El olvidado cementerio de los niños mártires de Acosta Ñu

Solo una antigua y maltrecha cruz de madera marca el lugar exacto donde piadosas mujeres que sobrevivieron a la orgía de sangre desatada en Acosta Ñu enterraron los cuerpos que pudieron rescatar del campo de batalla. Kurusu Dolores, un cementerio de niños mártires, víctimas de la infame Triple Alianza.

Por Gonzalo Cáceres – Periodista

La Triple Alianza -con el Ejército del Imperio del Brasil a la cabeza- cometió en suelo paraguayo los mayores crímenes que la historia militar americana tiene registrados.

Desde la demolición de toda la industria; violación, deportación y asesinato de mujeres, venta de soldados como esclavos (cuando no eran simplemente degollados), ajusticiamiento de vencidos e incendio de hospitales, también llevaron a cabo el envenenamiento de poblados ribereños enteros a través de los cadáveres coléricos arrojados a los ríos y arroyos… y más, mucho más.

La documentación y testimonios existentes son limitadas, pero indesmentibles. Y los vestigios del horror aún están presentes en la memoria del pueblo… y sobre la tierra.

KURUSU DOLORES

Entre los caminos vecinales de la compañía Costa Ybaté de Caraguatay, Departamento de Cordillera, se hace notar un tétrico descampado, custodiado por una lastimera cruz. Ese simbólico pedazo de madera resiste heróico, cual celoso guardián de las lágrimas que desdichadas paraguayas derramaron hace más de 150 años.

Kurusu Dolores, como se lo conoce, es un auténtico cementerio de niños. Una fosa común que -según estimaciones-, podría albergar decenas y/o centenares de osarios, tampoco hay consenso sobre la cantidad real.

Cuentan los lugareños que las caraguatanas (mujeres de la zona y otras sobrevivientes de la masacre) escoltaron hasta allí las carretas cargadas con los cuerpos de los niños que pudieron rescatar de Acosta Ñu, antes que los hombres al mando del Conde d’Eu arrasen el sitio con fuego.

“Terminada la batalla, los brasileños habían quemado parte del pastizal y como la extensión del territorio que tenían que cubrir era muy grande, muchas mujeres pudieron salir del bosque y rescatar los cuerpos de algunos de los niños, para que no se quemen al menos. Las caraguatanas fueron unas de las tantas mujeres piadosas que sacaron cadáveres de niños. Y eso trascendió porque ahí cerca (de la fosa) hay una comunidad y quedó en la memoria popular. Siempre hubo una cruz allí”, explicó el historiador Fabián Chamorro.

Chamorro afirma que, teniendo en cuenta las costumbres de la época, es probable que las mujeres hayan custodiado las carretas en una suerte de “velorio andante”, hasta el sitio donde les dieron a los niños el descanso eterno. “Anduvieron rezando. Hasta que llegaron a ese lugar que, calculo, en aquel tiempo habrá sido alguna picada. Evidentemente estaba preparado para eso, por eso las señoras eligieron ese lugar. Y al ser de la localidad, también iban a poder cuidar del sitio, y rezarles”.

“SE DESCUIDÓ EL LUGAR”

Ni monumentos, ni placas y mucho menos carteles. No hay nada que demuestre el interés de las autoridades municipales y/o estatales en la importancia del sitio, solo aquella vieja cruz de madera. Kurusu Dolores resiste al paso del tiempo. “Ese lugar se descuidó, hace 20 o 30 años. Hubo un tiempo en que las procesiones religiosas llegaban hasta allí, pero hay que recuperarlo, eso es categórico”, alegó Chamorro.

Existen iniciativas de los gestores culturales de la zona para la puesta en valor de Kurusu Dolores, pero no hay voluntad política. “No se le da prioridad. Hay proyectos, pero desde hace rato ya, pero es lo que pasa con muchos de nuestros sitios históricos. Hay que seguir golpeando (puertas) hasta que se cumpla”, afirmó.

ACOSTA ÑU

En el Paraguay no se festeja el Día del Niño, se conmemora. El 16 de agosto de 1869 es posiblemente el día más triste de nuestra historia. Aquella tarde, Gastón de Orleans, un aristócrata francés con vínculos maritales con la casa de los Braganza, marcó para siempre su huella en la Guerra Grande.

Días antes, el 13 de agosto, lo que quedaba del Ejército paraguayo levantó el campamento de Azcurra dividido en dos columnas. La primera, compuesta por soldados y encabezada por el general Francisco Isidoro Resquín y el Mariscal Francisco Solano López, se adelantó y dejó rezagada a la segunda, liderada por el general Bernardino Caballero.

Caballero llevaba consigo un grupo de combatientes y toda la logística (más heridos y enfermos y la mayoría de los civiles), -consecuentemente- haciéndola mucho más lenta.

“Ellos (la columna de Resquin y López) se van por Tobatí y cruzan a Caraguatay. Después, los argentinos tomaron Tobatí, entonces Caballero busca otro camino, y ese camino era Díaz Cué. Entraron por Díaz Cue, que hoy es un distrito de Eusebio Ayala, y ahí ya se encontraron con la realidad de que los brasileños ya estaban sobre ellos. A Caballero no le quedó de otra que prepararse para combatir”, explicó.

Y lo que siguió fue una carnicería. El Conde d’Eu, que en Piribebuy dio una muestra de todo el salvajismo que podía permitirle a su soldadesca, atacó de frente con más de 20.000 brasileños a un maltrecho rejunte de heridos, niños, mujeres, ancianos y unos pocos veteranos; no más de 6.000 efectivos. “A Caballero no le quedó otra que prepararse para combatir. Había tres arroyos (Ytú, Jukyry y Piribebuy) que corrían de manera paralela. Sobre estos habían unos puentes, y lo que hizo Caballero fue preparar en cada puente su defensa. Mientras en un puente se peleaba, él ya preparaba la otra defensa. Los paraguayos se defendían mientras retrocedían. El objetivo era que la mayor cantidad de gente pudiera huir, y se logró de alguna manera. Lastimosamente… el resultado fue desastroso”.

La batalla terminó al borde de la serranía de Itakyty. “Allí hay un afluente (Pirity), allí es donde fueron quemados los niños y donde está hoy el monumento a los niños mártires”.

FUEGO Y SANGRE

El periodista brasileño Julio José Chiavenato afirmó en su libro “Genocidio Americano” que el incendio del campo fue con la anuencia del Conde d’Eu, para rematar a los niños heridos en batalla, y a las desesperadas mujeres que dejaban sus escondites en los bosques para ingresar al pastizal en busca de sus hijos, hermanos y maridos.

Para Chamorro, la versión de Chiavenato hay que tomarla con pinzas y se debe analizar otros escenarios (en la Guerra de Secesión por ejemplo, era común apilar los cuerpos y quemarlos). “No sabemos en realidad con qué intención fue (la quema). (Lo cierto es que) los brasileños se ensañaron mucho con la población civil en Cordillera. Ocurrió (masacre de civiles) en Valenzuela, en Piribebuy… No sabemos, nadie tampoco te va dejar un testimonio de esa clase de actos, nadie va decir ‘sí, nosotros queríamos matarle a la población civil’. Podemos contar los hechos, pero es difícil (tener certeza de las intenciones). La quema fue antes de terminar la batalla, cierto, y las mujeres salieron mucho después de eso, porque tuvieron que esperar que los brasileños se alejen”, comentó.

El horror no terminó allí porque los brasileños “se quedaron tres días por la zona matando todo lo que había”.

“Pero sí, probablemente se hayan dado escenas (en Acosta Ñu) como lo que pasó en Piribebuy (niños degollados mientras suplicaban), hay relatos (brasileños) de eso. Eran niños”, lamentó.

BERNARDINO CABALLERO Y LA CONCEPCIÓN DE LA NIÑEZ

La polémica figura del general Bernardino Caballero es atacada desde hace décadas por propios y extraños a raíz de la implementación de niños soldados en las filas del Ejército paraguayo y por la muerte en masa de estos, mientras el alto mando continuaba con las penurias de la diagonal de sangre, con término el 1 de marzo de 1.870 con la muerte del Mariscal López a orillas del Aquidabán-Niguí, en Cerro Corá.

Sin embargo, hay cuestiones que contextualizar para dar objetividad al debate y así intentar comprender -no justificar ni defender- las decisiones tomadas por Caballero y sus subalternos.

Chamorro indicó que “en aquella época no estaba mal visto eso (niños enrolados)” y que tampoco existían las reglas de combate que hoy sí se manejan. “Había una ‘normalidad’ en cuanto a eso. Fijate que durante 30 años nadie se acordaba de Acosta Ñu, recién llegados los años 1.900 cuando empieza el discurso nacionalista paraguayo y también cambian los conceptos con respecto a cómo era percibida la niñez y la infancia, a partir de allí es que se comienza a recordar (Acosta Ñu). ¿Por qué? Porque justamente no era ‘raro’ que hubiera niños peleando. No era un escándalo que salía al otro día en los periódicos del mundo”.

RESPONSABLE, SÍ

Las atrocidades cometidas contra la población civil son injustificables. La historia atribuye la autoría intelectual de las mismas al Conde d’Eu, que llegó al Paraguay cuando el Duque de Caxias entregó el comando del Ejército brasileño al emperador Pedro II para volver a Río de Janeiro tras las victorias en Abay e Itá Yvaté en diciembre del 68.

El 20 de febrero de 1869, tras la toma y saqueo de Asunción, Pedro II nombró al Conde d’Eu, marido de Isabel de Braganza, la princesa imperial, como nuevo comandante del Ejército suyo.

La llegada del Conde d’Eu obedecía a la tenaz resistencia paraguaya que dificultó el ya inexorable desenlace de la contienda y a su vez amenazaba la estabilidad de la Corona de los Braganza.

El historiador Fabián Chamorro manifestó que, en la mayoría de las ocasiones, y como es recurrente con oficiales de su rango, el Conde d’Eu ni siquiera estaba en el campo de batalla y seguía el desarrollo del combate lejos de todo peligro. Sin embargo, recuerda que “el comandante es responsable por las acciones de sus tropas”.

Uno de los más despiadados subalternos del Conde d’Eu fue Vitorino José Carneiro Monteiro, quien dio la orden de quemar el hospital de sangre de Piribebuy. Se cuenta que mandó cerrar el edificio con los heridos y enfermos dentro, prendiéndoles fuego. Otras versiones dicen que no cerró ni puertas ni ventanas, sino que mantuvo a los desdichados dentro de aquella hoguera a bayonetazo limpio, quemándolos vivos.

Otra cuestión se posa sobre el término ‘genocidio’, que en aquella época aún no fue acuñado (recién en 1944), pero ese es material para otro artículo…

Neuronas espejo: por qué los niños aprenden más rápido de lo que ven, que de lo que escuchan

El descubrimiento de las neuronas espejo fue uno de los más interesantes de la neurociencia a finales del siglo XX. Esto permitió comprender que los niños aprenden más de las acciones que de las palabras. En ese sentido, todos los adultos tienen la gran responsabilidad de educar con el ejemplo.

Hay una frase conocida a nivel popular que menciona que los “niños son como esponjas”, absorben todo lo que ocurre a su alrededor e imitan el comportamiento de los que los rodean, especialmente el de sus padres. Por eso es muy importante que todo padre, madre o encargado del cuidado de un niño o niña sea consciente del tipo de comportamientos y actitudes que asume en determinados sucesos o eventos de la vida cotidiana.

Pero ¿a qué se debe este comportamiento tan particular de los pequeños?

La respuesta la dio la ciencia, específicamente la neurociencia en el año 1996. Y se debe a las “neuronas espejo” que justamente son uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX vinculados al aprendizaje.

Observar el día a día de la convivencia familiar parece suficiente para entender el gran peso que tiene el comportamiento de los padres en la educación de sus hijos. Sin embargo, en la actualidad, vamos un poco más allá y sabemos que hay, además, una justificación científica.

La neuropsicología y la neurociencia nos aportan una explicación objetiva del porqué de esta influencia. De por qué los niños aprenden de las personas que están a su cargo con tanta facilidad. Y de cómo sus aprendizajes no se refieren solo a contenidos. También repercuten en las emociones, las intenciones y las conductas.

En ese contexto, el pediatra Robert Núñez explicó que las “neuronas espejo” son un grupo de células nerviosas o neuronas que se activan durante una actividad concreta y también al observar a otra persona que realiza la actividad.

“Estas células constituyen el sustrato cerebral de la imitación y la empatía. Son decisivas para el aprendizaje, tanto de acciones como de emociones e intenciones. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica sobre el aprendizaje y es que este se produce más por lo que se ve que por lo que se dice. Por lo tanto, tenemos una gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos”, argumentó el doctor.

El secreto de la imitación

El hallazgo de las neuronas espejo fue fortuito.

En 1996, un grupo de investigadores liderados por Giacomo Rizzolatti realizaba pesquisas con unos macacos, cuyos cerebros tenían monitorizados. Sin buscarlo, se dieron cuenta de que unas células neuronales situadas en la zona motora del lóbulo frontal y en una parte del lóbulo parietal se activaban, no solo cuando los animales realizaban un movimiento, sino también cuando veían que lo hacían los investigadores.

Ante este descubrimiento tan destacado, siguieron adelante con sus estudios. Finalmente, llegaron a la conclusión de que en el cerebro humano existen también este tipo de neuronas. Y no solo eso. Demostraron, además, que están conectadas con el sistema que regula las emociones, la memoria y la atención.

En palabras simples, estas neuronas se asemejan en su comportamiento al de un espejo. Reflejan la acción que observamos en otro individuo en nuestro cerebro y este realiza las mismas conexiones neuronales que si dicha acción la estuviéramos realizando nosotros.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando vemos a alguien hablar. Nuestras regiones cerebrales encargadas de la fonación y el habla se activan como si fuéramos nosotros los que hablamos, se produce esa conectividad neuronal.

Además, estas neuronas no solo producen el reflejo en el plano motor, sino que también funciona en el ámbito emocional, ya que están vinculadas al sistema límbico, responsable de la regulación de las emociones. Por ejemplo, cuando vemos a otra persona sonreír, nuestras neuronas espejo crean una simulación interna de su sonrisa en nuestro cerebro. A su vez, se conectan con el sistema límbico y hacen que acabemos compartiendo ese sentimiento alegre.

Así pues, la risa contagiosa, la emoción que se traspasa de una a otra persona, leyendo un libro o viendo una película, y los bostezos “que se pegan” son otros casos de activación de estas neuronas.

¿Qué relación tienen las neuronas espejo con la educación?

Con este descubrimiento nos encontramos con la apasionante idea de que, hagamos lo que hagamos en la educación de nuestros hijos, tendrá una gran repercusión en ellos. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica que siempre hemos tenido.

La relativa a que el aprendizaje se produce más por lo que se ve, que por lo que se dice.

Por lo tanto, los adultos tenemos la gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos. De fortalezas, de debilidades, de nuestras respuestas ante sus demandas y preguntas, y de actitudes que favorecen o complican las enseñanzas que nos proponemos darles.

El ambiente que generamos en la familia, las voces templadas o los gritos, la tranquilidad y la armonía o la crispación, serán representaciones mentales en los cerebros de los pequeños, cuyas neuronas espejo ensayan silenciosamente durante 24 horas al día para poder actuar en el momento en el que se presente la ocasión.

Si observamos los comportamientos de padres y madres, es posible darse cuenta de que muchas veces corrigen lo mismo que, sin querer, ellos han enseñado.

Pretendemos que los niños no griten a sus compañeros cuando se enfadan, pero a menudo los adultos se enfadan y reaccionan gritando. De este modo pierden la capacidad de actuar y la oportunidad de enseñar la habilidad del autocontrol.

Por ello, es importante comprender que siempre se enseña o aprende algo, aunque en ocasiones sea negativo. Esto invita a la reflexión, no solo sobre la capacidad para guiar a nuestros hijos, sino también sobre la manera de hacerlo.

La clave está en sustituir los discursos magistrales por interacciones, resolución conjunta de problemas y trabajo cooperativo.

En ese contexto, el doctor Núñez indicó que los niños necesitan adultos responsables que los atiendan con afecto y comprensión, que dediquen tiempo para mirarlos, escucharlos, acompañarlos, guiarlos y compartir todas las experiencias de su vida. Que les permitan equivocarse y aprender tanto de sus errores como de sus aciertos.

“Los niños aprenden por neuronas espejo, cuando sos honesto, tu hijo aprende a ser honesto y a asumir sus responsabilidades”, aconsejó.



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Un acto de amor trascendental que salva vidas: casi 300 personas en lista de espera

Cualquier persona, en algún momento de la vida, podría necesitar un trasplante de órganos, o tal vez un familiar cercano o un amigo. Es fundamental reflexionar sobre la importancia de ser donante de órganos, una decisión personal que podría salvar la vida de otros.

En los últimos días se viene debatiendo sobre la donación de órganos, especialmente a raíz del caso del pequeño Milan Alexander, un niño que actualmente se encuentra conectado a un corazón artificial y requiere con urgencia de un donante.

Actualmente, un total de 268 pacientes se encuentran en la lista de espera para un trasplante, según datos del Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT), que, al 31 de marzo ya recibió 41 notificaciones de pacientes potenciales para donación de órganos y tejidos.

En cuanto a trasplantes cardíacos, 8 son los pacientes en lista de espera, de los cuales, 2 se encuentran con prioridad 0 y son casos pediátricos. Ambos están conectados a un corazón artificial en el hospital Pediátrico Niños de Acosta Ñu. Entre ellos está Milán Alexander, quien lleva 5 meses conectado a un corazón artificial y necesita con urgencia un donante; en la Semana Santa dos posibilidades fueron presentadas, pero los familiares de las personas fallecidas rechazaron donar sus órganos.

Según la “Ley Anita” 6170/18, toda persona mayor de 18 años es considerada donante de órganos posterior a su fallecimiento. Esta ley pretende incentivar la donación de órganos, incrementando las posibilidades de salvación de vidas mediante trasplantes. Si alguien no desea donar, debe manifestarlo por escrito al Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT). Es muy importante que los familiares y amigos sepan la decisión que ha tomado uno de ser donante, y que ellos apoyen y respeten la decisión.

El Dr. Hugo Espinoza, director del Instituto de Ablación y Trasplante, ahondó en entrevista con el canal GEN que toda persona mayor de 18 años es donante de órgano, excepto si expresó su negativa ante el INAT o en Identificaciones cuando renueva la cédula de identidad. Cerca de 3.000 personas se anotaron como no donantes. Muchos son ciudadanos extranjeros radicados en nuestro país.

La autoridad aclaró que, en el caso del deceso de los menores de edad, los padres y tutores son los responsables de decidir si donan o no los órganos. Tal fue el caso de la reciente negativa de unos familiares que no quisieron dar los órganos de sus hijos.

Un punto negativo de la ley Anita, según resaltó el entrevistado, es que se no se cumple con el fondo nacional que debe destinarse para los trasplantes.

Nota relacionada: Solo esta semana, dos familias negaron donar un corazón para el pequeño Milán

VISIÓN DE LA IGLESIA

El Papa Francisco se había expresado sobre la importancia de donar órganos y aseguró que se trata de un acto “para salvar otras vidas humanas, para preservar, recuperar y mejorar la salud de muchas personas enfermas que no tienen otra alternativa”.

Donar significa mirar e ir más allá de uno mismo, más allá de las necesidades individuales y abrirse generosamente a un bien más amplio. En esta perspectiva, la donación de órganos no es sólo un acto de responsabilidad social, sino también una expresión de la fraternidad universal que une a todos los hombres y mujeres”, afirmó.

Leé más: La donación de órganos desde la perspectiva de la Iglesia: “Es mirar más allá de uno mismo”

El Dr. Hugo Espinoza reconoció que la decisión de donar los órganos es muy personal y, además, se da en un contexto muy difícil para las familias que perdieron a un ser querido, pero remarcó que se debe tener presente el importante hecho de que una persona fallecida pueda dar vida a otra.

A través del prisma de ‘La Naranja Mecánica’

¿Es moralmente justificable eliminar/alterar la facultad de elegir, incluso si es en beneficio de la sociedad? La aclamada novela ‘La Naranja Mecánica’ de Anthony Burgess plantea la profunda cuestión de si la maldad es ‘curable’ y hasta qué punto la sociedad debe o puede intervenir en la naturaleza humana.

Por Gonzalo Cáceres – periodista

Platón y Aristóteles en la antigua Grecia, Santo Tomás de Aquino en la Edad Media, René Descartes, Baruch Spinoza, David Hume durante la Ilustración, Jean-Paul Sartre, Ludwig Wittgenstein, Daniel Dennett y Alvin Plantinga ya en los siglos XX y XXI; el libre albedrío continúa siendo un tema central en diferentes campos de estudio a través del tiempo.

El libre albedrío implica la capacidad de actuar por nuestra propia voluntad, aunque estas elecciones deben estar -según las normas de toda comunidad- dentro de los límites de los derechos y la dignidad de los demás.

En lugar de justificar comportamientos perjudiciales, el libre albedrío invita a desenvolverse de manera consciente y reflexiva, con la responsabilidad de tomar decisiones que promuevan el bien común, considerando el impacto de nuestras acciones en quienes nos rodean.

Pero, y siempre hay un pero, ¿Qué pasa con los individuos que no sienten consideración y/o empatía? ¿Qué pasa con aquellos ‘malvados’? ¿Tenemos el derecho de intervenir en su naturaleza? ¿Podríamos ‘rescatarlos’ de su andar destructivo?

Desde la perspectiva filosófica, hay quien argumenta que la maldad es una consecuencia de la ignorancia, el sufrimiento -o las circunstancias sociales desfavorables-, y que, por lo tanto, puede ser ‘curada’ con educación, comprensión y la transformación de las condiciones sociales injustas (esta visión sugiere que la maldad no es una cualidad innata e inmutable, sino más bien un ‘producto’ de factores externos).

Por otro lado, también hay quien sostiene que la maldad es una característica intrínseca de la naturaleza humana o que surge de una falta fundamental de empatía o compasión: la maldad puede ser más difícil de ‘curar’ y, consecuentemente, requerir un cambio profundo en la psique del individuo.

Este planteamiento pudo estimular a Anthony Burgess, quien exploró temas como la voluntad, la moralidad, la libertad individual y el condicionamiento humano a través de uno de los libros más influyentes de la cultura contemporánea. Publicada en 1962, “La Naranja Mecánica” cuenta la historia de Alex, un joven delincuente que se desenvuelve dentro de un futuro distópico, y de su grupo de secuaces (los ‘drugos’), quienes se dedican a cometer todo tipo de actos violentos, robos, asaltos sexuales y agresiones.

El título hace referencia a una imagen que aparece en la historia y simboliza la idea de la apariencia externa de un ser humano sin su libre albedrío; es decir, como un ser que existe, pero no siente, como una máquina que puede ser controlada.

Basado en el ultraviolento Alex, Burgess se sumerge en cuestiones sobre la naturaleza de la maldad y si esta es curable o -al menos- moderada. En la novela, el protagonista es sometido a un tratamiento conocido como ‘Ludovico’ -parte de una solución gubernamental para reducir la criminalidad- que implica la administración de una droga experimental al sujeto, seguida de la exposición a estímulos violentos o negativos, como películas de violencia extrema.

A través de este proceso, se crea una asociación en la mente del sujeto entre la violencia y una sensación de malestar físico intenso, como náuseas extremas (Alex aprenderá a evitar comportamientos violentos en el futuro por temor a experimentar nuevamente las sensaciones negativas vinculadas). En esencia, se busca condicionar al individuo para que rechace la violencia como resultado de un mecanismo de aversión.

La cuestión central a la que Burgess apunta es, si la verdadera erradicación de la maldad es posible a través de la manipulación del comportamiento. El tratamiento ‘Ludovico’, aunque efectivo en un principio, encierra dilemas éticos y morales sobre la libertad de elegir, la autenticidad y la responsabilidad personal.

El escritor también sugiere que la verdadera ‘cura’ de la maldad -si es que existe- no puede lograrse simplemente a través de la alteración externa, sino que se trata de una iniciativa que debe nacer del individuo, de su convencimiento de querer y poder ‘cambiar’. Aunque Alex parece ‘curado’ al final del tratamiento ‘Ludovico’, la pregunta sobre si la verdadera maldad ha sido erradicada permanece abierta.

La obra de Burgess permeó a diferentes medios, siendo la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick en 1971 una de las versiones más conocidas. Esta película, al igual que la novela, generó una considerable controversia debido a su representación gráfica de la violencia y sus exploraciones sobre la naturaleza humana y la sociedad.

“La Naranja Mecánica” es una obra magna que tiene un impacto duradero en la literatura y la cultura contemporánea. Su exploración de temas universales, su estilo narrativo innovador, su impacto cultural y su desafío a las convenciones morales y sociales la convierten en un título digno de estudio y reflexión.