Costureras, oficinistas y hasta "infiltradas" en el ejército: Mujeres y su rol en la Guerra del Chaco

Si bien fueron los hombres los que combatieron tenazmente en las trincheras para defender a nuestro país, las mujeres también cumplieron un rol fundamental durante la Guerra del Chaco (1932-1935), convirtiéndose de diversas maneras en protagonistas de aquella contienda histórica que culminó un día como hoy.

En coincidencia con un nuevo aniversario de la Paz del Chaco, decidimos hacer un análisis sobre el papel que cumplieron las mujeres durante los tres años que duró aquel conflicto bélico que tuvo enfrentados a paraguayos y bolivianos en la disputa por el suelo chaqueño.

Ana Barreto, historiadora y exdirectora del Museo Casa de la Independencia, comentó a HOY que el protagonismo de las mujeres paraguayas en la Guerra del Chaco fue bastante importante y trascendental debido a que cumplieron no solo una sino varias funciones dentro de la sociedad.

En ese sentido, destacó que las mismas se convirtieron en el “sostén de la retaguardia”, desempeñándose ya sea como enfermeras, madrinas de guerra, secretarias, hasta inclusive como reemplazantes de los hombres que habían ido al campo de batalla y se vieron forzados a abandonar sus puestos de trabajo en las oficinas.

Barreto, quien es autora del libro “Mujeres que hicieron historia en el Paraguay”, señala que las mujeres demostraron una gran capacidad administrativa durante todo el proceso de revolución y recordó que Paraguay tuvo un periodo de inestabilidad política durante el siglo XIX que fue frenado por la Guerra del Chaco hasta desencadenar en la Guerra Civil del 47.

En vista a que todos los hombres habían sido movilizados, las mujeres en las áreas urbanas -especialmente en Asunción- tuvieron que cubrir los espacios dejados por los hombres en las empresas, tanto en instituciones públicas como privadas, refirió. En coincidencia, los primeros cursos de secretariado y dactilografía se habilitaron justo en coincidencia con el inicio de la guerra, derivando en que una gran cantidad de secretarias salgan a trabajar en esa época.

Otro lugar en el que ellas cumplieron un rol importante es en las juntas de aprovisionamiento del campo, teniendo a su cargo la producción y la cosecha en las chacras. “Todo lo que se producía allí tenía que servir para el sustento de sus hogares y además para enviar provistas al Chaco”, mencionó. Así también, las maestras tenían la misión de cultivar en las escuelas con los niños.

La historiadora comentó que durante la contienda hubo un montón de mujeres voluntarias que trabajaban en los hospitales, cumpliendo diferentes labores que no se centraban solo en el de ser enfermeras sino también otras como llevar la leche a los soldados heridos o ayudar para las donaciones de sangre.

De igual manera, también se destacaron las costureras de la guerra, quienes tenían la misión de coser artículos que iban desde sábanas, pantalones, camisas y ropa interior hasta chaquetas, ponchos y mosquiteros. “Ellas se encargaban de trabajar en sus casas, pasaban a enrolarse en el ejército y en sus libretas se anotaba lo que iban entregando”, indicó.

Si se compara la Guerra del Chaco con la Guerra de la Triple Alianza (conocida comúnmente como “la Guerra Grande”, el factor común en ambas contiendas -señala Barreto- es el compromiso de las mujeres con la administración y el sostenimiento económico del Estado ante la ausencia de los varones.

“Durante la guerra se destacó la clara experiencia de las mujeres ante el manejo de la crisis y cómo no eran simplemente esposas, eran administradoras del hogar. En esta segunda guerra internacional se termina viendo de nuevo eso, cómo las mujeres ponen todo su capital de experiencia administrando la chacra, las estancias, los negocios, cubriendo los espacios en las zonas urbanas”, manifestó.

LA HISTORIA DE MANUELA, LA MUJER QUE COMBATIÓ EN EL CHACO

Una de las más llamativas historias que han podido rescatarse de la Guerra del Chaco es la de Manuela Villalba, quien pese a las restricciones de la época y el peligro existente tuvo el valor de enrolarse en el ejército para ir al campo de batalla.

Según relató Barreto, esta noble mujer oriunda de la localidad de Tavapy (actual San Roque González de Santa Cruz, departamento de Paraguarí) había acudido al llamado para combatir en el Chaco por pedido de su madre, quien le encomendó que acompañe a su hermano para cuidar de él.

Fue así como Manuela (que pasó a utilizar el nombre de “Manuel”) tuvo que cortarse el cabello y vestirse como hombre para pasar desapercibido al momento de alistarse en el pelotón.

La historia -que había sido dada a conocer en el periódico “El Orden”- cuenta que en agosto de 1933 los hermanos Luis y Manuel Villalba, quienes se encontraban en el Regimiento 2 “Ytororó”, se vieron obligados a cambiar de unidad por cuenta propia sin pedir el pase reglamentario ante el fallecimiento de su comandante, el Tte. Ozuna.

Una noche mientras se encontraban caminando por territorio chaqueño fueron encontrados por una patrulla paraguaya y, ante la falta de documentación que confirme sus identidades, no tuvieron más opción que ser llevados a Nanawa en calidad de detenidos.

El Cnel. Luis Irrazábal, quien se encontraba a cargo del Tribunal de Guerra, les había dicho que en este tipo de casos correspondía un fusilamiento. Fue en ese momento que Luis le sugiere a su hermana (que en ese entonces tenía solo 17 años) que cuente la verdad y revele su sexo real con el fin de salvarse de la muerte. Ante la incredulidad de los presentes, convocaron a un médico que finalmente confirmó que se trataba de una mujer.

De acuerdo a los expedientes de la época, el documento otorgado al soldado señalaba cuanto sigue: “El soldado Manuel Villalba tiene permiso de este Comando para bajar y permanecer en la capital por tiempo indefinido. Motivo: Cambio de sexo. Firmado: Irrazábal, Cnel.”.



 

La muerte lo esperaba en la oscura esquina

Eran seis jóvenes, la cerveza terminó pero no era suficiente. Se les ocurrió dar un paseo y ver cómo pagarían por más alcohol. Mataron a un joven para obtener dinero del teléfono robado. Con eso continuaron tomando como si nada...


Fuente: La Nación

POR ÓSCAR LOVERA VERA, periodista

“¡Señor pasá el semáforo en rojo, no me siento bien!”, decía jadeando Emilio. Su respiración era agitada y cada vez le resultaba más difícil aspirar el aire. El esfuerzo que imprimía para inhalar y exhalar era perceptible, pese al agitado tráfico de las 23:00 de un sábado. “Tranquilo mi hijo ya vamos a llegar”, le dijo aquel hombre que lo auxilió, con una voz que simulaba tranquilidad, pero que por dentro entendía que lo estaba perdiendo.

Sostenía el volante con firmeza e intentaba concentrarse mirando fijamente a través del parabrisas. La luz roja de freno le daban el alto en el paso semafórico, procuró maniobrar bruscamente abriéndose paso sobre la avenida Juscelino Kubitschek en Asunción. La fila de automóviles le impedía abrirse paso en la intersección con la avenida Mariscal López. Un par de bocinazos continuos y unos gritos de socorro le abrieron un pequeño hueco para la temeraria acción.

Desde allí, faltaban apenas unos kilómetros para llegar al entonces Hospital de Emergencias Médicas. Lo que estaba viviendo era una verdadera urgencia. Ese joven de 18 años al que ayudó subiéndolo al asiento trasero se estaba desangrando en su coche. Él vio cómo esa banda de ladrones lo atacó para robarle el celular, lo rodearon y, uno de ellos, con un cuchillo en mano enterró el puñal en su pecho. Tumbándolo en ese mismo instante sobre la avenida Venezuela, muy cerca del Club Centenario.

Al fin cruzó la barrera de la entrada principal del hospital. Estacionó con prisa frente a la entrada de Urgencias y con voz imperante pidió a un camillero que lo ayude con un herido. ¡Rápido amigo, ayúdame, este muchacho está perdiendo mucha sangre! El empleado tomó una camilla y se acercó al vehículo, entre ambos sostuvieron a Emilio y con fuerza subieron al chico a la plancha de acero.

Las ruedas de la cama comenzaron a girar. El camillero la empujaba dejando la puerta de urgencias cortando el aire en potente vaivén. ¡Uno, dos, tres! Gritó el médico de guardia, ordenando a los asistentes el paso de la víctima a una cama de cirugías. El diagnóstico no era alentador.

EMERGENCIA

¡¿Cuál es la situación?! Fue la pregunta del cirujano, mientras acomodaba el látex del guante en sus manos. En una primera evaluación los intervinientes notaron una perforación profunda en el lado izquierdo del tórax, a lo que el médico respondió: ¡rápido canalizale dos vías 16 o 18, y pásale suero! ¡¿Qué tal esta su pa?! (presión arterial) –el enfermero le responde: 70/40 doctor, apenas se escucha… –El médico señala con el dedo índice la puerta de urgencias, e imperante exclama ¡que alguien vea en banco de sangre, necesitamos dos volúmenes!

El doctor hacía una evaluación en voz baja, esto debió dañar órganos y vasos sanguíneos y posible sangrado interno; concluyó con extremada experiencia en heridas de este tipo. Las noches de guardia le hicieron vivir de todo y entendía que el riesgo estaba presente de nuevo.

Emilio iba perdiendo el conocimiento a medida que el gas anestésico hacía efecto. El químico era distribuido en todo su cuerpo, llevado presurosamente por el torrente sanguíneo, y languideciendo sus sentidos. Poco a poco sus ojos se iban cerrando y solo notaba una luz blanca e incandescente alumbrando fijamente el rostro. Un brillo de esos se colaba entre sus párpados que le iban pesando.

Fuera de la sala de intervenciones aquel hombre –de unos 50 años– se pasaba la mano en el rostro con gran preocupación, sintió que ese joven a quien ayudó podría ser su hijo. Mientras exploraba en su interior algo de esperanza, miraba atentamente el cartel de acrílico donde la administración del hospital señalaba las especialidades que se practicaban detrás de aquella blanca puerta magullada por los embates de las camillas. Intentaba distraerse con algo hasta que le den algún diagnóstico.

Un agente de Policía asignado para registrar la identidad de los pacientes que ingresan al recinto se acercó con paso lento, intentaba no ser invasivo al ver tanta impaciencia en aquel visitante. Cuando las distancias se acortaron con voz apacible se dirigió a él y dijo: Señor, disculpe, soy el oficial Amarilla. Mi trabajo es tomar nota de cada persona que ingresa a urgencias. ¿Conoce a ese muchacho?

No señor, no lo conozco. Apenas sé su nombre y fue porque pudo contestarme cuando lo traía hasta aquí. Sé que es de la zona de barrio Jara, ahí fue que ocurrió todo. ¿Y qué pasó en ese lugar, señor? Preguntó el policía…

LA MUERTE DOBLÓ EN LA ESQUINA

Sábado 29 de mayo del 2004. Emilio Aguirre salió de su casa ubicada en la calle América del barrio Jara. Le urgía comprar saldo para su línea móvil. Planeó asistir a una fiesta con sus amigos, aprovechando que era sábado y no le quedaba otro compromiso en la casa.

El plan quedó a medias. La idea era juntarse con su grupo en la casa de un compañero del colegio y luego disfrutar de la noche.

Pero el crédito terminó y debía reponerlo para coordinar la hora del encuentro. El único lugar que quedaba era la gasolinera ubicada en la intersección de la avenida Mariscal López y la avenida Venezuela de su barrio.

Para ello debía caminar una interminable cuadra muy oscura. Eso no lo atemorizó, ya lo había hecho más de una vez, pero era improbable que intuya a la muerta, aquella que la aguardaba al doblar la esquina.

El reloj de la gasolinera marcaba las 23:40. Una oscuridad colosal se imponía en la zona, las luces de la red de alumbrados era insuficiente. Penumbra que resultaba cómplice para un grupo de mal intencionados que salió en busca de algún infortunado.

Estaban descontrolados. El pasado les dio fogueo para delinquir. Necesitaban algo valioso para venderlo, continuar bebiendo alcohol y aplacar su sed criminal.

Desde barrio San Pablo hasta barrio Jara. Poco más de 9 kilómetros en un Jeep, viajaban Nazar, Johan, Jesús, Elvio y Eduardo. Todos jóvenes que no superaban los 19 años de edad.

Aún con el motor en marcha, uno de ellos gritó: ¡regalo, regalo!, fue al que llamaban “Iraqui”, Nazar Katrip. Sus ojos brillaban al aterrizarlos directamente en el teléfono celular que Emilio llevaba en la mano y lo miraba con suprema concentración, mientras ponía una pierna frente a la otra intentando acercarse a la estación de servicios. Nazar bajó de la camioneta y con el cuchillo en mano lo increpó: ¡dame tu teléfono chico!, lo dijo con tono amenazante.

Emilio se negó, se resistió con tenacidad provocando la reacción cobarde a la que se sumaron otros cómplices. Unos pocos minutos después –de la desigual batalla– terminó con la violenta estocada en el pecho.

LA ESPERANZA SE CORTÓ

¡…27, 28, 29, 30! compresiones torácicas, dos ventilaciones, gritaba el asistente en la sala de cirugía, hacía de todo para revivirlo. El procedimiento de reanimación se repetía por segunda vez. La ausencia de pulso se anclaba en su cuerpo, no respiraba.

Las ondulaciones en el aparato respirador comenzaban a debilitarse y trazar una línea recta seguida por un pitido que nadie quería escuchar. Emilio Aguirre murió tres días después del ataque que sufrió en manos de la banda del “Iraqui”.

EL RASTRO DEL CHIP

Como parte de un trofeo, días después del asesinato, los criminales continuaban sus vidas como si nada hubiera pasado. La sociedad se despertó indignada entonces y en las calles rebotaba el grito de ¡basta ya! La indignación por la muerte de Emilio sacó de su confort a muchos indolentes.

Uno de los miembros de la organización cometió un error que marcaría su vida. Utilizó el chip del teléfono de Emilio y con ello activó el rastreo que la Policía montó para dar con los autores. La acción permitió que finalmente dieran con la banda.

Los investigadores llegaron al barrio San Pablo, de la capital. Todo fue muy rápido para los agentes. Identificaron a un grupo que integraba una barra de fútbol. Los sospechosos tenían nombre y apellido: los hermanos Jesús y Johan Sebastián Sánchez Agüero, Eduardo Osvaldo Salazar Argüello, Elvio Alfonso Acosta Bogado, Jorge Leonardo Acuña, conocido con el alias de Pinocho –este último fue liberado al comprobarse que se bajó del Jeep antes del asalto– y el líder de la banda: Nazar Katrip, el Iraqui.

EL ESTRADO

A mediados del 2006, dos años después. Un tribunal bajó el mazo de culpa directa sobre Nazar y Johan. La voz del juez irrumpía con la cifra de 25 años de cárcel para ambos. Eduardo Salazar, el conductor de la camioneta, recibió 12 años de condena. A los ocho años logró salir de la penitenciaría tras una revisión de su medida. Los otros condenados fueron Elvio Acosta a cinco años y a cuatro años Jesús María Sánchez. El integrante de la banda que utilizó el celular de Emilio para comunicarse con su novia, permitió darle paz a la injusta muerte de Aguirre.

 

“Nosotros somos polvo de estrellas”

Aunque no luzca en su pecho ninguna medalla al mérito otorgada por un país que suele "olvidar" a sus genuinos héroes civiles, cada día se levanta con la misma pasión para transmitir a niños y jóvenes lo mucho que sabe del cielo y sus misterios. Con el mismo entusiasmo y el asombro del niño que se subía a una silla para "ver pasar satélites" en el patio de su casa. Blas Servín habla de lo que le apasiona y cuenta parte de esa historia de amor.


Fuente: La Nación

Por Augusto Dos Santos para el programa “Expresso”, de GEN TV - Fotos: Nadia Monges

Casi a diario entrevistamos a mucha gente por nuestro trabajo, pero no muchas veces tenemos la oportunidad de entrevistar a personas entrañables como usted, Blas Servín. ¿Cómo está aquí en este espacio tan lleno de amor por el Universo?

–Bien. Gracias a Dios estoy muy bien, siempre con mucho trabajo. Recién estuvieron aquí más de 40 niños con los que estuvimos hablando mucho, siempre les gusta esto.

Y a vos que estás prácticamente “casado con el cielo”, ¿no te molesta que los enamorados se regalen la Luna, por ejemplo?

–¡No! ¡Al contrario! Cuando yo les pregunto a los chicos, por ejemplo, qué piensan que pasaría si no existiera la Luna, me dicen muchas veces que si así fuera, no existirían los poetas, porque sin ella parecería imposible hablar de amor…

Contigo aprendimos que aquello de polvo de estrellas es mucho más que una frase poética.

–Es la realidad, nosotros somos polvos de estrellas. Las estrellas nacen y fabrican en su interior… comienzan con hidrógeno, helio y poco a poco van produciendo otros materiales y así producen hierro, el carbón. Y, por último, antes de llegar a ese momento de su muerte, el oxígeno.

Y eso tiene mucho que ver con nosotros, aunque no lo creamos…

–Claro. El hierro, que es parte de nuestra sangre, es de una estrella. El carbón que tenemos en nuestros huesos es producto de una estrella; el oxígeno que respiramos es producto de una estrella. Y ahí estamos nosotros, como parte de ellas. Somos polvo de estrellas. Y como ciencia no aceptamos la idea de los famosos “discos voladores”, de extraterrestres que visitan, aparecen en la Tierra, porque no hay pruebas fehacientes, palpables. Ni un tornillito hay de ellos. Pero al preguntarnos si hay vida en otro lugar, indudablemente que sí hay vida. Y no solo en otro lugar, sino en miles o millones de lugares de nuestra galaxia tiene que haber ocurrido la misma química que ocurrió aquí en la tierra, porque la química es la misma en todo el Universo. Y en todo el universo son los mismos materiales que están allí.

Quizá fruto de nuestro egocentrismo, creemos que la Tierra está protegida bajo una especie de paraguas imposible de atravesar, pero cada día gran cantidad de materiales ingresan a ella…

–Tenemos una lluvia de toneladas de material que ingresa a la Tierra a diario. Todos las llamamos “estrellas fugaces”. Dichas estrellas entran a la atmósfera y por la alta velocidad, estas vienen a 80 mil kilómetros por hora e ingresan a la atmósfera a 200 mil kilómetros por hora, que es la velocidad de impacto. Se recalientan, se encienden y se convierten en polvo… eso es lo que vemos como “estrellas fugaces”. Todo el tiempo…

Todos los días…

–Todos los días están cayendo toneladas. Y a los chicos les enseñamos cómo juntar eso.

¿Y cómo juntamos ese polvo de estrellas?

–Es muy fácil. En un día de lluvia se extiende una sábana en el patio y se deja allí. Cuando pasa la lluvia, se envuelve la sábana y se guarda en un lugar destinado especialmente y se deja por unos quince días. Luego de ello, se abre la sábana en un lugar cerrado. Y ahí, con un imán, que no es el que conocemos, el doméstico, sino el que viene con los discos duros, ese es. Ese se pasa sobre la sábana y se van pegando unos polvitos negros que vamos guardando en unos recipientes.

VIENDO PASAR SATÉLITES DESDE UNA SILLA EN EL PATIO

Toda historia de amor tiene un comienzo. ¿Y el tuyo con el cielo y sus misterios cómo comenzó?

–Bueno. En realidad se lo debo a mi padre. Papá era ingeniero en comunicación de satélites. ¡Qué bueno que me den la oportunidad de hablar de él! Él era muy joven cuando vino de la chacra, de Piribebuy. Vino para ser soldado a la aviación y en poco tiempo le “echaron el ojo”, como se dice; lo vieron como una persona muy inteligente y capaz. Entonces, le preguntaron que si quería estudiar y, por supuesto, dijo que sí, pero que su familia era muy pobre y le resultaba imposible. Entonces le dieron una beca de tres años y en esos tres años fue el mejor estudiante entre todos.

Todo un logro.

–Sí. Así fue avanzando, le fueron dando más becas por su capacidad, él lo agradeció mucho. Lo enviaron a Río de Janeiro, Brasil, allí estudió en la Academia Militar Agulhas Negras.

La más importante de todas…

–Sí. Después regresó. Lo enviaron a Panamá. Estuvo por el exterior, siempre estudiando, formándose. Y, de repente en 1957, surge esto de que los rusos empiezan a lanzar su satélites. Yo era chico, pero recuerdo muy bien que quitábamos todas las sillas afuera y los mirábamos pasar, se veía. Era la noticia mundial.

En el patio de la casa, sobre las sillas, todos miraban pasar esas misteriosas cosas brillantes…

–Sí. Entonces, el presidente de esa época, dicen que un día preguntó: “¿Alguien entiende de estas cosas acá en Paraguay?”. Entonces todos le dijeron que no, que nadie… y él dijo “hay que enviar a alguien inteligente a que estudie eso, vean y envíen para que vaya”. Y así es que se fue papá y yo aprendí allí, viendo lo que él hacía.

Éramos cinco los hijos, dos mujeres y tres varones, y su nombre está en bronce, en los lugares en los que estudió porque fue un ejemplo de excelencia.

Es decir que no fue en la escuela, estudiando cuando te apasionaste por esto, sino que al Universo lo conociste desde tu casa, primero…

–Sí. Papá siempre nos hablaba de eso que era tan nuevo, de las comunicaciones. Siempre nos explicaba, nos daba ejemplos. Papá era un hombre muy especial; si alguno de nosotros quería divertirse, te hacía estudiar música, o idiomas. Y así fue cuando nos enamoramos de la astronomía.

¿La astronomía te enamoró?

–Sí. Recuerdo que aquí en Paraguay apareció el Cometa Halley y eso desató un interés muy especial. El profesor Alexis Troche Boggino convocó a un grupo de interesados en estudiar algo sobre el tema, informarnos. Conformamos un interesante grupo, con el ingeniero Miguel Ángel Volpe, que fue el presidente y yo el vicepresidente de esa comisión. Y así estudiamos. Vinieron profesores desde el exterior que nos enseñaron y nos pusimos a estudiar. Pero, como ya aclaré muchas veces, en Paraguay no existió ni existe la carrera de astronomía como una carrera universitaria. Por eso, cuando defino nuestra actividad, digo que soy un aficionado a la astronomía, no tenemos un título emitido por una universidad.

Pero sí toda una vida y todos los estudios dedicados a la pasión por la astronomía.

–Sí, yo me dediqué a la astronomía indígena, específicamente a la astronomía Guaraní, Aché, Ava Guaraní. A estudiar lo que ellos dicen del cielo.

ESCRITOS EN EL CIELO

¿Y qué decían del cielo cada uno de ellos?

–Ellos, como todas las culturas anteriores a las nuestras, siempre observaban el cielo. El guaraní, por ejemplo, por la agricultura. Por ejemplo, observaron que cuando el maíz estaba listo para ser cosechado, era un grupo de estrellas el que estaba más visible en el cielo. Y, con esas estrellas, creaban figuras en el cielo. Eso era cuando todo estaba bien, pero también para ellos, lo impredecible, los fenómenos que ocurrían fuera de ese habitual eran considerados por ellos como señales negativas.

Las señales buenas o malas estaban siempre “escritas” en el cielo.

–Sí. Por ejemplo, hablando de lo negativo, cuando observaban una lluvia de meteoritos, para ellos era anuncio de algo negativo. A los meteoritos les llamaban yasy tata: luz de luna que ilumina las estrellas. Cuando veían una lluvia de meteoritos la llamaban yasy tata repoty, que era como “popó” de las estrellas.

Además de lo puramente utilitario, como en el caso de la agricultura, también tenían una fuerte ligazón mística con el cielo. Festividades…

–Sí. Por ejemplo, el Arete Guasu, que es cuando Venus aparece en el horizonte un poco antes de la salida del Sol. Eso, que ocurre en junio, anunciaba la fecha en la que debía comenzarse a trabajar la tierra para la siembra. Hoy cambiaron muchas tradiciones…

Hay cuestiones que están presentes en todo el Universo, la relación con el fuego, etc.

–Hay una fecha anual que es el solsticio de junio, muy cerca del domingo de San Juan. Ese fuego que hacemos no es nuestro, no es por el frío, sino porque en Europa ese día el Sol está en el cenit, allá es verano. Ellos hacen fogatas para “darle fuerza al Sol”, las chicas jóvenes suben a las colinas a buscar hierbas que son curativas y especialmente “bendecidas” por San Juan, con propiedades mágicas. Todo eso vino aquí con los españoles y se transformó uniéndose a lo religioso. Son costumbres ancestrales, también la tradición de la pelota tata, que así como aquí es costumbre popular en Francia, Italia, etc. Es la representación del Sol.

Y si hay algo que está ligada profundamente a la humanidad, es la Luna. En el pasado, el tiempo y muchas actividades se guiaban por ella…

–Sí. Nosotros hemos perdido mucho de esos conocimientos sobre la Luna que tenían nuestros antepasados.

¿Perdido? ¿Y por qué?

–Porque vivimos encerrados, hay mucha luz artificial y la Luna está como poco presente en nuestra vida diaria. Esa Luna que vemos hoy en situaciones normales no es atractiva porque esa polución lumínica en la que estamos viviendo altera nuestra mirada. Es visible en el campo, en zonas lejanas. En la antigüedad, la Luna regía mucho de la vida cotidiana. Hasta la salud mental estuvo ligada por siglos a la Luna porque se decía, por ejemplo, que en noches de Luna llena se alteraban quienes padecían de algún mal de ese tipo. Esa luz era “peligrosa” para la salud de todo…

Los pescadores dicen, por ejemplo, que la Luna llena produce una descomposición de los peces más acelerada, ¿es así?

–No hay ninguna relación ni prueba sobre eso. Ocurre porque cuando hay Luna llena todos los seres vivos están despiertos porque hay luz, hay comida. Entonces, esos seres vivos descomponen los pescados para evitar eso, ponen a los pescados recién sacados en una especie de “jaula” de alambre tejido, tipo mosquitero, y lo ponen bajo el agua, así evitan que los seres vivos parásitos descompongan el pescado. No es la luz de la Luna, sino las bacterias.

Aquí, en este lugar, hay muchos tesoros que guarda con cariño…

–Sí –muestra una página de diario perfectamente conservada–, por ejemplo, ahora que estamos a 50 años de aquella primera vez que el hombre pisó la Luna. Esta es la tapa de un diario de ese día, el 7 de julio de 1969. También tengo esto –dice mostrando otro certificado–, este es un boleto, un pase del estacionamiento en la Base de Huston, que los invitados al lanzamiento del Apolo podían usar.

¿De Fuerte Olimpo a la Nasa? ¿Y para qué?

–Sí. Esta señora, Purificación, les escribe para contarles que el mismo día del alunizaje había nacido una hija de ella y que su nombre era Luna. Entonces les pide si Neil Armstrong no puede ser su padrino de bautismo. Le responden desde la Nasa y le dicen que no puede ser, etc… etc…, pero le envían obsequios a la niña y familia. ¡Le respondieron desde la Nasa a Fuerte Olimpo! Recordemos que Armstrong, que era el comandante de esa expedición, estuvo también en Paraguay. Acá tengo –muestra– una nota de agradecimiento al Hotel Guaraní en donde estuvo hospedado.

La conversación sigue y Blas Servín muestra con orgullo genuino muchas de las piezas interesantes y únicas que guarda como tesoros: un fósil de Paraguay, una “avispa” atrapada en roca de “solo” 40 millones de años, un pedazo de meteorito que es pequeño, pero pesa mucho y que tal vez haya estado dando vueltas por el Universo unos 500 millones de años antes de caer a la tierra y las anécdotas sobre los pequeños tesoros se suceden y continúan hasta entrada la tarde. Nos vamos del “Planetario de don Blas Servín” con la sensación de haber estado de paseo por la inmensidad del Universo, guiados por un baquiano enamorado, aunque no nos hayamos movido de una silla.

 

La voluntaria tarea de salvar vidas

Los bomberos se ganan el cielo enfrentando al infierno en cada servicio al que dedican tiempo, alma y vida. Todo, además, de manera voluntaria.


Fuente: La Nación

POR CAROLINA VANNI, carolina.vanni@gruponacion.com.py - FOTOS: FERNANDO RIVEROS

Es noche de viernes y está fresco. Pero la baja temperatura podría ser engañosa en cuanto a una posible noche y madrugada tranquilas en ese lugar. “No se puede olvidar que el frío llama al incendio, porque la gente usa brasero para calentarse”, dice Matías López, un joven combatiente de la 5ª Compañía del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Paraguay, con asiento en Lambaré.

Este cuartel hace entre 50 a 60 asistencias al mes. Las salidas son para socorrer en accidentes, apagar incendios u otros servicios (casos clínicos, intento de suicidios, rescate en raudal, rescate de animales, etc.).

Pero lo más frecuente es el accidente de moto, resalta Jorge Giménez, quien llega para su guardia. “Si es muy tranquilo, luego viene algo grande”, añade a su vez Alcides López Jr., otro que se suma a la guardia del viernes.

Los bomberos voluntarios son algo distintos al resto de la gente. Si bien tienen familia, trabajo y la mayoría estudia, la diferencia es que brindan a la sociedad una parte de su tiempo sin recibir pago, más que “muchas gracias”. A veces ni siquiera eso.

“Dejamos casa, familia, a veces trabajo. Lo hacemos porque nos gusta, porque nos llena. No es fácil”, apunta Fabián Florentín, quien recuerda que muchos bomberos no tienen ni siquiera el apoyo de sus familias.

A veces ponen en peligro sus vidas y se exponen al maltrato de la gente, la misma a la que están socorriendo. “La gente llama, pide ayuda, pero no magnifica. Llegamos, vemos el hecho y pedimos ayuda… Y nos dicen que perdemos tiempo”, lamenta a su vez Alcides López, quien es miembro del CVBP hace 29 años.

Pero el voluntariado une a los bomberos. “Somos como una gran familia”, asegura a su vez Laura Herrera, bombera desde hace 16 años y ahora secretaria del comando de la 5ª Compañía.

Mientras Laura deja el cuartel, la compañía va recibiendo a los que harán guardia; y en la cocina, Diego Vera –un voluntario y estudiante de gastronomía– comienza a preparar la cena, lo que indica que habrá algo rico, según sus compañeros.

LA GUARDIA

La guardia de lunes a viernes comienza a las 22:00 y va hasta la madrugada del día siguiente. Los sábados inicia a las 20:00 y es hasta el domingo a las 14:00, hora que ingresa el turno siguiente. Este se queda hasta la madrugada del lunes, dependiendo del horario laboral de los voluntarios.

La centinela arranca con la formación. Allí se conoce la cantidad de combatientes y cuántos y qué tipo de móviles están disponibles. Estos datos se pasan a la Central de Alarmas 132.

En la sala de radio, un aspirante y un voluntario están atentos al sonido del equipo UHF, conectado al 132. Allí pasan los servicios a las compañías. En caso de sonar el viejo teléfono, deben reaccionar rápidamente porque casi siempre es un servicio.

La rutina en la compañía es llegar, bañarse, ponerse el uniforme y preparar los equipos personales. Tras esto, se inicia la revisión de los instrumentales y móviles, a fin de cerciorarse que todo esté funcionando correctamente y que los elementos de trabajo estén en su lugar. “Un equipo averiado puede poner en peligro la vida del compañero. Una pieza fuera de lugar retrasa el trabajo”, dice Alberto Coronel mientras revisa los móviles y demás equipamientos.

La medianoche transcurre entre conversaciones y bromas en el pasillo de la compañía. Para el equipo de La Nación sigue la expectativa de algún servicio.

A metros, en la cocina, Diego avisa que la cena está lista y el capitán Óscar Moreno nos invita a pasar. La mesa está servida. Los perros Rocky y Déborath (mascotas del cuartel) olfatean desde la puerta el aroma delicioso de la cena y reclaman una porción.

Al concluir la comida cada uno debe lavar el plato y los utensilios utilizados. Esa es la regla. Los aspirantes se encargan de los demás enseres de la cocina y del aseo general, mientras un grupo de voluntarios va a descansar.

UN SERVICIO

Es 1:08 minutos y sonó el teléfono. Surge un servicio. Quienes duermen se levantan de un salto. La comunicación es ratificada por el sistema de radio UHF y suena la sirena. Es el aviso inequívoco que cada segundo cuanta para salvar una vida, por lo tanto, vestir la “jardinera” y la cotona, calzar las botas debe hacerse rápidamente.

La adrenalina empieza a fluir. Ellos saben que los segundos cuentan, mientras que los minutos restan vida. No se debe perder tiempo. El altavoz avisa que es un accidente en las inmediaciones de la Terminal de Ómnibus de Asunción.

Los más avezados están listos en 30 segundos, otros demoran más. Para ganar tiempo es obligatorio que los equipos estén debidamente ubicados: botas, jardinera y casco abajo, cotona colgada en el lugar que corresponde por esa noche al voluntario.

El vehículo está en marcha y el equipo de socorro acude y llega en menos de 3 minutos. El equipo de La Nación se ubica a un costado para no molestar y poder observar el procedimiento. Por suerte, el accidente no era de gravedad y la mujer indígena –que estaba pasada de copas– no quiso que la llevaran al Hospital de Trauma y se queda con la gente de su comunidad. Al concluir el servicio, que duró alrededor de media hora, la vuelta resulta más relajada.

YCUÁ BOLAÑOS Y CATARSIS

El trabajo de bombero, sin dudas, deja marcas en los voluntarios. Para los que llevan más de 15 años socorriendo, el servicio más fuerte fue el incendio del Ycuá Bolaños. “Allí fue todo junto, porque había niños, adultos, embarazadas. Muchos abandonaron bomberos luego de ese servicio”, expone Laura Herrera, psicopedagoga de profesión.

Agrega que siempre están atentos para detectar si alguien “quedó” en algún servicio. “Cuando se habla mucho o se piensa mucho es porque ese servicio afectó. Entonces trabajamos con el compañero”, indica.

Otro servicio que pegó fuerte a esta compañía fue un accidente de tránsito en el que fallecieron tres jóvenes. Muchos quedaron frustrados, aunque cada uno puso lo mejor de sí. “Fue una mañana de domingo. Un chico quedó boca abajo, dos estaban vivos aún. Pero tardamos, porque los equipos para rescate vehicular son pesados y viejos. Pensé que si agilizábamos, podíamos haberlos salvado”, cuenta con tristeza Álvaro Chaparro, quien siempre está ayudando y orientando a los aspirantes.

Sin dudas este servicio fue intenso y a pesar de que le pusieron muchas ganas, no pudieron salvar a los accidentados, porque el vehículo se convirtió en hierro retorcido, según el propio capitán Óscar Moreno. “Yo había dejado de fumar. Luego de ese servicio volví con el cigarrillo”, señala Moreno.

Pero la vida de bombero no es solo luchar contra la muerte. En muchas ocasiones también ayudan a dar vida. “Asistimos a un par de alumbramientos. No había tiempo de llegar al hospital. Con lo que teníamos ayudamos a venir al mundo a los bebés, y eso nos llena de satisfacción”, dice el capitán Moreno.

Otro momento grato fue cuando llevaron juguetes a niños enfermos de VIH. Los pequeños se sintieron felices con la visita de estos héroes anónimos de la sociedad.

PARADOJA

La vida bomberil es contradictoria, porque aunque es voluntariado están regidos por un sistema verticalista en el que “primero se cumple la orden y luego se pregunta”, dice Vicente Caballero, bombero fundador de la 5ª Compañía, unidad cuyo lema es “Trabajo y Servicio”.

Para los integrantes de la dotación impera la disciplina y el respeto al superior inmediato, ya sea por rango electivo o antigüedad. Este rígido sistema se nota a las horas previas de las guardias con los pedidos de “Permiso para ingresar a la Compañía Voluntario/a más antiguo…”.

La otra frase que impera en la compañía es “A su orden”. El superior recalca que toda tarea se debe hacer con “buena cara” para evitar vueltas en la plaza –que es como una especie de sanción– y “comprender el voluntariado”. La última palabra de un voluntario es siempre “señor o señora”, explica Jorge Figueredo, quien además de prestar servicio en la compañía trabaja en la Central de Alarmas en noche-madrugada.

El estricto sistema que rige en la compañía no afecta la camaradería, la amistad y el respeto entre los voluntarios. El general, la formación de los bomberos se encara para servir en varias áreas, no solo incendios y primeros auxilios, sino además rescate en altura, en agua, manejo de materiales peligrosos, etc.

La academia instruye a los aspirantes durante 9 meses. Tras jurar, cada uno se va capacitando en lo que más le gusta. La compañía envía a los voluntarios al exterior, o en todo caso, pagan el pasaje y la estadía a un instructor que aporta conocimiento para todos.

COSTO OPERATIVO

La 5ª Compañía del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Paraguay fue fundada el 29 de junio de 1997. Los primeros años funcionó en una casa rentada en las cercanías de la subestática de la Ande y la Avda. Cacique Lambaré. Luego de conseguir un terreno de la municipalidad, el entonces capitán Alcides López asumió personalmente la deuda para la edificación.

El costo operativo mensual de la compañía es de G. 12.500.000, aproximadamente, de los cuales G. 7.000.000 se destinan al combustible. También se pagan dos salarios para cubrir choferes para el día, dice Nilva Morán, directora administrativa de la compañía. Por la noche se designa dos voluntarios para conducir los móviles.

Además, se cubren los gastos básicos de alimentación del fin de semana, lo que representa G. 280.000 mensual. La subsistencia de la compañía es gracias al aporte de la ciudadanía que ayuda con donaciones, como socio colaborador o en la colecta anual que se hace el 4 de octubre.

La 5ª Compañía tiene un autotanque –vehículo de primera respuesta– y se complementa con un autobomba, una camioneta y una motocicleta. Todo conseguido a base de donaciones y actividades de los bomberos activos de la compañía. Pero la unidad de rescate y una camioneta de comandancia están fuera de servicios, a lo que se suma que “el televisor se quemó durante una tormenta”, recuerda Nilva Morán.

Así es un cuartel de bomberos en donde sobra camaradería y esperanza para que la gente apoye este voluntariado, siempre dispuesto a salvar vidas. Es hora de encender la alarma no solo al Estado para que les otorguen más recursos y seguro médico, sino también a la sociedad para que apoye su noble tarea.