Con el enemigo en la casa

Zeneida Núñez salió por la mañana para el Registro Civil para inscribir a su hija, pero nunca llegó. Más tarde su cuerpo apareció a varios kilómetros. El asesino sería alguien inesperado y obsesionado.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera

  • Periodista

Viernes 16 de marzo. 16.00. Al costado del cauce del arroyo Amambay, en Itacurubí de la Cordillera.

“Cuidado doc, baje despacio, mire que está resbaladizo el fango y lo podría llevar hasta el agua”. — “Tranquilo muchacho, no es la primera vez que hago esto”, contestó el médico forense Nelson Fer­nández al policía. Los agen­tes de Barrero Grande fue­ron los primeros en llegar a la escena del crimen, luego de la llamada que recibieron de un pescador que descubrió el cuerpo mientras buscaba un sitio para lanzar una carnada.

El cuerpo ya llevaba unas horas en el lugar y a simple vista se podía confirmar que esa no era la escena del cri­men; el cadáver lo arrojaron en ese sitio. Estaba cubierto en parte por malezas, el doc­tor identificó rápidamente a una mujer.

El médico sacó de su maletín un par de guantes de látex, y en lo que le demoraba colo­cárselos, examinaba dete­nidamente la posición del cuerpo y algunas lesiones visibles. “Tome nota de esto oficial: ‘la causa del falleci­miento es un fuerte golpe en la cabeza y una fractura cer­vical, es decir en el cuello. Presumiblemente producida durante la caída desde la ruta hacia este barranco, donde encontramos el cadáver. Sos­pecho que la víctima recibió un golpe con un objeto pun­tiagudo en la cabeza, lo que le produjo un severo trauma­tismo de cráneo’. Estaba con vida cuando fue arrojada a la zanja, y falleció luego de cinco horas de una larga agonía”, concluyó Fernández, mien­tras se tomaba de las rodillas para erguir su cuerpo en ese difícil terreno. Eso es todo, ya pueden levantar el cadáver y llevár­selo al hospital regional, aquí de la zona. Luego verifiquen si podemos llevarlo al hospital de Caacupé, ordenó la fiscala Gladys Torales a los policías y paramédicos.

El lugar estaba atestado de curiosos que miraban dete­nidamente todo lo que hacían los investigadores, en tanto las luces de sirenas pintaban sus perturbados rostros de azul y rojo.

La fiscala miraba deteni­damente cada acción que tomaban los agentes en el transcurso de ese tiempo, intentaba encontrar un detalle que —quizás— en ese momento estaba pasando desapercibido. Gladys Tora­les ya llevaba años como funcionaria del Ministerio Público, y un par en esa zona de Cordillera. No era común encontrarse con un cuerpo, y menos con esos rastros de violencia. El forense también mencionó golpes, moretones en algunas partes del cuerpo.

Esto fue producto de una pelea, se dijo a sí misma. Una venganza, tal vez. Llamó al agente de Policía y le pidió un reporte de las mujeres des­aparecidas y que tengan esa característica física. Debían identificar a la mujer lo más rápido posible, el cuerpo fue abandonado hace 24 horas y el asesino no debía estar muy lejos.

UN DÍA ANTES ...

Pasaron pocos minutos de las 10 de la mañana del jue­ves 15 de marzo. Zeneida Núñez Colher, una joven de 29 años, marcó el número de teléfono de su hermana. Necesitaba una dirección y que mejor que ella para decírselo, era más amiga­ble con su memoria. “¡Her­mana! ¿qué tal? Necesito la dirección del Registro Civil, aquí en Fernando de la Mora. Quiero ir con Omar para ins­cribir a la beba y retirar el certificado de nacimiento, así ya terminamos con ese proceso, ¿sí?”. Unos segun­dos después, Zeneida pre­sionó la pantalla y culminó el diálogo con su hermana. Tomó sus cosas y llamó a su esposo. A las 10:30 salieron de la casa, en las calles Santa Cecilia y Colón del barrio San Miguel, en la ciudad de San Lorenzo. Desde ese lugar hasta el Registro Civil solo serían veinte minutos.

Las horas transcurrieron normalmente, Omar Vera y Zeneida tenían actividades particulares, cada uno por su lado y quedaron en verse por la tarde. Pero eso no ocurrió.

Omar llamó a la casa de su suegra y Zeneida no estaba. Eso despertó la desespera­ción de la familia. Desde ese momento el tormento y los pensamientos perturbado­res comenzarían a desgastar la paciencia. Las noticias de esos días, los comentarios, la inseguridad a diario suma­ban para generar pánico.

Los padres, hermanos y Omar, cada uno pensaba para sí qué mal le pudo ocurrir, por eso no encontraban rastros de ella.

¡No hay caso, acá no vamos a conseguir nada! dijo Omar, y se levantó cortando el aire y el silencio. Todos estaban reunidos alrededor del telé­fono, en la sala de la casa materna. “Iré a la Comisa­ría a radicar la denuncia, y ver que la busquen”, dijo mirando a la madre de su esposa.

LA DENUNCIA

Omar llegó a la Comisaría 53 en el barrio San Miguel, en la ciudad de San Lorenzo. El lugar —esa noche— estaba tranquilo, luego de una jor­nada sin muchos sobresal­tos, como gustaba repor­tar —siempre que podía— el oficial de guardia, un joven que excedía notablemente la estatura promedio. Omar apenas le llegaba a la altura del tórax, lo cual resultaba intimidante. Tuvo que hacer un esfuerzo para sostener la mirada mientras le explicaba sobre su presencia. Su ama­bilidad era proporcional a su longitud. Opuesta a la imagen que proyectaba.

“Adelante señor, tome asiento, iré por el libro de denuncias. Aguárdeme aquí, por favor” dijo con tono cor­dial el agente, señalándole una silla de plástico ubicada a un costado de la recepción. Luego de relatar el minuto a minuto de ese día, Omar se retiró, pero más tarde vol­vería pidiendo una copia de la denuncia que realizó. Esto despertó la curiosidad de los agentes, para ellos era común que familiares de una persona extraviada se con­centren en buscarla, no en volver a la dependencia para pedir una copia del parte de desaparecido; algo ocultaba, se planteaban los agentes de ese turno.

Algunas horas después las noticias retumbaban en los informativos nocturnos. Los presentadores relataban el hallazgo del cuerpo de una mujer al Este de la ciudad de San Lorenzo, a unos 75 kiló­metros. Era Zeneida…

La familia de la joven se que­bró. No podían entender cómo pasó. Hasta hace unas horas ella estaba con la idea fija de inscribir a su pequeña en los registros del Estado, para darle una identidad. Hoy la niña estaba huérfana.

La conmoción fue tal que todos tardaron en reaccio­nar con el ulular de un telé­fono a disco —que repicaba sobre un roído mueble de cedro— ubicado en un pasi­llo de la casa paterna. En la llamada les esperaba la con­firmación sobre la muerte de Zeneida, algo que preferían no creer, pero necesitaban presentarse para reconocer el cadáver.

Todos fueron hasta la ciudad, necesitaban cerciorarse de que era ella. Al llegar un fun­cionario de la Fiscalía y un policía los esperaban. Por aquí señora, le dijo uno de ellos mientras le indicaba la puerta que conducía a la mor­gue del hospital local.

Sobre las camillas de frío acero, yacían varios sue­ños truncados. Entre ellos, Zeneida, el reconocimiento fue inmediato. Las lágrimas no tardaron en brotar y los alaridos convulsionantes acompañaban a ese dolor intangible.

Las especulaciones en la investigación llegaron tan pronto como el vertiginoso ritmo del crimen. El primer sospechoso barajado por la Policía de Homicidios fue justamente su esposo, Omar Vera. —“Señor, usted queda detenido por orden fiscal. Se sospecha que podría estar involucrado en el asesinato de Zeneida Núñez Colher…”, la mirada fija de Omar al agente de Policía, tras esa frase, bus­caba explicación lógica. No encontraba la forma rápida de demostrar que él no pudo matar a su esposa, a la madre de su hija.

En la primera indagatoria, la fiscala le exhibió un testi­monio por escrito. “Un hom­bre que estuvo caminando al mismo instante en que arro­jaron el cuerpo de su esposa al barranco, lo reconoce como el que lo hizo, qué puede decir a eso señor Vera”, le interpeló la investigadora.

Omar la miraba fijamente y luego liberó una carga de aire que le presionaba el pecho, estaba en pánico y la angustia no lo dejaba reaccionar con rapidez.

Hasta que finalmente dijo: “doctora, ese día…”

— Espere un segundo, señor y piense bien lo que dirá, mire que hay varios testigos que mencionan lo mismo. Usted llegó conduciendo un auto­móvil y la ventanilla del lado derecho estaba abajo, eso per­mitió que lo pudieran ver, y lo tengo aquí como anticipo de pruebas, esto tiene peso en un juicio, interrumpió la agente de manera a ejercer algo de presión a Omar y ver si esto servía para hacerlo confesar,

Para la Fiscalía no existía dudas, Omar era un sospe­choso relevante. Rápida­mente la fiscala firmó un pedido para que lo lleven al penal de varones en el barrio Tacumbú de la capital, ahí podría estar bajo custodia hasta encontrar todas las pruebas que lo vinculasen al crimen de su mujer.

La familia de Omar, y la pro­pia familia de Zeneida protes­taron la decisión y presenta­ron una serie de testimonios que respaldaban a Omar. “Ese día él estuvo en el tra­bajo, durante todo el tiempo en que ella desapareció. Es imposible que Omar la matara…” clamaban sus ami­gos. Pero la Fiscalía tenía un parecer diferente.

CABO SUELTO

Las horas transcurrían y la Policía solo sostenía la pri­sión de Omar con versiones basadas en características físicas del homicida, muy parecidas a él. Algo más fal­taba y no tenía del todo sen­tido. Mientras más escarba­ban en la vida de la pareja, menos motivos encontraban para establecer un disgusto, una venganza.

El fin de semana se presen­taba largo para Omar, estaba imputado por el asesinato cruel de su esposa y el agra­vante de arrojar el cuerpo lejos de la ciudad. Ya pasaron 72 horas, pero para él eran los primeros años de una larga condena que imaginaba la iban a curtir en sus espaldas.

Los familiares recrudecieron sus reclamos, no iban a per­mitir más tiempo de lo que ellos llamaban un error en la investigación.

Pidieron hablar con la fiscala, Gladys Torales, “doctora, por favor. Solo escuche esto y pro­meta que al menos averiguará si es cierto. Mire, hay un joven que estaba obsesionado con Zeneida, que no la dejaba en paz. Pese a que sabía de su rela­ción matrimonial. Ese hom­bre es Hugo Ricardo Campu­zano Benítez, de 27 años, que hostigaba frecuentemente a nuestra hija” dijo acongojada la madre de Zeneida.

La mujer estaba derrumbada. Su mirada estaba anclada al suelo, y las lágrimas que bañaban su rostro conmo­vieron a la fiscala. “Está bien señora, veré quién es este hombre y si podría estar conec­tado al asesinato. Hasta tanto con­tinuaremos con nuestro único sos­pechoso, Omar”.

Al poco tiempo, los datos comenza­ron a tomar forma. La Policía pudo armar un rompe­cabezas con mucha lógica. Uno de los policías se acercó a la fiscala, bajo el brazo llevaba una carpeta, y en ella una serie de foto­grafías y anota­ciones. La bajó en la mesa, abrió el expediente, y como esperando una conexión directa con la agente— la miró fijamente esperando lo más próximo a una reacción telepá­tica, pero la fiscala no lograba comprender. ¿Qué pasa oficial, qué me quiere decir con esto?” preguntó la agente bastante confundida.

—“Doctora, escuche bien. Todo esto es lo que conseguí de este muchacho Hugo y le parecerá interesante. Mire, él fue amigo de la pareja. Es chofer de largas distan­cias, trabajó con el marido de la víctima. Con el tiempo logró ganarse la confianza de ambos, de Zeneida y Omar, y se instaló en la casa en los días en que descansaba. Pero con el tiempo él se enamoró de la mujer, la comenzó a perseguir, presionar, y que­ría obligarle a escaparse con él. Zeneida no aceptó y él la amenazó de muerte. Final­mente se fue de la casa, y desde ahí no supieron de él en un tiempo”.

Tiene sentido oficial, ¿pues entonces qué esperan? Vayan a traerlo y vemos qué dice al respecto.

Los agentes indagaron sobre el paradero de Hugo. No era un hombre fácil de encontrar por su trabajo, un camionero tiene poca vida en un lugar fijo. Pero esta vez tuvieron suerte, a las 21 horas del lunes 16 de julio lo encontraron en el barrio Las Américas en la ciudad de Hernandarias, al Este de la capital.

Hugo, sintió la presión. Pensó que su plan quedó al descu­bierto e inmediatamente asu­mió que era el asesino. Pocos minutos después, en lo que duró el viaje a la oficina de la fiscala, los agentes ya conta­ban con el nombre del cóm­plice: Luis Gilberto Morínigo, un hombre de 37 años. El reci­bió la orden de Hugo de ven­der lo más pronto que pudiera el vehículo de la víctima. Un Kia Río. La idea era cruzar el Puente de la Amistad y des­hacerse del automóvil a bajo costo en la ciudad de Foz de Yguazú. Pero las noticias interrumpieron la estrategia, las imágenes de Zeneida, la del auto desaparecido y otros detalles pusieron en alerta a los controladores de frontera. Estaban encajonados.

En la sede del departamento de Homicidios, Hugo con­fesó nuevamente que mató a la mujer. Sujetando su puño con firmeza y —en algunas ocasiones— mordiéndose los labios contaba por momentos su coartada.

El hombre mencionó que nunca tuvo una relación con Zeneida, pero ella lo buscaba en los momentos en que se sentía triste. Sin mucho sen­tido continuó relatando que el día del crimen, la mujer lo citó en un motel de la ciu­dad de San Lorenzo para abonarle un dinero que él le prestó, pero eso no ocurrió y eso lo descontroló. “En ese momento tomé una de la almohadas de la cama y la presioné contra su cara, no la dejaba respirar. Ella se sacu­día mucho. Me arañó inten­tando zafarse. Pero yo hun­día más y más mis manos en la almohada, hasta que dejó de moverse. En ese momento me di cuenta que murió.

Martes 17 de julio. Mediodía. Omar Vera cargó lo poco de ropa que tenía en un bolso y con su resolución de libe­ración comenzó a cruzar los diferentes portones hasta recuperar nuevamente su libertad. Estaba desvincu­lado del asesinato.

Los investigadores ahora centrarían su atención en probar lo mencionado por Hugo. Cuando comenzaron a repasar cada línea de su declaración, el joven pidió hablar con la fiscala nueva­mente.

GIRO DE TUERCA

Cuando creían que el caso estaba cerrado. Hugo se sentó nuevamente en la silla de madera, de frente a la fiscala y esta vez la miraría directa­mente a los ojos. “Doctora, yo no maté a esa mujer. Todo lo que dije fue porque un grupo de personas me presiona­ron y amenazaron para que diga eso, yo soy inocente”. Sus explicaciones y otro giro gravitante… esta vez fueron nueve horas de “confesar que no confesó”, al menos siendo honesto.

Con esta declaración de Hugo, la confusión se apo­deró de todos, pero existía una carta más que la Fis­calía debía jugar. Hugo dijo que él la mató con una almo­hada, pero el cuerpo presen­taba varios golpes, algo no cerraba. La fiscala Torales pidió una necropsia, necesi­taba una nueva inspección del cadáver.

Esta vez fue el forense Pablo Lemir. 21 de abril, 35 días des­pués.

Bueno doc, ¿qué pudiste encontrar? Consultó la fis­cala al médico, un hombre de estatura baja, algo calvo y de vasta experiencia en la medi­cina forense.

Lemir la miraba fijamente, y no sabía por dónde comen­zar. “doctora, seré directo. La inspección que se hizo en aquella oportunidad, por el terreno puede presentar algunas inconsistencias y fal­sos positivos. Con este nueva revisión pudimos determinar que la mujer fue asesinada por asfixia y no por trauma­tismo pusante en el cráneo. No había lesión cervical y los moretones son premor­tem, antes de la muerte. Estos son de aproximadamente 5,5 centímetros en el antebrazo derecho y el rostro, cerca de la nariz. También noté que los pulmones estaban daña­dos y esto es producto de la asfixia. Ah, y algo más… Entre las uñas de Zeneida encontré restos epiteliales, esto es pro­ducto de la defensa que ella ejerció, peleó con el asesino antes de morir”. Gracias doc, esto que me dijo es funda­mental para cerrar mi caso.

Torales comenzó a unir cabos mientras conducía nueva­mente hasta su oficina en la ciudad de Caacupé, eran 60 kilómetros. Tenía mucho para pensar…

DOS AÑOS DESPUÉS

¡Y este tribunal condena a 20 años de cárcel al señor, Hugo Ricardo Campuz­zano. Al encontrar suficien­tes elementos para vincu­larlo al asesinato de la señora Zeneida Núñez, y a dos años de prisión a Luis Alberto Morínigo por reducción al intentar vender el automó­vil de la víctima, notifíquese! El martillo golpeó la mesa y la familia respiró justicia.

Finalmente encontraron culpable al hombre que se había ganado la confianza del matrimonio y se obsesionó con Zeneida. Para la Fiscalía fue determinante encontrar la prueba forense en la nueva revisión del cuerpo y vincu­lar a la declaración de Hugo, que luego la negó. La piel bajo las uñas de la víctima sirvie­ron para involucrarlo con una prueba de ADN, y con ello el caso quedó cerrado.

 

"Un año me dejó de hablar porque le dije que no tomaba más": la sobriedad en un mundo de tentaciones

En Paraguay, la práctica de beber alcohol está ampliamente extendida e incluso aceptada por gran parte de la sociedad. El consumo se da en ambos sexos, en todas las edades y empieza en la adolescencia, según las encuestas. Esto lleva a que mucha gente tenga problemas con y a causa del consumo desmedido del alcohol.


Fuente: La Nación

Por Carolina Vanni, periodista, carolina.vanni@gruponacion.com.py

A menudo, cuando escuchamos hablar de Alcohólicos Anónimos (AA), nos vienen a la mente personas que no pueden pasar un solo día sin probar al menos una copa de alcohol. Nada más alejado de la realidad, ya que no todos los que tienen problemas con la bebida consumen a diario. Esto se deja bien claro en las charlas que mantienen los más de 70 grupos de AA en todo el país, y al que asisten aproximadamente 700 personas en cada reunión.

El requisito imprescindible para asistir a los encuentros es ser alcohólico y tener ganas de superarse. El número de encuentros que se tiene en los grupos varía de acuerdo a los miembros y sobre todo al tiempo que se lleva haciendo la terapia. Algunos van a diario, otros dos o tres veces a la semana. Los más afianzados en la sobriedad acuden a las reuniones una vez a la semana, porque según comentaron el compartir con sus pares se vuelve necesario.

“SOLO POR HOY”

Según el Observatorio Paraguayo de Drogas (OPD), dependiente de la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad), en el 2004 un total de 5 de cada 10 personas estaban en tratamiento por consumo de alcohol, proporción que se redujo a 2 de cada 10 personas en tratamiento en el 2012 (50,2% y 23% respectivamente).

Quienes desean mantener la sobriedad acudiendo a AA deben asistir periódicamente a las reuniones. Estos encuentros ayudan a entender la filosofía de AA, cumplir con los 12 mandamientos, los 12 principios y la promesa de “solo por hoy, 24 horas sin beber”. Escuchar la experiencia del otro permite a los miembros entrar en razón sobre cuánto daño produce el alcohol, no solo en ellos mismos, sino también en el relacionamiento con sus seres queridos.

“No debemos olvidar que el alcohol es una droga”, explica María Delia Delvalle, custodia no alcohólica y presidenta de la Comisión Directiva de Alcohólicos Anónimos del Paraguay. Añade, además, que el alcoholismo es un problema de salud grave que actualmente afecta a miles de familias en Paraguay y a cientos de millones en todo el mundo.

El OPD sostiene que “existe evidencia fehaciente de que el consumo excesivo se asocia con varios problemas de salud, como complicaciones durante el embarazo, accidentes de tránsito, enfermedades hepáticas, enfermedades cardiovasculares, distintos tipos de cáncer, trastornos neuropsiquiátricos, adicciones, violencia familiar y comportamiento de riesgo”.

GRUPO DE AUTOAYUDA

Un equipo de La Nación participó en una de las reuniones de AA para que la gente sepa cómo funciona un grupo de autoayuda, donde los miembros comparten un denominador común: cuando bebían, la vida era un infierno, y si bien algunos lo perdieron todo, otros lograron salir del abismo antes de tocar fondo o casi perder la vida en el intento.

Para contar las historias usaremos nombres ficticios, porque se debe seguir con el anonimato de quienes confiaron sus vivencias cuando estaban atados a esta droga que se vende en cualquier almacén del barrio.

Abusar del consumo de alcohol no solo destruye al bebedor. Su poder quebrantador va más allá de una sola persona. Rompe familias, derriba hogares, trunca trabajos y profesiones; además de robar, cada día, un poco de la dignidad humana de quienes quedan prendidos a su sabor. Muchos mueren sin recibir un tratamiento adecuado o sin reconocer que estaban enfermos.

Entre el 2010 y el 2014 se atribuyen 6.557 decesos por exceso de consumo de bebidas alcohólicas que derivaron en enfermedades agudas y crónicas, a los que también se suman las 1.708 muertes en siniestros viales, de acuerdo con el informe de la OPD, que cita como fuente a la Dirección General de Vigilancia de la Salud del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social.

Muy al contrario de lo que muchos creen, el problema con el alcohol no es solo de quienes cada día lo consumen, sino que también afecta a los denominados consumidores moderados o sociales, quienes bajo los efectos de la bebida actúan de forma irreconocible, irracional, haciendo cosas de las que luego se avergüenzan o no recuerdan, volviéndose agresivos y posesivos, adquiriendo conductas destructivas para con ellos mismos y con los que les rodean, principalmente, con sus seres queridos.

Abg. Óscar Patiño Riveros, Vicepresidente de AA


EL ALCOHOLISMO NO DISCRIMINA

El alcoholismo no conoce de clases sociales, sexo, ni edades, cualquiera puede caer rendido ante la seducción de la bebida. Algunos se embriagan con productos finos, otros con lo que tienen a mano.

Conforme a la Encuesta de Factores de Riesgo para Enfermedades No Transmisibles del Ministerio de Salud Pública realizada en el 2011, la prevalencia de consumo excesivo fue superior en la población masculina, en un 32,5%, mientras que en la población femenina fue de 14,2%. Esta prevalencia fue considerablemente mayor durante la adolescencia y juventud. Las diferencias por sexo desaparecieron después de los 55 años de edad, señala el último informe del OPD.

En su mayoría –y basándonos en lo que comentaron los anónimos–, el problema del alcoholismo comienza a temprana edad, por la arraigada costumbre de los padres de enviar a los hijos a comprar la birra o la caña. A esto se añade que muchas veces los padres piden a los niños o adolescentes que les sirvan o preparen la copa, comentó Walter, de 54 años, quien lleva más de una década de sobriedad gracias a la asistencia constante a las reuniones de AA.

Según la encuesta realizada por la Senad –detallada en el informe de la OPD 2017– en el año 2014, el alcohol era la sustancia más consumida entre los adolescentes escolarizados. “La edad promedio de inicio fue de 13,8 años. De cada 10 estudiantes entrevistados, 6 manifestaron haber consumido alcohol alguna vez, 4 lo hicieron en el último año y 3 en el último mes”, indica.

El informe sostiene que la prevalencia aumentó con la edad, siendo 14,3% a los 14 años y 30,4% a los 17 años, considerando el consumo durante el mes. Este estudio verificó un mayor consumo entre las mujeres adolescentes.

“El problema con el alcohol no es cuántas veces tomo, ni qué tomo. El problema es cuánto tomo las veces que lo hago”, dijo Vicente, de 40 años, quien lleva al menos 10 años sin probar una copa. Añade que el primer paso para comenzar a cambiar la vida es admitir que se tienen problemas con el alcohol, ya que mientras no exista ese reconocimiento no se puede lograr el cambio, para el enfermo da lo mismo embriagarse con sidra, cerveza, vino, whisky o caña. El resultado es el mismo: No puede controlarse ante el alcohol.

Lic. María Delia Delvalle, Presidenta de AA.


PASO FUNDAMENTAL

De acuerdo con datos de la Senad, la proporción de personas que asisten a grupos de AA aumentó con la edad, sobre todo después de los 25 años. Entre los que comentaron haber asistido a los grupos de ayuda, el 68% tenía 30 o más años, mientras que el promedio de edad de inicio fue de 16 años. En los grupos de AA, el 86% de los participantes son hombres y el 14% mujeres.

Para tratar la enfermedad, el paso fundamental es reconocer el problema con el alcohol. Para lograr la sobriedad es necesario tener voluntad para cumplir con la promesa de un día a la vez. “No importa las veces que caigas, sino las veces que volvés a levantarte. Acá nadie cuestiona ni juzga, estamos para ayudarnos”, aseguró Sergio, uno de los miembros del grupo.

Pero para mantenerse sobrio es importante asistir a las reuniones, porque es lo que ayudará a no beber en las próximas 24 horas. Las personas que fueron llevadas a la fuerza no siempre lograron el cometido, por lo tanto, siempre se destaca la voluntad de cada uno de superar la situación teniendo en cuenta que se trata de una enfermedad incurable, por lo que el apoyo de sus compañeros, familiares y amigos es fundamental para lograr el objetivo.

“El pasado ya no importa, el futuro no sabemos. Nos importa el presente y lograr 24 horas de sobriedad. Ese es el objetivo que cada día nos permite avanzar. Es un día a la vez”, explicó Vicente, quien agregó que es fundamental que cada persona sea consciente de la necesidad de acudir al grupo, puesto que si un miembro va fuera de su voluntad la terapia no tiene fuerza.

Según el OPD, una de las prácticas “nocivas extendidas en el país es la alta frecuencia de consumo en lugares públicos y el hábito de beber sin acompañar con comidas”. Es por ello que desde AA, los “veteranos” recomiendan a quienes inician sus primeras armas en la sobriedad que eviten los lugares y las personas que les invitan a compartir las copas.

Los tres primeros meses son generalmente los más difíciles y, para muchos, la recaída es la prueba de la necesidad de mantenerse en el compromiso de “solo por hoy, 24 horas sin beber”, debido a que siempre hay invitaciones de amigos y familiares que conocen del apego de uno por la bebida.

La otra recomendación –aunque no providencial– es tener siempre algo en la mano, como el tereré, mate, agua, caramelos, algo con lo que se pueda entretener y no le haga pensar en la bebida, que es justamente lo que se desea dejar.

“A los tres meses que vine a AA fue mi cumpleaños. Llegué a mi casa y todo estaba cerrado. Me preocupé, pero a la vez pensé ‘hace 3 meses que no bebo, no pude haber hecho nada malo’. Pero mi familia me tenía una sorpresa, una fiesta que fue una gran prueba, porque mi compañero de tragos, mi cuñado, estaba usando la champañera que era mía y yo estaba con el termo de tereré. El me invitó y cuando le dije que ya ‘no’, abandonó la fiesta y se fue de la casa. Un año no me habló”, comentó Walter.

Los datos del OPD refieren que “el consumo nocivo se debe a la intensidad más que a la frecuencia o a la cantidad absoluta. El patrón de consumo predominante y característico en la población paraguaya es lo que se denomina consumo excesivo episódico (CEE), que se define como cinco o más tragos (copas) para hombres y cuatro o más tragos para las mujeres, por ocasión o en un período de dos horas”.

Muchas personas solo beben los fines de semana, o en ocasiones especiales como cumpleaños, encuentros, pero el resultado es siempre el mismo: la perdición con el alcohol. Para estas personas cuesta más entender el grave problema y esto les lleva a perder casi todo lo que habían construido durante años.

“Yo bebía solo los fines de semana. Perdí mi familia y en mi trabajo nunca me promovieron porque los lunes siempre tenía ‘olor a guarapo’, de tanta cerveza que consumía. Los problemas en la casa se fueron ahondando, porque me gustaba el fútbol, pero no jugaba bien. Lo que me interesaba era el tercer tiempo. Dejaba la carne en el asador y llegaba a la noche, completamente borracho a mi casa”, comentó Alfredo, de 44 años.

El OPD maneja datos de que el alcohol es una causa importante que motiva la búsqueda de tratamiento. Indica que entre el 2004 y el 2012, “la adicción al alcohol estuvo entre la primera y segunda causa de tratamiento respectivamente”.

Tras acudir a AA y lograr años de sobriedad, Alfredo incluso volvió a estudiar y ahora tiene un mejor trabajo. “No solo me sobró más dinero, sino que además estoy estudiando más. Lastimosamente perdí a mi familia, porque el daño era irreversible”, comentó.

La experiencia de Eusebio es una de las más tristes, ya que luego de 30 años de beber pudo sentirse digno nuevamente tras acudir a las reuniones de AA. Ahora lleva poco más de una década sobrio y dice que al menos pudo reconstruir parte de su vida. “Aquí recuperé mi dignidad. Vivía borracho todo el tiempo, era la burla de todos. Cuando estaba tan ebrio hasta orina llegué a beber. Cuando estás en un punto en el que ya no sabés nada, sos la burla de todos y te dan de todo. Ebrio tomás cualquier cosa”, comentó Eusebio, quien tiene más de 60 años de edad.

La enfermedad llevó a muchas personas a perder todo, pese al intento de sus familiares y seres queridos para que dejen la bebida. Es el caso de Juan, de 47 años, quien era empleado estatal y tiene cinco hijos. Lo perdió todo, trabajo y familia, porque bajo los efectos del alcohol perdía dinero, sus herramientas de trabajo y finalmente su familia lo dejó.

“Mi mamá intentó mucho. Me puso una sustancia en la almohada que me daba malestar cuando bebía. Cuando descubrí, tiré la almohada y continué bebiendo. Mi madre me buscaba de la vereda, donde amanecía tirado, con heridas, golpeado, y siempre me robaban todo”, comentó. Al llegar a AA inició la rehabilitación, pero las cosas con su familia ya no son lo mismo. “Yo no les puedo decir nada si ellos no quieren venir a verme. Antes nunca estuve para ellos”, dice al hablar de sus cinco hijos.

FAMILIARES

Los grupos de ayuda no aglutinan solo a los bebedores, también existen grupos al que acuden los familiares que buscan conocer cómo ayudar a sus seres queridos que pasan por el problema del alcoholismo. Sin embargo, en las reuniones de AA solo acuden las personas que tienen problemas con la bebida, mientras que las charlas para familias se reducen solo a este mismo sector.

Los 70 grupos que funcionan en país no reciben ningún tipo de ayuda exterior, ya que ellos mismos deben gestionar la forma de mantenerse. Esa es una regla que les permite mantenerse unidos y activos, ya que deben hacerse cargo de los costos que representa el alquiler de un local, o el pago de una persona que se encarga de llevar el registro.

CONVENCIÓN

La Asociación Alcohólicos Anónimos realiza una reunión anual en cada país. Sin embargo, nunca se hizo un encuentro regional, por lo que en noviembre próximo, los días 15, 16 y 17, se realizará la Primera Convención Sudamericana de AA, con sede en Asunción, Paraguay.

Este importante encuentro no solo reunirá a los AA, sino además a los familiares y habrá un momento que estará destinado a los trabajadores de la salud, explicó Óscar Patiño, miembro del directorio y custodio no alcohólico.

La convención tiene como objetivos compartir experiencias entre enfermos alcohólicos en recuperación, familiares, dar a conocer cómo funciona el programa de AA en los países sudamericanos y los resultados positivos que se obtuvieron. Serán tres días de charlas, disertaciones e intercambio de experiencias en el Centro de Convenciones del Paseo La Galería. El costo es de 60 dólares, pagados en cuotas. Para más información, escribir a convencionsudamericanaaa@gmail.com; o llamar al (+595981) 551-455.

 

Mercadito: el refugio de la comida popular en Asunción

Un retrato del sitio en donde todavía se puede encontrar comida popular y barata en el microcentro asunceno, que guarda entre sus platos, historias que se convirtieron en leyendas urbanas.


Fuente: La Nación

Por Aldo Benítez, aldo.benitez@gruponacion.com.py - Fotos: Nadia Monges

María Elena Rojas prepara con sus manos la masa de lo que será un ñoqui de papas. Son las 10:45 del 27 de junio. El cielo nublado y el día gris dan la bienvenida a un invierno que amenaza con ser realmente crudo este año. “Cuando hace frío, lo que generalmente se pide más son los caldos” dice María Elena, mientras sigue con su tarea. Sin embargo, hoy es jueves, día de pastas, por lo que el ñoqui amerita.

Cada día, desde hace 28 años, doña María Elena Rojas se levanta antes de las 5 de la mañana para ir a trabajar al Mercado Municipal Nº 1, conocido como el Mercadito, en donde tiene su local de venta de comidas, o mejor dicho, su comedor. Delantal blanco puesto. Gorro para cocinera color naranja en la cabeza. Doña María Elena corta los pedazos de la masa que luego se harán ñoquis mientras revisa todo lo que se tiene que hacer en la mañana en su local.

Hoy en su comedor le toca ofrecer algo de pastas, pero el menú por lo general es amplio y abarca, desde caldos de pescados, asados, ensaladas hasta llegar al infaltable “puretón”, un bocado tan popular como el propio “Mercadito” quizás, uno de los símbolos de este lugar.

Doña María Elena tiene motivos de orgullo para decir que trabaja en el Mercadito. Dos de sus hijas son flamantes profesionales. “Una se recibió de doctora y la otra es ingeniera. Ambas se graduaron en la UNA, porque obviamente, jamás iba a tener dinero para poder pagarles una universidad privada” dice la mujer. Cuenta, sin embargo, que hoy se trabaja casi para “empatar”, ya que antes, el negocio estaba mejor y se podía aspirar a que los hijos puedan estudiar.

“Acá antes había muchas despensas, venta de ropas, championes, de todo un poco se vendía, hasta electrodomésticos, muchos años atrás, ahora yo soy uno de los pocos que resiste aquí” dice a su vez en un guaraní amable don Carlos Delvalle, que tiene 78 años, de los cuales 55 hace que trabaja aquí.

Oriundo de Ybycuí, departamento de Paraguarí, don Carlos Delvalle llegó a Asunción siendo joven y trabajó en diferentes áreas hasta que, a los 23 años, empezó con el negocio en el Mercadito. Sentado dentro de su despensa, con la balanza antigua a su derecha, las bolsas de harina y el vino en cartón sobre la mesa, portando esa boina a cuadros, con el pullover azul con tiras negras puesto y moviendo cada tanto los anteojos grandes sobre su nariz ancha, don Carlos Delvalle parece estar, en este instante, en aquella época.

“Ahora el problema es que se siente mucho la crisis. Hay poca gente que viene. Ojalá que esto repunte porque realmente está difícil la cosa” agrega don Carlos. Cuenta que él solo se hace cargo del negocio, que abre cerca de las 7:30 y cierra alrededor de las 18:00. Gracias a este local pudo darle una vida digna a sus cuatro hijos, quienes a su vez ya le hicieron abuelo ocho veces, recuerda, mientras una leve sonrisa le dibuja el rostro.

El Mercadito arrancó como un local de ventas de todo tipo de objetos en agosto de 1940. Para que puedan caber los vendedores y comerciantes, se construyó un tinglado enorme, ubicado entre Independencia Nacional y Fulgencio Yegros, a la altura de Manduvirá, en lo que hoy es el centro mismo de Asunción. Allí quedó enclavado lo que con el tiempo se convirtió en toda una institución gastronómica popular del país.

Cuentan locatarios antiguos que conocen de su historia, que en las primeras décadas, el Mercadito efectivamente funcionaba como un mercado tal como los otros de Asunción, como el Nº 4, por ejemplo. Es decir, un mercado como el que conocemos todos, de ventas masivas de diversos productos.

Con el paso de los años y la llegada de shoppings, nuevos centros comerciales y principalmente con el crecimiento de nuevas zonas comerciales como Villa Morra y otras – mismo el Mercado 4 - alejadas del centro asunceno, el mercado Municipal Nº 1 perdió fuerza como punto de venta, pero empezó a encontrar su propio camino en el sector gastronómico. Fue así que el Mercadito pasó a ganarse lugar en la gastronomía asuncena, pero con características muy propias como ser el referente de la comida tradicional, popular y a bajo costo de Asunción.

Si bien los comercios y vendedores de otros productos se mantienen, incluso, hay prestadores de servicios como técnicos para arreglos de celulares, carnicería, casas comerciales, lo que le da vida a este lugar hoy son los comedores. En total, son 35 puestos que venden comida. Y lo que hace atractivo al lugar es el precio que se maneja, ya que los platos, dependiendo de lo que se pide, puede variar desde G. 10.000 a G. 20.000. Todo se sirve, eso sí, con abundante mandioca.

Actualmente, el costo del canon o alquiler para cada comedor es de G. 50 mil por día. Mismo monto para los negocios que venden otras mercaderías en el lugar. Según calculan los locatarios, unas 1.500 personas por día ingresan al Mercadito. La mayoría, buscando un plato para saciar el hambre.

Otro mercado de Asunción que finalmente quedó como un puesto de comida también es el Mercado Nº 3, sobre Jejuí y Montevideo, en donde dos columnas de mesas y sillas reciben a diario a trabajadores de la zona. En el lugar también se pueden degustar platos populares y a buenos precios.

Cerca de las 11:00 los comedores empiezan a ubicar todo lo necesario en las mesas. En potes especiales, se pone en cada mesa varias cucharas, tenedores y cuchillos. Está también la servilleta de papel, los escarbadientes están listos y los vasos. Las mesas y las sillas de madera, pintadas en diversos colores le dan un toque distintivo. El menú es variado. Muchas cocineras de los locales ya saben lo que quieren sus clientes. Son años sirviendo la comida en este lugar que a muchos ya le conocen el gusto. O el antojo.

“Creo que no solamente es el precio lo que atrae a la gente sino que nosotros servimos comida del día siempre. Nunca se recalienta, todo lo que se hace se sirve en el día, entonces eso también sabe la clientela” expone María Elena, justificando que la fidelidad de la gente va más allá de lo que se tiene en el bolsillo.

Y en verdad, la aseveración de doña María Elena parece tener sustento cuando se ve a la gente que llega para servirse un buen plato de comida. Desde aquel trabajador jornalero de a pie, hasta el señorial hombre de traje y corbata que tiene problemas en encontrar un lugar para estacionar su camioneta para poder llegar a hora. Como el amor, en la letra de “Ocho cuarenta” del cantante argentino Rodrigo (+), el Mercadito parece estar por encima de toda diferencia social. Además, el lugar supo crear casi leyendas urbanas alrededor de su nombre, y principalmente, de su comida.

Una de ellas habla de las bondades que tiene el “puretón” como un alimento que sirve para combatir la resaca, aquel pesado estado anímico y corporal que se tiene después de una fuerte ronda de tragos. Coloquialmente se lo conoce como “yerón” a este plato, que consiste en una tortilla grande, cubierta por uno o dos huevos fritos y con trozos o picado de carne encima. La mandioca, que se sirve en raciones más que generosas, ya forma parte del acompañamiento y su precio varía entre G. 8.000 a G.10.000.

Pero quien puede hablar sobre el “puretón”, el Mercadito y el trabajo de acá es la señora Asela Bobadilla, a quien nadie conoce por nombre y apellido sino por su apodo, que ya es toda una marca registrada en este lugar; Tía Chela. Doña Asela, o mejor, tía Chela, trabaja en las cocinas del Mercadito desde hace 43 años. Lo que se dice, toda una vida.

“Antes, hace muchos años, la gente venía temprano a comer o desayunar, entonces nosotros acá con el comedor empezamos a ver algo que sea barato pero abundante, entonces a la tortilla le agregamos huevo con el picadito de carne, entonces a los muchachos les gustaba y nos decían “esto está purete”. Después venían a pedir “tía, preparanos pues ese purete y así fue quedando el nombre de puretón” dice tía Chela.

Un local pegado al Mercado Municipal, denominado “Las delicias del Mercadito” atiende las 24 horas. Allí, aquello de ir para el “yerón” correspondiente, es una realidad cada fin de semana. Aquí no se venden bebidas alcohólicas, para evitar justamente cualquier problemas que pueda surgir. Además, un dato llamativo con Las delicias, es que casi todo el personal está compuesto por mujeres que van rotando en horario para poder cumplir con el arduo trabajo de completar las 24 horas de atención al público, de lunes a lunes.

En el comedor de Tía Chela trabajan al menos 4 a 5 personas con ella. Para tía Chela, que gracias a su trabajo supo criar dos hijos que ya le dieron seis nietos, además del precio, el punto que marca la diferencia del Mercadito con el resto de otros locales es que se sirve comida de la casa y del día. La mujer cuenta que venden, en promedio, entre 40 a 50 platos por día, pero que este número es bajo en comparación a otros años. “Antes teníamos más gente, desde la mañana hasta pasado el mediodía, no paraba la clientela” expone.

El temor de los dueños de comedores ahora pasa por el proyecto de supuesta modernización que había anunciado la Municipalidad de Asunción para el “Mercadito”. “Dijeron que nos iban a cambiar, que esto iban a modernizar, que supuestamente, iban a convertirlo en un shopping. No hubo una comunicación definida de lo que realmente iba a pasar con nosotros” dice tía Chela. Al parecer, el proyecto no avanzó.

Más de 4 décadas de trabajo, sin embargo, trae sus consecuencias. Por ahora, tía Chela queda los sábados y domingos a descansar, aunque hay comedores que siguen trabajando. “Esperemos que esto mejore porque la verdad que está difícil la cuestión, siempre hay clientes, es cierto, pero hay menos en comparación a otros años” expone tía Chela.

El Mercadito, como todo negocio gastronómico, alberga su propio mundo comercial, o submundo, en este caso. Lejos de los préstamos bancarios o financieros a los que otra gente puede acceder, los trabajadores de los comedores en este lugar tienen en los usureros del día a día la fórmula para poder salvar la jornada, la semana, o el mes.

La lógica de la necesidad no resiste mucho análisis: El usurero trae el dinero que se necesita en el momento y da la plata sin ningún otro trámite. Después, los intereses posteriores, traerán otras maldiciones probablemente, pero lo urgente se salva.

Son las 12:00 y el área central del Mercadito se va poblando de gente. Llega el albañil, con su buzo manchado de pintura, se quita el kepis con polvo y se sienta para ser atendido. Llega el empleado bancario que pone sobre la mesa sus dos celulares y habla con su compañero de trabajo, mientras acomoda la corbata. Está, en la otra esquina, la señora que deja su bolso sobre la mesa y se dispone a disfrutar de su sopa humeante.

Así es el día a día en el Mercadito, quizás el último lugar de resistencia de la comida popular en Asunción.

 

El oscuro plan en la casa del árbol

Con apenas 20 años, Luis estaba atrapado en una extraña obsesión. Los excesos con drogas y el alcohol lo llevaron a planificar una venganza contra su progenitora en el 2007.


Fuente: La Nación

En una casita de madera construida en la copa de un frondoso árbol pasaba la mayor parte del día. Imponente el guatambú en el patio de la casa materna. Algo oscuro escondía.

No importaba cuántas horas transcurrían, mientras más tiempo alejado de la realidad estaba, mejor para él.

Miguela Ursulina Rodríguez, ella era su madre. Hablaban poco, lo necesario durante el día, y buscaba evitarlo lo máximo posible los fines de semana. Los distanciaba un mundo en cuanto a gustos.

La mujer era una contadora de 46 años, dedicada a los detalles, los números, balances y el orden con mucha disciplina. Él tenía 20 años. Adoraba la filosofía y todo giraba en torno a ella, odiaba las matemáticas. Estudiar lo mismo que su madre lo frustraba.

Esa casa del árbol en la ciudad de Ybycuí –en el departamento de Paraguarí– era el sitio donde podría esconder una personalidad que pocos conocían. Ahí gestaba su amor por el dictador Adolf Hitler, guardaba escritos en los que alababa el suicidio y sus libros sobre magia negra. Contemplaba imágenes crueles, de decapitados, las que tenía almacenadas en su teléfono celular. Oscura y fría, tenía una obsesión poco comprensible, pero que lo dominaba. Siempre se mostraba opuesto a lo que estos pasatiempos podrían describir.

Domingo, 24 de junio del 2007. Todo en la habitación le daba vueltas y su estómago iba a estallar. Bebió tanto hasta hace unas horas que apenas podía levantar las manos para sujetar la cabeza, como si esto era suficiente para aliviar el intenso dolor que le provocaba la borrachera. El estruendo que generaban los golpes en su puerta seguían retumbando en su habitación y los oídos eran tan sensibles que ese escándalo de su madre le calaba los tuétanos de sus nervios. Una y otra vez, hasta que saltó de la cama. Los gritos de su madre no iban a parar hasta que abra esa puerta.

Inmediatamente recordó que llegó a la casa a las 6:00. Había bebido hasta las 4:30. No había forma de recuperarse de aquella resaca. Los reclamos continuaban. Escuchaba los mismos reproches de siempre, pero decidió poner un punto final.

ALGUNAS HORAS ANTES

La música ambientaba la casa, Luis y Miguela participaban de un cumpleaños en el centro de la ciudad de Ybycuí, a unas cuadras de su casa. Ambos disfrutaban de estar con sus amigos y la charla se hacía amena. La mujer recordó que debía trabajar, la semana comenzaría con muchos compromisos y no podía dedicarle más tiempo a desvelarse o el domingo se haría corto. Creyó conveniente que Luis también descanse, sus estudios en la facultad lo esperaban y estaba convencida que la disciplina y la presión para que no desista –pese a que no le gustaba– eran la clave para recibirse como contador, igual que ella.

“De eso se trata…”, se convenció a sí misma, enfática y determinante. Miró su reloj de pulsera y alcanzó a ver que la hora le pasó más factura de lo que estimaba, era la 1:30. “¡¡Luis, vamos ya, tarde se hizo y mañana tenés cosas que hacer mi hijo!!”, esa voz cortó toda conversación en medio de tanta gente. Fue como una flecha que atravesó varios objetivos al mismo tiempo.

Luis miró a su madre desde lejos. Serio, con el ceño fruncido, fulminó con una mirada penetrante y de disgusto. Escuchó risas y susurros a los costados. La vergüenza lo carcomía y las burlas desataron su odio. Refunfuñó por dentro, en su cabeza lanzaba improperios hacia su progenitora y su orgullo no permitiría –al menos ahí– hacérselo saber. Prefirió el silencio.

Luis miró el reloj de la cocina. Leyó la hora. Transcurrieron hora y media desde que su mamá se acostó a dormir. Solo necesitaba sortear la puerta principal y el viejo portón que rechinaba por el oxido en el pasador. Lo había logrado y otra vez fue a la casa donde estaban sus amigos. Pidió más vino y alardeó esta vez: “Salgo a la hora que quiero y para darle el gusto nomás me fui hace rato, ja’u atu (vamos a tomar)”, les decía Luis mientras con una mano quemaba hierba y dejaba que la droga le sacudiera los sentidos. No se retiró de ese lugar hasta dos horas después. A su casa llegó a las 6:00, ¿el camino esta vez fue más largo o los detalles aún no se sabían…?

SUEÑO TRUNCADO

Molesto por los reclamos de su madre, que terminaron por cortar su siesta de domingo, Luis comenzaba a sentir unas intensas ganas de callarla. Su respiración se agitaba, mientras el regaño no cesaba. Era lo mismo de siempre, bebió mucho, no pensaba en su futuro y se pasaba durmiendo. Dijo basta, abrió la puerta de su habitación y la cerró con furia. El golpe cortó por unos segundos los gritos de Miguela. “¡¿A dónde vas?!”, dijo la mujer increpándolo con autoridad. “¡Acá, al patio!”, respondió Luis, pero mascullando cerró la oración determinando lo que ocurriría: “Ya vas a ver para qué”.

En la cabeza le cruzaban imágenes de su madre, los momentos de reprimenda. La sangre le hervía. Sentía que su respiración se aceleraba y debía reaccionar ya para calmar su ira. Fue hasta un pequeño depósito de madera –donde almacenaban herramientas–, tomó un machete y fue hasta donde estaba su madre.

Su caminar era medido, trataba de hacerlo despacio. Cada vez que se aproximaba a la casa, aumentaba su sigilo, las manos le sudaban y sostenía con más fuerza la cacha de la herramienta. La hoja resplandecía con el sol y refractaba en su rostro, tenso, fiero.

Al llegar hasta la habitación de su madre solo atinó a decir: “¡Mamá…!”, y descargó su furia inyectada al arma. El machete se lo incrustó en la cabeza, en medio de ella. La sangre brotaba a borbotones. Mientras, la mirada tiesa y desorbitada de su progenitora buscaba una explicación en la iracunda reacción de su hijo.

Hace semanas venía cavando una fosa dentro de una de las habitaciones de la casa. Una que no la usaban habitualmente. Enterró el cuerpo, lo cubrió poco a poco con la arena amontonada a los costados. Cerró el cuarto con llave y continuó su vida como si en esa casa nada hubiera pasado.

25 DÍAS DESPUÉS

El frío traía tranquilidad al barrio. Eran las 10:00 del 19 de julio. Un grito interrumpió esa paz. Descubrieron el cadáver en el dormitorio. La curiosidad de una vecina encargada del aseo periódico de la vivienda llevó a aclarar la extraña desaparición de la contadora. Todos los pobladores pensaron que Miguela y su hijo continuaban por la capital, donde rentan un departamento para mayor comodidad en sus obligaciones. Pero no fue así.

El cuerpo estaba en las primeras etapas de descomposición, el olor característico se podía percibir, solo que los residentes del barrio pensaron que era un animal muerto. La casa estaba en orden, ningún signo de pelea, no había rastros de puertas violentadas. La Policía iba apuntando cada detalle que le resultaba llamativo.

Uno de los agentes se acercó a la mujer de los quehaceres domésticos y la interrogó: “¿Sabe usted con quién vivía esta mujer?”. Ella respondió: “Con su hijo, oficial. Un muchacho de 20 años”. “¿Y dónde está él?”, replicó el agente. “Pues él tampoco aparece desde hace tiempo, desde aquel día del cumpleaños, hace un mes”, expresó la dama.

El policía quedó dubitativo. No había indicios de un asalto, una venganza, abuso, nada. Más bien apuntaba a un crimen planificado y faltaban piezas para saber de qué se trataba.

LOS AMIGOS DE LUIS

La Policía de Homicidios tenía su instinto, pero antes debía respaldar eso con indicios, al menos. Con la información sobre el cumpleaños de aquel 24 de junio, los agentes fueron hasta esa casa. Preguntaron por los amigos de Luis y en poco tiempo ya tenían una lista de posibles informantes, solo debían presionar un poco para tener detalles del crimen.

Tres hombres fueron esposados y llevados a la comisaría.

Un agente de tupido bigote y aliento avasallante se acercó y –como estaban sentados– reclinó su cuerpo hasta quedar en un duelo de miradas con los tres. Luego de intimidarlos, recorriendo el rostro de cada uno con actitud tosca, elevó la voz interrogando: “¡¿Quién de ustedes me va a contar qué pasó con esa mujer, por qué esta muerta…?! ¡Ahora!”.

Balbuceando, uno de ellos relató las ultimas horas de aquella fiesta y la forma siniestra en la que actuaba Luis. Pero los datos que más despertaron suspicacias en el agente fueron: las actitudes psicóticas de Luis y que esa madrugada él aseguró que ya era independiente y debían festejar eso. Pero nada podían hacer, Luis desapareció.

EN LA CLANDESTINIDAD

La última vez que Luis fue visto en la ciudad fue esa noche y el último rastro que logró seguir la Policía fue un movimiento en el departamento de Migraciones. La salida del país fue el 28 de junio, cuatro días después de la fecha de muerte. Uno de los agentes miró fijamente el monitor de la computadora, un detalle le llamó la atención. Luis salió del país a las 13:00 del 28 de junio y regresó al día siguiente a la misma hora. “¿Qué intentó hacer?”, se preguntó. El investigador tenía sus fuertes sospechas, pero aún le costaba comprender las reacciones de ese hombre.

Para solventar esta coartada, Luis tomó 300 mil guaraníes de la cartera de su madre. Luego, llevó un televisor , una cámara fotográfica y una computadora para empeñarla y sacar algo de plata. Con eso podía intentar convencer –más adelante– a la Policía, asegurando que el día del crimen él no estaba en la casa.

Vagando como un nómada, Luis se internó en el Chaco. Huía de un destino determinado, era el único sospechoso del asesinato de su madre. Pensó que lo mejor sería ocultarse en algún lugar donde nadie lo pueda buscar, donde nadie se acerque a preguntar por él.

En ese trayecto encontró una tribu indígena, Angaite. “Aquí será”, se dijo incorporando esperanzas a la fuerza. Se presentó ante el líder de la comunidad y se hizo llamar Nelson Ramos, con el fin de que no lo identifiquen.

Tras dos meses, Luis intentó subir rápidamente en sus pretensiones, ya no le gustaba la vida ajustada de los indígenas. Se acercó al cacique y le pidió que interceda por él ante el gerente de la Cooperativa de Loma Plata, en el Chaco paraguayo. “Tengo conocimiento de informática, puedo trabajar ahí”, mencionó Luis.

En ese instante no hubo comentarios, pero el jefe entendió que algo poco claro ocurría. Cambió de parecer y denunció a la Policía local sobre la presencia de ese joven en su pueblo.

Los agentes locales pidieron refuerzos y en poco tiempo rodearon el lugar. Luis no tuvo opción y se entregó. Su aspecto era otro, demacrado, sucio, con la barba tupida y el cabello greñudo. Sus momentos en la clandestinidad terminaron.

En el Departamento de Investigación de Delitos, Luis confesó lo que ocurrió. Contó cada detalle del crimen y el motivo fue el hartazgo y se mostró arrepentido.

Pero los investigadores descubrieron algo más. Uno de los agentes de homicidios encontró incoherencias en la confesión de Luis y la versión que dieron varios testigos.

Atando toda la información suelta, el perspicaz agente reveló que el asesinato ocurrió durante la madrugada del 24 de junio. Tomó un papel en blanco y comenzó a diagramar la crónica del asesinato. El primer trazo describió: el joven fue molesto con su madre. Tomó el machete y la asesinó en su cuarto. Volvió una hora y media después al cumpleaños, con ropa limpia: jeans y remera blanca. La que llevaba antes tenía sangre y estaba sucia luego de enterrar el cuerpo en la fosa que preparó dos semanas antes. Todo lo anterior lo inventó, sin entender por qué. El ultimó dato que apuntó el investigador decía: el plan fue en la casa del árbol, la muerte siempre estuvo ahí.

Dos años después. Luis Roche Rodríguez lucía pulcro, aseado y con la mirada fija en el tribunal.

El juez sentado en el medio leyó la decisión en voz alta. La condena fue de 15 años de prisión por el asesinato de Miguela, su madre.

LA REDENCIÓN

El 13 de julio del 2016, cuatro reos de la Penitenciaría Industrial Esperanza de Asunción afrontaron una audiencia de reducción de pena. Entre ellos estaba Luis Miguel Roche.

Para ese entonces, Luis cumplía su noveno año de reclusión. Mediante ello, Luis logró reducir los seis años que le restaban de condena a 77 días. El 28 agosto del 2016 recuperó su libertad.