El destornillador… (primera parte)

Óscar Arturo Barboza era un universitario de 25 años. Un día cerró la venta de su teléfono móvil para sacarle algo de dinero. Todo parecía normal en aquel que se mostró interesado, salvo por la doble intención. Algo sangriento ocultaba.


Fuente: La Nación

Por Óscar Lovera Vera, periodista

Terminó de repicar y atendió la llamada, él dijo: “Hola amigo, ¿dónde nos encontramos, vas a querer el celular verdad?”. Del otro lado del teléfono: “Sí, claro, yo estoy cerca de tu casa, nos vemos a tres cuadras, por ahí”.

Óscar salió de la casa, en el cuarto barrio de Luque. Tomó el celular que vendería mientras iba pensando qué comprar con el dinero que obtendría de él; le ofrecieron buena plata.

El mes de junio del 2003 comenzaba, y con frío. Óscar Arturo Barboza, de 25 años, necesitaba hacer esa venta y conseguir dinero en efectivo. La oferta por internet que le hizo otro hombre le pareció tentadora y se convenció. Eso al menos decía para sí, mientras llegaba hasta el punto de encuentro en su barrio, a unos 300 metros de su vivienda.

MÁS QUE UN ASALTO

Al mirar al horizonte vio a un joven casi de su misma edad, al menos eso le pareció, y sintió algo raro, premonitorio, cuando se percató que no estaba solo, otros dos chicos más estaban junto a él. Al llegar, hablaron, de eso mucho no se sabe.

Óscar fue obligado a subir a la parte trasera de un automóvil estacionado cerca de los tres supuestos compradores, en ese momento no comprendía muy bien lo que ocurría.

“¡Subite carajo o acá mismo te matamos, ejupi (subite)!”. No le quedó otra que cumplir con esa orden, sentía bajo las costillas y en profundidad el tubo de aquella arma de fuego. Pensó si sería lo suficientemente rápido para empujarlos y huir sin ser herido con un balazo. Pero dudó. Prefirió calmarse y ver si solo se trataba de un asalto, porque eso parecía.

El vehículo se puso en marcha, cuando sintió el movimiento supo que no era simplemente un robo de celular. Su papá era policía y esto no formaba parte de los casos habituales de robos callejeros que le escucha relatar a diario. No era normal que un asaltante callejero lo obligue a subir a la parte trasera de un vehículo e intenten salir del barrio. No llegaba a comprender lo que en ese momento estaba pasando.

Los que estaban con él eran los hermanos Rodrigo y José Sandoval, de 26 y 23 años, y el que lo amenazó con el arma era Óscar Armando Cañete, de 23 años. Todos formaban parte de una pequeña organización de atracadores. Su especialidad eran los asaltos exprés. Sacar la mayor cantidad de dinero de la víctima, previa información que hayan obtenido de él. De Óscar Barboza sabían algo, todos los datos proveídos a través de su cuenta en una red social y lo estudiaron previamente.

LA CONTRASEÑA

El automóvil iba dando saltos sobre una calle empedrada, iban a gran velocidad. Cañete y uno de los hermanos Sandoval quedaron con Barboza en la parte trasera, uno de ellos tenía en la mano un destornillador, de cacha verde, el óxido se apoderó de la herramienta, pero tenía un filo especial. Lo habían convertido en algo más que un desarmador.

El ladrón –empuñándolo– se lo mostró y lo que escuchó después no sonó a una simple amenaza… “¡Dame tu contraseña del cajero, decime cuál es o acá mismo te liquidamos!”.

“No sé, no recuerdo…”, contestó el joven con la voz firme. Eso le valió que la herramienta vaya enterrándose en su piel, causando dolor, una y otra vez.

Barboza, con algunas lágrimas de dolor, repetía que no sabía los dígitos que permitirían ingresar a su cuenta bancaria y sacar el dinero que tenía ahí. Los delincuentes continuaron torturándolo pese a que las heridas comenzaron a ser profundas.

El joven gemía y por instantes su respiración se aceleraba, el destornillador nuevamente se incrustaba en otra parte del cuerpo. Por algunos momentos el desnivel de la calle y el golpe repentino en las suspensiones provocaban que el arma se hunda más hasta perforarlo. La sangre se desvanecía sobre la piel y el grito se disipaba con el viento que se colaba por la ventanilla del vehículo.

El conductor cruzó el límite imaginario de la ciudad, estaba en Limpio, en un barrio conocido como Costa Azul, a unos pocos minutos de la casa de Barboza. Ya habían dado muchas vueltas y no lograban sacarle la información que querían.

Estaban hartos y su víctima –cansada de tanto recibir golpes y cortes– comenzaba a desvanecerse dentro del habitáculo del auto.

CINCO DÍAS DESPÚES

5:00 de la madrugada del día jueves 5 de junio. En una batalla campal, las luces de la patrullera se enfrentaban entre sí, disputándose el centro de atención de muchos curiosos, era lo único que permitía distinguir en ese sitio tan oscuro lo que las llamas no consumieron, el metal roído por la combustión. Un policía daba vueltas y vueltas tomando nota de las características, la inflamación fue tan alta que no lograba encontrar algo que le permitiera identificarlo.

El comisario relataba a los medios el hallazgo, entre varias hipótesis estériles que motivaron la quema, mencionó la ubicación; de la única acción que tuvo en toda la noche. El vehículo calcinado estaba en las calles Cerro Corá y Luis de Gásperi, no muy lejos del lugar a donde llevaron a Óscar Barboza, el hombre ya llevaba días desaparecido y la familia estaba desesperada. Pero los agentes no lograban conectar este automóvil con la desaparición.

LOS LADRIDOS DE UN PERRO

Inquieto, correteaba, saltaba y la cola se movía incesante. No paraba y su energía se descargaba en los continuos ladridos, ese perro descubrió algo y a su dueño no le quedó de otra que acompañarlo hasta donde la correa lo guiara.

Pasaron diez días de la desaparición de Óscar, el reloj en aquella mañana marcaba las 10:00. Doroteo Martínez pensó que si no resolvía rápido la inquietud de su mascota, la mañana se le iría en un suspiro. “¡Vamos entonces!”, lo dijo refunfuñando al perro, como si al can le importara, no paraba de saltar y ladrar. Doroteo estaba en su quinta en el barrio Costa Azul y ese martes tan particular se presentó fresco y tranquilo, salvo por la corrida que hizo detrás del animal. En un instante se detuvo, el perro paró de ladrar y comenzó a olfatear, luego exhaló por el hocico, con fuerza, como si lo que percibía era de golpe muy fuerte para su sensible sentido, y en efecto lo era. El hedor comenzó a inundar las fosas nasales de Doroteo, pensó en un animal y que el perro estuvo inquiero por ello.

Lejos de ser un animal, la silueta era mucho mayor. Estaba oculta entre las malezas, pero lograba distinguir algo. Se acercó, separó la hierba con las manos y lo que vio le hizo retroceder algunos pasos. Era una persona, un joven. El cuerpo llevaba días de descomposición y eso generaba la fetidez. Luego de unos minutos volvió en sí. Lo impactante del hallazgo pasó a un segundo plano y pudo notar que la persona fue herida en varias partes de su cuerpo. Se convenció que fue un crimen y llamó a la Policía.

Horas después, los agentes rodearon el pequeño bosque, colocaron una cinta alrededor para separar a los curiosos. Para entonces ya tenían identificados los restos, eran de Óscar. El joven que llevaba desaparecido fue encontrado en ese descampado. La alerta a la familia fue inmediata y la consternación sacudió no solo a ellos, sino a toda la ciudad.

El médico forense llegó al lugar, el impecable blanco de su ataviado resplandecía con el sol y casi no permitía distinguir su rostro. Tomó su maletín, caminó hasta el área restringida y, una vez que ubicó un lugar sin malezas, bajó sus utensilios. Se colocó los guantes de látex, estirando dedo por dedo para acomodarlos.

El trabajo en el sitio fue largo. Entre lo más visible notó varias perforaciones y el desmembramiento causado por los animales que merodearon la zona. Determinó que pasaron cinco días desde la muerte de esa persona. El médico pidió a la fiscala una orden para trasladar el cadáver al instituto patológico y ahí analizarlo con equipos y mejores herramientas.

El resultado fueron 48 puñaladas y penetraciones. La víctima recibió la mayor parte de las puñaladas en las piernas, especialmente en el muslo derecho, propinadas con un arma punzante. Al tomar las fotografías y varias radiografías, concluyeron que el arma utilizada para generar las heridas fue un destornillador.

Las puñaladas que provocaron el mayor sangrado las recibió en la región cervical, la cara anterior del tórax, en el tórax, el abdomen, en los hipocondrios (región superior del abdomen) izquierdo y derecho.

Óscar, además de esas heridas de tortura, recibió seis perforaciones en la región lumbar derecha. Durante la inspección forense se encontró también una fractura en la tercera condrocostal (zona del tórax). El parte médico era extenso, Óscar sufrió tanto que al menos los detalles de las heridas ocupaban varias hojas.

En otro apartado –de ese escrito–, el forense presumió que ese hundimiento en el pecho pudo ser provocado por una violenta pisada, un golpe fuerte y seco, ya tendido en el suelo.

En otro párrafo se detalló que la víctima sufrió hemotórax; es decir, una acumulación de sangre en el espacio existente entre la pared torácica y el pulmón a causa de las estocadas recibidas. Otra grave lesión la recibió a nivel del glóbulo ocular derecho, la que le produjo un hematoma de 6 y 10 centímetros de diámetro en la región frontal derecha y un edema agudo cerebral.

La causa de muerte fue diagnosticada como shock hipovolémico por múltiples heridas de arma blanca, la más importante afectó el pulmón izquierdo que sufrió con lesión cortante y penetrante del lóbulo superior izquierdo. El reporte fue sellado y entregado a la Fiscalía y Policía. El crimen fue atroz y no tenían idea de quién pudo provocarlo.

Continuará…

 

El gordo y un par de historias inolvidables

Inmensamente tímido, ribereño de alma, amante del fútbol y del basquetbol, Víctor Miguel Benítez Cano murió hace un año, dejando como legado un estilo de radio coloquial, controversial y frontal que hoy muchos cultivan.


Fuente: La Nación

  • POR AUGUSTO DOS SANTOS
  • Director periodístico Grupo Nación

Argel y retobado, “como norteño”, era al mismo tiempo un devoto de la amistad hasta niveles monásticos. Como parte de su rebeldía al status quo desde su emergencia en la prensa escrita y radial, incluso revisó su propia fe y se convirtió en un agnóstico crítico tras una niñez y juventud signadas por su proximidad a la Iglesia. Pero hoy no queremos hacer una biografía de Víctor, sino contar un par de historias.

GENTE QUE SE MUERE MUCHO

En las historias sobre el gordo siempre hay un chofer. Es que nunca quiso ni supo manejar. Había, por ejemplo, a fines de los 90, un conductor que se “subía” y era demasiado protagónico en todas las charlas en los paseos de fin de semana que gustaba hacer Víctor con sus amigos por el interior. El hombre opinaba tanto que Benítez le decía con frecuencia: “Podrías manejar un poco también aparte de regalarnos tus opiniones”, con una inusitada sutileza fruto del aprecio que por él profesaba.

Lo cierto era que este chofer siempre participaba de todos los comentarios, sean estos sobre física cuántica (que encantaba a Víctor, no se sabe de dónde) o de la última incorporación del Museo del Prado, pasando por todos los juegos de cualquier país, de cualquier campeonato, de cualquier deporte.

Una noche estábamos en un campamento, en plena gestión de asado a orillas del río Piribebuy, cuando escuchamos en el receptor que el avión de John John Kennedy había capotado provocando la muerte de este heredero de la dinastía política más famosa de los Estados Unidos.

A la noticia siguió el comentario de varios amigos allí presentes, cada uno de nosotros aportó algún dato sobre el “flamante finado” o sobre sus padres y, en general, sobre los Kennedy. Charlamos un buen rato entre una ronda de buen escocés y el crepitar del fuego del asado. Habían transcurrido 10 minutos de la novedad y me acerqué a Víctor a decirle casi al oído:

“Che, por fin tu chofer okañyete (está totalmente perdido), no hizo ningún comentario sobre la muerte del hijo de Kennedy”. A lo que Víctor me respondió de inmediato: “Moô pio, péa nio enseguida he’íta algo hína” (no, olvidate, este enseguida va a hacer un comentario).

Y, efectivamente, dos minutos después, cuando reinaba un respetuoso silencio reflexivo, el chofer deslizó un comentario triunfal que salvó totalmente su honor, cuando dijo: “Los Kennedy, che… ¡qué gente que se muere mucho…!”

EL SECUESTRO DE GABRIEL ALFONSO

Gabriel Alfonso es un colega periodista radial de Ayolas, luego abogado. En sus años iniciales como cronista y corresponsal del diario Noticias eran memorables sus coberturas, principalmente de los conflictos campesinos. Víctor le tenía mucho aprecio. Supo regalarle un centenar de libros de la nutrida biblioteca que poseía.

En una ocasión, en la década del 90, Gabriel fue a cubrir un fuerte enfrentamiento entre policías y campesinos alrededor de la Estancia Chiriani, en Misiones, que fue ocupada.

Alfonso estuvo por varios días en medio del monte con un equipo de radiocomunicación y una batería informando sobre lo que ocurría, tanto para su radio, San Roque de Ayolas, como para la radio Cardinal, donde trabajaba Víctor. Tras cuatro días de intensa tarea, Alfonso pierde todo contacto. De inmediato se averigua con los dirigentes campesinos y estos aseguran que Alfonso fue secuestrado por la Policía y trasladado a un campamento de los uniformados.

Víctor, que andaba por la zona, formó parte de la comitiva que integramos para ir hasta el sitio del conflicto para reclamar por el compañero privado de su libertad sea liberado. Apenas llegamos al destacamento, Víctor reclamó fuertemente al oficial a cargo sobre el hecho. El mismo respondió confundido: “¿Secuestrado?”. “Sí”, insistió Benítez, “sabemos que lo tienen secuestrado aquí”. El oficial sonrió y le dijo a la comitiva: “Vengan a ver al secuestrado”.

Nos pasaron a la parte posterior del campamento y allí estaba nuestro aguerrido periodista en medio de una esforzada partida de truco con cinco uniformados.

Al verlo, Víctor exclamó: “Gabriel Alfonso, nde aña memby, nde niko reî va’erã secuestrado kuri” (Gabriel Alfonso, hijo del diablo, vos tendrías que estar secuestrado), a lo que Alfonso respondió con una amplia sonrisa y el inapelable argumento: “Cuatro días ko ya, don Víctor, demasiado hambre ya tenía”.

Desde ese día, cada vez que Alfonso le reportaba desde el Sur, Víctor le decía al final: “Gabriel, te vamos a volver a llamar sobre este tema, pero comé que algo…”.

EN ESE ASPECTO SÍ

Víctor había hecho instalar un freezer en su quincho. Estaba feliz porque resolvía un aspecto importante para las ocasiones en que ofrecía un asado a sus amigos. Un asistente suyo se había encargado de desembalar el electrodoméstico y colocarlo en el sitio.

Solo había que enchufar y dejarlo funcionar. Y lo hizo.

Más tarde salió Víctor hasta su quincho para observar su adquisición. Al mirarlo con atención, vio que el cordón de electricidad, en vez de transcurrir por atrás del aparato, rodeaba como un cinto por el frente del freezer hasta el tomacorriente.

Víctor llamó a su asistente y le reclamó esto: “¿Cómo pio el cable va a pasar por delante si tiene que ir por detrás?”, le requirió, a lo que el secretario respondió:

“En ese aspecto sí”.



UNO CON ARGAÑA Y OTRO CON WASMOSY

La vez que comió con Argaña

Víctor fue a un asado dominical en San Bernardino. En medio del encuentro de amigos aparece el Dr. Luis María Argaña, líder de un poderoso sector colorado denominado Movimiento de Reconciliación Colorada, luego vicepresidente y finalmente víctima de un magnicidio.

Una vez que localizó a Víctor, Argaña fue a sentarse a su mesa por un buen rato. Argaña tenía, para la opinión de Víctor, fama de ser un hombre con escaso sentido del humor y era polo opuesto al estilo conocido como “arriero porte” (persona afable, dada a las bromas, afectuosa, dicharachera).

Sin embargo –al parecer–, Argaña le impresionó muy bien a Víctor durante la comida y le hizo cambiar un poquito de parecer, tanto es así que cuando el líder asesinado se despide, Víctor le dice: “A lo mejor nio nde kanguero’imi hína doctor, pero ndaha’éi nio la nde kangueroetereíva ra’e” (Puede que seas un poco insufrible doctor, pero tampoco sos demasiado insufrible).

CUANDO A VOS TE DUELE LA CABEZA

Víctor entrevistaba a Juan Carlos Wasmosy, presidente de la República, quien poco tiempo antes lo había querellado hasta lograr su reclusión en Tacumbú por un par de días.

Cuando iba terminando la entrevista con el entonces presidente, Víctor lo mira y valora el volumen de la cabeza del mandatario con una comparación inolvidable.

“Mirá que a mí cuando me duele la barriga, me duele en serio; seguro que a vos cuando te duele la cabeza, te duele en serio, presidente”.



QUE VÍCTOR NO SE ENTERE

A Víctor le encantaba el río y la pesca era solo un pretexto. Era un horrible pescador. Íbamos juntos al río Paraná en Ayolas, hacía compras gigantescas de artículos de pesca y carnadas. Terminábamos comprando pescados de los vecinos pescadores y arrojando toda la carnada al río.

Víctor decía que éramos los únicos pescadores encubiertos, que en realidad nuestra misión era contribuir con la alimentación de peces.

Una vez habíamos acampando a orillas del río, era una noche cálida, probablemente febrero de algún año de los 90.

De pronto, Víctor se sobresalta y asegura que vio un ovni. Yo le seguí la corriente porque estaba muy entusiasmado preguntándome si vi o no la luz que cayó del cielo y se sumergió en el oscuro río. Le dije que sí, que me parecía que sí, pero era solo para seguirle el verso.

Lo que no me imaginé es que el gordo contaría esta historia por los próximos 15 años hasta su muerte y, cada vez que lo recordaba al aire, me llamaba como testigo y toda la vida no solo le ratificaba la info, sino doblaba la apuesta contando yo también más detalles, destellos, colores, que la radio se apagó y la luz de la linterna titiló; me divertía agregarle datos a su historia. Pero en realidad jamás yo vi ese ovni.

Cuando se enfermó de muerte, para reírnos un rato me dispuse a contarle que en realidad yo le mentí durante dos décadas para sostener su discurso “extraterrestre” en la radio. Sabía que esa revelación iba a provocarle mucha gracia, conociendo como era. Me disponía a hacerlo ese fin de semana o el lunes siguiente. Pero se nos murió el gordo antes.

Se murió pensando que alguien más había visto su inolvidable ovni y, en realidad, yo estaba durmiendo. Cuando lea esto, seguro que Benítez me va a escupir desde arriba, mínimo.

 

La búsqueda de belleza que puede matar

En un mundo que busca desesperadamente la felicidad y el éxito a través de la belleza exterior, la cirugía estética es un deseo que muchas veces puede convertirse en obsesión y en un arma peligrosa y mortal en las manos equivocadas. ¿Dónde están los límites? ¿Cómo evitar riesgos? Hablamos con el Dr. Bruno Balmelli, vicepresidente de la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plástica Reconstructiva y Estética sobre el tema.


Fuente: La Nación

Con bastante frecuen­cia los medios de comunicación refle­jamos las consecuencias —muchas veces trágicas— de intervenciones quirúrgicas estéticas fallidas. Son casos en los que jóvenes mujeres fallecieron a consecuencia de procedimientos realiza­dos en su gran mayoría, en sitios no aptos y en manos de gente sin preparación.

Hoy por hoy, con bastante lige­reza, se hacen todo tipo de tratamientos más o menos invasivos en consultorios instalados en forma preca­ria, también en peluquerías y spas y hasta “a domicilio”. Lo cierto es que el tema de las intervenciones estéti­cas es demasiado serio como para tomarlo a la ligera y por eso, vale la pena insistir en las advertencias de los pro­fesionales especializados antes de decidir, aunque sea una pequeña intervención.

QUIÉN, QUÉ Y DÓNDE

Cuando vemos o escucha­mos sobre casos de trata­mientos mal realizados, escuchamos las palabras del doctor Bruno Balmelli, vice­presidente de la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plás­tica Reconstructiva y Esté­tica y director del Centro del Quemado, sobre los riesgos de dichos procedimientos. “ La seguridad de las inter­venciones quirúrgicas pasa por estos tres ejes: Quién hace el procedimiento, qué productos utilizan y dónde lo hacen. Si no se tienen en cuenta esos tres ejes, suce­den realmente verdaderas catástrofes, desde las infec­ciones que pueden solucio­narse con un tratamiento, hasta la muerte de las perso­nas, como ha ocurrido varias veces ya en nuestro medio”

Lo primero y principal es que el o la profesional que realizará la intervención esté debidamente acredi­tado. “Eso es muy impor­tante a la hora de elegir un profesional con quien hacer el tratamiento. Luego, por supuesto, es vital comen­zar evaluando las expecta­tivas reales de cada caso, las posibilidades y lo más importante: la preparación previa, la evaluación clí­nica completa. Se necesitan estudios del estado del corazón, coagulación de la sangre, estado general, etc. que cada médico pide siem­pre antes de programar una cirugía, por pequeña que esta parezca”.



Letizia Ortiz, reina de España.

“También es importante contar con pro­fesionales anestesiólogos de primer nivel, asistentes que ayudan a que las ciru­gías sean más seguras y, por supuesto, realizarlas en ins­talaciones en donde existan condiciones adecuadas para atender cualquier problema que pueda ocurrir, a pesar de los cuidados previos. Por­que hay que tener en cuenta que, si se toman todos esos recaudos, el nivel de seguri­dad es muy bueno, pero en toda cirugía existe un mar­gen pequeño de posibilidad de complicación, que si se está en lugares y condicio­nes adecuadas, pueden solu­cionarse con éxito”

COMO UNA MANICURE

Hoy por hoy, las cirugías con fines estéticos se han banalizado, hasta el punto de ofrecerse como si fueran una tintura en el pelo o una manicure. El doctor afirma que: “Realmente hay un des­control muy importante en todas las especialidades médicas, pero en nuestro caso, la cirugía estética se nota más porque hay una cierta forma de banaliza­ción de los procedimientos médicos, tanto por parte de los pacientes como por parte de las personas ines­crupulosas que se dedican a realizar procedimientos a veces criminales y, a veces, que van acercándose a lo estético. Es un peligro por­que hay personas que no tie­nen la formación adecuada y optan por hacer esos proce­dimientos, solo con la idea de ganar dinero. Usan pro­ductos que muchas veces ni siquiera son aptos para uti­lización médica y además realizan estas prácticas en lugares no aptos, como en peluquerías, spas y, a veces, hasta en domicilios parti­culares”.

Scarlett Johansson.

¿HASTA DÓNDE? Y ¿DESDE CUÁNDO?

Otro aspecto importante es tener también en cuenta los límites que, para algu­nos casos, parecen no exis­tir. Por ejemplo, la edad a la que se puede realizar una intervención estética. Según el doctor Balmelli “Es muy importante saber que ese tipo de interven­ciones deben hacerse des­pués de los 18 años de edad. Antes de ello, el cuerpo no está totalmente desarro­llado para poder cambiar aspectos de él. Nosotros, desde la Sociedad, decimos que antes de eso, ni prótesis mamaria ni rinoplastia, los menores de 18 años no debe­rían pasar por un quirófano para una cirugía plástica”. Y aclara que suele darse una excepción en el caso de las orejas, que tienen un desa­rrollo casi completo a los 16 años, además de ser una operación muy importante por cuestiones psicológicas. Antes de los 18 es más común que existan complicaciones, como lesiones neurológi­cas o cirrosis, por ejemplo. Para el doctor, “los cam­bios en la nariz, que muchas veces algunos padres mis­mos piden para sus hijas a los 15 años o antes, son peli­grosos y no deben hacerse a esa edad porque luego de años, van al consultorio con narices totalmente reduci­das, “cadavéricas”. Por ello, afirma que no duda en “decir que no a los padres que insis­ten a veces porque las chicas quieren”.

Y afirma “Volvemos a lo mismo: al control riguroso que debería haber y suele no existir y a la conciencia de los pacientes potenciales, que sepan elegir y no caer en manos de inescrupulosos”. La sinceridad es también un factor importantes a la hora de operarse: “A veces vienen con la foto de una famosa y dicen que quieren la nariz de tal, la boca de cual, etc. Eso debe ser analizado por el profesional con mucho rigor y ser lo más realistas y cla­ros posibles para explicar los límites, lo que se puede o no”.

“QUIERO SER COMO ELLA”

La periodista Rosanna Arrúa, editora general de Crónica, conoce de cerca el mundo de la farándula, especialmente de las mode­los que más atraen la aten­ción del público. Con ella hablamos de la presión que ejercen los medios y las redes, especialmente en las más jóvenes. “Hoy por hoy, las redes sociales, muestran a cada minuto a las llamadas influencers o a las modelos que suben fotografías mos­trando los cambios estético: ‘Me agrandé los labios con el doctor fulano’, o ‘mejoré mis lolas’ etcétera.

Donatella Versace.

Hoy vemos que hasta se hacen cambios en el rostro como la bichec­tomía , que afina la cara dando un aspecto de pómu­los levantados, o se inyectan cosas para cambiar la forma de la cola”, cuenta Rosanna. Y agrega, “El problema prin­cipal que yo percibo es que las chicas ven todo eso y desean tener lo mismo, pero no tienen el dinero sufi­ciente. Entonces es cuando aparece alguna amiga que les dice que tiene ‘una prima o amiga que en su peluque­ría hace lo mismo, pero que cobra mucho más barato y que hasta atiende a domici­lio’. Ahí empiezan a caer en manos de gente que a veces ni siquiera es enfermera, por decir algo, y corren peligro. Lo que parece barato, ter­mina costando demasiado caro, teniendo que recurrir luego —si están vivas— a un especialista,a ver si se puede solucionar o quedar con las secuelas. Eso es tremendo, pero real”.

TAMBIÉN ES SALUD

A esta altura de las cosas, uno puede pensar que para la mayoría de la gente que se somete a este tipo de arries­gados experimentos, que pueden llevarla a daños de todo tipo y hasta la muerte, difícilmente asocia a la ciru­gía estética con la salud. En casos de enfermedades o dolencias se suele acudir a especialistas o por lo menos a centros de atención de la salud, pero en la búsqueda de la belleza, parece que pensamos que es algo que no puede afectarnos real­mente, cuando debería ser lo contrario. Para el doctor Balmelli, al igual que para sus colegas pertenecientes a la Sociedad Paraguaya de Cirugía Plástica Recons­tructiva y Estética, es una lucha diaria informar a la gente sobre la importan­cia de cuidar al extremo cada decisión, pensando en la estética como una parte del cuidado de la salud.

La abundante “oferta”, casi de publicidad callejera, sobre todo tipo de procedimientos hace que los especialistas levanten su voz de alarma y pidan mayor control por parte de responsables de la Salud Pública a través de la Superintendencia de Salud, concientizando a quienes piensan o proyectan rea­lizárselos. Balmelli señaló que debe haber más exigen­cia de las personas que optan por una cirugía. El bajo pre­cio de las ofertas es el primer punto que debería llamar la atención y hacer dudar de la garantía que les ofrecen.

Blake Lively.

“Un dermatólogo o un ciru­jano plástico es el profesio­nal que considero puede realizar una cirugía esté­tica”, afirmó y recordó que la Sociedad tiene el listado de los profesionales certi­ficados.

También hablamos de las tendencias actuales en cuanto a las cirugías. El doctor Balmelli afirma que, si bien hay un aumento en cantidad de cirugías que piden hoy en día los hom­bres, la mayoría de ellas se realizan en mujeres: “Implantes mamarios, rinoplastia, lipoaspiración, etc” son las más pedidas. Y sobre el punto, aclara que la tendencia actual es no uti­lizar prótesis mamarias demasiado grandes o pro­minentes, debido a que cau­san una desproporción en el cuerpo. “Se está optando por algo más armónico, que no quiebre el equili­brio del cuerpo, se trata de buscar lo que mejor quede, lo más natural y armónico posible”. Eso, en cuanto a la mayoría de la gente, ya que hay casos extraordi­narios y hasta patológi­cos que deben ser tratados especialmente. “En rea­lidad, la cirugía está para ayudar a una persona a sen­tirse mejor con ella misma, sin caer en exageraciones ni en ideales imposibles, sino lograr un equilibrio que apoye y aporte a la perso­nalidad de cada una”.

ACIERTOS Y HORRORES

Las intervenciones quirúrgi­cas para mejorar el aspecto o corregir un defecto son excelentes cuando se notan menos, es decir, cuando el aspecto logrado es lo más natural posible. Eso en el caso de las personas que desean verse bien. Uno de los resultados más positivos y admirados en la actualidad es el cambio en el rostro de la reina de España, Letizia Ortiz (ver foto) que, aunque no haya hablado de sus opera­ciones, se notan las mismas, realizadas para corregir una nariz y un mentón que daban un aspecto negativo (la com­paraban con una caricatura de bruja).

Mike Rourque.

Hoy, luce un ros­tro armónico y a la vez natu­ral. Otros casos que pueden ilustrarnos sobre el cam­bio positivo que se produce con una operación bien rea­lizada, son, por ejemplo, las rinoplastias de Blake Lively, de Elsa Pataky y de la actriz Scarlett Johansson. Tam­bién la famosa Penélope Cruz puede mostrar orgu­llosa cómo ha mejorado su rostro y su estilo gracias al uso correcto del bisturí.

Pero, como en todo, hay casos que son todo lo contrario. Una verdadera galería de “horro­res” que puede encabezar sin temor la famosa Jocelyn Wildenstein, cuyo marido el multimillonario Alec Wil­denstein, prefirió pagarle 2.500 millones de dólares por el divorcio debido a que ella se había convertido en un ver­dadero “monstruo felino” por sus operaciones que además, no pensaba abandonar.

Penélope Cruz.

Otro caso del que todos hablan en voz baja en el mundo de la jet, es el de la diseñadora Dona­tella Versace, que si bien no era muy agraciada antes de sus numerosas operaciones, luego de ellas se ha defor­mado totalmente. Otras famosas como Melanie Gri­ffith en su momento y René Zellweger (Bridget Jones) han recibido críticas.

En el caso de los hombres, el que tal vez se lleve las “palmas a los peor operados” es Mike Rourque, cuyo rostro origi­nal, ya nadie casi recuerda, luego de tanto cambio. Eso, si dejamos de lado al ya desapa­recido Michael Jackson, que llevó los límites de los proce­dimientos de todo tipo más allá de lo humano.

Jocelyn Wildenstein

JENIFER RUIZ DÍAZ

“Lo barato te puede salir muy caro”

Es una de las modelos más seguidas en los medios y su cuerpo ha ido modelándose y cambiando con el tiempo. Dice que se ha puesto siem­pre en manos profesionales y que hay que tener mucho cuidado antes de operarse.

“Yo creo que hacerse reto­ques no es nada malo, si es para sentirse bien con uno mismo. Lo malo es volverse adicto y no parar más”. Si tuviera que darles un consejo útil a las chicas que quieren ser como ella, dice sin dudar: “Les diría que deben cercio­rarse bien antes de entrar al quirófano, ya que es la vida de una la que corre peligro. Nunca tuve ningún problema por eso”.

Jennifer confiesa “Me operé dos veces, la última con Darío Jara del Valle del que soy imagen y quedé muy satisfecha con su trabajo” Y agrega: “hay cirujanos y cirujanos, precios bajos y altos. Pero hay que tener en cuenta que lo barato te puede salir muy caro”. Ella hace un recuento de sus intervenciones quirúrgi­cas: “Tengo lipoescultura y pechos. A los pechos me los operé dos veces, la segunda me los achiqué y me saqué piel porque el tamaño de las prótesis de antes me causa­ban molestias, ya que me empezaba a doler la espalda por el peso. Es que tengo una espalda muy pequeña, a causa de eso”.

Sobre los gustos y tenden­cias que están de moda en la actualidad, especial­mente si se siguen prefi­riendo chicas con gran­des lolas, dice que es muy personal. “Fui a otros paí­ses y por ejemplo en Esta­dos Unidos, están de moda las lolas muy exageradas, son muy grandes para mi gusto”.


 

El hilo rojo

Ella solo quería sentirse realizada, Clara quería una hija y un amor. No lo logró y el que manifestaba sentir algo por ella la terminó asesinando. La familia de la mujer esperó nueve años por algo de justicia.


Fuente: La Nación

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Hacía mucho frío aquel 24 de junio del 2008 e imaginó que un mate con yuyos lo abri­garía. Estaba acostumbrado a llegar a las 18:30 todos los días y a esperar por su her­mana para charlar sobre lo que cada uno hizo durante el día, eso los calmaba.

También resultaba habitual que ella dejara una copia de sus llaves en la casa de una vecina, lo hacía por seguri­dad. Durante el día no estaba y su amiga controlaba que todo esté en orden con fre­cuencia. La confianza en el barrio permitía esas licen­cias.

Pero antes de ir a buscar la llave, Luciano llamó a la puerta, no tuvo respuesta. Insistió y golpeó con más fuerza para que escuche. Se convenció de que no estaba, “seguro está en el trabajo”, pensó. Luciano caminó y fue junto a la vecina y pidió la llave. Ese mate se hacía esperar.

Pasó el portón y acarició la cabeza de la mascota de Clara, un fornido e inquieto bóxer. Una vez que este dejó de juguetear, introdujo la llave en la ranura de la puerta principal, dos vueltas en la cerradura y se metió a la casa.

Una vez dentro, le llamaron la atención dos platos sobre la mesa, estaban con restos de comida.

–¿Un almuerzo? –Se pre­guntó–. Pero Clara no es de dejar cubiertos sucios… ¿salió por alguna urgencia? –Luciano quedó algo preo­cupado–¡¿Clara, estás?! – llamó, pero recibió como res­puesta su eco. Nadie estaba–. Y bueno, haré el mate y la esperaré. –Se dijo conven­cido de que no había de otra más que aguardar.

19:00. Puntual el reloj en la pared le avisaba sobre los treinta minutos que ya lle­vaba esperando. Estaba sen­tando en la cocina, mirando fijamente los platos con res­tos de comida, repasaba la vida sentimental de su her­mana. Una mujer de 40 años, muy reservada en ese aspecto, no conocía a nadie más. Solo aquella relación muy problemática con un joven de 26 años. ¿Cómo se llamaba…? ¡Carlos! Sí, él. De Luque, ahora estaba recordando. ¿Será que había venido aquí a comer? Pero ellos terminaron hace varias semanas. Luciano montó un interrogatorio en su memo­ria de corto plazo, necesi­taba entender qué pasaba y el porqué su hermana no estaba en la casa. No atendía el teléfono y no tenía rastros de ella.

UNA EXTRAÑA SENSACIÓN

Toda esa paranoia despertó en Luciano una extraña sen­sación. Un sentimiento que le perturbaba, algo intimidaba esa paz que le trasmitía cada sorbo de la bombilla. El vapor del mate se elevaba y fundía en su rostro. Se podía per­cibir que sus labios tembla­ban, las manos comenzaron a sudarle sin motivo y el ceño fruncido delataba mucha tensión. Era su ritmo car­díaco que se aceleraba, indu­cido por ese tétrico pensa­miento. Algo no andaba bien.

Ese impulso casual le obligó a ponerse de pie, colocar el matero sobre la mesa y apar­tarse de ese momento de quietud. Decidió explorar la casa, no entendía por qué debía hacer eso, pero sintió la necesidad.

Rápidamente esa percep­ción, que se trasmitía hasta en la piel, tuvo sentido. Sobre el piso había manchas –de lo que creía era sangre– si lo eran, se dijo. Luego se aga­chó y observó con deteni­miento, de cerca. Levantó la cabeza y al mismo tiempo una ceja. Miró hacia adelante y las gotas iban hasta la habi­tación de Clara y –luego– se colaban bajo la puerta.

Al llegar a ese punto, intentó abrir la cerradura, pero la puerta estaba cerrada con llave. Al instante –pese a la desesperación– recordó que tenía la llave para abrirla y fue a buscarla a la cocina. Al retornar, la abrió con pron­titud.

El cuarto estaba a oscuras, algo de luz –proveniente del pasillo– interrumpía la penumbra; ello fue suficiente para percatarse de un hilo rojo, que se extendía de un lado para otro a mitad del cuarto y se ocultaba bajo la cama. Resaltaba porque con­trastaba con el suelo y, pese a la poca iluminación, podía notarlo con precisión.

TIRAR DEL HILO

Tomó el hilo con una mano y comenzó a estirarlo. Algo con mucho peso impedía arrancarlo y descubrir de qué se trataba. Le llamaba tanto la atención que se dejó llevar por la curiosidad. Puso una mano frente a la otra y permitió que ese hilo lo con­dujera hasta donde cupo su cuerpo. Cuando se percató que era difícil ir más, hizo a un lado la cama y una imagen perturbadora le arrebató el suspenso.

–¡Clara! –El grito retumbó en la habitación. El sonido superó las paredes y venta­nas. Fue desgarrador, estaba mezclado con llantos y gritos de impotencia. Clara estaba muerta, envuelta en una manta. Vio mucha sangre que en parte cubría el abdo­men en donde notó perfo­raciones. El cuello también estaba cubierto, le hicieron un corte profundo y pro­longado, casi la degollaron. Fueron violentos, no tuvie­ron piedad.

Luciano se repuso de lo que vio, necesitaba notificar a la policía. Corrió hasta la mesa donde su hermana dejaba el teléfono y marcó el 911.

Una patrullera con varios agentes de la comisaría séptima –de la ciudad de Ñemby– llegaron al lugar, ordenaron cerrar los acce­sos, evitar que los vecinos copen la propiedad y contro­lar a los curiosos. Necesita­ban conservar al máximo la escena del crimen.

El teléfono de la fiscala Yolanda Morel repicó insis­tente. El llamado notificando el asesinato interrumpió sus actividades. “Llego en breve”, contestó la agente. Al llegar a la casa pidió que tomen nota de todo lo que había en la casa, identifi­quen a todas las personas del entorno de la víctima y que trasladen el cuerpo a la morgue de Sajonia. Debían determinar la causa de la muerte para determinar a qué o quién enfrentaban.

PALOS EN LA RUEDA

Al poco tiempo, la agente fis­cal Yolanda Morel intervino y ordenó que trasladen el cuerpo al Centro de Patolo­gía de la fiscalía, la morgue de Sajonia. Más tarde se sumó el forense, Silvio Chirife. Una vez en la sala de autopsias, el procedimiento de rutina era el mismo: bata, barbijo, guantes y gorro. El procedi­miento duró un par de horas, al culminar el médico envió su informe a la agente fiscal.

En pocas palabras la nota decía: Seis estocadas entre el pecho y abdomen. Una de ellas de quince centímetros a la altura del hipocondrio derecho, lo que causó graves daños al hígado de la víctima. Una herida corta y punzante de doce centímetros de lon­gitud en la región anterior del cuello (en la zona fron­tal). Se diagnostica la causa de muerte como shock hipo­volémico por múltiples heri­das de arma blanca. El cadá­ver llevaba quince horas de fallecido al momento de ser encontrado.

–La mataron con mucha saña. –pensó la fiscala mien­tras sostenía en una mano el informe remitido por el patólogo. Al mismo tiempo, la policía de homicidios con­tinuaba registrando eviden­cias y pistas en la casa. Les llamó la atención que limpia­ron el piso, ocultaron ropas con sangre en un rincón de la habitación. Si se trató de un robo, el ladrón se tomó el tiempo de eliminar rastros, algo poco común. A la policía esto no le convencía.

El perro no se alteró, proba­blemente la mascota cono­cía al visitante misterioso y lo que fortalecía –aún más– la tesis de un criminal conocido, fue que el autor no violentó puertas o venta­nas para ingresar. Aseguró la puerta de la habitación con llave y ese juego no fue encontrado, el asesino se la llevó.

Con estas dudas, la policía observó repentinamente la mesa, estaban aún los dos platos con restos de comida. La mujer era sola, ella almorzó con su asesino.

El interrogatorio ahora apuntó a la familia, los agen­tes necesitaban obtener más detalles de la vida íntima de Clara, ahí estaba la clave. El que la mató gozaba de su con­fianza.

Al llegar a la casa paterna, los agentes centraron sus pre­guntas sobre dos puntos: ¿Clara tenía una pareja? Y, ¿se llevaron algo de la casa? A la primera interrogante los hermanos de la mujer res­pondieron que ella solía ser frecuentada por un joven de 26 años –14 años menor que Clara–, pero eso terminó tras varias discusiones.

–Se distanciaron hace tres semanas. –apuntó la her­mana menor de la víctima. En una revisión minuciosa de la casa, que la familia hizo posterior a la visita de los agentes, la segunda pre­gunta se respondió. En la casa faltaba un celular y un reproductor de DVD. A par­tir de ese momento, Carlos Torres Giménez, un joven de Isla Bogado, ciudad de Luque, pasaría a ser el prin­cipal y único sospechoso.

DURMIENDO EL EXPEDIENTE

Sin mucha explicación, el caso comenzó a llenarse de polvo y falta de interés. Un pedazo de esta historia quedó en el olvido y lo tangible fue la desidia de los investigado­res. La fiscala Yolanda Morel –hoy día jueza de Ejecución– dejó la carpeta investigativa en manos de otro fiscal. No avanzó más allá de las sos­pechas. En medio de esto, los familiares denunciaban que el caso no se tomaba en serio, los abogados no le ayu­daban y la memoria de Clara clamaba justicia.

Seis años después, Carlos Torres Giménez llevaba una vida normal. Se casó con otra mujer y tuvo dos hijos. Sentó residencia en la misma ciu­dad donde vivió siempre, no tenía temor alguno de ser identificado por lo que había hecho. Pese a que, en ese entonces –al menos–, un fiscal avanzó un paso más, lo imputó y ordenó su captura.

UN ENCUENTRO CASUAL

8 de julio del 2014. Una barrera de control en la intersección de las calles 14 de Mayo y Fortín Arce, ahí en la frontera imaginaria entre las ciudades de San Lorenzo y Luque. Los agentes hacían un control casual y aleatorio, un procedimiento particular para demostrar fuerza en la población. Eran las 11:45 de aquel día, el silbato y la mano –levantada al aire– de aquel policía interrumpieron la marcha de Carlos.

–Sus documentos, por favor, señor –Carlos lo miró fija­mente, dudó unos segundos. El policía insistió bajando aún más la cabeza y acer­cándose a la ventanilla del auto–. Señor, su documento de identidad, por favor –Al hombre no le quedó otra y entregó su cédula. El poli­cía se retiró unos metros y utilizó una radio portá­til para dictar los dígitos. A los pocos segundos, una voz metálica contestó–. “Posee orden de captura por homi­cidio doloso, año 2008, cam­bio”. –La siguiente reacción de ese policía fue llevar la mano derecha a la cacha de su arma, por procedimiento, y obligar a Carlos a descen­der del auto. Lo esposaron y llevaron al juzgado y luego al penal de Emboscada.

En el 2015, la fiscala Fabiola Molas remó a con­tracorriente y desempolvó lo que parecía un caso per­dido. Colectó cada eviden­cia, la compiló, al igual que testimonios. No fue hasta noviembre del 2017 en el que enfrentó cara a cara a Carlos ante un tribunal. El juicio comenzó el seis de ese mes, duró cuatro días y finalmente lo condena­ron a 24 años. En el 2018, sus abogados intentaron anular el fallo, pero no lo lograron. Hasta hoy niega ser el autor del asesinato.