su rosto, mientras observaba cómo las letras de aquellos nombres se mezcla­ban en su cabeza. “No hay de otra”, dijo. Tuvo que llamar a cada uno hasta encontrar un cabo suelto.

Faltaban aún diez nombres por ser verificados, la pacien­cia no era su fuerte. Marcos imaginó que esto le tomaría semanas, ya que además de confirmar si esas personas – de la lista– tenían sus armas, debían establecer una cone­xión con el crimen. Es decir, pedir todas las armas regis­tradas y someterlas a pericia balística, y esto no aseguraba el éxito. Aún quedaba la posi­bilidad de una pistola no regis­trada y, con ello, la posibilidad infinita de quién mató a ese hombre. Aún con tanto mar­gen de análisis, el agente no permitió que esto lo perturbe e imaginó que sería exacta­mente eso que dicen muchos: “Una aguja en un pajar, pero no imposible de encontrar”, pensó determinante.

En el décimo en la lista encontró a un militar –de la Caballería–, de nombre Mario González. Marcos no esperó mucho para mar­car en el teléfono el número registrado en la lista. A los pocos segundos González contestó, para su fortuna estaba de franco. El soldado explicó que esa arma la ven­dió a finales de los 70 a un civil de nombre Mamerto Romero. “Este es un buen dato”, dijo el agente y conti­nuó de largo, necesitaba che­quear toda la lista de porta­dores de una pistola punto cuarenta y cinco.

Una vez acabado ese regis­tro, se encontró que solo una de esas armas fue vendida. Retomó el hilo de su pesquisa con el civil Mamerto Romero, mediante la guía telefónica lo ubicó y lo llamó. El hom­bre le contó que se deshizo de la pistola, también vendién­dola a una persona llamada Thomas Binicio Irala Loma­quis. “¡Otro nombre más!”, dijo Marcos, con una corazo­nada de que estaba por buen sendero.

EL TERCER COMPRADOR

“¡¿Usted es el señor Loma­quis?!”, preguntó Marcos. “Sí, soy yo… ¿quién habla?”, respondió algo confundido del otro lado del tubo. “Mire señor, soy el comisario Mar­cos Gayoso. Estoy investi­gando un hecho de robo y me encontré con una pista que me condujo a usted…”, contestó el agente. “¿Y eso? ¿De qué se trata?”, consultó el hombre, ahora con temor.

El agente siguió indagando: “Bueno, se trata de una pis­tola calibre 45, la usaron para un asalto y quería saber si usted tiene la suya para cotejar que no se trate de la misma. Debo hacer esa com­paración obligatoriamente para descartarlo como sospe­choso, usted comprenderá”. Marcos sabía cómo intimi­dar a alguien, si era su sospe­choso saldría con una coar­tada frágil, si no le daría un elemento más que seguir.

“Señor… ¿comisario me dijo, verdad?”, expresó Lomaquis. “Sí, sí, Gayoso…”, respondió Marcos. “Bueno, mire, esa arma la vendí hace cuatro años, en el 87. Un médico, amigo, me ofreció plata por él y se lo di”. “¿Médico?”, preguntó levantando la voz el policía. “Sí, un médico que se llama Eduardo Saldaña, se lo vendí por 225.000 gua­raníes…”.

Marcos hizo una pausa de asombro. Mientras que Lomaquis del otro lado buscaba una deferencia al dato: “¿Hola?, ¿hola?”. “Sí, sí, disculpe señor, me sonó familiar el nombre, solo eso. Le agradezco el dato, que tenga buen día”. Mar­cos colgó el teléfono y su mente comenzó a imaginar una historia diferente a la que le habían contado.

“¡Jefe!”, irrumpió Lucas. “Muchacho, ¿qué tenemos?”, preguntó Marcos. “Jefe, mirá, fui a la casa de la sue­gra de Eduardo y ella me con­firmó que ayer no estuvo por ahí, nunca fue hasta esa casa, comisario”, respondió Lucas.

Marcos cada vez estaba más convencido que el hombre que buscaba era el propio hermano de la víctima, pero necesitaba de más indicios. “Hay que hablar con los testigos, Lucas. Andá y de nuevo pregúntales cómo ocurrió el crimen, hay algo de este rompecabezas que falta”, dijo el comisario.

Lucas interrogó a los comer­ciantes del barrio Mburu­cuyá, a varios que tienen sus locales sobre la calle donde todo pasó. Uno de ellos relató algo que les llamó la aten­ción. El día del crimen, solo dos personas estaban en la camioneta, no hubo un ter­cero. Una de ellas bajó del vehículo, llevaba puesta una abrigo de color negro, corrió y luego ya no lo vieron. Pero se detuvo a unas cua­dras y subió a un Chevrolet, modelo Opala, con neumá­ticos de masilla blanca. Ese desconocido subió al auto­móvil y desapareció. La des­cripción física de ese extraño coincidía con la del doctor Saldaña. Cada vez el círculo se cerraba más en torno a él.

Día 3. Lomaquis –el segundo comprador del arma– llamó al comisario Marcos. “¿Qué tal comisario? Me dijo que si algo se presentaba se lo comu­nique. Bueno, hoy estuvo en mi casa el hijo del cirujano, me pidió que no hable del arma que le vendí al padre porque ustedes lo involucra­rían equivocadamente en el crimen de su tío, me insistió en que guarde silencio”.

Para Marcos, eso era sufi­ciente. Eduardo era el sospe­choso, debían detenerlo. La Policía lo llamó con la excusa de repasar una vez más sus declaraciones. Cuando se encontraron, el peor miedo del médico se confirmó. Señor Saldaña, queda usted detenido por el asesinato del ingeniero José Saldaña…

Eduardo al principio se mostró reticente a hablar, pero ante la insistencia de aquellos investigadores, confesó que mintió sobre su presencia en la casa de su suegra y, en realidad, fue a lanzar su arma al río Paraguay. La búsqueda se extendió por 10 horas. La Policía insistió y mediante una presión, Saldaña vol­vió a hablar. “Está bien, les diré dónde está. La arrojé a orillas del casino en Itá Enramada, en Lambaré”. Finalmente, el 8 de agosto, aquella pistola fue encon­trada y llevaba a pericia.

LOS CABOS SUELTOS

“Presta atención, Lucas: Eduardo, siendo médico, nunca auxilió a su hermano, prefirió ir a la casa de su sue­gra, que finalmente compro­bamos que fue mentira, no pidió auxilio a los vecinos, no llamó a la Policía, un comer­ciante describió a Eduardo como el único que bajó de la camioneta tras la detonación del arma, su jeans no estaba manchado con sangre –él dijo que su hermano se des­vaneció sobre él tras recibir el disparo–, no pudo explicar por qué la palanca de veloci­dades de la camioneta estaba en neutro si el delincuente supuestamente escapó, tam­poco dio sentido a los docu­mentos que estaban sobre las piernas de su hermano, el cenicero y la guantera abierta y, lo principal, tenía un arma del mismo calibre, la cual tiró ese mismo día del asesinato. Solo nos falta balística, muchacho”, final­mente Marcos terminó de enumerar todos los elemen­tos que para él apuntaban a Eduardo como el asesino.

Un año y cuatro meses des­pués, el 14 de diciembre de 1992, en un juicio oral, los detectives relataron al juez que Eduardo Saldaña mató a su hermano motivado por la envidia en los negocios –y el poder económico que eso le daba–, algo que a él no le ocu­rría con su parte en la socie­dad comercial. Esto lo llevó a desviar fondos de las cuentas bancarias y fue descubierto por su hermano. Para acabar con el pleito, decidió acabar con él y convertirlo en una deuda de sangre.

El tribunal lo condenó a 18 años de cárcel. Eduardo fue ubicado en el dispensa­rio médico de la penitencia­ría de varones en el barrio Tacumbú. Con el tiempo, las visitas de amigos y familiares disminuyeron, llevándolo a una depresión profunda. En el 2009 debió cumplir con su condena, pero murió debido a un ataque cardiaco.

Obs.: Los personajes de los detectives y el jefe de la armería fueron creados para darles conexión con los hechos, con base en lo narrado por agentes que investigaron el homicidio. Todos los datos de la inves­tigación fueron extraídos de la carpeta fiscal y policial.

 

El robacoches fantasma y la deuda de sangre

Los Saldaña, hermanos y socios comerciales iban charlando un día lluvioso de julio, cuando un ladrón de autos se coló en la camioneta en la que iban y asesinó de un balazo al conductor. ¿Fue así?


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Freno, embrague, pri­mera y luego segunda, un par de metros ade­lante la secuencia se repetía. Era un vaivén de pies que hacían reverencia al impri­mir fuerza en los pedales de ese automotor. Era julio, llo­viznaba y mucho el tráfico no ayudaba, pese a que el calen­dario marcaba mediados de 1991. La situación no era dife­rente de la actualidad.

La palanca de cambio de una camioneta Mitsubishi Montero iba y venía, como si tuviera mareos, sin control. La mano de José intentaba dar ritmo a la intensa jornada en el centro de la capital de Asunción.

José Saldaña, un ingeniero de 49 años. Un hombre de aspecto tranquilo y más aún con el tupido bigote que des­cansaba sobre sus labios car­nosos. Ese desalineado mos­tacho se unía en cadena con el mentón, donde uno encon­traba un matorral de barba, que sumado a su greñuda cabellera le daba el aspecto de un bonachón, tal vez algo desarreglado, pero no era de subestimar. Sus ojos nunca los abría del todo, una mirada de sospecha frecuente. Tal vez de su rostro emergía la creencia de un hombre con agudeza en los negocios y una disciplina para hacer dinero .

A su lado iba su hermano, Eduardo. Un médico de 46 años que a diferencia de su hermano mayor cargaba con un semblante más complejo de interpretar. De facciones duras, bigote espeso, pero alineado, un recorte de cabe­llo más cuidado y con ello inspiraba rectitud y serie­dad. La misma que podría inspirar un militar. Entre ambos se podría pensar que hacían una combinación perfecta para los negocios, llevando así una sociedad comercial de muchos años.

La marcha sobre la calle 25 de Mayo se hacía lenta, la llu­via obligaba a tomar precaución. Los hermanos estaban transitando el barrio Mbu­ricao, cuando alcanzaron la intersección con Choferes del Chaco.

El semáforo iluminó de rojo sus rostros. El motor se escu­chaba firme y una voz metá­lica anunciaba la siguiente canción en la radio; José le dio una vuelta más a la peri­lla del volumen. Esa música le resultaba conocida. Sus dedos danzaban de manera intercalada, azotando el cuero que cubría al volante.

La noche profundizaba aún más la penetración de aque­lla luz semafórica a través del parabrisas. Eran las 19 horas, la concentración la perdía con facilidad porque el hambre no lo dejaba pen­sar y solo se imaginaba con llegar a su hogar. Me espera una cena de aquellas, pensó.

Los dos —de momento— quedaron en silencio, y el sonido que produjo la porte­zuela que se abrió a sus espal­das los dejó aún más tiesos. Un delincuente se metió al vehículo aprovechando que todavía estaban detenidos. Los dos hermanos queda­ron helados, no sabían cómo reaccionar.

Aquel ladrón colocó el frío tubo de su pistola en el cue­llo de José y le hincó para que no intente reaccionar. Mordiendo sus dientes para demostrar ser muy amena­zante, aquel furtivo visitante le ordenó continuar la mar­cha y obedecer cada instruc­ción que le daría. Eduardo miraba de reojo, sin poder mover una sola mano. Obe­dece hermano, le dijo con voz temblorosa, casi entre­cortada.

¡Apurate! Gritó el robaco­ches, pero José no obedeció y pisó con fuerza el pedal del acelerador y fijando las manos en el volante.

¡¿Qué hacés imbécil?! Colé­rico gritaba el ladrón. Esa recta que tomó José lo con­dujo hasta el cruce con la calle Radio Operadores del Chaco. En ese lugar un cer­tero disparo en la cabeza lo fulminó.

El estruendo de la detona­ción se propagó en la tran­quila noche y su destello cegó a Eduardo por unos instan­tes impidiendo ver al ata­cante. Aquel malnacido huyó sin llevarse nada, dejando la puerta abierta en su presu­rosa y cobarde escapatoria.

Eduardo estaba paralizado y la camioneta sin control comenzó a ir en reversa. El cirujano bajó de ella y corrió en busca de ayuda. El tra­yecto errante del vehículo terminó cuando se estrelló contra una peluquería, el motor seguía en ritmo y el limpia parabrisas cortaba el ataque sin piedad de la lluvia pertinaz.

El disparo irrumpió en la pasividad del vecinda­rio, motivando a muchos a abandonar sus hogares. La curiosidad los orientó para ver lo que ocurría. Al notar a aquel hombre desvanecido —a mitad de cuerpo— sobre el asiento del acompañante, en medio de papeles revuel­tos, la guantera abierta y las cenizas del cigarrillo sobre el tapizado, entendieron que se trató de un asalto y llamaron a la policía. A los pocos minu­tos el pulular de las sirenas fustigó aún más a la tran­quilidad que existía antes del furibundo ataque.

¡Separe a esa gente y retírela a varios metros de esa camio­neta, mi hijo! Gritó impe­tuoso el comisario que comandaba en ese lugar. Su jurisdicción era la sexta metropolitana y con esto sabía que la noche no sería la misma de siempre. Los agentes abrieron sus brazos como si la idea fuera abrazar a todos, le pedían que retro­cedan para permitir que los agentes fotografíen e inspec­cionen la escena del crimen.

Se abrió paso en medio de la multitud y miró fijamente al racimo de policías, pudiendo identificar —de entre el grupo que vestía caqui— a su obje­tivo a quien debía abordar. Se trataba del comisario, que en ese momento continuaba dando ordenes. Eduardo Sal­daña —el cirujano— volvió 45 minutos después al lugar donde todo pasó.

Saldaña se presentó ante el comisario. Buenas noches jefe, soy el hermano de la víc­tima y estuve con él mientras que el asaltante nos atacó. Quisiera darle detalles de lo que ocurrió aquí, comenzó su relató con bastante tranqui­lidad, con las pausas necesa­rias, inspirando confianza y credulidad. Relató el minuto a minuto de cómo mataron a sangre fría a su hermano. Aquel robacoches no tuvo piedad y por alguna reacción que no pudo explicar ter­minó percutiendo su arma dando muerte a su hermano.

Saldaña continuó su relato, gesticulando enérgicamente con las manos. Justificó su huida por el temor que tuvo, pero fue a pedir ayuda a la casa de su suegra, a unos dos kilómetros del mortal cruce. Caminó 20 cuadras para pedir auxilio y los vol­vió a recorrer para volver al lugar del asesinato.

Luego de sus primeras decla­raciones a la policía, Saldaña desapareció.

ATAR ALGUNOS CABOS SUELTOS

Era un robusto mueble, que al mirarlo de lejos parecía saludar a los visitantes. Sin embargo era tan solo un ofi­cial del tiempo, aquel vete­rano reloj de la Comisaría sexta de la capital marcaba las 23, del 31 de julio. A cua­tro horas del crimen del inge­niero. El rompecabezas no tenía sentido y le faltaban piezas.

Los agentes de esa dependen­cia tenían la orden de encon­trar al médico y no hallaban pistas. A cuatro cuadras de la balacera estaba la vivienda de la víctima. Unos patrulle­ros fueron a probar suerte, pero no la tuvieron. En la casa estaban devastados. La familia se enteró del letal atraco y mucho no podían aportar sobre el paradero del doctor Saldaña.

Como si el pensamiento lo atrajera, pero con un notable aire de misterio, el médico apareció por su cuenta en la oficina de la Comisaría. Esta vez traería consigo más cla­ridad sobre lo que pasó esa tarde y noche.

Los encargados de interro­garlo esta vez serían los ofi­ciales del departamento de Criminalística.

EL TIRADOR FANTASMA

La habitación donde se encontraban imitaba una perfecta escena policiaca sacada del cine. El humo del cigarrillo iba dibujando una columna que se elevaba hasta el techo y los agentes no hacían mas que mirar varias fotografías y actas escritas a mano.

Al fondo se veía a Eduardo, sentado y muy tranquilo. Con las dos manos entrela­zadas y acostadas sobre sus rodillas.

Uno de los agentes dijo: doc­tor usted ya sabe como es esto. ¿Cómo estuvo con su hermano en la camioneta? Para descartar algún vín­culo con el crimen necesito hacer algunas pruebas y que me conteste un par de pre­guntas nuevamente.

Eduardo exhaló corto y con fuerza, como quejándose. Esta bien, asintió.

Un suboficial se acercó con los elementos para el análi­sis y se los entregó a un oficial de mayor rango, más experi­mentado. Acercate mucha­cho, te voy a mostrar cómo se hace, dijo el criminalista. Aprovechando la situación real para darle algo de fogueo al novato.

Mirá, prestá atención, se dirigía el especialista de mayor rango al subalterno que miraba como niño en un acto de magia, con extrema curiosidad.

Primero derretiré la parafina en este envase de porcelana refractaria, luego con esta brocha —de pelo de came­llo— impregnaré las manos del sospechoso. El barrido era incesante en la izquierda y la derecha, esto era seguido por la atenta mirada del doctor. El próximo paso es formar un guantelete, cubriendo las manos con trozos de gasa. Esto refor­zará el molde y nos permi­tirá retirarlo fácil. El agente continuaba enseñando a su alumno.

Por último, al enfriarse la parafina retiraré el guan­telete por medio de una abertura que se realiza a un costado; el guantelete trae consigo las partículas microscópicas de nitratos, nitritos, bario, plomo y anti­monio. Los restos de la pól­vora —que al ser detonada— se encuentran impregnados en la piel. Así podemos deter­minar mediante esta masca­rilla si el sospechoso disparó en un espacio determinado de tiempo.

El guantelete fue llevado bajo microscopio. El experto ubicó la muestra cuidadosa­mente bajo la lupa del arte­facto y tras varios minutos dio su conclusión. Se tomó del rostro y lentamente des­lizaba la mano hacía su bar­billa, dejando la boca abierta y el ceño fruncido, pensó que el resultado sería otro.

¿Qué pasó? Dijo el aprendiz. – Nada, eso pasó. Tenemos resultado negativo en para­fina. El hombre no disparó. Eduardo podría ir a su casa.

Los agentes estaban confun­didos. El relato del doctor Saldaña tenía ciertas incon­sistencias que la experiencia alertaba; como el instante en que los detectores de humo se activan ante un fuego que apeligra. El sentido común no era del todo simple, y ello los obligó a volver a la escena del crimen con el único tes­tigo del asesinato, el propio doctor Saldaña. Debían darle al parte policial —sobre el asesinato— algo de claridad o fracasarían en la investi­gación.

Continuará...

 

El club que vive de la cachaca

Un club que vive para el fútbol pero que depende de la música y la fiesta, sueña con volver a la Primera de nuestro fútbol. Un breve repaso por la historia del Club Colegiales.


Fuente: La Nación

“Si seguís rechazando así la pelota, Zacarías te va a llevar a Colegiales” era una frase en guaraní que se hizo popular en los torneos de fútbol barriales de los alrededores del club Colegiales, en Cuatro Mojones, cuando algún jugador “reventaba” el balón para alejar del área o de alguna jugada que podría significar un peligro de gol para el arco defendido.

La peculiar expresión hacía referencia a Juan Desiderio Zacarías, quien dirigió durante 20 años al club Colegiales y quien es además, por lejos, fue el técnico paraguayo con el récord de permanencia en dicho cargo. Ningún otro DT se acerca ni cerca de estos números. Zacarías tomó el timón rojo en 1979 y dirigió al equipo hasta el 2001.

En dos décadas, Zacarías le había dado un estilo a Colegiales, sobre todo en lo referente al aspecto defensivo. Tal vez, una consigna que resume esta técnica puede ser la que utiliza un conocido periodista argentino de la Cadena Fox y que hoy es muy recurrente: “Saque si quiere ganar”.

UNA HISTORIA FAMILIAR

Colegiales es un club que nació como una iniciativa familiar. Se fundó el 6 de enero de 1977 y en principio, tenía el nombre de “El Colegio”, igual al de una librería, que era el emprendimiento de los hermanos Juan, Emilio, Marciano, Lorenzo, Atilio y Roberto Zacarías en ese tiempo (y que sigue vigente). Sin embargo, años después, se cambió el nombre por el definitivo “Colegiales” y se instaló como institución en la zona de Cuatro Mojones, en Lambaré, en la frontera con Villa Elisa.

Además del estadio “Luciano Zacarías” y las piscinas, también en Cuatro Mojones se habilitó el tinglado que con el paso de los años se convirtió en toda una institución del baile. El club habilitó un combo que al final resultó explosivo para los intereses deportivos de la propia institución; fútbol más baile, cerveza y mucha cumbia, sería un cóctel muy irresistible para varios de sus jugadores, que muchas veces tenían más ganas de levantar los manos en la pista de baile que intentar una gambeta en la cancha.

“Sí, pero nosotros ya sabemos todas sus mañas (de los jugadores). Cuando vemos que hay personas con quepis o que se ponen una capucha y no entran luego a la pista, sino que recorren nomás por los costados, ya sabemos que son nuestros jugadores” explica el presidente de la entidad Javier Zacarías, hijo de Emilio Zacarías, uno de los fundadores del club.

El pasado 6 de junio, el “Tinglado de Colegiales” celebró su 40º aniversario. Hubo fiesta, música y delirio. Son cuatro décadas de fiestas que representan un ingreso importante para el sostenimiento económico del club. “Quién más, quien menos vino alguna vez al Colegiales a bailar” sostiene Javier Zacarías.

En la memoria colectiva de la gente queda aquella frase –que no obstante se escucha hasta estos tiempos en las radios locales– de“El rey del picnic” acompañado del famoso grito de colegiales, en la voz del maestro “Nene” Fariña.

Como todo lugar que reúne música, bebidas alcohólicas y mucha gente, el descontrol siempre aparece como una posibilidad. En ese sentido, el tinglado de Colegiales no escapa a los problemas de la violencia. Sin embargo, en la comisaría local, los reportes no pasan de situaciones por peleas o algunos disturbios mínimos.

Charly y su pantalón

Si bien Colegiales se caracteriza por la música de estilos cumbia y cachaca, en 1987 se gestó algo histórico para el mundo musical paraguayo. En noviembre de dicho año, el ídolo de rock sudamericano Charly García tenía que presentarse en Asunción para su primer concierto en Paraguay.

Las crónicas periodísticas de la época –facilitadas por el colega Orlando Salerno– rememoran que Jerónimo Segovia, presidente de la “Comisión de Moralidad” de la Junta Municipal de Asunción, solicitó oficialmente que se suspenda el concierto, marcado entonces para el 20 de noviembre. A esta solicitud se le sumó la prohibición de un juez local de que menores de edad accedan al recital.

Ante esta situación, se determina finalmente que el concierto se realice fuera de Asunción y fue así que el 25 de noviembre de 1987, Charly García canta por primera vez en Paraguay en el Luciano Zacarías. “El estadio de Colegiales se llenó de público y de aplausos” se lee en la edición del día siguiente del periódico “El diario”, que publica una reseña sobre el concierto con fotos y un destaque de página completa.

“El 99,9 % de nuestros ingresos provienen de nuestros domingos de picnics. La cachaca es lo que nos mantiene como club de fútbol” dice Javier Zacarías. Alega que esta situación obedece, entre otros factores, al poco apoyo que se recibe en la categoría en la que están ahora (Primera B, antiguo Primera C) y que el objetivo es llegar a la Intermedia, para pelear por auspiciantes y más publicidad.

La realidad de un club que milita en la categoría de la Primera B es muy diferente a los clubes de élite. Los ingresos son exiguos y los dirigentes deben buscar financiamiento de donde sea para poder sobrellevar los gastos. El torneo es largo y desgastante –actualmente participan 18 equipos– para cualquier entidad. Hay que tener resto económico para aguantar y pelear por el sueño de ascender a la categoría Intermedia.

Javier Zacarías explica en números: “Si querés mantener la categoría y estar ahí a mitad de tabla, el gasto es de unos G. 400 millones al año (unos 33,3 millones al mes). Si querés pelear para subir, el gasto se duplica. Como mínimo, tenés que poner unos G. 700 millones al año (G. 58 millones al mes). Nosotros llegamos a la final en el 2017 y tuvimos un gasto de G. 900 millones. Y es gasto, porque no subimos y esa plata no se recupera” dice el dirigente.

CAMPEONATO Y DECLIVE

La historia de Colegiales habla de un club que supo mantenerse durante años en la categoría Principal, entre los años 80, 90 y principio del 2000. Incluso se coronó campeón del torneo República en 1990 y llegó a la final del campeonato Apertura en 1999.

Quizás el momento más importante de la historia colegial, como club deportivo, se dio en 1995, cuando llegó a la semifinales de la extinta Copa Conmebol. Además, llegó a jugar la Copa Libertadores en dos ocasiones, en 1991 y 2000. Sin embargo, esta buena racha se cortó abruptamente. Apenas un año después de jugar su última Libertadores, en el 2001 descendió a la Intermedia.

Este descenso marcó la debacle. Dos años después, en el 2003, Colegiales descendió a la Primera B y si bien logró recuperarse, desde entonces no logra llegar a la Intermedia y mantenerse definitivamente en la categoría semiprofesional.

EL RENACER

“El club está renaciendo” dice su presidente. “La idea de este año es llegar lo más lejos posible en el campeonato actual”.

Entre los jugadores más destacados de la cantera colegial, se puede mencionar un caso reciente; Juan Escobar Chena, el nuevo jugador del Cruz Azul de México, se inició en Colegiales. Desde la Escuela de fútbol hasta llegar a la Primera, para luego ser transferido al Sportivo Luqueño. Un par de temporadas en Luque le valieron a Escobar llamar la atención de Cerro Porteño, que se hizo de sus servicios para el 2018 y desde entonces no paró.

“Muchos acá en el club no se enteraron de que Chena se llamaba Juan Escobar. Porque acá, para nosotros, siempre fue ‘Chena’ nomás luego. Él pues es Juan Escobar Chena y no sé por qué se lo conocía por su segundo nombre. Muchos cuando lo vieron recién jugar en Luque se enteraron de su nombre y primer apellido”, recuerda Zacarías con alegría.

Además de Escobar, otros grandes jugadores que surgieron de las canchas de arena roja de la escuelita de fútbol del Colegiales fueron Delio Toledo, Gabino Román, entre otros. Delio llegó a ser figura de la selección nacional y se mantuvo varias temporadas en el fútbol europeo, incluso.

En los 90, por la potencia de los bafles se podía escuchar la música de Colegiales que inundaba todo el barrio. Cuando llegaba la medianoche, el anuncio de cada domingo: “Próximamente Bronco en Colegiales…”, decía el locutor.

Juan Escobar Chena, el nuevo jugador del Cruz Azul de México, se inició en Colegiales.

En aquellos tiempos, era un sueño casi lejano tener a este grupo mexicano en Paraguay. Según dicen, este anuncio no era otra cosa que una señal de que el encargado de la fiesta ya estaba un poco pasado de copas.

Sin embargo, en el 2013, aquel sueño se hizo realidad con la presencia de Guadalupe Esparza y su Bronco en Colegiales.

Y en eso anda este club de fútbol: en noches, cumbias y cachacas.

El sueño ahora es volver a Primera.

 

Costureras, oficinistas y hasta "infiltradas" en el ejército: Mujeres y su rol en la Guerra del Chaco

Si bien fueron los hombres los que combatieron tenazmente en las trincheras para defender a nuestro país, las mujeres también cumplieron un rol fundamental durante la Guerra del Chaco (1932-1935), convirtiéndose de diversas maneras en protagonistas de aquella contienda histórica que culminó un día como hoy.

En coincidencia con un nuevo aniversario de la Paz del Chaco, decidimos hacer un análisis sobre el papel que cumplieron las mujeres durante los tres años que duró aquel conflicto bélico que tuvo enfrentados a paraguayos y bolivianos en la disputa por el suelo chaqueño.

Ana Barreto, historiadora y exdirectora del Museo Casa de la Independencia, comentó a HOY que el protagonismo de las mujeres paraguayas en la Guerra del Chaco fue bastante importante y trascendental debido a que cumplieron no solo una sino varias funciones dentro de la sociedad.

En ese sentido, destacó que las mismas se convirtieron en el “sostén de la retaguardia”, desempeñándose ya sea como enfermeras, madrinas de guerra, secretarias, hasta inclusive como reemplazantes de los hombres que habían ido al campo de batalla y se vieron forzados a abandonar sus puestos de trabajo en las oficinas.

Barreto, quien es autora del libro “Mujeres que hicieron historia en el Paraguay”, señala que las mujeres demostraron una gran capacidad administrativa durante todo el proceso de revolución y recordó que Paraguay tuvo un periodo de inestabilidad política durante el siglo XIX que fue frenado por la Guerra del Chaco hasta desencadenar en la Guerra Civil del 47.

En vista a que todos los hombres habían sido movilizados, las mujeres en las áreas urbanas -especialmente en Asunción- tuvieron que cubrir los espacios dejados por los hombres en las empresas, tanto en instituciones públicas como privadas, refirió. En coincidencia, los primeros cursos de secretariado y dactilografía se habilitaron justo en coincidencia con el inicio de la guerra, derivando en que una gran cantidad de secretarias salgan a trabajar en esa época.

Otro lugar en el que ellas cumplieron un rol importante es en las juntas de aprovisionamiento del campo, teniendo a su cargo la producción y la cosecha en las chacras. “Todo lo que se producía allí tenía que servir para el sustento de sus hogares y además para enviar provistas al Chaco”, mencionó. Así también, las maestras tenían la misión de cultivar en las escuelas con los niños.

La historiadora comentó que durante la contienda hubo un montón de mujeres voluntarias que trabajaban en los hospitales, cumpliendo diferentes labores que no se centraban solo en el de ser enfermeras sino también otras como llevar la leche a los soldados heridos o ayudar para las donaciones de sangre.

De igual manera, también se destacaron las costureras de la guerra, quienes tenían la misión de coser artículos que iban desde sábanas, pantalones, camisas y ropa interior hasta chaquetas, ponchos y mosquiteros. “Ellas se encargaban de trabajar en sus casas, pasaban a enrolarse en el ejército y en sus libretas se anotaba lo que iban entregando”, indicó.

Si se compara la Guerra del Chaco con la Guerra de la Triple Alianza (conocida comúnmente como “la Guerra Grande”, el factor común en ambas contiendas -señala Barreto- es el compromiso de las mujeres con la administración y el sostenimiento económico del Estado ante la ausencia de los varones.

“Durante la guerra se destacó la clara experiencia de las mujeres ante el manejo de la crisis y cómo no eran simplemente esposas, eran administradoras del hogar. En esta segunda guerra internacional se termina viendo de nuevo eso, cómo las mujeres ponen todo su capital de experiencia administrando la chacra, las estancias, los negocios, cubriendo los espacios en las zonas urbanas”, manifestó.

LA HISTORIA DE MANUELA, LA MUJER QUE COMBATIÓ EN EL CHACO

Una de las más llamativas historias que han podido rescatarse de la Guerra del Chaco es la de Manuela Villalba, quien pese a las restricciones de la época y el peligro existente tuvo el valor de enrolarse en el ejército para ir al campo de batalla.

Según relató Barreto, esta noble mujer oriunda de la localidad de Tavapy (actual San Roque González de Santa Cruz, departamento de Paraguarí) había acudido al llamado para combatir en el Chaco por pedido de su madre, quien le encomendó que acompañe a su hermano para cuidar de él.

Fue así como Manuela (que pasó a utilizar el nombre de “Manuel”) tuvo que cortarse el cabello y vestirse como hombre para pasar desapercibido al momento de alistarse en el pelotón.

La historia -que había sido dada a conocer en el periódico “El Orden”- cuenta que en agosto de 1933 los hermanos Luis y Manuel Villalba, quienes se encontraban en el Regimiento 2 “Ytororó”, se vieron obligados a cambiar de unidad por cuenta propia sin pedir el pase reglamentario ante el fallecimiento de su comandante, el Tte. Ozuna.

Una noche mientras se encontraban caminando por territorio chaqueño fueron encontrados por una patrulla paraguaya y, ante la falta de documentación que confirme sus identidades, no tuvieron más opción que ser llevados a Nanawa en calidad de detenidos.

El Cnel. Luis Irrazábal, quien se encontraba a cargo del Tribunal de Guerra, les había dicho que en este tipo de casos correspondía un fusilamiento. Fue en ese momento que Luis le sugiere a su hermana (que en ese entonces tenía solo 17 años) que cuente la verdad y revele su sexo real con el fin de salvarse de la muerte. Ante la incredulidad de los presentes, convocaron a un médico que finalmente confirmó que se trataba de una mujer.

De acuerdo a los expedientes de la época, el documento otorgado al soldado señalaba cuanto sigue: “El soldado Manuel Villalba tiene permiso de este Comando para bajar y permanecer en la capital por tiempo indefinido. Motivo: Cambio de sexo. Firmado: Irrazábal, Cnel.”.