Excesiva burocracia y pase de pelota para entrega de títulos de maestrías

Un grupo de estudiantes inició en el 2019 un curso de maestría en la Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción”, bajo el cofinanciamiento del Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología (CONACYT). En el 2021, los mismos defendieron satisfactoriamente su trabajo final de investigación, pero hasta hoy día, transcurridos dos años de la culminación, no pueden acceder a sus tan anhelados títulos.

En marzo de 2019 se dio apertura a la convocatoria para cursar la Maestría en Informática con énfasis en Investigación e Innovación en la Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción”. Se trató de un programa cofinanciado por el Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología (CONACYT).

La convocatoria era dirigida a profesionales y docentes universitarios de las áreas de Informática, Análisis de Sistemas, Ciencias de la Computación y afines, que estén interesados en formarse y desempeñarse como investigadores.

El curso de posgrado no tuvo costo alguno para los seleccionados, ya que se encontraba totalmente financiado por el CONACYT. En ese sentido, la convocatoria tuvo 69 postulantes según el  Sistema de Postulación a Instrumentos (SPI), de los cuales 10 fueron seleccionados, uno renunció, pero finalmente 8 fueron los que terminaron la maestría y uno sigue pendiente de la defensa de tesis.

La defensa final de los seleccionados se dio en noviembre del 2021, todavía en ese entonces en modo Pandemia. Inicialmente en abril del 2022, para el inicio de titulación firmaron con resolución del CONES N° 3184/18 un título nominado Magíster en Ciencias de la Informática con Énfasis en Investigación, pero la Universidad Católica en ese momento solicitó una adenda al CONES para agregar la palabra Innovación.

Un año después de la primera firma, los alumnos fueron convocados para firmar nuevamente un nuevo título nominado Magíster en Ciencias de la Informática con Énfasis en Investigación e Innovación. La Universidad Católica explicó que los motivos fueron la falta de registro de la palabra Innovación en el título en la resolución del CONES.

Pero luego, aún más grande fue la sorpresa para los alumnos, el hecho de que el título no puede ser gestionado nuevamente en el MEC porque el CONES quitó la palabra Ciencias, según rectificación de la resolución N° 3184/18 en noviembre de 2022.

A casi dos años de la defensa, no hay respuestas satisfactorias por parte de las autoridades de la universidad sobre la entrega de los títulos. Lo que denuncian es que resulta llamativo la falta de comunicación oficial al respecto.

Desde la Universidad, a través de versiones informales, sostienen que aguardan la respuesta del CONES al respecto de la adenda solicitada para el otorgamiento de los títulos.

A medida que pasan los días, la preocupación crece por parte de estos profesionales, ya que el título de Maestría es para ellos un requisito indispensable para poder seguir los estudios de doctorados, avanzar en trabajos de investigación, e incluso presentarse como docentes con ese grado académico.

LEY QUE SIMPLIFICA LA EXPEDICIÓN DE TÍTULOS UNIVERSITARIOS

A finales de junio de este 2023, el Poder Ejecutivo promulgó una ley que busca simplificar los trámites para la gestión y expedición de títulos en las instituciones de Educación Superior de todo el país.

La Ley 7.110 establece la expedición de de títulos de grados y/o posgrado, debidamente legalizado y registrado, en un plazo no mayor de sesenta días hábiles, desde el inicio del trámite.

La normativa se aplicará a todos los trámites administrativos necesarios para la expedición de títulos de grado y/o posgrado, así como el registro de títulos de todas las instituciones de educación superior.

En ese sentido, se estipula que las autoridades de aplicación de la Ley son las Instituciones de Educación Superior del Paraguay, respecto a la expedición de títulos de grado y posgrado; y el Ministerio de Educación, para el registro de los títulos.

Neuronas espejo: por qué los niños aprenden más rápido de lo que ven, que de lo que escuchan

El descubrimiento de las neuronas espejo fue uno de los más interesantes de la neurociencia a finales del siglo XX. Esto permitió comprender que los niños aprenden más de las acciones que de las palabras. En ese sentido, todos los adultos tienen la gran responsabilidad de educar con el ejemplo.

Hay una frase conocida a nivel popular que menciona que los “niños son como esponjas”, absorben todo lo que ocurre a su alrededor e imitan el comportamiento de los que los rodean, especialmente el de sus padres. Por eso es muy importante que todo padre, madre o encargado del cuidado de un niño o niña sea consciente del tipo de comportamientos y actitudes que asume en determinados sucesos o eventos de la vida cotidiana.

Pero ¿a qué se debe este comportamiento tan particular de los pequeños?

La respuesta la dio la ciencia, específicamente la neurociencia en el año 1996. Y se debe a las “neuronas espejo” que justamente son uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX vinculados al aprendizaje.

Observar el día a día de la convivencia familiar parece suficiente para entender el gran peso que tiene el comportamiento de los padres en la educación de sus hijos. Sin embargo, en la actualidad, vamos un poco más allá y sabemos que hay, además, una justificación científica.

La neuropsicología y la neurociencia nos aportan una explicación objetiva del porqué de esta influencia. De por qué los niños aprenden de las personas que están a su cargo con tanta facilidad. Y de cómo sus aprendizajes no se refieren solo a contenidos. También repercuten en las emociones, las intenciones y las conductas.

En ese contexto, el pediatra Robert Núñez explicó que las “neuronas espejo” son un grupo de células nerviosas o neuronas que se activan durante una actividad concreta y también al observar a otra persona que realiza la actividad.

“Estas células constituyen el sustrato cerebral de la imitación y la empatía. Son decisivas para el aprendizaje, tanto de acciones como de emociones e intenciones. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica sobre el aprendizaje y es que este se produce más por lo que se ve que por lo que se dice. Por lo tanto, tenemos una gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos”, argumentó el doctor.

El secreto de la imitación

El hallazgo de las neuronas espejo fue fortuito.

En 1996, un grupo de investigadores liderados por Giacomo Rizzolatti realizaba pesquisas con unos macacos, cuyos cerebros tenían monitorizados. Sin buscarlo, se dieron cuenta de que unas células neuronales situadas en la zona motora del lóbulo frontal y en una parte del lóbulo parietal se activaban, no solo cuando los animales realizaban un movimiento, sino también cuando veían que lo hacían los investigadores.

Ante este descubrimiento tan destacado, siguieron adelante con sus estudios. Finalmente, llegaron a la conclusión de que en el cerebro humano existen también este tipo de neuronas. Y no solo eso. Demostraron, además, que están conectadas con el sistema que regula las emociones, la memoria y la atención.

En palabras simples, estas neuronas se asemejan en su comportamiento al de un espejo. Reflejan la acción que observamos en otro individuo en nuestro cerebro y este realiza las mismas conexiones neuronales que si dicha acción la estuviéramos realizando nosotros.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando vemos a alguien hablar. Nuestras regiones cerebrales encargadas de la fonación y el habla se activan como si fuéramos nosotros los que hablamos, se produce esa conectividad neuronal.

Además, estas neuronas no solo producen el reflejo en el plano motor, sino que también funciona en el ámbito emocional, ya que están vinculadas al sistema límbico, responsable de la regulación de las emociones. Por ejemplo, cuando vemos a otra persona sonreír, nuestras neuronas espejo crean una simulación interna de su sonrisa en nuestro cerebro. A su vez, se conectan con el sistema límbico y hacen que acabemos compartiendo ese sentimiento alegre.

Así pues, la risa contagiosa, la emoción que se traspasa de una a otra persona, leyendo un libro o viendo una película, y los bostezos “que se pegan” son otros casos de activación de estas neuronas.

¿Qué relación tienen las neuronas espejo con la educación?

Con este descubrimiento nos encontramos con la apasionante idea de que, hagamos lo que hagamos en la educación de nuestros hijos, tendrá una gran repercusión en ellos. El estudio y conocimiento del cerebro avalan una idea básica que siempre hemos tenido.

La relativa a que el aprendizaje se produce más por lo que se ve, que por lo que se dice.

Por lo tanto, los adultos tenemos la gran responsabilidad a la hora de guiar a los niños, porque somos modelos para ellos. De fortalezas, de debilidades, de nuestras respuestas ante sus demandas y preguntas, y de actitudes que favorecen o complican las enseñanzas que nos proponemos darles.

El ambiente que generamos en la familia, las voces templadas o los gritos, la tranquilidad y la armonía o la crispación, serán representaciones mentales en los cerebros de los pequeños, cuyas neuronas espejo ensayan silenciosamente durante 24 horas al día para poder actuar en el momento en el que se presente la ocasión.

Si observamos los comportamientos de padres y madres, es posible darse cuenta de que muchas veces corrigen lo mismo que, sin querer, ellos han enseñado.

Pretendemos que los niños no griten a sus compañeros cuando se enfadan, pero a menudo los adultos se enfadan y reaccionan gritando. De este modo pierden la capacidad de actuar y la oportunidad de enseñar la habilidad del autocontrol.

Por ello, es importante comprender que siempre se enseña o aprende algo, aunque en ocasiones sea negativo. Esto invita a la reflexión, no solo sobre la capacidad para guiar a nuestros hijos, sino también sobre la manera de hacerlo.

La clave está en sustituir los discursos magistrales por interacciones, resolución conjunta de problemas y trabajo cooperativo.

En ese contexto, el doctor Núñez indicó que los niños necesitan adultos responsables que los atiendan con afecto y comprensión, que dediquen tiempo para mirarlos, escucharlos, acompañarlos, guiarlos y compartir todas las experiencias de su vida. Que les permitan equivocarse y aprender tanto de sus errores como de sus aciertos.

“Los niños aprenden por neuronas espejo, cuando sos honesto, tu hijo aprende a ser honesto y a asumir sus responsabilidades”, aconsejó.



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Un acto de amor trascendental que salva vidas: casi 300 personas en lista de espera

Cualquier persona, en algún momento de la vida, podría necesitar un trasplante de órganos, o tal vez un familiar cercano o un amigo. Es fundamental reflexionar sobre la importancia de ser donante de órganos, una decisión personal que podría salvar la vida de otros.

En los últimos días se viene debatiendo sobre la donación de órganos, especialmente a raíz del caso del pequeño Milan Alexander, un niño que actualmente se encuentra conectado a un corazón artificial y requiere con urgencia de un donante.

Actualmente, un total de 268 pacientes se encuentran en la lista de espera para un trasplante, según datos del Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT), que, al 31 de marzo ya recibió 41 notificaciones de pacientes potenciales para donación de órganos y tejidos.

En cuanto a trasplantes cardíacos, 8 son los pacientes en lista de espera, de los cuales, 2 se encuentran con prioridad 0 y son casos pediátricos. Ambos están conectados a un corazón artificial en el hospital Pediátrico Niños de Acosta Ñu. Entre ellos está Milán Alexander, quien lleva 5 meses conectado a un corazón artificial y necesita con urgencia un donante; en la Semana Santa dos posibilidades fueron presentadas, pero los familiares de las personas fallecidas rechazaron donar sus órganos.

Según la “Ley Anita” 6170/18, toda persona mayor de 18 años es considerada donante de órganos posterior a su fallecimiento. Esta ley pretende incentivar la donación de órganos, incrementando las posibilidades de salvación de vidas mediante trasplantes. Si alguien no desea donar, debe manifestarlo por escrito al Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT). Es muy importante que los familiares y amigos sepan la decisión que ha tomado uno de ser donante, y que ellos apoyen y respeten la decisión.

El Dr. Hugo Espinoza, director del Instituto de Ablación y Trasplante, ahondó en entrevista con el canal GEN que toda persona mayor de 18 años es donante de órgano, excepto si expresó su negativa ante el INAT o en Identificaciones cuando renueva la cédula de identidad. Cerca de 3.000 personas se anotaron como no donantes. Muchos son ciudadanos extranjeros radicados en nuestro país.

La autoridad aclaró que, en el caso del deceso de los menores de edad, los padres y tutores son los responsables de decidir si donan o no los órganos. Tal fue el caso de la reciente negativa de unos familiares que no quisieron dar los órganos de sus hijos.

Un punto negativo de la ley Anita, según resaltó el entrevistado, es que se no se cumple con el fondo nacional que debe destinarse para los trasplantes.

Nota relacionada: Solo esta semana, dos familias negaron donar un corazón para el pequeño Milán

VISIÓN DE LA IGLESIA

El Papa Francisco se había expresado sobre la importancia de donar órganos y aseguró que se trata de un acto “para salvar otras vidas humanas, para preservar, recuperar y mejorar la salud de muchas personas enfermas que no tienen otra alternativa”.

Donar significa mirar e ir más allá de uno mismo, más allá de las necesidades individuales y abrirse generosamente a un bien más amplio. En esta perspectiva, la donación de órganos no es sólo un acto de responsabilidad social, sino también una expresión de la fraternidad universal que une a todos los hombres y mujeres”, afirmó.

Leé más: La donación de órganos desde la perspectiva de la Iglesia: “Es mirar más allá de uno mismo”

El Dr. Hugo Espinoza reconoció que la decisión de donar los órganos es muy personal y, además, se da en un contexto muy difícil para las familias que perdieron a un ser querido, pero remarcó que se debe tener presente el importante hecho de que una persona fallecida pueda dar vida a otra.

A través del prisma de ‘La Naranja Mecánica’

¿Es moralmente justificable eliminar/alterar la facultad de elegir, incluso si es en beneficio de la sociedad? La aclamada novela ‘La Naranja Mecánica’ de Anthony Burgess plantea la profunda cuestión de si la maldad es ‘curable’ y hasta qué punto la sociedad debe o puede intervenir en la naturaleza humana.

Por Gonzalo Cáceres – periodista

Platón y Aristóteles en la antigua Grecia, Santo Tomás de Aquino en la Edad Media, René Descartes, Baruch Spinoza, David Hume durante la Ilustración, Jean-Paul Sartre, Ludwig Wittgenstein, Daniel Dennett y Alvin Plantinga ya en los siglos XX y XXI; el libre albedrío continúa siendo un tema central en diferentes campos de estudio a través del tiempo.

El libre albedrío implica la capacidad de actuar por nuestra propia voluntad, aunque estas elecciones deben estar -según las normas de toda comunidad- dentro de los límites de los derechos y la dignidad de los demás.

En lugar de justificar comportamientos perjudiciales, el libre albedrío invita a desenvolverse de manera consciente y reflexiva, con la responsabilidad de tomar decisiones que promuevan el bien común, considerando el impacto de nuestras acciones en quienes nos rodean.

Pero, y siempre hay un pero, ¿Qué pasa con los individuos que no sienten consideración y/o empatía? ¿Qué pasa con aquellos ‘malvados’? ¿Tenemos el derecho de intervenir en su naturaleza? ¿Podríamos ‘rescatarlos’ de su andar destructivo?

Desde la perspectiva filosófica, hay quien argumenta que la maldad es una consecuencia de la ignorancia, el sufrimiento -o las circunstancias sociales desfavorables-, y que, por lo tanto, puede ser ‘curada’ con educación, comprensión y la transformación de las condiciones sociales injustas (esta visión sugiere que la maldad no es una cualidad innata e inmutable, sino más bien un ‘producto’ de factores externos).

Por otro lado, también hay quien sostiene que la maldad es una característica intrínseca de la naturaleza humana o que surge de una falta fundamental de empatía o compasión: la maldad puede ser más difícil de ‘curar’ y, consecuentemente, requerir un cambio profundo en la psique del individuo.

Este planteamiento pudo estimular a Anthony Burgess, quien exploró temas como la voluntad, la moralidad, la libertad individual y el condicionamiento humano a través de uno de los libros más influyentes de la cultura contemporánea. Publicada en 1962, “La Naranja Mecánica” cuenta la historia de Alex, un joven delincuente que se desenvuelve dentro de un futuro distópico, y de su grupo de secuaces (los ‘drugos’), quienes se dedican a cometer todo tipo de actos violentos, robos, asaltos sexuales y agresiones.

El título hace referencia a una imagen que aparece en la historia y simboliza la idea de la apariencia externa de un ser humano sin su libre albedrío; es decir, como un ser que existe, pero no siente, como una máquina que puede ser controlada.

Basado en el ultraviolento Alex, Burgess se sumerge en cuestiones sobre la naturaleza de la maldad y si esta es curable o -al menos- moderada. En la novela, el protagonista es sometido a un tratamiento conocido como ‘Ludovico’ -parte de una solución gubernamental para reducir la criminalidad- que implica la administración de una droga experimental al sujeto, seguida de la exposición a estímulos violentos o negativos, como películas de violencia extrema.

A través de este proceso, se crea una asociación en la mente del sujeto entre la violencia y una sensación de malestar físico intenso, como náuseas extremas (Alex aprenderá a evitar comportamientos violentos en el futuro por temor a experimentar nuevamente las sensaciones negativas vinculadas). En esencia, se busca condicionar al individuo para que rechace la violencia como resultado de un mecanismo de aversión.

La cuestión central a la que Burgess apunta es, si la verdadera erradicación de la maldad es posible a través de la manipulación del comportamiento. El tratamiento ‘Ludovico’, aunque efectivo en un principio, encierra dilemas éticos y morales sobre la libertad de elegir, la autenticidad y la responsabilidad personal.

El escritor también sugiere que la verdadera ‘cura’ de la maldad -si es que existe- no puede lograrse simplemente a través de la alteración externa, sino que se trata de una iniciativa que debe nacer del individuo, de su convencimiento de querer y poder ‘cambiar’. Aunque Alex parece ‘curado’ al final del tratamiento ‘Ludovico’, la pregunta sobre si la verdadera maldad ha sido erradicada permanece abierta.

La obra de Burgess permeó a diferentes medios, siendo la adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick en 1971 una de las versiones más conocidas. Esta película, al igual que la novela, generó una considerable controversia debido a su representación gráfica de la violencia y sus exploraciones sobre la naturaleza humana y la sociedad.

“La Naranja Mecánica” es una obra magna que tiene un impacto duradero en la literatura y la cultura contemporánea. Su exploración de temas universales, su estilo narrativo innovador, su impacto cultural y su desafío a las convenciones morales y sociales la convierten en un título digno de estudio y reflexión.