"El odio nunca será la vía": Abdo se solidariza con Sri Lanka tras el ataque terrorista

El presidente de la República, Mario Abdo Benítez, condenó los ataques perpetrados este domingo en Sri Lanka, que causaron al menos 207 muertos y 450 heridos.

“Condenamos el ataque terrorista en Sri Lanka que ha dejado sin vida a más de doscientas personas el día de hoy. El odio nunca será la vía. Desde Paraguay le enviamos nuestra solidaridad a las familias”, escribió el presidente Abdo en su cuenta de twitter.

Una serie de explosiones ocurridas hoy en Sri Lanka dejó hasta ahora 207 muertos, mientras que otras 450 personas resultaron heridas, según dijo el portavoz de la Policía de ese país asiático, Ruwan Gunasekara, en una rueda de prensa en la capital, Colombo.

El Gobierno de Colombo decretó el estado de emergencia en el país y la policía impuso el toque de queda con efecto inmediato ante el temor a nuevos ataques, cuya autoría no fue reclamada hasta el momento por ninguna persona o grupo armado.

 

Batalla campal sobre Quinta tras el superclásico

Barras bravas de Cerro Porteño se enfrentaron a piedrazos sobre la Avenida Quinta, luego de que se disputara el superclásico en el Defensores del Chaco.

Ya durante el encuentro disputado en Sajonia, los barras azulgranas se enfrentaron en plena gradería norte y durante varios pasajes del partido. En ese momento, el incidente no pasó a mayores.

La gresca entre cerristas se trasladó hasta la Avenida Quinta, donde nuevamente se enfrentaron con piedras y palos, generando destrozos de comercios y vehículos apostados en la zona.

El hecho dejó al menos un herido, de acuerdo a las versiones de los testigos.

Parte del incidente fue grabado por ciudadanos quienes disfrutraban de la noche en el Paseo Quinta Avenida y que tras la ocurrido tuvieron incluso que ingresar a refugiarse dentro de las casillas.

TAMBIÉN HUBO VIOLENCIA EN CAMPO OLIMPISTA

Antes del inicio del partido, barras de Olimpia generaron varios incidentes en las afueras del Defensores del Chaco, específicamente detrás de graderia sur.

Los inadaptados atropellaron las vallas de seguridad y los controles de acceso para ingresar al recinto deportivo.

El hecho dejó como saldo un herido, el comisario Eliseo Gaona, jefe de Eventos Deportivos de la Policía Nacional.

 

El último otoño violento y el plan perfecto para matar

Estaba harto de tantos maltratos. Dominado por una furia inusual, decidió ponerle punto final a los años de abusos. Y lo hizo de la forma más cruel. Él quería ver muerta a toda la familia que loa acogió cuando tenía 11 años. Alfredo Manuel Elizeche García, el asesino de la familia Rivelli.


Fuente: La Nación

  • Por Oscar Lovera Vera
  • Periodista

En la tarde del viernes 4 de junio de 1993, Alfredo Manuel, de 14 años, se quedó solo en la casa número 820 de las calles Gaudioso Núñez y Cerro Corá de Asunción. Era un día más de su tortuosa rutina como criado: fregar el piso, lavar ropas, ordenar cada habitación. Sin olvidar, en esa rutina, los golpes que le servían de “motivación” para cumplir con la debida disciplina los diversos mandados. Pero el adolescente estaba decidido a cambiar eso, y de la peor manera. Esa familia no debe haber imaginado nunca que esos maltratos despertarían el lado más violento de Alfredo.

Era muy joven, casi un niño y estaba lejos de su familia. Pero además, tenía a su cargo el cuidado de su pequeña hermana que vivía en la misma casa como criada. Esa responsabilidad pesada y una mente dañada y sensibilizada por la violencia física y psicológica, fueron los detonantes para planificar lo que consideró desde un comienzo, en su particular mente, como un crimen perfecto.

Se encerró en su habitación y estudió el horario habitual, la rutina de cada uno de los integrantes de la familia Rivelli. Eliminaría a cada uno de ellos a medida en que llegaran. Solo faltaría el doctor José Rivelli, él estaba de viaje. Esto no sería impedimento para frenar su locura.

Alfredo tomó dos armas que pertenecían al dueño de casa para ejecutar el plan: un revólver calibre 38 de caño largo y otro de un calibre menor, un pequeño pero efectivo 22, de un tubo cañón más reducido.

UNOS HOMBRES PELIGROSOS

Dora Carmen era la pequeña hermana de Alfredo. Al terminar el día en la escuela, fue hasta la casa en la siesta de ese viernes. Su hermano la encerró en la pieza de ambos y encendió el televisor. Alfredo convenció a la pequeña de la necesidad del encierro diciéndole que algo muy malo sucedería en la casa. Le contó que unos hombres muy peligrosos vendrían y se ocuparían de los Rivelli y que por eso ella debía permanecer oculta y callada. Antes de salir de la habitación que compartía con su hermana, subió el volumen del televisor, asegurándose de que ella estuviera viendo sus caricaturas favoritas. Cerró la puerta desde afuera, dando dos vueltas a la llave para asegurarse.

Para evitar imprevistos, utilizó tranquilizantes para sedar a los dos perros de la raza dóberman que custodiaban la casa. Luego cargó las armas, apagó las luces y se sentó a esperar en la penumbra en el sofá de la sala.

UNA TRAGEDIA IN CRESCENDO

Eran las 16:30, soplaba un viento fresco en aquellos días de otoño. Detrás del romanticismo de junio estaban una tarde y noche marcadas con desgracia y sangre.

María Lourdes Rivelli, una analista de sistemas de 29 años, maniobraba lentamente su vehículo para aparcar en la casa. Alfredo se paró frente al portón y lo abrió para dar paso al automóvil, como todos los días. Ella traía una sonrisa en el rostro. Había comprado un terreno con su prometido, con el que se casaría en pocas semanas más. La emoción la llevaba distraída y no la permitió ver las dos armas que escondía Alfredo en su cintura.

Cuando estaba por subir las escaleras que conducían a su habitación, la mujer escuchó: “¡Quieta!”. Dio media vuelta y vio a Alfredo con un revólver en la mano –era el arma calibre 22– que tenía en una cartuchera de cuero oculta bajo su abrigo de lana. La amenazó con matarla si no obedecía sus órdenes. Sujetó sus manos con una soga, tomó una tijera, le cortó el pantalón y la violó. Después disparó dos balazos en el pecho de su víctima, un tercer proyectil rozó la nuca de la joven.

Sin esperar y con el cuerpo tibio, inmediatamente Alfredo arrastró el cadáver hasta el fondo de la casa, a un lugar que funcionaba como taller de costuras. Limpió como pudo la sangre y reposó nuevamente el cuerpo en el sofá, a la espera de su siguiente víctima.

Las 19:00. Con la señora Angélica Torres fue más sanguinario. Apenas escuchó que la mujer de 58 años estacionó el vehículo en la cochera, Alfredo le salió al paso y le disparó dos veces: un impacto le atravesó el pecho y el otro en la frente. El cuerpo también fue llevado al taller de costuras.

Cuarenta y cinco minutos después la venganza continuaría. El último en llegar a la casa fue José Luis Rivelli, el hijo menor del matrimonio, un estudiante de 24 años y empleado bancario.

Al abrir la puerta principal de la casa recibió tres disparos, esta vez fue con el revólver de calibre 38, pero los disparos lo dejaron malherido, no lo había matado. José Luis intentó correr y, en ese momento, el arma percutiría una vez más, la bala la recibió en la espalda, lo suficiente para tumbarlo. Alfredo Manuel movió su cuerpo hasta la cocina.

UNA LLAMADA INESPERADA

Alfredo, al trazar su plan, se olvidó de planificar qué haría con uno de los hijos del matrimonio: Raúl, un sociólogo, casado y que vivía en otro sitio. El no prever eso condujo al rápido descubrimiento del crimen.

El hombre llamó a la casa y Alfredo le respondió: “La señora María Angélica no puede atenderlo, no se sentía bien y se acostó temprano”. Esto despertó una leve sospecha en Raúl, era raro que su madre María Angélica no hablara con él, pero no le prestó tanta atención hasta que el joven le respondió que nadie más estaba en la casa, que sus hermanos habían salido. Raúl intuyó que algo no estaba bien y se quedó pensando un rato hasta que terminó con sus tareas urgentes y se dispuso a ir a ver qué pasaba en la casa familiar.

Era ya de noche cuando Raúl descubrió la matanza. Abrió la puerta de la casa y siguió un rastro de sangre que se extendía hasta la cocina. Ahí encontró el cuerpo de su hermano. Su grito desgarrador alarmó a los vecinos que no tardaron en llegar y sumarse al estado de shock de Raúl.

Al no encontrar a los demás en los dormitorios, pese a que sus vehículos estaban en la casa, Raúl registró cada una de las habitaciones, hasta que llegó al taller de confección de cortinas. Probó la cerradura y estaba cerrada con llave, lo que no fue un impedimento para derribar la puerta a golpes. Tras apartarla contra la pared, la madera dejó al descubierto una escena cruel: los cuerpos de su madre y hermana sin mucha ropa, maniatadas y con rastros de abuso sexual.

Para ese momento Alfredo ya no estaba en la casa, había escapado con su hermana luego de robar doscientos mil guaraníes y algunas joyas. Como un último sello de su venganza, dañó alguno de los autos de los Rivelli. El adolescente estaba fuera de sí y solo existía el odio en su corazón. Poco después, las balizas policiales inundaron la calle, la Policía llegó al lugar; hasta como de sentido común, la ausencia del criado y de su hermana lo pusieron como el principal sospechoso.

UN RELATO DE FANTASÍA

Sábado 5 de junio. En una casa de empeños, en las inmediaciones de la Terminal de Ómnibus, la Policía detuvo a Alfredo. Estaba con su pequeña hermana. Allí trató de vender las joyas que robó de la casa. Sin tener a dónde ir, relató a los agentes que deambuló junto con la niña de 9 años por la calles hasta que un desconocido los recogió y les dio albergue.

En la comisaría Alfredo continuó con más de sus historias. Dijo ser inocente y dio una versión poco convincente a los policías. Con una voz firme relató que cuatro a cinco hombres encapuchados entraron a la casa preguntando por los miembros de la familia Rivelli, él les dijo que no estaban y decidieron esperar. Más tarde llegó María Lourdes, ella fue atacada y llevada a la sala por los encapuchados. “Ellos me obligaron a abusar de ella y luego colocaron mi dedo en el gatillo para que dispare a matar, todo esto lo hicieron amenazándome con matarme…”.

MARCADO. Un mediodía de enero, mientras Alfredo almorzaba con su familia, entró a su casa de Cambyretá adonde había ido porque sabía que lo estaban persiguiendo y se cobró la vida de quien fuera el autor del estremecedor crimen de los Rivelli.

Siguiendo con su relato fantasioso, Alfredo dijo que hicieron lo mismo con María Angélica. La llevaron al taller y también le ordenaron violarla, pero él se negó. Explicó que en un descuido, la señora corrió hacia el patio, pero no logró salir a la calle. Dijo que otra vez le obligaron a disparar poniendo su dedo en el gatillo, pero esta vez, agregó algo más, diciendo que cuando la mujer cayó, él intentó sostenerla. Con la voz firme y una decidida forma que pretendía ser convincente, hizo los relatos tratando de explicar así la presencia de sangre en su camisa y pantalones.

Con la última víctima, la coartada no cambió: otra vez lo habían obligado a disparar dos veces. Esta vez con el arma calibre 38.

La versión no tuvo mucho futuro. La Policía no creyó en lo absoluto cada historia relatada y con las evidencias que le mostraron, el joven se sintió acorralado. Luego, Alfredo confesó y finalmente contó cada detalle del triple homicidio. ¿El motivo? Según les dijo a los investigadores, había desarrollado un odio profundo hacia la familia que lo acogió hacía cerca de tres años. Parte de su declaración decía esto:

“José Luis solía llevar mujeres a su casa y después yo tenía que levantarme a limpiar todo el desastre que ellos dejaban. A veces era muy tarde, pero igual me obligaba a que yo limpie la cocina. Y yo estaba muy cansado y no aguantaba. Igual él me obligaba a limpiar”.

Luego de muchas idas y venidas judiciales porque no decidían qué hacer con Alfredo (AMEZ). Por la edad no lo podían imputar y encarcelar, pero la presión mediática pudo más que la ley y, finalmente, el adolescente fue condenado a 25 años de cárcel. Solo estuvo 12 años como convicto. En el 2005 quedó libre.

Lo hizo convertido a la religión Evangélica, se mudó a la ciudad de Cambyretá, en el departamento de Itapúa. Ahí se casó y tuvo un hijo, pero quienes lo conocieron, dijeron que siempre vivió bajo la sombra del temor y constantemente recordaba que “su cabeza tenía precio”.

En enero del 2015, Alfredo almorzaba con su esposa. El rugido de una moto rompió el silencio de la cuadra del lugar. Un hombre entró a la casa intempestivamente disparando tres balazos a quemarropa. Alfredo murió al llegar al hospital. La Policía hizo una barrida por las calles de la ciudad, pero nada encontró. El sabor del ajuste de cuentas secaba las dudas de muchos que alguna vez supieron del asesinato de la familia Rivelli a manos del criado adolescente que ahora yacía sin vida muchos años después.

 

Evitan fuga de tres miembros del PCC en Itapúa

Los guardias de la Penitenciaria de Encaranación, frustraron la fuga de tres presos vinculados con la banda criminal brasileña PCC, que este sábado trataron de escapar trepando por el muro exterior.

Los reclusos utilizaron una escalera casera, hecha con madera y plásticos, para tratar de huir del Centro de Rehabilitación Social de Itapúa, cuando fueron divisados por los trabajadores de la penitenciaría, según un informe de la Policía.

Tras evitar la fuga, el centro autorizó la entrada de agentes de policía a uno de los pabellones para realizar una redada en la que se incautaron de 71 armas blancas y de 1,40 kilos de marihuana.

Durante el operativo, los agentes también localizaron siete teléfonos móviles y un cargador de batería que los reclusos usaban supuestamente para comunicarse con el exterior.

Aproximadamente 400 integrantes de grupos criminales brasileños cumplen condena actualmente en Paraguay, de acuerdo con los datos facilitados por el Gobierno.

A principios del mes de marzo, un grupo de 20 presos del Primer Comando Capital (PCC) protagonizó un intento de motín en la Penitenciaría de Concepción que se saldó con un funcionario herido.

La alta presencia de criminales brasileños, tanto del PCC como del Comando Vermelho, en las prisiones paraguayas impulsó a las autoridades a agilizar los procesos de extradición a los países en los que son requeridos por la Justicia.

Paraguay comenzó a incrementar la expulsión de presos a partir de noviembre de 2018, después de que el narcotraficante brasileño Marcelo Pinheiro 'Piloto', del Comando Vermelho, asesinara a una joven que le visitó en su celda con el fin de evitar su extradición a su país.

En marzo pasado Paraguay expulsó también a Brasil a Jefferson William Penha Da Silva, presunto miembro del Primer Comando Capital (PCC), sobre el que pesaban dos órdenes de captura en el Estado de Paraná.