La pistola de Marito

La divulgación de una foto de Mario Abdo Benítez, portando un arma de fuego en la cintura, fue motivo de todo tipo de críticas y burlas en los medios y las redes sociales. Desde interpretaciones políticas, hasta las referidas a sus características personales. El tema no da para mucho, pero, tratándose de presidente de la República, el número uno del Ejecutivo, el que ostenta la suprema representación política del Paraguay, no está demás formular algunas conjeturas al respecto, sobre todo porque ante consultas periodísticas, el hombre se limitó a recordarnos lo que todos sabemos: “Soy comandante en Jefe”.

No nos imaginamos a Mauricio Macri “luciendo” una pistola 9 mm y 2 cargadores, mientras cumple una misión oficial. Tampoco a Sebastián Piñera, ni a Tabaré Vázquez, ni a López Obrador, ni al belicoso Donald Trump, ni a Emmanuel Macrón u otros presidentes de países democráticos.

Solo nos viene a la mente imágenes de personajes como Husein, Kadhafi, Fidel, Trujillo, Pinochet y, por supuesto, el tenebroso Alfredo Stroessner.

Pasemos a las hipótesis.

La primera, nuestro presidente anda armado por una cuestión de seguridad, como algunos alegan. Si esta fuera la razón, los 7 millones de paraguayos debemos armarnos sin perder más tiempo, de inmediato. A diferencia de él, que tiene un ejército de custodios las 24 horas, nosotros, “los comunes”, vivimos bajo constante amenaza de ser atacados por peajeros, motochorros, caballos locos y malandros de todos los pelajes, incluyendo algún “polibandi”. Descartemos, pues, esta presunción.

Otra posibilidad sería que estamos ante una estrategia de marketing para desviar la atención de los problemas que a todos nos quejan. Sucede que “la calle está dura”, cada vez cuesta más llegar a fin de mes y el gobierno no tiene la más pálida idea de cómo hacer frente a la situación. Entonces, los asesores del presidente idearon esta creativa maniobra para distraernos. Pero esto sería sobre estimar a un equipo que hasta ahora nada aportó, y si esa hubiera sido la intención, erraron en el procedimiento, pues tenían que haber tratado de sacarle a Marito del escenario y no mantenerlo en el centro, como blanco fácil.

Otros opinan que Marito quiere dejar de ser Marito. El diminutivo, según esta versión, no ayuda a generar respeto y menos infundir temor, por lo cual había que proyectar otra imagen, a lo Stallone con “Rambo”. Este personaje, sin embargo, mal podría ser interpretado por alguien que hace algunas semanas declaró a la prensa que su gobierno podía durar una semana y que, en privado, a todos pregunta si creen que culminará su mandato. En consecuencia, esto tampoco sirve para explicar su afición a la pistola.

A lo mejor es simple inmadurez, expresión de quien quisiera volver a la infancia dorada que tanto extraña o, tal vez, en sus fueros íntimos es “un hombre de armas tomar”, pero lo tiene tan reprimido que en sus actos solo proyecta vacilación.

Si no es por seguridad, ni sirve para desviar la atención, solo restan las otras cuestiones que caen en el campo de las inseguridades personales, pero sobre esto, Abdo debería despreocuparse. No necesitamos ni queremos un pistolero. Nos conformamos con un Marito que cumpla con sus funciones de presidente, que haga los cambios necesarios que disipen nuevas crisis políticas y tome decisiones que beneficien a todos los paraguayos. Las heladeras están vacías, tome nota señor presidente.

 

Estamos a la deriva

Sin proyectos visibles, ni conducción política abocada a tan siquiera dibujar algo en el horizonte, lo que impera en nuestro país es un letargo abrumador, que no puede ser tomado más que como el interregno entre la última crisis y la siguiente, cuando se romperá la monotonía para poner otra vez todo patas para arriba.

En este contexto se produjo la “Cumbre de Poderes”, la cual quedará en los registros gráficos como un mal intento por lograr notoriedad, de autoridades incapaces de poner los pies sobre la tierra, reconocer los problemas tal cual se presentan y, al menos, realizar un esfuerzo serio en la búsqueda de posibles soluciones.

El “pecado original” del presidente es que llegó al gobierno sin ningún plan. Había montado su discurso en base a su rabioso anticartismo, aglutinando así a todos los descontentos con la anterior administración, por razones diversas, aunque el denominador común haya sido probablemente que el Estado dejó de ser una teta gigantesca a la cual todos ellos estaban prendidos.

Lo único importante era la broca hacia HC. Y esto fue lo que proyectó luego al tomar en sus manos las riendas del poder, con la mirada siempre puesta en el espejo retrovisor, incurriendo en todo tipo de arbitrariedades y perjudicando seriamente al país, cuyas necesidades desde aquel entonces nunca fueron atendidas.

Claro, así se puede ganar una elección interna y, según la experiencia regional, hasta votaciones nacionales, pero eso no basta para gobernar. Prueba de ello ha sido la reciente crisis política, que si bien se desencadenó a partir de la actitud entreguista del Ejecutivo frente al Brasil, fue una expresión inequívoca de que el “modelo” instalado en agosto del 2018 fracasó de manera estrepitosa. Había perdido el respaldo de sus antiguos aliados y, a falta de medidas para hacer frente a la crisis económica, esta desembocó en recesión.

Marito estuvo a punto de caer y si eso no ocurrió fue merced al salvataje que recibió del propio Cartes, ¡vaya paradoja!. Después de eso, cualquiera hubiera pensado que daría un brusco giro de timón, que se rodearía de gente con cierta calificación para dirigir la nave hacia algún puerto, en medio de aguas tan turbulentas.

Pero transcurren las semanas y nada indica que algo así forme parte de sus intenciones. Al contrario, declaró que en el país “todo está de bien” y ratificó a la banda de mediocres que tiene como ministros y asesores, en la falsa creencia de que ya superó la tormenta.

A lo mejor el presidente nos sorprende con alguna inesperada definición, pero no es una hipótesis que podamos alentar si nos basamos en los hechos. En consecuencia, todo seguirá como hasta antes de su cuasi destitución, si por él fuera. Es decir, a la deriva, lo que siempre es peligroso, pero mucho más en medio de la tempestad.

 

La verdad... ¿nos hará libres?

El martes pasado declaró ante la Comisión Bicameral de Investigación del Congreso el ex embajador en Brasilia, Hugo Saguier Caballero, citado por el caso del acta bilateral suscrita en secreto entre los gobiernos de Paraguay y Brasil. Dijo lo que se esperaba que dijera, sin eludir responsabilidades personales ni encubrir a sus superiores, como algunos hubieran deseado. Su firma está en el acuerdo, pero su jefe inmediato, el canciller Luis Alberto Castiglioni, no solo estaba informado de todo lo actuado (al igual que el presidente Abdo), sino que lo felicitó por el desenlace supuestamente positivo del conflicto, según lo afirmado por el diplomático.

No podía ser de otra forma. Sería inconcebible que un embajador, por más importante que sea, pudiese obrar de manera autónoma y “cortarse solo” en una tema como la contratación de energía de Itaipú, de máxima prioridad para el país, que afecta la principal relación bilateral del Estado paraguayo. De hecho, existen documentos que intercambiaron las cancillerías de ambos países y mensajes de texto publicados en la prensa nacional que corroboran plenamente la versión de Saguier Caballero.

En otras circunstancias, la confirmación de quiénes fueron los responsables políticos de rifar los intereses nacionales hubiese provocado graves consecuencias. Sin embargo, después de haber sido rechazado el proyecto de juicio político, lo que se ventila en la citada comisión no tendrá implicancias políticas ni judiciales, al menos en lo inmediato, bajo el pretexto de que si bien se realizaron las negociaciones secretas y se concretó el acuerdo, posteriormente quedó anulado. Es decir, “no hubo daño patrimonial”, como sostienen quienes buscan dar vuelta la página de manera definitiva.

Sin embargo, el hecho de que las audiencias de la comisión hayan sido públicas, ha permitido que la verdad aflore, dejando al desnudo las contradicciones y falsedades expuestas por quienes tuvieron que hacer marcha atrás con el acta, al verse acorralados y estar al filo de ser desalojados del poder.

A favor de Saguier juegan dos elementos de mucho peso. Por un lado, que las negociaciones versaban sobre cuestiones técnicas, por lo cual su conducta era fruto de la recomendación de los especialistas en la materia. Por el otro, que sus superiores, el Canciller y el Presidente, estaban plenamente de acuerdo con el contenido del texto a ser suscrito por las altas partes.

No obstante, es muy probable que la versión oficial adjudique las culpas a Saguier y/o los técnicos, los eslabones más débiles de la cadena. Y también, que las transas políticas hagan que los principales responsables de lo acontecido, los verdaderos pillos y peajeros, por ahora queden impunes.

Tal como están las cosas, pareciera que la realidad pone en entredicho aquella famosa expresión bíblica atribuida a Jesús, acerca de que “la verdad os hará libres”, pero no es así. Ésta es el punto de partida básico, indispensable, para que la justicia resulte finalmente triunfante.

 

Benigno tiene que hablar con la verdad

El ministro de Hacienda, Benigno López, divulgó a través de las redes sociales algunas consideraciones sobre la situación económica por la que atraviesa el país. Tal vez lo hizo en un intento por aclarar posiciones, pero terminó aportando más dudas que certezas. En ellas no se percibe un reconocimiento de la crisis en su real dimensión, ni tampoco los planes concretos para hacerle frente. Lo único rescatable de sus dichos, probablemente en el afán de disipar las críticas, fue que el gobierno retrocedió en su intención de elevar el tope del déficit fiscal, al menos por ahora.

Benigno define el estado de la economía del siguiente modo: “Paraguay experimenta una combinación de eventos adversos, externos e internos, que afectan la actividad económica, que de resultar en una variación negativa para el cierre de este año, ameritaría tomar medidas extraordinarias para asegurar el despegue en el 2020”.

Un discurso muy floreado, que suena rimbombante, pero “elíptico”, en definitiva mentiroso, pues omite deliberadamente toda referencia puntual a la crisis y, en su reemplazo, decir poco o nada. Peor aún, de sus palabras podría deducirse que todavía no enfrentamos problemas serios, los cuales en todo caso se plantearían a fin de año y, recién entonces, habría que tomar medidas para mitigarlos, no para “despegar”, al decir suyo.

¿Por qué Benigno no dice algo de la brutal caída del PIB, de 4% a 1%, o menos?. ¿O de la disminución de las importaciones?. ¿O del menor consumo de los paraguayos? ¿O de las recaudaciones en Aduanas y en concepto de Impuesto al Valor Agregado?

En otra parte, el ministro nos informa que “la discusión fue mantener la ejecución de las políticas públicas, de los planes de inversión, avanzar en otras medidas (no dijo cuáles) e implantar las reformas necesarias (presumimos del sistema jubilatorio). La posibilidad de excepción al cumplimiento de la Ley de Responsabilidad Fiscal no fue la discusión de fondo”, resaltó.

Esto significa que, en el marco de no afectar las políticas públicas -de muy débil repercusión por cierto- sí se habló de elevar el déficit fiscal, como de hecho prevé la misma norma para momentos de crisis.

A primera vista, no habría porqué hacer alertas ante dicha eventualidad. Sin embargo, primero hay que informar que el tope del 1,5%, ya se elevó en la práctica en 150 millones de dólares más, porque cuando se aprobó la norma era sobre un PIB de US$ 30.000 millones (lo que equivalía a 450 millones de déficit) y ahora el tamaño de nuestra economía es de 40.000 millones (600 millones de déficit). Y si el techo se elevara 1% o hasta 1,5% más, como autoriza la legislación, significarían otros 400 o 600 millones de dólares. En concreto, el techo de US$ 450 millones de antes, podría transformarse en… 1.200 millones!!.

Segundo, si de elevar el déficit para impulsar obras se trata, el Ejecutivo debería reconocer que hasta junio fue un desastre en materia de ejecución (por debajo del 20% del presupuesto) y anunciar qué cambios hará para utilizar el dinero existente e impulsar las obras.

Tercero, y suponiendo que el tema anterior se resuelve satisfactoriamente, el gobierno debe precisar cuáles son las obras que pretende llevar a cabo. Y, finalmente, cómo vamos a pagar, tomando en consideración la caída de las recaudaciones.

Como puede notarse, son muchas preguntas sin respuestas.

Para que éstas lleguen, el ministro de Hacienda no nos debe seguir hablando como lo hacen los ministros de la Corte para evitar preopinar en un caso que después podrían juzgar, o como los obispos, siempre “elípticos”, quienes extraen de sus declaraciones todo aquello que les incomoda.

Benigno debe hablarnos con la verdad. En caso contrario, la desconfianza existente seguirá en aumento y eso golpeará aún más fuerte a la ya maltrecha economía paraguaya.