Tras escándalo por compras de insumos, renuncia director de contrataciones de Salud

El director general de la Unidad Operativa de Contrataciones del Ministerio de Salud Pública, el abogado Pablo Lezcano, renunció a su cargo. La dimisión se da en medio de la polémica compra de insumos para la lucha contra el COVID-19.


Fuente: La Nación

Fuente: La Nación.

Si bien Pablo Lezcano alegó motivos familiares, su decisión coincidentemente fue tomada luego del escándalo generado por la adjudicación de millonarios contratos para la provisión de insumos hospitalarios para la cartera de salud, entre ellos 400 camas con costos sobrefacturados, a empresas pertenecientes a una misma familia.

Lezcano estuvo en el cargo desde el inicio de la gestión del ministro de Salud Julio Mazzoleni. Anteriormente fue Director General de Asesoría Jurídica durante el periodo en que Carlos Morínigo estuvo como titular de Salud Pública. Hasta el momento se desconoce si Mazzoleni aceptó o no la renuncia del funcionario presentada el viernes.

El hecho en cuestión que comprometió a la gestión de Lezcano, tomó estado público cuando se dio a conocer el despacho de importación que dejó en evidencia el negocio que realizaban las proveedoras en el marco de la emergencia sanitaria. El clan familiar se adjudicó contratos por un total de G. 85.220 millones.

Estas empresas son Insumos Médicos S.A. y Eurotec S.A.,la primera se adjudicó contratos con el MSPyBS por valor de G. 47.952 millones y la otra por G. 37.268 millones en apenas 72 horas. Las firmas están representadas por los hermanos Patricia Beatriz Ferreira Pascottini y Marcelo Rubén Ferreira Pascottini, hijos del empresario Justo Ferreira.

La adjudicación incluyó el pago de un anticipo que inicialmente no estaba previsto en el Sistema de Información de las Contrataciones Públicas (SICP), pero en el contrato se estipuló un 20% de adelanto.

Camas en depósito de Samaniego

El escándalo se volvió aún mayor cuando se comprobó que las camas que Insumos Médicos S.A. vendió a G. 4.250.000 pero las trajo a G. 650 mil, fueron encontradas en el interior de un depósito ubicado sobre la calle Ingavi 2319 del barrio San Vicente, de Asunción, hecho que fue publicado por La Nación.

El depósito en el que estaban guardadas resultó ser propiedad de una sobrina del diputado Arnaldo Samaniego y la senadora Lilian Samaniego. Según los registros catastrales, la propiedad pertenece a María Nathalia Samaniego Maciel (25), hija de Gustavo Samaniego, quien es hermano de los políticos.

Las camas cuentan con las mismas características de las que arribaron en el avión carguero desde China, el 17 de abril pasado. Ante la sospecha, los vecinos manifestaron que este establecimiento se construyó en poco tiempo.

La propietaria del lugar emitió un comunicado divulgado a través de las redes sociales manifestando que el depósito fue alquilado a la firma New Logistics SA desde noviembre del 2019.

 

Investigan despacho de medicamentos en Salud

Desde el Ministerio de Salud abrieron una investigación administrativa ante la utilización de documentos, supuestamente, adulterados para la importación de medicamentos.


Fuente: La Nación

Fuente: La Nación.

“Ante denuncias periodísticas que indican la importación de medicamentos por parte de la firma Insumos Médicos SA, mediante la utilización de documentos supuestamente adulterados, el Ministerio de Salud Pública (MSP) dispuso una investigación administrativa de los hechos denunciados en la referida publicación”, señaló la cartera en un comunicado.

En un comunicado se informó que la Asesoría Jurídica solicitó informes y documentos a la Dirección de Vigilancia Sanitaria y que “el resultado de dichas investigaciones será comunicado al Ministerio Público”.

En un apartado que lleva por título “La clave del mecanismo”, la asesoría señala que existe un documento donde aparecen los detalles de una transacción comercial entre la empresa farmacéutica Genex Pharma ubicada en Bombay, India, e Insumos Médicos “vinculada al empresario Justo Ferreira, es el punto de partida del mecanismo”. De acuerdo a los registros la empresa india opera desde el 2006 y en el documento se consigna que habría enviado un cargamento de 454.400 kilos vía aérea, según factura fechada el 8 de abril del 2019, a la empresa paraguaya. Este y otro documento, una factura comercial, presuntamente falsificada, “donde consta una transacción entre las empresas Eurofarma SA de Brasil e Insumos Médicos (…), siendo que la firma brasileña no registra operaciones en la India”, señala el reporte que es la base de la investigación que se inició, tras la denuncia hecha en el programa televisivo “La caja negra” de Unicanal.

La empresa Insumos Médicos fue sumariada por la Dirección Nacional de Aduanas (DNA), ante la constatación por parte del equipo de auditoría de la institución y de la Subsecretaría de Estado de Tributación (SET) de inconsistencias en algunos despachos de importación de medicinas.

El director de Aduanas, Julio Fernández Frutos, ordenó la apertura del sumario administrativo para el esclarecimiento de los hechos denunciados en los últimos días por los medios masivos de comunicación social y que hacen referencia a supuestos delitos cometidos en la importación de medicinas.

 

El parador del kilómetro 45 (PARTE II)

Máximo asesinó prácticamente a toda su familia en julio del 2009. Solo una integrante sobrevivió al llegar tarde ese día. El Parador, en el kilómetro 45, fue el escenario de uno de los asesinatos más crueles de este milenio. La Fiscalía logró llevarlo a juicio y ante un tribunal se libró otra batalla más.


Fuente: La Nación

  • Fuente: La Nación.
  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

La mañana del 31 de julio transcurría nor­mal para el suboficial inspector Cristóbal Can­tero. Faltaban pocos minu­tos para alcanzar las 6:30 de aquella mañana y despe­dirse de la guardia apenas su compañero retorne de la despensa con la misión de comprar algo de comer en el desayuno. Ambos mon­taban guardia en una casi­lla policial, muy cercana al parador del kilómetro 45 de la ruta que conduce a la colo­nia José Falcón.

Cristóbal miraba al hori­zonte con la vista puesta en la dirección que usó su compañero para ir hasta la despensa. Era eso y el reloj, si el desayuno no estaba a tiempo prefería ir a la casa a descansar. La noche fue larga por culpa de una jauría turbada por cada gato callejero que cruzaba en la cuadra.

En la mira se le interpuso una mujer, corría despavo­rida hacía su caseta. Cristó­bal intuyó en ese mismo ins­tante que ella traía consigo problemas y debía ayudarla. Dejó su silla a un lado y salió de su caseta.

“Señorita, ¿qué te pasó?”, le preguntó el policía. La joven era Mirtha Giménez, la única sobreviviente de la masacre. El agente pudo notar en sus ojos la muerte, lo perturbada que estaba y solo esperaba que su respi­ración se normalice y la per­mita hablar.

Mirtha fue acompañada por una vecina, una mujer que escuchó los gritos de clamor durante unos minutos. Ella le explicó a Cristóbal lo que ocurrió, mientras espera­ban que Mirtha recupere el aliento.

El policía no esperó mucho, dejó atrás todos sus planes del horario cumplido, tomó su arma y la introdujo en la funda de su cinturón. Pidió a las dos mujeres que le mues­tren el lugar donde ocurrió aquella masacre, mientras llamaba a su compañero para que se encargue de comunicar a la Fiscalía y el apoyo de más agentes.

A medida que aceleraban el paso, el camino se prolon­gaba; fue la angustia y hasta la tensión que generaba el crepitar de las piedras en cada pisada. Eso y la respi­ración en aumento, quizás de lo poco que se escuchaba. Todos cargaban con la pre­sión de encontrar al asesino y que no haya escapado.

“Aquí fue señor, en el para­dor, como le comenté”, dijo la vecina apuntando a la puerta entreabierta.

Cristóbal era diestro, llevó la mano a la funda y tomó su pistola de la cacha, sin sacarla. Solo se puso en alerta mientras ponía un pie frente al otro. Fue meti­culoso para acercarse; si aún estaba en la casa, no quería que lo sorprendie­ran con un golpe.

Al meterse a la casa inspec­cionó la primera habitación rápidamente con la vista, luego fue al que estaba al lado, detrás suyo estaba la sala comedor, muy oscura. Recordó lo que Mirtha le dijo por el camino: “Los cuerpos están en la segunda habitación”. Fue hasta ahí y, de hecho, el lugar estaba intacto.

La mujer y sus dos hijas yacían juntas y bajo ellas un charco de sangre muy oscura. Ya llevaban su tiempo muertas. Quedó impresionado por la cruel­dad que tuvo el criminal. Las heridas en sus cuellos eran profundas y extensas, en algunas notó la profun­didad de un golpe. Tuvo que utilizar un martillo o mazo, pensó.

La conmoción al ver tanta sangre y las heridas lo deja­ron inerte, tanto que cayó en un profundo estado de análisis de lo que pudo haber pasado y olvidó bus­car al asesino. Volvió en sí tras un profundo lapso de análisis y recordó que aún no inspeccionó el comedor, toda la sala a sus espaldas. Volteó con cuidado y por la oscuridad de la habita­ción no lograba distinguir los detalles. Caminó unos pasos de costado, arras­trando los pies y mirando fijamente al frente. El arma apuntaba a un punto ciego, lo sabía, pero no quería bajar la guardia.

Palpando la pared encon­tró el interruptor de la luz y lo presionó. Se iluminó de pálido amarillo, el foco alumbró directo al centro de la habitación donde estaba y permitió a Cristóbal identi­ficar lo que había en el sitio. Ahí estaba él, el asesino.

EL ÚLTIMO VASO

Máximo nunca se levantó de la mesa, estuvo todo el tiempo ahí. Llevaba horas mirando su último vaso con cerveza, menos de la mitad. No respetó como hacía tiempo las indicaciones del médico y volvió a consumir antidepresivos con abun­dante alcohol. Su estado de transe era llamativo para Cristóbal, él esperaba que reaccionara, pero no lo hizo. En ningún momento movió las manos o los labios, y aun­que tuviera el arma apun­tando en dirección a su pecho, no abrió la boca para nada. Seguía observando, la espuma se apagaba sobre ese líquido de color turbio.

Cristóbal se acomodó aún estando parado, le inco­modaba sostener el arma tanto tiempo y en la cabeza aún maquinaba que haría en caso que ese hombre estu­viera armado e intentara reaccionar. Una vez que dé la orden de alto, todo cambia­ría. Cuando volvió a tocar el gatillo de su arma, Máximo habló y se detuvo a decir algo, Cristóbal lo miró con ojos inquisitivos. El hombre se mantuvo sereno, llevó el vaso a la boca y se mojó los labios con el trago de cerveza que quedaba, y dijo: “Ya las maté a todas”.

8:00 AM. Era un pequeño infierno. Mucha gente llo­rando por la bestialidad con la que asesinaron a esas tres mujeres, pero aún más terrible fue lo que hizo esa bestia con la niña. Otros no evitaban el morbo gra­bando con sus teléfonos móviles y la fila de camio­nes en la ruta comenzaba a dificultar la llegada de las ambulancias.

No podía evitar sentirme mal por estar documen­tando todo eso, le dije al camarógrafo que conti­nuemos manteniendo la distancia. Intentaba que no se colara alguna ima­gen de lo que pasó dentro del parador.

El fiscal llegó en la camio­neta blanca del Ministerio Público, era Celso Mora­les. Un joven agente de la zona. Apenas recibió el informe de Cristóbal, el fiscal ordenó al comisario que espose a Máximo y lo saquen de aquel sitio.

Todo eso pasó en solo unos minutos, se hizo un cor­dón humano con policías. Intentaban frenar a los vecinos porque querían matar a golpes a Máximo. La rabia estaba en su punto de hervor.

“LA MATÓ PORQUE ERA MUY CELOSA”

Unas semanas después volví a la estación de poli­cías para interiorizarme del caso. En aquel momento, Máximo estaba asignado a un pabellón en la cár­cel de varones en el barrio Tacumbú de la capital.

Un contacto conversó por algunos minutos con­migo. Aquel día del cri­men, Máximo estuvo muy callado en las primeras horas de su detención y luego pidió para fumar. En una charla informal logra­ron convencerlo de que se abriera, que contara todo lo que sucedió. Más tarde, un informe policial fue escrito y consignó estos detalles:

El desentendimiento con su mujer fue lo que pro­vocó su furia asesina, fue lo que alegó Máximo Ramón Gómez. Los problemas en su relación eran constantes. Se refirió al asesinato como el producto de “un desenten­dimiento” que tuvo con su pareja durante la madru­gada, que desembocó en una discusión muy fuerte.

Según él, todo ocurrió en un momento de mucho nervio, cuando su mujer le cues­tionó una vez más lo que hacía. Además, alegó que era demasiado celosa.

Esto mismo lo dijo ante nuestra cámara. Lo relató con frialdad, como si hablase de un objeto que simple­mente lo perdió, y si no se puede recuperar no hay por qué preocuparse. Esa sensa­ción transmitió.

Ese mismo día me guíe por un dato que me dio el mismo contacto de la poli­cía. La oportunidad de hablar con Mirtha, me faltó escuchar su relato.

Mirtha se mudó a la casa de un familiar, no muy lejos del parador, pero lo suficiente­mente escondida para evi­tar algún contacto. Al lle­gar le pedí disculpas por mi insistencia y le rogué una charla para aclararme qué pasó antes del crimen. Ella relató una versión muy dife­rente. “Mi mamá estaba can­sada de la situación que vivía con Máximo. Incluso le había pedido –en varias ocasiones– que se vaya de la casa, pero que él nunca lo hizo…”.

Máximo bebía mucho y mez­claba con pastilla para con­trolar la depresión y ansie­dad. Por un tiempo mantuvo algunas sesiones con un siquiatra, pero las aban­donó, volcándose nueva­mente a beber sin límites. Era una situación a diario, esa fue la conclusión a la que llegué ese día con los infor­mes médicos, testimonios y detalles de la investigación policial.

Un dato aún más revelador fue el que obtuvo el fiscal Morales. Un episodio vio­lento con sus padres, los intentó acuchillar bajo los efectos de las mismas dro­gas. Fue exactamente un año antes del crimen, en la ciudad de Limpio.

EL MAZO DE LA JUSTICIA

28 de octubre del 2011. Dos años y tres meses después del asesinato, Máximo Ramón Gómez Caballero se enfrentó a los tribuna­les. Llegó esposado y con el cabello mojado, bien pei­nado y pulcro. Se sentó de frente a los jueces y lo flan­queaban sus abogados, eran de la defensa pública. Yamil Coluchi presentó su primer alegato:

“Máximo sufría de tras­tornos mentales, solicito la absolución, señoría”, Colu­chi fue preciso, su estrate­gia se basaría en declararlo insano para enfrentar el jui­cio.

Pero los ahorraré tiempo. El juicio no fue largo. Los jueces analizaron las prue­bas y los antecedentes. Los exámenes médicos y conclu­yeron que Máximo se ubi­caba en tiempo y espacio, era apto. La sentencia se daría a conocer. La unanimidad de los jueces Blas Ramón Cabriza, Blanca Gorostiaga y Víctor Alfieri desestima­ron el pedido de la defensa de declarar irreprochable al acusado y lo condenaron a 29 años de prisión.

En aquel tiempo era de las sentencias más altas dic­tadas en los tribunales de la capital sin medidas de seguridad.

El juicio fue llevado adelante por el fiscal Óscar Talavera y el querellante Gumercindo Oviedo. Ellos pidieron que el acusado sea condenado a 30 años de cárcel.

Los psiquiatras Carlos Ste­ven Sachero y José Vera dije­ron que el acusado podía distinguir el bien del mal, pero que no podían conocer si en el momento del hecho pudo haberlo sabido. Gómez incluso tuvo tratamiento antes del hecho en el hospi­tal psiquiátrico.

El 7 de enero del 2015, la Sala Penal de la Corte Suprema, integrada por los jueces Blas Ramón Cabriza, Blanca Gorostiaga y Víc­tor Alfieri, ratificó la pena de 29 años de prisión para Máximo Ramón.

Hasta hoy sigue preso.

Fin.

 

Sobrevivir al COVID-19

La pandemia del coronavirus ha despertado mucho miedo alrededor del mundo. Los números de fallecidos generan alarma en la población mundial mientras pasan los días. Pero también están las otras cifras que tienen sus propias historias: las de los que han superado el virus. En Paraguay, hasta ayer sumaban 85 recuperados.


Fuente: La Nación

“Me contagié a partir de un paciente que consultó conmigo unos días antes de empe­zar los síntomas. De esto me enteré recién luego de mi internación”, señala el doctor Raúl Ramírez Nizza, quien probable­mente atendió al primer paciente con COVID-19 en Paraguay a principios de marzo, cuando ni siquiera se había declarado la cua­rentena en nuestro país.

El doctor Ramírez Nizza menciona que una semana después de atender a este paciente empezaron los síntomas en su cuerpo. “Empecé a tener fiebre y me hicieron una radiogra­fía de tórax que mostró una neumonía, aunque no tenía muchos síntomas respira­torios”, dice el doctor. Para esa fecha, 8 de marzo, ya se habían detectado los primeros casos en nues­tro país. Al día siguiente, el 9 de marzo, le hicieron la prueba del coronavirus, que salió positivo.

El doctor Ramírez Nizza estuvo internado 13 días en el Centro Médico Bau­tista, justamente donde ejerce su profesión. Cuenta el médico que los prime­ros dos días estuvo acom­pañado de sus familiares, pero que posteriormente ya fue sometido al aisla­miento total.

“Estuve a cargo de la Dra. Stela Samaniego, infec­tóloga, y del Dr. Osvaldo Martínez, jefe de Clínica Médica. En ese tiempo no tuve muchos síntomas respiratorios, como falta de aire. Lo que sí tuve fue la fiebre por varios días, incluso durante la inter­nación. Gracias a Dios no necesité oxígeno ni terapia, pese a tener una radiogra­fía y luego tomografía que mostraban una neumonía grave”, señala Ramírez Nizza.

Para la segunda mitad de marzo, la pandemia ya estaba causando estragos en todo el mundo. Para el 20 de ese mes, nuestro país reportaba el primer falle­cido. Se trató del también doctor Hugo Diez Pérez, que justamente también trató al paciente que ha contagiado a Ramírez Nizza. “Es un hecho que he lamentado y hemos lamen­tado mucho todos los que le conocíamos. Era un pro­fesional a quien personal­mente respetaba y apre­ciaba”, dice Ramírez Nizza recordando a su colega.

De sus días en el hospi­tal como paciente, para el doctor Ramírez Nizza el contacto con sus familia­res pasó a ser exclusiva­mente por medios tecnoló­gicos. Agrega, además, que durante ese tiempo también se aferró a su fe en Dios y que eso le ayudó mucho a sobre­llevar el momento, la sole­dad y sobre todo el miedo de enfrentar un virus descono­cido para casi todos.

“Hoy, gracias a Dios, tene­mos nuevos protocolos, debido a la experiencia nuestra y extranjera. Si comparo el tratamiento que me dieron con el que hoy se está manejando, hay algunas diferencias, pero lo que me dieron fue lo correcto para ese tiempo, era lo establecido. Previo al alta me hicieron los estu­dios para saber si era nega­tivo el virus. Luego del alta tuve indicación de otros 14 días aislados y me hicieron varios estudios de control”, comenta Ramírez Nizza.

El doctor señala que uno siente ansiedad, incerti­dumbre, porque princi­palmente se sabía poco del virus. Agrega que ahora ya no presenta ninguna molestia posterior al alta por causa del virus.

“Para las personas que hoy están infectadas y las que pudieran estarlo les digo que hoy tenemos mejor conocimiento de la enfer­medad y que no se sepa­ren de Dios. La contención espiritual es fundamen­tal, me ayudó a manejar mis ansiedades y temo­res, aunque reconozco que hubo momentos muy fuertes, pero así es la vida, ¿verdad? Pido al país que oremos por nuestras auto­ridades pidiendo sabidu­ría para este tiempo, por el impacto que estamos viviendo en la economía y también en la salud”, expone Ramírez Nizza.

Matías Cubero es un joven de 22 años que estaba en los Estados Unidos en el marco de un programa de intercambio estudiantil. Cuando decidió volver al país, en la segunda semana de marzo, al llegar al país, presentó los síntomas de la enfermedad, por lo que tuvo que aislarse. En una entre­vista que concedió a Uni­verso 970 AM y Canal GEN, Matías comentó que a los 14 días se sometió a otro test y le dio positivo. Siguió el tra­tamiento y el aislamiento, con las indicaciones médi­cas, hasta que a mediados de este mes fue sometido a otras dos últimas pruebas, que finalmente salieron negativas.

“SENSACIÓN DE TRIUNFO”

El Dr. Ricardo Oviedo es el director del Hospital del IPS Ingavi, ubicado en San Lorenzo, que el Gobierno habilitó directamente para casos pulmonares o de COVID-19 cuando se implementó la cuarentena. Actualmente, este nosoco­mio tiene 90 camas equipa­das para atender a pacien­tes con el virus y 8 para terapia intensiva.

En Ingavi, esta semana despidieron a la primera paciente con COVID-19, que fue dada de alta. Una enfermera del propio hos­pital. “Los sentimientos no solo en mí sino en todas las personas en área de Salud, al ver a un paciente de COVID-19 que está en buena evolución, favora­blemente, realmente cada paciente es una sensa­ción de triunfo, de alegría inmensa. Porque esperá­bamos lo peor de esta pan­demia y gracias a Dios y a la Virgen tenemos pocos casos con resultados fata­les. Espero que sigamos así y que nos cuidemos entre todos”, expone Oviedo.

El especialista señala que es positivo mantener plana la curva de contagiados y que eso dependerá de que la gente cumpla con los pro­tocolos, y de estar prepa­rados desde el sector salud para atender a los casos que requieran atención médica o internación. “Estamos suficientemente educados con las medidas de protec­ción que tenemos que guar­dar, ya sea en nuestra casa o donde nos toque estar acti­vando. y es una ventaja para el Paraguay todos estos datos”, señala Oviedo.