Bacigalupo nombró a prima de Nicanor como directora en SNPP

La contratación de recomendados en la función pública no para, más aún si hablamos de personas cercanas a políticos de gran peso, quienes normal­mente son ubicadas en pues­tos claves y con privilegios que otros funcionarios no tienen.


Fuente: La Nación

Edith Pintos Penayo, prima de Gloria Penayo, esta última esposa del cuestionado direc­tor de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY), Nicanor Duarte Frutos, es otro caso al descubierto.

Pintos Penayo fue ubicada como directora de la Geren­cia de Acción Formativa del Servicio Nacional de Pro­moción Profesional (SNPP), dependiente del Ministerio del Trabajo, Empleo y Segu­ridad Social de la mano de la ministra Carla Bacigalupo.

La prima política del direc­tor de la EBY fue incorporada como funcionaria perma­nente desde el mes de febrero de este año, con un salario mensual de G. 10.400.000 a los que se suman las horas extras y las horas adicionales.

De acuerdo con la planilla del SNPP en su primer mes de trabajo ya se alzó con más de G. 20 millones sumando horas extras, adicionales y viáticos.

LLEGÓ Y SE FUE A LIMA

La nueva directora ingresó al SNPP y viajó a Lima, Perú, para participar de un semi­nario internacional deno­minado “Más jóvenes en las empresas: Cómo integrar trabajo y formación como vía para mejorar la emplea­bilidad juvenil y la produc­tividad de las empresas”. Según la planilla del SNPP, entre el 31 de marzo y el 4 de abril, la entidad estatal destinó G. 6 millones como viático para Pintos Penayo.

Insistimos varias veces con la encargada de RRHH Mirian Paredes para cono­cer los antecedentes de la incorporación de la prima política del influyente Nica­nor, pero la funcionaria se llamó al silencio.

LLENO DE RECOMENDADOS

El caso de la prima de Nica­nor se suma a otros nombra­mientos y comisionamientos de lujo que realizó Bacigalupo en el SNPP a modo de favores políticos, considerando que en su mayoría son seccionale­ros y operadores de la última campaña presidencial. Sal­taron una decena de hurre­ros incorporados, entre ellos Julio Pessolani, operador del diputado Arnaldo Sama­niego, que gracias a su comi­sionamiento cobra cerca de G. 11 millones al mes, G. 9,6 millones en el MTESS y G. 1,4 millones en la Municipalidad de Asunción.

En el caso de los contrata­dos sin concurso se encuen­tra el seguidor de la minis­tra del Trabajo Óscar Alberto González, quien fue ubicado en el SNPP con un sueldo de G. 5 millones. César Coronel Neumann y Carlos Enrique Rodríguez también son seccionaleros con sueldo en SNPP.

Otro de los casos escanda­losos es el de la encargada de la Dirección de Forma­ción y Capacitación, Ana Mabel Houdin. La funcio­naria aparece con horario laboral que coincide con su tiempo de enseñanza en el Colegio República de Colombia.

 

Petta blanquea planillerismo de la esposa del diputado Cuevas

En setiembre del año pasado, el minis­tro de Educación y Ciencias, Eduardo Petta, con­firmó que entre la nómina de docentes “planilleros” a ser investigados figuraba Nancy de Jesús Florentín de Cue­vas, esposa del presidente de la Cámara Baja, Miguel Cue­vas, del mismo grupo político del secretario de Estado. Sin embargo, 7 meses después que saliera a luz que Florentín no cumplía con su trabajo como docente, ahora señalan que su caso está archivado y todo camina hacia el blanqueo.


Fuente: La Nación

“Hay una resolución del año pasado, donde el entonces ministro Raúl Aguilera le concedió actividades pasi­vas a la señora Nancy. Esto sigue vigente hasta tanto el actual ministro (Petta) dero­gue esa resolución”, explicó el director general de Asesoría Jurídica del MEC, Marcelo Duprat.

La actividades pasivas con­sisten en una modalidad que es utilizada para docentes que sufren alguna enferme­dad grave, según nos confir­maron en la institución. Petta no revoca dicha resolución y así se blanquea a la primera dama de Diputados.

De acuerdo con los antece­dentes que se habían presen­tado ante el MEC, Nancy de Jesús de Cuevas sufre de “Sín­drome climatérico (meno­pausia) y estrés de etiología a determinar (en estudios)”. Sin embargo, en el ministerio no supieron confirmar sobre este estado de salud que se había reportado.

Lo cierto es que en el MEC ale­gan un régimen laboral libe­rado para la primera dama de Diputados, pero no saben explicar cuál es la enfermedad que padece la mujer.

El documento médico que acercaron al MEC sobre el estado de salud de la esposa del diputado está firmado por el doctor Luis Battilana.

En agosto del año pasado se descubrió que Nancy de Jesús andaba de paseo mientras le corría su remuneración de G. 2,1 millones en la Escuela Básica Inglaterra de Sapucai.

Una semana entera se ausen­taba en el colegio la esposa del diputado de Añetete. Mien­tras aprovechaba para hacer compras en el Shopping Mul­tiplaza de Asunción, acompa­ñar a su amado en encuentros políticos, etc.

Además de contar con el res­paldo de su marido, la pri­mera dama de Diputados tiene a la concuñada como vicedirectora en la Escuela Básica Inglaterra, vínculo que favorece la impunidad de su planillerismo. Rosa Noemí Mereles de Cuevas, esposa del hermano de Miguel Cuevas, Cirilo Cuevas, hizo la vista gorda durante todos estos años de las ausencias de Nancy en la institución.

LA FISCALÍA

El diputado Miguel Cuevas está siendo investigado por el Ministerio Público por enri­quecimiento ilícito y lesión de confianza, tras varias irregularidades que dejó en la Gobernación de Paraguarí y al causar indignación su extraordinario ascenso eco­nómico a su paso por la fun­ción pública.

La investigación que ahora está a cargo de Irma Llano también incluye a los hijos del parlamentario. Entre ellos Enzo y Raúl Cuevas, quienes cuentan con varios inmue­bles y lotes de ganados sin tener experiencia laboral.

Existen varias evidencias, que van desde declara­ción falsa, jugosas cuentas corrientes, cotizados inmue­bles, pero la Fiscalía dilata su imputación.

 

¿Papá, sos vos? El sangriento visitante de San Vicente

La puerta se abrió. La niñera habría reconocido al visitante, lo dejó pasar y nuevamente cerró con llave la entrada principal. Lo que traía consigo ese hombre era una sed de venganza, nadie en la casa sobreviviría esa tarde. La matanza dejaría el más extraño y confuso sabor de una investigación.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

El verano incomodaba ese lunes 19 de diciembre del 2005, faltaba muy poco para la Navidad y la gente se alteraba en las calles como cada año. Sung Sim Lee Yi –una joven coreana de 35 años– ya llevaba un tiempo viviendo en el país y conocía el frenético ritmo de cada final de año.

Ella terminó sus labores del día y estaba agotada después de esa dura jornada en el Mercado 4, donde trabajaba como comerciante en el local Santo Domingo. Su reloj de pulsera marcaba las 19:50; el tiempo ideal antes de la cena para disfrutar con sus hijos. Al fin llegó, estacionó su vehículo en el 1963 de la calle Pampa Grande del barrio San Vicente.

La joven cruzó el patio de su casa, mientras pensaba en qué comer y si la niñera habría logrado que los niños se aseen y hagan la tarea. Se paró frente a la puerta y llamó a ella, nadie respondió. Volvió a golpearla esta vez con mayor fuerza y el silencio solo le devolvió preocupación. Intentó abrir bajando la manivela de la cerradura, pero estaba bajo llave. Algo ocurrió, pensó. No quiso que el temor la agobie e intentó una vez más pero no hubo caso. Ya no le queda saliva por tragar, la angustia esta vez le dejaría con la garganta seca.

Estaba tan nerviosa que el pulso acelerado la dejó sudando, una gota fría surcó su espalda cortando lo último de paciencia que le quedaba.

Sin respuesta, Sung respiró hondo, se habló a sí misma, convenciéndose que quizás la niñera y los niños hayan salido en busca de algo que necesitaban, pero otra voz en su cabeza le decía que la mujer que los cuidaba no era de salir. El pavor aumentaría para ella cuando todos los teléfonos de la casa le derivaban al contestador automático.

Algo perturbada, pensó rápido y encontró la solución en sus vecinos. Fue a pedirles que le ayuden a abrir la puerta, varios de ellos se sumaron. Entre varios hombres forzaron la puerta y lograron abrirla. Algo terrible quedaría al descubierto, el pavor trasmutó en silencio que cortó el bullicio por un instante.

MÁS TEMPRANO

Eran las 10:30 de ese 19 de diciembre. El visitante entró a la casa sin contratiempos. La niñera: Antonia Bauer, de 40 años, lo recibió y fue a la cocina, el visitante la siguió hasta ahí. Ella cocinaba el almuerzo, el hombre aprovechó su concentración para tomar un cuchillo de carnicero que estaba en un cajón de la alacena, caminó unos pasos y comenzó a atacarla con voracidad apuñalándola por la espalda. Una y otra vez enterró ese cuchillo, desgarrando el vestido de Bauer, la piel y tejidos.

Veintisiete veces la apuñaló. Para reducirla, primero la atacó clavando el cuchillo dos veces en la zona lumbar –izquierda y derecha– una de cada lado. Luego incrustó el arma nueve veces en su pecho y seis veces en el abdomen. Aún no acababa, bañado en sangre continuó asestando heridas en los brazos, en ambos, diez veces en total. Era un carnicero.

Estaría agotado, solo su respiración se oiría en ese momento. La mujer yacía en el suelo empapada en su sangre. La olla impregnaba de vapor la cocina, la silueta siniestra rompería ese humo al atravesar la puerta y dirigirse a la habitación de los niños, aún tenía asuntos pendientes.

Jae Lee Yi, de 3 años, dormía en la cama. Su rostro resplandecía al darle de pleno la luz de un lámpara de mesa. La silueta de ese visitante se asomó al cuarto, dejó por un momento el cuchillo de carnicero, quizás con él se compadeció; un poco…

El asesino con una mano tomó al niño del cuello y sujetó su rostro contra la almohada, y con la otra mano ejerció una presión brutal en la espalda del pequeño, que en ese momento se sacudía de la desesperación. Esa fuerza quebraría la espina dorsal como cristal, Jae murió asfixiado.

Faltaban dos niños: Seung y Young Lee, de 12 y 10 años. Ambos estaban en la escuela. El asesino los esperó, tomó de nuevo el cuchillo de carnicero y se sentó aguardando a sus próximas víctimas.

Eran las cuatro de la tarde, los dos hermanos llegaron del colegio. Young quiso tomar un baño. En tanto que Seung fue y se acostó a lado de su hermano pequeño –él pensó que dormía– y no se percató que estaba muerto. Young abrió la llave de la ducha, y dejó caer el agua sobre su pequeño cuerpo. La puerta estaba abierta, solo se escuchaba el agua azotar contra el suelo y luego colarse por la rendija. El asesino lo vio de espaldas, mirando a los azulejos, concentrado de seguro en alguna caricatura o vivencia de su inocencia. Con paso lento se asomó para que el niño no se percatara que estaba ahí. Con una mano sostenía la ropa interior del pequeño y con la otra su cuchillo.

Se arrojó contra él y lo amordazó con la prenda de vestir, el pequeño se sacudía de la desesperación, ahí incrustó la hoja del cuchillo en el débil y pálido pecho de Young, muy cerca de la clavícula del lado izquierdo. El asesino no se detuvo y continuó apuñalándolo tantas veces que la sangre no dejaba distinguir las perforaciones.

El niño se agitó con los brazos intentando defenderse. La afilada hoja del arma le provocó heridas profundas. La sangre bullía a borbotones y se desteñía con el agua que aún brotaba de la ducha, colándose en la ranura del desagüe.

FALTABA EL MAYOR DE LOS HERMANOS

Seung estaba acostado a lado del cadáver de su hermano pequeño, pero él seguía sin percatarse. El visitante volvió por él a la habitación. Sus pasos nuevamente denotaron sigilo hasta que se paró justo a lado de la cama; ahí descargó nuevamente su furia contra el único que hasta ese momento quedaba vivo. La piel delgada se desgarró con el primer corte, fue tan profundo lo que caló la hoja del cuchillo en la espalda –muy cerca del omóplato, entre la quinta y sexta costillas– que perforó el tórax. Nuevamente hundió su arma sobre él, esta vez la herida sería bajo su pecho, dejándolo prácticamente inmóvil. Pero no sería suficiente para el visitante. En un acto demencial, continuó infringiendo heridas al cuerpo de Seung, 23 perforaciones en las zonas lumbar, tórax y abdomen; al punto de dejar las vísceras al descubierto. El monstruo habría acabado y escapó.

UNA CONFUSA INVESTIGACIÓN

Más vecinos rodeaban la casa en el barrio San Vicente. La Policía de homicidios perimetró el lugar con una cinta y pidió a los agentes de criminalística documentar todo. Sung Sim Yi estaba deshecha. El golpe de ver a sus hijos y a la niñera muertos –con una saña inusitada– la dejó con la mirada fija en un punto en el vacío, sin poder hablar. Exhalando e inhalando aire solo para continuar reviviendo las imágenes que la atormentaban en su cabeza.

Esa misma noche la Policía tejería su primera sospecha: Esto fue una venganza, investiguen a la niñera oficial, ordenaba con voz de mando el comisario Néstor Sosa, jefe de Homicidios. Los investigadores tenían una hipótesis de un novio celoso de Bauer, pero lo descartaron pocas horas después. No tenían suficientes pruebas. Segunda tesis: La Policía sospechó del tío de los pequeños: Chang Sung Lee, hermano del padre. Pero poco después desecharon nuevamente la idea ya que comprobaron que viajó a México, su boleto tenía fecha el 17 de diciembre y retornó el 21 de ese mes para el entierro de los niños. Chang conversó con los agentes y atinó a decir que una deuda impaga podría ser el desencadenante de la masacre, la Policía nota como también el rumor de que Chang mantuvo una relación amorosa con Sung y esto provocó la ira del papá de las víctimas.

El comisario Sosa estaba confundido y dubitativo –pero sin perder el instinto de sabueso que desarrolló con los años y que lo pusieron como jefe de departamento– pidió investigar al padre: Jae Jung Lee, un hombre de negocios de 38 años.

El ciudadano coreano negó matar a sus propios hijos pero sí reveló que tenía la intención de llevarlos con él al Brasil –donde residía mayormente–. Su relación matrimonial con Sung Sim Yi estaba acabada. Las sospechas sobre él no se disipaban pero el agente Sosa no tenía nada en su contra.

UNA TESTIGO, LAS PRUEBAS Y EL CUCHILLO

El comisario Sosa ordenó a un grupo de agentes, indagar a todos los vecinos de la cuadra; en ello una vecina se acercó y relató –con la voz entrecortada por los nervios– que vio a un hombre oriental con una gorra puesta llegar a la casa de los Lee a la misma hora en que habría ocurrido los asesinatos. Más tarde, le exhibieron una foto de la familia e inmediatamente reconoció esa gorra en la foto; la llevaba puesta Jae, el papá. La vecina recordó una situación más, ese hombre que entró a la casa llevó una mano al bolsillo, habría sacado una llave y esto lo dejó entrar. El fiscal de la investigación nunca ordenó la detención de Lee.

A esto se sumó la desaparición de un cuchillo de la cocina. Sung aseguró a los agentes que le faltaba este elemento en la alacena. Los agentes comprobaron que la llave que usaba la niñera estaba en la cerradura de la puerta, colocada por dentro. El asesino aseguró la puerta con llave antes de huir.

UNA EXTRAÑA DECISIÓN

Año 2009. La investigación estaba empantanada, solo la familia de Antonia Bauer ejercía presión para que la Fiscalía y la Policía investiguen, nada ocurría. El fiscal Alberto González perdió la titularidad de la investigación y ordenaron a la agente Teresa Martínez ocupar su lugar. La nueva investigadora removió los documentos del expediente y entendió que un potencial sospechoso era el padre de los niños. Envió un oficio a un juez penal, Pedro Mayor Martínez, pidiendo la captura de Lee. Sin embargo, era muy tarde; Lee escapó a su país. En Corea no extraditan a sus nacionales, el hombre se escudó con esto dejando muchas dudas sobre si fue o no el asesino.

Pero algo más insólito sucedería después, Sung –la madre de los niños– pese a ser paraguaya, optó por ir también al país de Asia. Dejó de lado la búsqueda del hombre que mató a sus hijos y nunca se comprobó quién fue aquel sangriento visitante.

 

Una cenicienta muerta y las once paradas del asesino

La relación iba en desgaste. Cada vez que se encontraban, los insultos escarbaban más y más en la dignidad de uno y de otra. Justiniano Altamirano, de 45 años, y Lidia Beatriz Guzmán, de 31, era una pareja de argentinos recientemente instalada en Paraguay. Día a día se acercaban al punto de quiebre, a un sitio de no retorno.


Fuente: La Nación

  • Por Oscar Lovera Vera
  • Periodista

Era una pelea tras otra en la casa del barrio Palma Loma de la ciudad de Luque. Un viejo reloj en la pared marcaba las 23:00 del jueves 10 de abril de 1980. La relación de pareja pasaba por el peor momento. El trato de Lidia y los celos sicóticos de Justiniano gene­raban horas y horas de provo­caciones y amenazas.

Al día siguiente, la mujer salió bien temprano sin darle explicaciones a Justiniano. Tomó sus cosas y dejó que la puerta se cierre tras ella, como mudo testigo de una escapatoria más a su espan­tosa realidad.

Él quedó en la casa cuidando a la pequeña de ambos. Aseó las habitaciones, lavó las ropas y cocinó el almuerzo. Cuatro horas después, cerca de las 13:30, Lidia regresó. Apenas cruzó la puerta prin­cipal, los reclamos –con voz imperante– la interpelaron, ¡¿Adónde estabas?! ¡¿Con quién estabas?! Una vez más las peleas perturbarían en la casa, pero esta vez llegarían al límite.

Tras una engañosa pausa en el día –una falsa tranquili­dad– uno de los dos exhibi­ría un oculto lado cruel, un perfil violento quedaría al desnudo. Justiniano estaba intranquilo. Todo lo que su mujer le dijo esa tarde lo dejó con mil demonios hablán­dole al oído. Lo perturba­ban, se sentía inseguro y los celos erupcionaban. Si no los sacaba fuera, estallaría.

Faltaba una hora para que el viernes acabe, cuando la dis­cusión se reanudó. Los insul­tos esta vez tenían una carga mayor. Ella le habría dicho a Justiniano “pobre negro” y lo amenazó con que ese día se convertiría en el “hom­bre más cornudo”. Eso ter­minó por detonar la bomba que contenía el argentino en su interior.

Fuera de sí, con una rabia incontrolable, fue a buscar un martillo; una herramienta con la que tenía mucha habi­lidad. Al regresar a la habi­tación del matrimonio, des­cargó su furia en la frente de la mujer, Lidia cayó desvane­cida con el cráneo hundido, no se escuchó una sola pala­bra más. La pequeña hija de ambos dormía apacible en un cuarto contiguo, mientras su padre aún tenía planes con el cuerpo de su mamá.

Al ver que no respondía, Alta­mirano arrastró el cuerpo hasta el baño, dibujando un sendero de sangre en la casa. Luego fue hasta la cocina, tomó un cuchillo de carni­cería y comenzó a descuar­tizarla poco a poco. Fueron dos horas que le llevó cer­cenar en 11 partes el cuerpo de su esposa. Le sacó los tres anillos que tenía, uno de ellos lo cortó con una pinza.

Su intención era deshacerse de cualquier rastro que pudiera llevar a la policía a reconocer el cadáver, esto lo llevó a un paso más de lo macabro. Primero cercenó los dedos pulgares, a la par que rebanaba cada una de las yemas de los dedos para evi­tar su identificación a través de las huellas dactilares.

Le cortó la cabeza, los senos, y finalmente las extremida­des. Ambas piernas las vol­vió a cortar en dos partes. Al concluir, ocultó los restos en bolsas de basura y limpió toda la sangre. En un acto aún más enfermizo, metió la cabeza de la mujer en la hela­dera. Estaba envuelta en una bolsa de polietileno, al lado de la mamadera de su hija. Jus­tiniano se secó las manos con una toalla, caminó de nuevo hasta la habitación y una vez que se sentó en la cama matrimonial se quebró en llanto.

Sábado 12 de abril de 1980. Recorriendo la ciudad de Luque en su camioneta e hija en brazos, Justiniano arrojó las partes de su esposa, creando un caos en los prime­ros hallazgos que recién se darían el lunes 14 de ese mes.

En la tarde del lunes, un perro arrastraba un brazo humano, a plena calle del barrio Lau­relty. El espanto de los veci­nos no tardó en repicar en los teléfonos de la policía. El ras­trillaje se inició minutos des­pués en busca de más restos. En ese momento solo se sabía que se trataba de una mujer porque llevaba esmalte en las uñas. A pocos metros de ese lugar, el otro brazo y las pier­nas fueron encontrados.

Los restos humanos fueron llevados al Centro de Salud de Luque, esperando comple­tar el cadáver e intentar iden­tificar con las huellas dacti­lares; la policía se encontró con dos contratiempos: La mujer era extranjera, y hacía solo meses que se instaló en el país, y lo segundo: el ase­sino arrancó las yemas de los dedos, lo que dificultaba el trabajo forense.

Ese día, Justiniano hizo anuncios en los periódicos sobre la desaparición de Lidia y no dejaba de asistir a la comisaría en busca de alguna actualización sobre ella. Poco a poco iba creando su coartada.

El atardecer amenazaba la jornada de búsqueda, afor­tunadamente los investiga­dores lograron encontrar los demás pedazos de la víctima. En el camino que conecta las ciudades de Luque y Areguá localizaron los muslos y los senos de la víctima. A 600 metros del barrio Valle Pucú de Areguá fue el hallazgo de la caja torácica, acompañada del torso de la mujer.

Pero la identidad plena no ocurrió hasta dar con la cabeza en la zona de Yukyry, en el límite entre la ciudad de Areguá y Luque. Era Beatriz Lidia Guzmán. Como sentido común para la policía, Alta­mirano era el primer sospe­choso, pero aún no contaban con suficientes indicios para detenerlo.

UN ESPOSO PREOCUPADO

A la policía no le convencía el relato de Altamirano, su actitud de esposo preocu­pado por la desaparición, su ida insistente a los perió­dicos y las comisarías, para realizar denuncias sobre el paradero desconocido de su mujer, dejaban un sabor de montaje en los agentes. En los interrogatorios escapa­ban algunas incoherencias con cierto nerviosismo, esto ahondaba más la duda policíaca.

El lunes 14 de abril, Altami­rano fue a la Comisaría 3ª de Luque, donde también presentó una denuncia por desaparición de persona. La policía –ya en conocimiento del hallazgo de los restos de una mujer– acompañó a Jus­tiniano hasta su casa. Los agentes querían una fotogra­fía de Lidia Beatriz Guzmán.

LA CENICIENTA MUERTA

Luego de la denuncia que hizo el sospechoso, los inves­tigadores no se despegaban de él, ahora lo llevarían hasta la morgue de la ciudad para que haga un reconocimiento y despejar dudas. Allí le exhi­bieron una de las piernas halladas. Altamirano res­pondió con un “no, no es mi mujer”. Según él, Lidia no usaba esmaltes con brillan­tina. La sospecha aumen­taba. Los agentes incrédulos esta vez le pidieron ir nueva­mente a la casa. Ahí confis­carían uno de los zapatos de Lidia, volvieron a la morgue, lo calzaron en el necrosado pie y cupo perfectamente. Como si fuera un final alter­nativo y cruel del cuento.

La policía también confiscó varios frascos con tinta para uñas, interrogó a una mani­curista a quien Lidia acu­dió antes de la pelea con su esposo, y ella confirmó a tra­vés de fotografías que era el esmalte que utilizó para el trabajo que le pidió la joven.

EFECTO DOMINÓ

Mientras la policía derribaba cada argumento del sospe­choso principal, otro agente fue a inspeccionar la camio­neta que condujo. Ahí encon­tró rastros de sangre en la tapa de la guantera y tras un análisis forense, los policías encontraron envuelto en un papel tres anillos, uno cor­tado. Fausto Justiniano Altamirano fue llevado esposado hasta la comisa­ría de Luque, ahí le informa­ron que estaba detenido por el crimen de su mujer, Lidia Beatriz Guzmán. Tras un corto interrogatorio con­fesó el crimen. Todo se vino abajo para el asesino, como en un juego de dominó.

LA RUEDA DE PRENSA

Un inusual frío en la noche del martes 15 de abril abrigó una improvisada conferen­cia de prensa en el predio de la comisaría de Luque. Jus­tiniano accedió a conversar con los periodistas. Las pre­guntas hechas por un comu­nicador del diario Abc Color interpelaban el lado oscuro del hombre.

–Periodista: ¿Por qué mató a su concubina?

–Altamirano: Porque creía en su infidelidad, además porque me maltrataba de palabras.

–P: ¿Se da Ud. cuenta de la magnitud y gravedad de su crimen?

–A: Sí, pero en el momento que cometí el crimen, no sé qué se apoderó de mí, no recuerdo cuantos golpes le di en la cabeza con el martillo.

–P: ¿Cuánto tiempo le llevó descuartizar el cuerpo de su mujer?

–A: No puedo precisar, pero habrán sido dos o tres horas, pero una vez terminado fui a llorar cerca de la cuna de mi hija.

–P: ¿Es Ud. carnicero?

–A: No, pero en la localidad donde vivía, en Córdoba, muchas veces faenaba ani­males.

–P: ¿Cómo andaban Uds.?

–A: Bueno, ella tenía un com­portamiento que no me gus­taba.

–P: ¿Cómo comenzó el caso?

–A: El viernes ella salió tem­prano y regresó cerca de las 13:30. Yo me quedé con mi hija, lavé la ropa y cociné. A su regreso tuvimos una vio­lenta discusión pero se volvió a calmar.

–P: ¿Qué pasó esa noche?

–A: Volvimos a discutir, esta vez ella me trató de lo peor y no quiero repetir las palabras porque me da vergüenza y allí fue que como consecuencia de esa ofensa denigrante, tomé un martillo y le pegué violentamente en la cabeza. Ella cayó en el dormitorio semimuerta. Tomé un cuchi­llo y empecé la tarea de des­cuartizarla.

–P: ¿Por qué descuartizó el cuerpo?

–A: Para poder deshacerme más fácilmente del cuerpo, pues no era conveniente car­gar con un bulto voluminoso que podía hacer desconfiar a los vecinos.

–P: ¿Por qué intentó publi­car un anuncio en los dia­rios sobre la desaparición de su mujer?

–A: Bueno, eso para despis­tar.

–P: ¿Tiene antecedentes por crimen en Argentina?

–A: No, mi prontuario está limpio, es la primera vez que mato.

EL JUCIO Y SU MUERTE

En diciembre de 1982, ante el juez del crimen de la capital, Justiniano negó el crimen. La estrategia de su abogado era invalidar la confesión hecha a la policía y periodis­tas. Intentó sostener que los agentes lo torturaron para que confiese. El juzgado no hizo lugar y el 31 de ese mes, fue condenado a 20 años de prisión con la carátula de homicidio agravado.

En el año 1986, la abogada Gilda Burgstaller le propuso llevar su defensa solicitando la revisión del caso, esta vez el plan sería el cambio de la calificación a homicidio simple y así reducir la pena. El 7 de julio de ese año, la Corte Suprema de Justicia, presidida por Luis María Argaña e integrada por los magistrados Justo Pucheta, José Alberto Correa, Fran­cisco Pusineri Oddone y Alexis Frutos Vaesken, resolvió reducir la pena a 12 años de prisión. El 15 de abril de 1992 finalmente, Justiniano salió de la cár­cel. A mediados de los 90, falleció de causas naturales.