Primero Ecuador, ahora Chile; ¿qué país sigue?

“En medio de esta América Latina, Chile es un verdadero osasis, (con una) democracia estable (y una) economía creciendo… Mire lo que pasa en Argentina y Paraguay, recesión; México y Brasil, estancados, Bolivia y Perú con crisis política, Colombia con este resurgimiento de las FARC”. Tales las palabras pronunciadas durante una entrevista radial por el presidente de Chile, Sebastián Piñera, el pasado 8 de octubre. Nueve días después, el viernes 17, le explotó un bombazo en el rostro. Ya suman 7 los muertos, 1.462 detenidos, 78 estaciones de subterráneo destrozadas, al igual que varios edificios públicos, mientras supermercados están siendo objeto de saqueos. Y aunque declaró el estado de excepción y el “toque de queda”, e hizo marcha atrás en la decisión que desató la ira social, el aumento de tarifas del “metro”, su gobierno no logra controlar el caos.

Ya escuchamos decir que estos sucesos, como también los acaecidos días antes en el Ecuador, son producto del “Socialismo del siglo XXI”, “los bolivarianos””, el “Foro de San Pablo”, en fin, de los “apátridas y ateos” conjurados para destruir las democracias y arruinarnos la vida a todos. Puro cretinismo discursivo de los que no comprenden el fenómeno que está en curso o de quienes, creyéndose muy “vivos”, buscan azuzar el “cuco” de que se vienen los zurdos, como diciendo “estamos mal, pero podemos estar muchísimo peor, como Venezuela…”

La verdad es otra, muy distinta. El estallido social en Chileno no tiene rostro, carece de conducción, tiene un componente generacional importante, muchísimos jóvenes, que ya tuvieron un gran protagonismo a partir del 2006 con las protestas masivas de “los pingüinos”, como se denominó entonces a los estudiantes. E interpela no solo al gobierno derechista de Piñera, sino a la dirigencia política en su conjunto, incluyendo a la izquierda.

El otrora “modelo chileno”, esa especie de “faro” que iluminaba a los defensores del liberalismo en el subcontinente, hace aguas, está en crisis. Había servido a los fines del crecimiento económico -y el enriquecimiento de unos pocos-, pero a un costo social altísimo, de una profunda inequidad que estaba oculta bajo indicadores macroeconómicos hasta si se quiere envidiables, que ahora explota con total dramatismo.

Lo mismo que en Perú, en Ecuador, en Brasil o Argentina, solo que ésta tuvo la suerte de tener elecciones en los próximos días, que genera expectativas en un posible cambio de la penosa situación por la que atraviesan millones, lo cual no quiere decir que se produzca, no al menos en el corto plazo.

Pareciera ser que los pobres se hartaron de ser tan pobres y los jóvenes doblemente molestos, por no contar con oportunidades y por haber crecido viendo cómo sus padres debieron conformarse con las sobras de mesas bien servidas. Están hartos de la llamada “clase política”, que no tiene como agenda hacer menos miserables sus vidas.

La mayoría de nuestros políticos no toman nota de nada de esto. Están “en otra”. Pero si siguen en esta inercia irresponsable, de espaldas a las necesidades de nuestra gente, es cuestión de tiempo para que el Paraguay también se “contagie” de lo que está pasando en otros países.

La única voz del gobierno, disonante en esta materia, fue la del ministro del interior, Euclides Acevedo. “Lo que sucede en Chile y Ecuador puede pasar aquí en cualquier momento”. Lapidario pero cierto.

Veremos si se hace algo al respecto.

 

Las “buenas nuevas” de Marito

Al gobierno le traiciona su ansiedad por presentar alguna buena noticia y esto, por lo general, termina volcándosele en contra. Es lo que le ocurrió nuevamente al presidente o a su CM, pues nunca se sabe quién maneja la cuenta, en lo referente a las “buenas nuevas” de carácter económico. “Comienzan a verse las señales de recuperación”, escribió el presidente -o tal vez otro u otra- en su cuenta de twitter, destacando un dato (uno) divulgado por el Banco Central del Paraguay (BCP), fuera de contexto, sin considerar muchos otros que afectan negativamente al grueso de la población. Como era de esperar, las manifestaciones de repudio fueron inmediatas. “Da asco”, “sos una vergüenza” y “avisale a mi billetera”, fueron las respuestas más “educadas” que recibió Marito, a quien una vez más le salió el tiro por la culata.

El informe de la casa matriz, que se denomina Indicador Económico Mensual de la Actividad Económica del Paraguay, muestra un leve crecimiento en los meses de agosto y setiembre, de 0.8% y 0.7 respectivamente, en comparación al mismo periodo del 2018, cuando la economía ya había iniciado su proceso de desaceleración.

¿Esta es una tendencia que se mantendrá con certeza en los próximos meses? Hacemos votos para que así sea, por el bien de los que hoy padecen tantas necesidades, pero nadie con una pizca de responsabilidad podría hacer tamaña aseveración sin ponderar una serie de factores, desde el comportamiento de la naturaleza y la economía regional, que no dependen de la voluntad de Hacienda ni del BCP, hasta el Presupuesto General de la Nación que finalmente salga del Congreso, entre otros.

Ahora bien, suponiendo que “los astros de alinean”, que a nivel local se hacen bien los deberes y los factores externos contribuyen positivamente, lo cual es imposible de prever en este momento, eso no repercutirá favorablemente en el bolsillo de los paraguayos de manera automática. Aún en esa hipótesis, la ideal, llevará cierto tiempo, algunos meses de recuperación sostenida, para que realmente se sienta alivio.

Por eso Marito o su CM se equivocan otra vez al salir a las corridas con “buenas nuevas” que todavía no son tales y que chocan de frente contra la realidad de quienes a duras penas llegan a fin de mes, haciendo malabares o enterrándose cada vez más hondo en el fango de la pobreza.

Es hora de que aprenda(n). La comunicaciones, en esto no hay secretos, deben articularse en base a hechos concretos, sobre todo en momentos de crisis como el que estamos, no a posibilidades. Mejor sería presentar las cosas como son, resaltando si quieren los datos positivos de agosto y setiembre y decir que, de mantenerse un comportamiento similar en los próximos meses, habremos iniciado el proceso de recuperación económica, que dará respiro a los hogares paraguayos.

Y al contrario, toda alusión a que “vamos bien”, mientras la gente está sufriendo, es y será tomado como lo que es: Un insulto.

 

Mírense al espejo de Perú o Ecuador

¿No les asusta lo que sucede en el Perú? ¿Tampoco lo que está pasando en el Ecuador?. Pues deberían comenzar a preocuparse, porque hace muy poco estuvieron a punto de ser desalojados del Palacio y porque, ante los escándalos de corrupción que se suceden y la crisis económica sin respuestas, el mal humor social podría cobrar impulso en cualquier momento, terminando lo que en aquella oportunidad quedo incluso.

Perú es un país sumido en la corrupción, que hizo eclosión a la luz del “caso Odebrecht”. Dos ex presidentes están presos, uno se suicidó y el actual, Martín Vizcarra, está en la cuerda floja, luego de disolver el Congreso, de mayoría opositora, y que éste lo suspendiera por un año en el ejercicio de sus funciones. Una crisis de gran magnitud, cuyo desenlace dependerá de lo que resuelva al respecto el Tribunal Constitucional, al menos en lo concerniente al reordenamiento institucional de dicho país.

A Ecuador no le va mejor. A la crisis política que arrastra, luego de la ruptura del jefe de Estado, Lenín Moreno, con el expresidente Rafael Correa, se suma el agravamiento de la crisis económica, a la cual el gobierno respondió con una serie de medidas económicas propuestas por el Fondo Monetario, entre ellas el fin del subsidio a los combustibles. Esto produjo un aumento generalizado de sus precios, en el orden del 130%, así como de las tarifas del transporte público y de la canasta familiar. Y se desataron las protestas, el gobierno declaró “Estado de Excepción” y… trasladó su sede de Quito a Guayaquil!

Cada país tiene sus particularidades, claro está. No es exactamente igual la crisis del Perú y la de Ecuador, ni la que afecta a estos con la que está en curso en el Paraguay, pero que hay rasgos comunes, a nadie quepa la menor duda: corrupción generalizada y deterioro de la economía, con las consecuencias sociales que de ello se deriva. Una combinación de por sí explosiva, como lo demuestran los hechos que se observan en ambos casos.

Acá no hay un caso de la envergadura de Odebrecht, pero existen roscas mafiosas en el Indert, sobrefacturaciones en el ministerio del Interior, licitaciones amañadas en la ANDE para favorecer al secretario General de la presidencia y una larga lista de otros hechos que develan prácticas aberrantes en la administración pública. Y la situación de nuestra economía es definitivamente más delicada que la de aquellos países.

Nada de esto parece importarle a Abdo Benítez. Es como si estuviera en otro planeta, a juzgar por la parálisis en la que se encuentra, mientras sigue avanzando el proceso de descomposición política y económica de la república.

El campo está seco y podría arder súbitamente. ¿Qué está esperando para hacer algo?. ¿Que alguien encienda la mecha?.

Si así fuera, cometería su último error, porque entonces ya no tendrá capacidad de reacción. Será tarde.

 

Persevera y… ¡perderás!

Aquello de que el hombre es el único animal que se golpea dos veces con la misma piedra, parece ser un dicho que se aplica con absoluto rigor al presidente. Se mantiene en el error, incólume a las críticas, por más generalizadas que éstas sean.

Su obstinación por el desacierto ya casi le costó el puesto, pero no aprende. Persiste en todas y cada una de las equivocaciones, a las que en todo caso agrega otras nuevas. Un anticampeón en toda la línea, al extremo de que si fuera uno más de los “comunes”, al decir del diputado Portillo, hasta podría generar cierto sentimiento de pena. Pero es el jefe de Estado, en cuya anticipada decadencia política amenaza arrastrar al país consigo.

Desde el día 1, incluso antes, varios de los miembros que designó como ministros fueron severamente cuestionados. Eduardo Petta, Carla Bacigalupo y Dani Durand, fueron algunos de ellos, a quienes después se sumó Juan Ernesto Villamayor, dada la creciente inseguridad que sufre la ciudadanía. Pero no satisfecho con ratificar a todos ellos en sus cargos, “fue por más” y nombró a Rodolfo Friedmann como ministro de Agricultura y Ganadería; una cartera clave en una nación como la nuestra, más todavía en momentos de crisis, ahora gobernada por un perfecto incompetente que ni siquiera sabe distinguir la siembra de la cosecha.

Con la misma actitud encara la crisis económica, desconociéndola o minimizando su gravedad, al describir lo que viene aconteciendo en esta materia como “un año complejo”, para luego afirmar que “el 2020 será mejor”, invocando un misterioso “efecto rebote” que ni los economistas más avezados logran explicar para qué sirve dicho concepto. Y mientras Hacienda remite al Congreso un proyecto de Presupuesto austero, sus ministros ya comienzan a desfilar ante la Comisión Bicameral para solicitar aumentos sustanciales, en una muestra más de su inocultable carencia de liderazgo.

En cuanto a la crisis política… “¿qué crisis?”, se preguntará Marito, a juzgar por sus actos y su discurso. Hace menos de dos meses, Abdo estuvo a punto de ser destituido de la presidencia, a raíz del acuerdo secreto que suscribió con Brasil sobre Itaipú, que provocó la mayor inestabilidad de los últimos tiempos.

La única razón por la cual no cayó entonces fue porque Honor Colorado reconsideró su decisión de apoyar el juicio político, pero a la espera, como muchos referentes de la sociedad, que rectificara rumbos, cosa que no sucedió. Al contrario, se reafirmó en todo lo que es objeto reprobación y se “alquiló” nuevos problemas, como la tormenta provocada en filas de la Policía Nacional, alimentada por su inaceptable proyecto de enmendar la Constitución para asignarle a las FF.AA. tareas relativas a la seguridad interna, lo que representaría un grave retroceso.

Hay que admitir, sin embargo, que Abdo Benítez es perseverante, por no decir necio u obcecado. Persevera en mantener en su gabinete a personajes que lograron unificar a vastos sectores políticos y sociales en su contra. Persevera en ignorar o proceder con displicencia frente al derrumbe de la economía y su duro impacto social. Persevera en burlarse de quienes le salvaron de la destitución y reanuda las hostilidades hacia estos. Y persevera en seguir generando crisis, como con la Policía.

Si la perseverancia es un requisito para alcanzar el triunfo, en su caso ocurre exactamente lo contrario. “Persevera y … perderás”, es lo que mejor le cabe y de esto, ¡por fin!, debería tomar nota.